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El precio que pagamos por haber llenado nuestra vida de plástico

Los microplásticos han invadido los mares, donde absorben los tóxicos antes de colarse en el menú del pescado y el marisco que comemos, adentrándose en nuestro cuerpo y depositándose en nuestros órganos. En España, cada persona desperdicia una media de 167 envases de bebidas de un solo uso cada año, una pequeña parte de la catarata de residuos que se genera en cada hogar, establecimiento u oficina, por no hablar de industrias que abusan de los envoltorios, como la alimentaria y la cosmética, entre otras. El problema de la contaminación plástica es tan grave como el cambio climático, al que, por cierto, contribuye de forma notable. La solución empieza por R, pero no es reciclar. Es REDUCIR como si no hubiera un mañana. Si seguimos así, tal vez no lo haya o no sea agradable. 

Los plásticos también son un problema climático. Su fabricación emitía 1,7 Gt de CO2 en 2015. Según PNUMA, en 2050 podría suponer 6,7 Gt, el 15% del presupuesto global de CO2

Estamos pagando un altísimo precio por haber llenado nuestra vida de plástico. La invasión de este material no es ciencia-ficción, pero lo parece. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que se hayan encontrado microplásticos en casi cualquier órgano de nuestro cuerpo e incluso en la placenta, contaminando el futuro de la humanidad antes de que llegue a existir? Parece pura fantasía, pero inhalamos contaminación plástica y la absorbemos a través de la piel, literalmente.

El pasado viernes, 22 de octubre, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó un informe demoledor, en el que alerta sobre la gravísima situación de mares y océanos. También señala las nefastas consecuencias de la contaminación plástica en la salud de todos los seres vivos, humanidad incluida, así como en los ecosistemas terrestres, la economía mundial y el cambio climático, ya que los plásticos no solo se fabrican con derivados del petróleo, sino que todos los procesos en los que se ven envueltos emiten una gran cantidad de gases de efecto invernadero.

“Esta investigación proporciona el argumento científico más sólido hasta la fecha para responder a la urgencia, actuar de manera colectiva y proteger y restaurar nuestros océanos, así como todos los ecosistemas afectados por la contaminación”, ha dicho Inger Andersen, directora ejecutiva de PNUMA, que también ha calificado de ‘preocupación importante’ el destino de los microplásticos, los aditivos químicos y otros productos fragmentados, muchos de los cuales se sabe que son tóxicos y peligrosos para la salud, la vida silvestre, los suelos y los acuíferos, pero se siguen utilizando profusamente.

El informe dice expresamente que la contaminación del planeta causada por el plástico es una grave crisis global y propone que se actúe rápidamente y de forma coordinada para atajar un problema que ya está ahogando los mares, pero también los ecosistemas terrestres. “Es urgente reducir la producción mundial de plástico y de residuos plásticos en el medio ambiente”, subraya.

Los datos corroboran esta afirmación y hielan la sangre: aproximadamente 7.000 de los 9.200 millones de toneladas de producción acumulada de plástico entre 1950 y 2017 se convirtieron en residuos, tres cuartas partes de los cuales no fueron reciclados, sino depositados en vertederos, y formaron parte de flujos de desechos incontrolados y mal gestionados o fueron vertidos o abandonados en cualquier lugar, incluso en el mar. De hecho, el plástico, ya sea en forma de envase u otros objetos ‘grandes’, o fragmentado, supone el 85% de la basura marina.

Si no se reduce drásticamente la producción de este tipo de materiales, los volúmenes que fluirán hacia el mar se habrán triplicado hacia 2040, con una cantidad anual de entre 23 y 37 millones de toneladas. Para hacernos una idea de la monstruosidad que implican esas cifras, PNUMA aporta una comparativa espeluznante: esas cantidades significan vertidos de alrededor de 50 kilogramos de plástico por metro de costa en todo el mundo.

En consecuencia, todas las especies marinas, desde el plancton y los moluscos hasta las aves, las tortugas y los mamíferos, se enfrentan a serios riesgos de intoxicación, trastornos del comportamiento, inanición y asfixia. Además, los corales, los manglares y los pastos marinos están sofocados por desechos plásticos que les impiden recibir el oxígeno y la luz que necesitan.

