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Agricultura industrial y plásticos, una amistad muy peligrosa

La contaminación plástica es uno de los grandes problemas medioambientales de nuestro tiempo, pero la gran mayoría de las investigaciones científicas se han orientado a estudiar los ecosistemas acuáticos, en particular los océanos. Sin embargo, un reciente informe ha demostrado que los suelos agrícolas, sobre todo los dedicados a la producción industrial de materias primas alimentarias, reciben cantidades mucho mayores de microplásticos que los mares. Además, cada vez hay más datos sobre las repercusiones de estos materiales casi indestructibles en la salud, por lo que hay una necesidad evidente de seguir investigando para cuantificar los daños y actuar en consecuencia. 

La agricultura industrial y la contaminación plástica están mucho más relacionadas de lo que se creía hasta ahora, de acuerdo con los datos de un reciente informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), que lleva por título Evaluación de los plásticos agrícolas y su sostenibilidad: una llamada a la acción.

Los residuos plásticos que ensucian y afean nuestras playas y nuestros mares concentran la atención mediática, probablemente porque se han estudiado más sus repercusiones en la situación de emergencia climática y medioambiental en la que vivimos. Sin embargo, este nuevo informe sugiere que las tierras que utilizamos para cultivar alimentos, particularmente las destinadas a la agricultura industrial, soportan niveles incluso mayores de contaminación plástica, lo que plantea una amenaza grave para la seguridad alimentaria, la salud humana y animal, y los ecosistemas terrestres.

De acuerdo con los datos recopilados por expertos de la FAO, las cadenas de valor agrícola utilizan 12,5 millones de toneladas de productos plásticos cada año, con Asia como principal usuario, con cerca del 50% del total mundial. Y en el envasado de alimentos se emplean otros 37,3 millones de toneladas.

El análisis ha podido constatar que los sectores agrícola y ganadero son los mayores usuarios, ya que, en conjunto, utilizaban 10,2 millones de toneladas anuales, seguidos de lejos por los 2,1 millones de toneladas empleadas por la pesca y la acuicultura, y las 200 000 toneladas de la actividad forestal.

Ante la actual falta de alternativas de sustitución viables y la debilidad de las normativas, que están lejos de exigir fehacientemente un cambio real, la demanda no hará más que crecer en la agricultura industrial, incrementando la contaminación plástica hasta niveles intolerables durante la presente década. Por ejemplo, según las voces expertas consultadas para el informe, la demanda mundial de películas de invernadero, cobertura y ensilaje habrá aumentado en un 50% en 2030, de los 6,1 millones de toneladas de 2018 a los 9,5 millones de toneladas que presumiblemente se alcanzarán en esa fecha.

Aunque las recomendaciones del informe de la FAO sean excesivamente timoratas para la catástrofe ecológica en la que nos hemos instalado, señalan que resulta indispensable hacer un análisis serio que enfrente los beneficios de los costos a sus elevados costes en términos de salud global (humana, animal y medioambiental).

Además, subrayan que los microplásticos, que pueden afectar negativamente a la salud humana, suscitan cada vez más preocupación. Aunque todavía existen lagunas de datos, que hacen necesario incidir en la investigación sobre sus efectos clínicos, la organización advierte que estas lagunas no deberían utilizarse como excusa para no tomar medidas.

El informe de la FAO es excesivamente timorato si tenemos en cuenta la catástrofe ecológica que vivimos, pero exige un análisis serio que confronte los beneficios de los plásticos de uso agrícola a sus elevados costes en términos de salud global

La diversidad de polímeros y aditivos utilizados en la fabricación de materiales plásticos dificulta su clasificación y reciclaje. Además, al tratarse de componentes con cualidades físicas y químicas que los dotan de gran resistencia, existen pocos microorganismos capaces de degradarlos.

El resultado de un uso masivo, unido a estas características de durabilidad, es la contaminación plástica: una vez en el medioambiente, estos materiales pueden fragmentarse y permanecer durante muchas décadas. De hecho, de los 6.300 millones de toneladas de plásticos producidos hasta 2015, casi el 80% no se ha eliminado adecuadamente, es decir, continúa contaminando suelos, acuíferos y océanos.