De regreso a la tierra, el informe señala que el cuerpo humano también es vulnerable a la contaminación que generan los residuos plásticos en las fuentes de agua, lo que podría causar cambios hormonales, trastornos del desarrollo, anomalías reproductivas y cáncer. El plástico es ingerido a través de los productos del mar, las bebidas e incluso la sal común, pero también penetra en la piel y puede ser inhalado cuando está suspendido en el aire. La sombra de los microplásticos es alargada e insidiosa, ya que sus efectos nocivos no son agudos, sino acumulativos.

La farsa del reciclaje en España y la ‘buena vida’ de Ecoembes

Hace justamente un año, Greenpeace España publicó un informe sobre Ecoembes, la empresa que ostenta el monopolio de la gestión de residuos en España. En un mundo ideal, los datos que arrojaba debieran haber bastado para terminar con su reinado, pero no ocurrió nada, lo habitual cuando se choca con los intereses creados en torno a la cultura de usar y tirar, que son poderosos y profundos. Tanta es su influencia, que han conseguido inocular en el cerebro de la mayoría de la población que reciclar es la panacea, cuando los hechos demuestran que no es el camino. El informe Ecoembes miente: desmontando los engaños de la gestión de residuos domésticos es de obligada lectura, pero también deprime e indigna, porque demuestra que nos están tomando el pelo. De todos los envases que echamos al contenedor amarillo, Ecoembes apenas recicla el 25%. El resto se mueve de un lado a otro, como dice el informe; se incinera, emitiendo gases tóxicos a la atmósfera; se deposita en vertederos, donde contamina la tierra y las aguas subterráneas; o acaba en playas, ríos y bosques. Esta sociedad anónima de abultados beneficios es el epítome del greenwashing. Tal y como documenta Greenpeace, el 90% de sus ingresos viene de los envases que se consumen, ya que las empresas productoras están obligadas a pagar una cuota por punto verde para garantizar su gestión una vez desechados. Reciclar, por lo visto, no le sale a cuenta, aunque sea su verdadera función. 

La pelota está en el tejado de la industria productora y las grandes superficies. La gente no tiene fácil reducir el consumo de plásticos y otros materiales de un solo uso porque es casi lo único que le ofrece el mercado

“Estamos ante un problema tan grave, pero tan grave, que nos va a arrasar. Es una pandemia silenciosa porque no mata, pero estamos respirando plástico, comiendo plástico… Los últimos estudios son demoledores: se han encontrado microplásticos en el plasma sanguíneo, en la placenta, en el hígado… Es una locura”, afirma Julio Barea, responsable de la campaña de gestión de residuos de Greenpeace España.

Reciclar no sirve y hay que reducir tóxicos

“Tenemos que ponernos inmediatamente de acuerdo para reducir drásticamente el plástico porque va a acabar con todo. E incluso en este contexto, sigue existiendo un lobby que se dedica a ir diciendo por ahí que el plástico es una maravilla y que todo se arregla reciclando. En nuestro país, Ecoembes (ver recuadro) y las grandes superficies comerciales siguen boicoteando todo tipo de medidas al respecto”, continúa Barea.

A través de sus informes e investigaciones, casi siempre elaboradas a pesar de la opacidad manifiesta de empresas y grupos de presión sobre los que se pretendía recabar datos, organizaciones como Greenpeace y, más recientemente, Ecologistas en Acción, llevan mucho tiempo predicando en el desierto, pero las cosas están cambiando, ahora que ya ni la ONU puede andarse con melindres y empieza a ‘radicalizar’ su discurso, exigiendo a los gobiernos que legislen, que se aseguren de que las leyes se apliquen –las medioambientales han parecido más consejos que leyes hasta la fecha, ya que infringirlas es más barato que cumplirlas– y que lleguen a acuerdos para que las medidas adquieran escala global.

La Fundación Vivo Sano, y en concreto su plataforma Hogar sin Tóxicos, es otra de las organizaciones que llevan muchos años insistiendo sobre la toxicidad de componentes habituales de objetos cotidianos de plástico o con plásticos entre sus componentes, muchos de ellos envases de un solo uso. Cuando lanzó campaña Di NO al Bisfenol A a principios de 2013, solo una minoría se tomó en serio su petición de eliminar este y otros disruptores endocrinos de los materiales plásticos de uso alimentario.

Sin embargo, la evidencia, que ya era robusta entonces, ha ido aumentando, en la misma medida que la percepción de la relevancia de agentes tóxicos como los disruptores endocrinos, entre otros, en la urgencia por comprender el enfoque Una salud/One Health, acuñado en el inicio del siglo XXI y elemento central de un grupo de trabajo conjunto de diversas organizaciones de Naciones Unidas desde el año 2008. La reciente generalización del concepto de exposoma, de la que hemos hablado en Impaciente, la página de salud de Doubledose, ha venido a reforzar esta idea, ya que demuestra que los factores ambientales interaccionan con nuestros genes y logran alterarlos, pudiendo influir en nuestro estado de salud a lo largo de la vida.

Nuria Millán es educadora ambiental y, desde enero de 2021, coordinadora del proyecto Seres Plásticos o Agentes de Cambio, de la Fundación Vivo Sano, que cuenta con el apoyo de la Fundación Alstom y que sus promotores lo definen como “proyecto de educación y acción ambiental orientado a la reducción del uso de plásticos en el entorno escolar, familiar y empresarial”. Aunque se ha visto frenado por la pandemia, organiza actividades, tanto lúdicas como formativas, como excursiones de recogida de residuos en la costa mediterránea y en la rivera del río Manzanares, en las proximidades de las ciudades en las que opera por el momento, Barcelona y Madrid.

“Se ha evolucionado poco en la gestión del plástico y de los residuos en general –afirma Nuria–. Es fundamental implicar a las empresas, tanto los establecimientos comerciales como las compañías fabricantes y distribuidoras. Es responsabilidad suya reducir al máximo los envoltorios y el packaging de todo tipo de productos, empezando por los alimentos. Si hay un mensaje central en mis talleres, y en todas las actividades que realizo como educadora ambiental, es que la única forma de empezar a solucionar el enorme problema de los residuos que generamos, de plástico y de cualquier otro material, es reducir el consumo. No existe otro camino”.

Naciones Unidas, a través del reciente informe de PNUMA, que será uno de los ejes centrales de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA 5.2), que tendrá lugar en marzo de 2022, no solo comparte el rechazo al reciclado de envases y otros productos de un solo uso de las organizaciones a las que representan tanto Nuria como Julio, sino que también coincide con la Fundación Vivo Sano y Greenpeace en su oposición frontal a la sustitución de unos materiales por otros, supuestamente ecológicos. El mensaje no puede ser más claro: no hay desperdicio que podamos definir como verde.

La alternativa: establecer un sistema de depósito, devolución y retorno

“El mejor envase es el de vidrio retornable, que antes era el habitual en España, pero ahora solo se mantiene en algunos restaurantes –explica Julio Barea, de Greenpeace–. Sería fantástico que los consumidores pudiésemos recuperar ese sistema, pero para eso se necesitan lugares en los que devolver los envases. No podemos poner a la guardia urbana a vigilar que la gente recicle, pero sí podemos incentivar a la gente para que retorne los envases que utiliza a cambio del dinero que ha pagado por ellos. Los países que han implementado sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) recuperan el 90% de los envases. Cada quien devuelve los suyos y, si alguien los deja tirados por la calle, viene otra persona, los recoge y los cambia por dinero”. Efectivamente, la eficacia de los SDDR que actualmente existen en el mundo es apabullante. Y la comparación con los resultados de países como España no deja lugar a dudas. A finales de abril de este mismo año se publicó el informe What we waste, que podríamos traducir por Lo que desperdiciamos, de la plataforma internacional de promoción de la economía circular Reloop. A modo de ejemplo de la eficacia de estos sistemas, que es todavía mayor si se complementan con otro sistema que permita a los consumidores rellenar sus envases con el mismo producto en establecimientos de venta a granel, podemos comparar el número promedio de envases que desperdicia al año cada persona en Alemania, que dispone de un SDDR y una cuota de mercado de envases rellenables superior al 25%, y en España, que no tiene SDDR y la cuota de envases rellenables es claramente inferior al 25%. Una vez más, los números cantan: una media de 10 envases de un solo uso desperdiciados por cada persona en Alemania cada año versus una media de 167 en España, solo superada por tres de los cuatro países europeos analizados: Portugal, Grecia y Hungría. 