Aplicar el modelo de las seis erres y seguir investigando

Una vez liberados en el entorno natural, los plásticos pueden causar daños de varias maneras. Se han documentado debidamente los efectos de grandes partículas de plástico en la fauna marina. Sin embargo, cuando estos plásticos comienzan a desintegrarse y degradarse, sus efectos empiezan a observarse a nivel celular, de modo que ya no solo afectan a organismos individuales, sino que perjudican ecosistemas enteros.

Hace tiempo que se constató que los microplásticos (plásticos de menos de 5 mm) presentaban riesgos concretos para la sanidad animal, pero estudios recientes también han detectado trazas en placentas humanas, entre otros órganos y sistemas. Asimismo, existen pruebas de transmisión de nanoplásticos, de tamaño mucho menor, de ratas gestantes a sus fetos.

Todos estos hallazgos no han hecho más que fortalecer la idea de que la contaminación medioambiental, en un sentido que va mucho más allá y es mucho más sutil que la calidad del aire que respiramos (más fácil de medir), va dejando su huella a lo largo del ciclo vital, tanto de las personas como de los animales, participando en la conformación de nuestro exposoma, o el conjunto de factores que pueden determinar nuestra salud y nuestra enfermedad.

No existen soluciones milagrosas para eliminar los inconvenientes del uso abusivo del plástico, por lo que el informe señala soluciones basadas en el modelo de seis erres: rechazar, rediseñar, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar. No obstante, reducir debe contemplarse como la opción prioritaria.

Según la FAO, entre los productos plásticos agrícolas que se ha determinado que tienen grandes posibilidades de provocar daños, por lo que su utilización debiera abordarse con carácter prioritario, se incluyen las películas de cobertura y los fertilizantes recubiertos con polímeros no biodegradables.

En el informe también se recomienda elaborar un código de conducta –desgraciadamente, una vez más, de carácter voluntario– que abarque todos los aspectos relacionados con los plásticos a lo largo de las cadenas de valor agroalimentarias. Por último, las personas expertas que han trabajado en el documento piden que se incremente la investigación, especialmente sobre los efectos en la salud de los microplásticos y los nanoplásticos.

“La FAO seguirá desempeñando una importante función para tratar la cuestión de los plásticos agrícolas de forma holística, en el contexto de la seguridad alimentaria, la nutrición, la inocuidad alimentaria, la biodiversidad y la agricultura sostenible”, ha declarado Maria Helena Semedo, directora general adjunta de esta organización. Una declaración de intenciones correcta, pero poco útil en un momento crítico como el actual, en el que actuar con contundencia es tan urgente.

* La imagen que ilustra esta noticia es de Joanjo Puertos y está disponible en Unsplash.

La contaminación plástica es uno de los grandes problemas medioambientales de nuestro tiempo, pero la gran mayoría de las investigaciones científicas se han orientado a estudiar los ecosistemas acuáticos, en particular los océanos. Sin embargo, un reciente informe ha demostrado que los suelos agrícolas, sobre todo los dedicados a la producción industrial de materias primas alimentarias, reciben cantidades mucho mayores de microplásticos que los mares. Además, cada vez hay más datos sobre las repercusiones de estos materiales casi indestructibles en la salud, por lo que hay una necesidad evidente de seguir investigando para cuantificar los daños y actuar en consecuencia.

La agricultura industrial y la contaminación plástica están mucho más relacionadas de lo que se creía hasta ahora, de acuerdo con los datos de un reciente informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), que lleva por título Evaluación de los plásticos agrícolas y su sostenibilidad: una llamada a la acción.

Los residuos plásticos que ensucian y afean nuestras playas y nuestros mares concentran la atención mediática, probablemente porque se han estudiado más sus repercusiones en la situación de emergencia climática y medioambiental en la que vivimos. Sin embargo, este nuevo informe sugiere que las tierras que utilizamos para cultivar alimentos, particularmente las destinadas a la agricultura industrial, soportan niveles incluso mayores de contaminación plástica, lo que plantea una amenaza grave para la seguridad alimentaria, la salud humana y animal, y los ecosistemas terrestres.