Greenpeace considera especialmente nocivos dos productos: los bricks, que mezclan materiales y apenas se reciclan, y las toallitas húmedas, fabricadas con fibras plásticas, una invasión reciente de proporciones catastróficas

Así, las personas expertas que han elaborado el informe de PNUMA rechazan la posibilidad de que el reciclaje sea una salida a esta crisis –el reciclaje de plásticos es inferior al 10% en el conjunto del planeta– y advierten sobre alternativas dañinas a los productos de un solo uso, como los plásticos de base biológica o biodegradables, que actualmente representan una amenaza química similar a la causada por los plásticos convencionales.

“Millones de toneladas de residuos plásticos se pierden en el medio ambiente, o a veces se envían a miles de kilómetros hasta destinos donde generalmente se queman o se tiran. La pérdida anual de valor estimada de los residuos de envases de plástico solo durante la clasificación y el procesamiento es de 80.000 a 120.000 millones de dólares”, explica Inger Andersen.

El documento también señala la rápida expansión de la investigación de plásticos biodegradables y de origen biológico, subrayando que los resultados de estudios de campo muestran que cuando estos plásticos están fuera condiciones industriales o de compostaje controlado, pueden persistir durante muchos años en entornos marinos sin mostrar ningún signo de biodegradación.

“Nos presentan las bolsas denominadas biodegradables como si fueran la panacea, y no lo son en absoluto. Llevan esa etiqueta porque han probado que se descomponen en determinadas circunstancias controladas, estudiadas en laboratorio, por así decir, pero no en la vida real. Además, no sabemos dónde las desechan las y los consumidores, ni qué pasa después con ellas. Por tanto, son una trampa”, resalta Nuria Millán.

Además, el informe de Naciones Unidas analiza las fallas críticas del mercado, como los bajos precios de las materias primas vírgenes basadas en combustibles fósiles, frente a los de los materiales reciclados; los esfuerzos poco articulados en la gestión formal e informal de los residuos plásticos, y la falta de consenso sobre soluciones globales.

Si el camino a la solución ya estaba mal trazado hace apenas un par de años, la crisis sanitaria ha venido a complicar la situación. “La pandemia ha supuesto un absoluto retroceso en la generación de residuos y la pérdida de algunas de las buenas costumbres adquiridas con tanto esfuerzo –se lamenta Julio Barea–. Hasta los medios de comunicación, que habían logrado visibilizar el peligro de la contaminación plástica a nivel planetario, se han relajado mucho. Incluso se ha aprovechado para retomar la fabricación de todo tipo de productos plásticos de usar y tirar, argumentando que son más seguros, lo cual no es necesariamente cierto. Lo que sí es verdad es que el precio del petróleo ha estado bajísimo, por lo que fabricar derivados como el plástico ha sido muy rentable para la industria correspondiente”.

Para Naciones Unidas, no hay una solución única al enorme problema del descontrol y la contaminación plástica, sino que se deben implementar con urgencia y de forma implacable múltiples medidas de la economía circular.

Entre ellas, destaca las políticas de economía circular; la eliminación progresiva de productos y polímeros innecesarios, evitables y problemáticos, cerrando el grifo de la producción de plástico virgen; la adopción de instrumentos fiscales para desincentivar el uso de estos materiales, especialmente en productos de usar y tirar; la aplicación generalizada y urgente de SDDR (ver recuadro); la eliminación de subvenciones a productos nocivos y/o desechables y el endurecimiento de los permisos de comercialización y de los sistemas de responsabilidad de las industrias productoras; fomentar las innovaciones de la química verde para polímeros y aditivos alternativos más seguros; las iniciativas para cambiar la actitud de los consumidores, que siguen aferrados al mensaje que se les ha inoculado a favor del reciclaje; y el apoyo a nuevos modelos de servicio y de iniciativas de ecodiseño para la reutilización de productos.

Para terminar, PNUMA señala que los riesgos múltiples y en cascada que plantean los desechos marinos, en concreto los plásticos, los convierten en multiplicadores de amenazas. Pueden actuar junto con otros factores de estrés, como el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos, causando un daño mucho mayor que si se produjesen de forma aislada.

* La imagen que ilustra esta noticia es de Zuzanna Szczepanska y está disponible en Unsplash.