De acuerdo con los datos recopilados por expertos de la FAO, las cadenas de valor agrícola utilizan 12,5 millones de toneladas de productos plásticos cada año, con Asia como principal usuario, con cerca del 50% del total mundial. Y en el envasado de alimentos se emplean otros 37,3 millones de toneladas.

El análisis ha podido constatar que los sectores agrícola y ganadero son los mayores usuarios, ya que, en conjunto, utilizaban 10,2 millones de toneladas anuales, seguidos de lejos por los 2,1 millones de toneladas empleadas por la pesca y la acuicultura, y las 200 000 toneladas de la actividad forestal.

Ante la actual falta de alternativas de sustitución viables y la debilidad de las normativas, que están lejos de exigir fehacientemente un cambio real, la demanda no hará más que crecer en la agricultura industrial, incrementando la contaminación plástica hasta niveles intolerables durante la presente década. Por ejemplo, según las voces expertas consultadas para el informe, la demanda mundial de películas de invernadero, cobertura y ensilaje habrá aumentado en un 50% en 2030, de los 6,1 millones de toneladas de 2018 a los 9,5 millones de toneladas que presumiblemente se alcanzarán en esa fecha.

Aunque las recomendaciones del informe de la FAO sean excesivamente timoratas para la catástrofe ecológica en la que nos hemos instalado, señalan que resulta indispensable hacer un análisis serio que enfrente los beneficios de los costos a sus elevados costes en términos de salud global (humana, animal y medioambiental).

Además, subrayan que los microplásticos, que pueden afectar negativamente a la salud humana, suscitan cada vez más preocupación. Aunque todavía existen lagunas de datos, que hacen necesario incidir en la investigación sobre sus efectos clínicos, la organización advierte que estas lagunas no deberían utilizarse como excusa para no tomar medidas.

El informe de la FAO es excesivamente timorato si tenemos en cuenta la catástrofe ecológica que vivimos, pero exige un análisis serio que confronte los beneficios de los plásticos de uso agrícola a sus elevados costes en términos de salud global

La diversidad de polímeros y aditivos utilizados en la fabricación de materiales plásticos dificulta su clasificación y reciclaje. Además, al tratarse de componentes con cualidades físicas y químicas que los dotan de gran resistencia, existen pocos microorganismos capaces de degradarlos.

El resultado de un uso masivo, unido a estas características de durabilidad, es la contaminación plástica: una vez en el medioambiente, estos materiales pueden fragmentarse y permanecer durante muchas décadas. De hecho, de los 6.300 millones de toneladas de plásticos producidos hasta 2015, casi el 80% no se ha eliminado adecuadamente, es decir, continúa contaminando suelos, acuíferos y océanos.

Aplicar el modelo de las seis erres y seguir investigando

Una vez liberados en el entorno natural, los plásticos pueden causar daños de varias maneras. Se han documentado debidamente los efectos de grandes partículas de plástico en la fauna marina. Sin embargo, cuando estos plásticos comienzan a desintegrarse y degradarse, sus efectos empiezan a observarse a nivel celular, de modo que ya no solo afectan a organismos individuales, sino que perjudican ecosistemas enteros.

Hace tiempo que se constató que los microplásticos (plásticos de menos de 5 mm) presentaban riesgos concretos para la sanidad animal, pero estudios recientes también han detectado trazas en placentas humanas, entre otros órganos y sistemas. Asimismo, existen pruebas de transmisión de nanoplásticos, de tamaño mucho menor, de ratas gestantes a sus fetos.

Todos estos hallazgos no han hecho más que fortalecer la idea de que la contaminación medioambiental, en un sentido que va mucho más allá y es mucho más sutil que la calidad del aire que respiramos (más fácil de medir), va dejando su huella a lo largo del ciclo vital, tanto de las personas como de los animales, participando en la conformación de nuestro exposoma, o el conjunto de factores que pueden determinar nuestra salud y nuestra enfermedad.