Los microplásticos han invadido los mares, donde absorben los tóxicos antes de colarse en el menú del pescado y el marisco que comemos, entrando en nuestro cuerpo y depositándose en nuestros órganos. En España, cada persona desperdicia una media de 167 envases de bebidas de un solo uso cada año, una pequeña parte de la catarata de residuos que se genera en cada hogar, comercio u oficina, por no hablar de industrias que abusan de los envoltorios, como la alimentaria y la cosmética, entre otras. El problema de la contaminación plástica es tan grave como el cambio climático, al que, por cierto, contribuye de forma notable. La solución empieza por R, pero no es reciclar. Es REDUCIR como si no hubiera un mañana. Si seguimos así, tal vez no lo haya o no sea agradable. 

Estamos pagando un altísimo precio por haber llenado nuestra vida de plástico. La invasión de este material no es ciencia-ficción, pero lo parece. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que se hayan encontrado microplásticos en casi cualquier órgano de nuestro cuerpo e incluso en la placenta, contaminando el futuro de la humanidad antes de que llegue a existir? Parece pura fantasía, pero inhalamos contaminación plástica y la absorbemos a través de la piel, literalmente.

El pasado viernes, 22 de octubre, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó un informe demoledor, en el que alerta sobre la gravísima situación de mares y océanos. También señala las nefastas consecuencias de la contaminación plástica en la salud de todos los seres vivos, humanidad incluida, así como en los ecosistemas terrestres, la economía mundial y el cambio climático, ya que los plásticos no solo se fabrican con derivados del petróleo, sino que todos los procesos en los que se ven envueltos emiten una gran cantidad de gases de efecto invernadero.

“Esta investigación proporciona el argumento científico más sólido hasta la fecha para responder a la urgencia, actuar de manera colectiva y proteger y restaurar nuestros océanos, así como todos los ecosistemas afectados por la contaminación”, ha dicho Inger Andersen, directora ejecutiva de PNUMA, que también ha calificado de ‘preocupación importante’ el destino de los microplásticos, los aditivos químicos y otros productos fragmentados, muchos de los cuales se sabe que son tóxicos y peligrosos para la salud, la vida silvestre, los suelos y los acuíferos, pero se siguen utilizando profusamente.

El informe dice expresamente que la contaminación del planeta causada por el plástico es una grave crisis global y propone que se actúe rápidamente y de forma coordinada para atajar un problema que ya está ahogando los mares, pero también los ecosistemas terrestres. “Es urgente reducir la producción mundial de plástico y de residuos plásticos en el medio ambiente”, subraya.

Los datos corroboran esta afirmación y hielan la sangre: aproximadamente 7.000 de los 9.200 millones de toneladas de producción acumulada de plástico entre 1950 y 2017 se convirtieron en residuos, tres cuartas partes de los cuales no fueron reciclados, sino depositados en vertederos, y formaron parte de flujos de desechos incontrolados y mal gestionados o fueron vertidos o abandonados en cualquier lugar, incluso en el mar. De hecho, el plástico, ya sea en forma de envase u otros objetos ‘grandes’, o fragmentado, supone el 85% de la basura marina.

Si no se reduce drásticamente la producción de este tipo de materiales, los volúmenes que fluirán hacia el mar se habrán triplicado hacia 2040, con una cantidad anual de entre 23 y 37 millones de toneladas. Para hacernos una idea de la monstruosidad que implican esas cifras, PNUMA aporta una comparativa espeluznante: esas cantidades significan vertidos de alrededor de 50 kilogramos de plástico por metro de costa en todo el mundo.

En consecuencia, todas las especies marinas, desde el plancton y los moluscos hasta las aves, las tortugas y los mamíferos, se enfrentan a serios riesgos de intoxicación, trastornos del comportamiento, inanición y asfixia. Además, los corales, los manglares y los pastos marinos están sofocados por desechos plásticos que les impiden recibir el oxígeno y la luz que necesitan.

De regreso a la tierra, el informe señala que el cuerpo humano también es vulnerable a la contaminación que generan los residuos plásticos en las fuentes de agua, lo que podría causar cambios hormonales, trastornos del desarrollo, anomalías reproductivas y cáncer. El plástico es ingerido a través de los productos del mar, las bebidas e incluso la sal común, pero también penetra en la piel y puede ser inhalado cuando está suspendido en el aire. La sombra de los microplásticos es alargada e insidiosa, ya que sus efectos nocivos no son agudos, sino acumulativos.