No existen soluciones milagrosas para eliminar los inconvenientes del uso abusivo del plástico, por lo que el informe señala soluciones basadas en el modelo de seis erres: rechazar, rediseñar, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar. No obstante, reducir debe contemplarse como la opción prioritaria.

Según la FAO, entre los productos plásticos agrícolas que se ha determinado que tienen grandes posibilidades de provocar daños, por lo que su utilización debiera abordarse con carácter prioritario, se incluyen las películas de cobertura y los fertilizantes recubiertos con polímeros no biodegradables.

En el informe también se recomienda elaborar un código de conducta –desgraciadamente, una vez más, de carácter voluntario– que abarque todos los aspectos relacionados con los plásticos a lo largo de las cadenas de valor agroalimentarias. Por último, las personas expertas que han trabajado en el documento piden que se incremente la investigación, especialmente sobre los efectos en la salud de los microplásticos y los nanoplásticos.

“La FAO seguirá desempeñando una importante función para tratar la cuestión de los plásticos agrícolas de forma holística, en el contexto de la seguridad alimentaria, la nutrición, la inocuidad alimentaria, la biodiversidad y la agricultura sostenible”, ha declarado Maria Helena Semedo, directora general adjunta de esta organización. Una declaración de intenciones correcta, pero poco útil en un momento crítico como el actual, en el que actuar con contundencia es tan urgente.

* La imagen que ilustra esta noticia es de Joanjo Puertos y está disponible en Unsplash.

La contaminación plástica es uno de los grandes problemas medioambientales de nuestro tiempo, pero la gran mayoría de las investigaciones científicas se han orientado a estudiar los ecosistemas acuáticos, en particular los océanos. Sin embargo, un reciente informe ha demostrado que los suelos agrícolas, sobre todo los dedicados a la producción industrial de materias primas alimentarias, reciben cantidades mucho mayores de microplásticos que los mares. Además, cada vez hay más datos sobre las repercusiones de estos materiales casi indestructibles en la salud, por lo que hay una necesidad evidente de seguir investigando para cuantificar los daños y actuar en consecuencia.

La agricultura industrial y la contaminación plástica están mucho más relacionadas de lo que se creía hasta ahora, de acuerdo con los datos de un reciente informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), que lleva por título Evaluación de los plásticos agrícolas y su sostenibilidad: una llamada a la acción.

Los residuos plásticos que ensucian y afean nuestras playas y nuestros mares concentran la atención mediática, probablemente porque se han estudiado más sus repercusiones en la situación de emergencia climática y medioambiental en la que vivimos. Sin embargo, este nuevo informe sugiere que las tierras que utilizamos para cultivar alimentos, particularmente las destinadas a la agricultura industrial, soportan niveles incluso mayores de contaminación plástica, lo que plantea una amenaza grave para la seguridad alimentaria, la salud humana y animal, y los ecosistemas terrestres.

De acuerdo con los datos recopilados por expertos de la FAO, las cadenas de valor agrícola utilizan 12,5 millones de toneladas de productos plásticos cada año, con Asia como principal usuario, con cerca del 50% del total mundial. Y en el envasado de alimentos se emplean otros 37,3 millones de toneladas.

El análisis ha podido constatar que los sectores agrícola y ganadero son los mayores usuarios, ya que, en conjunto, utilizaban 10,2 millones de toneladas anuales, seguidos de lejos por los 2,1 millones de toneladas empleadas por la pesca y la acuicultura, y las 200 000 toneladas de la actividad forestal.

Ante la actual falta de alternativas de sustitución viables y la debilidad de las normativas, que están lejos de exigir fehacientemente un cambio real, la demanda no hará más que crecer en la agricultura industrial, incrementando la contaminación plástica hasta niveles intolerables durante la presente década. Por ejemplo, según las voces expertas consultadas para el informe, la demanda mundial de películas de invernadero, cobertura y ensilaje habrá aumentado en un 50% en 2030, de los 6,1 millones de toneladas de 2018 a los 9,5 millones de toneladas que presumiblemente se alcanzarán en esa fecha.

Aunque las recomendaciones del informe de la FAO sean excesivamente timoratas para la catástrofe ecológica en la que nos hemos instalado, señalan que resulta indispensable hacer un análisis serio que enfrente los beneficios de los costos a sus elevados costes en términos de salud global (humana, animal y medioambiental).

Además, subrayan que los microplásticos, que pueden afectar negativamente a la salud humana, suscitan cada vez más preocupación. Aunque todavía existen lagunas de datos, que hacen necesario incidir en la investigación sobre sus efectos clínicos, la organización advierte que estas lagunas no deberían utilizarse como excusa para no tomar medidas.

El informe de la FAO es excesivamente timorato si tenemos en cuenta la catástrofe ecológica que vivimos, pero exige un análisis serio que confronte los beneficios de los plásticos de uso agrícola a sus elevados costes en términos de salud global

La diversidad de polímeros y aditivos utilizados en la fabricación de materiales plásticos dificulta su clasificación y reciclaje. Además, al tratarse de componentes con cualidades físicas y químicas que los dotan de gran resistencia, existen pocos microorganismos capaces de degradarlos.

El resultado de un uso masivo, unido a estas características de durabilidad, es la contaminación plástica: una vez en el medioambiente, estos materiales pueden fragmentarse y permanecer durante muchas décadas. De hecho, de los 6.300 millones de toneladas de plásticos producidos hasta 2015, casi el 80% no se ha eliminado adecuadamente, es decir, continúa contaminando suelos, acuíferos y océanos.

Aplicar el modelo de las seis erres y seguir investigando

Una vez liberados en el entorno natural, los plásticos pueden causar daños de varias maneras. Se han documentado debidamente los efectos de grandes partículas de plástico en la fauna marina. Sin embargo, cuando estos plásticos comienzan a desintegrarse y degradarse, sus efectos empiezan a observarse a nivel celular, de modo que ya no solo afectan a organismos individuales, sino que perjudican ecosistemas enteros.

Hace tiempo que se constató que los microplásticos (plásticos de menos de 5 mm) presentaban riesgos concretos para la sanidad animal, pero estudios recientes también han detectado trazas en placentas humanas, entre otros órganos y sistemas. Asimismo, existen pruebas de transmisión de nanoplásticos, de tamaño mucho menor, de ratas gestantes a sus fetos.

Todos estos hallazgos no han hecho más que fortalecer la idea de que la contaminación medioambiental, en un sentido que va mucho más allá y es mucho más sutil que la calidad del aire que respiramos (más fácil de medir), va dejando su huella a lo largo del ciclo vital, tanto de las personas como de los animales, participando en la conformación de nuestro exposoma, o el conjunto de factores que pueden determinar nuestra salud y nuestra enfermedad.

No existen soluciones milagrosas para eliminar los inconvenientes del uso abusivo del plástico, por lo que el informe señala soluciones basadas en el modelo de seis erres: rechazar, rediseñar, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar. No obstante, reducir debe contemplarse como la opción prioritaria.

Según la FAO, entre los productos plásticos agrícolas que se ha determinado que tienen grandes posibilidades de provocar daños, por lo que su utilización debiera abordarse con carácter prioritario, se incluyen las películas de cobertura y los fertilizantes recubiertos con polímeros no biodegradables.

En el informe también se recomienda elaborar un código de conducta –desgraciadamente, una vez más, de carácter voluntario– que abarque todos los aspectos relacionados con los plásticos a lo largo de las cadenas de valor agroalimentarias. Por último, las personas expertas que han trabajado en el documento piden que se incremente la investigación, especialmente sobre los efectos en la salud de los microplásticos y los nanoplásticos.

“La FAO seguirá desempeñando una importante función para tratar la cuestión de los plásticos agrícolas de forma holística, en el contexto de la seguridad alimentaria, la nutrición, la inocuidad alimentaria, la biodiversidad y la agricultura sostenible”, ha declarado Maria Helena Semedo, directora general adjunta de esta organización. Una declaración de intenciones correcta, pero poco útil en un momento crítico como el actual, en el que actuar con contundencia es tan urgente.

* La imagen que ilustra esta noticia es de Joanjo Puertos y está disponible en Unsplash.