La farsa del reciclaje en España y la buena vida de Ecoembes

Hace justamente un año, Greenpeace España publicó un informe sobre Ecoembes, la empresa que ostenta el monopolio de la gestión de residuos en España. En un mundo ideal, los datos que arrojaba debieran haber bastado para terminar con su reinado, pero no ocurrió nada, lo habitual cuando se choca con los intereses creados en torno a la cultura de usar y tirar, que son poderosos y profundos. Tanta es su influencia, que han conseguido inocular en el cerebro de la mayoría de la población que reciclar es la panacea, cuando los hechos demuestran que no es el camino. El informe Ecoembes miente: desmontando los engaños de la gestión de residuos domésticos es de obligada lectura, pero también deprime e indigna, porque demuestra que nos están tomando el pelo. De todos los envases que echamos al contenedor amarillo, Ecoembes apenas recicla el 25%. El resto se mueve de un lado a otro, como dice el informe; se incinera, emitiendo gases tóxicos a la atmósfera; se deposita en vertederos, donde contamina la tierra y las aguas subterráneas; o acaba en playas, ríos y bosques. Esta sociedad anónima de abultados beneficios es el epítome del greenwashing. Tal y como documenta Greenpeace, el 90% de sus ingresos viene de los envases que se consumen, ya que las empresas productoras están obligadas a pagar una cuota por punto verde para garantizar su gestión una vez desechados. Reciclar, por lo visto, no le sale a cuenta, aunque sea su verdadera función.

“Estamos ante un problema tan grave, pero tan grave, que nos va a arrasar. Es una pandemia silenciosa porque no mata, pero estamos respirando plástico, comiendo plástico… Los últimos estudios son demoledores: se han encontrado microplásticos en el plasma sanguíneo, en la placenta, en el hígado… Es una locura”, afirma Julio Barea, responsable de la campaña de gestión de residuos de Greenpeace España.

Reciclar no sirve y hay que reducir tóxicos

“Tenemos que ponernos inmediatamente de acuerdo para reducir drásticamente el plástico porque va a acabar con todo. E incluso en este contexto, sigue existiendo un lobby que se dedica a ir diciendo por ahí que el plástico es una maravilla y que todo se arregla reciclando. En nuestro país, Ecoembes (ver recuadro) y las grandes superficies comerciales siguen boicoteando todo tipo de medidas al respecto”, continúa Barea.

A través de sus informes e investigaciones, casi siempre elaboradas a pesar de la opacidad manifiesta de empresas y grupos de presión sobre los que se pretendía recabar datos, organizaciones como Greenpeace y, más recientemente, Ecologistas en Acción, llevan mucho tiempo predicando en el desierto, pero las cosas están cambiando, ahora que ya ni la ONU puede andarse con melindres y empieza a ‘radicalizar’ su discurso, exigiendo a los gobiernos que legislen, que se aseguren de que las leyes se apliquen –las medioambientales han parecido más consejos que leyes hasta la fecha, ya que infringirlas es más barato que cumplirlas– y que lleguen a acuerdos para que las medidas adquieran escala global.

La Fundación Vivo Sano, y en concreto su plataforma Hogar sin Tóxicos, es otra de las organizaciones que llevan muchos años insistiendo sobre la toxicidad de componentes habituales de objetos cotidianos de plástico o con plásticos entre sus componentes, muchos de ellos envases de un solo uso. Cuando lanzó campaña Di NO al Bisfenol A a principios de 2013, solo una minoría se tomó en serio su petición de eliminar este y otros disruptores endocrinos de los materiales plásticos de uso alimentario.

Sin embargo, la evidencia, que ya era robusta entonces, ha ido aumentando, en la misma medida que la percepción de la relevancia de agentes tóxicos como los disruptores endocrinos, entre otros, en la urgencia por comprender el enfoque Una salud/One Health, acuñado en el inicio del siglo XXI y elemento central de un grupo de trabajo conjunto de diversas organizaciones de Naciones Unidas desde el año 2008. La reciente generalización del concepto de exposoma, de la que hemos hablado en Impaciente, la página de salud de Doubledose, ha venido a reforzar esta idea, ya que demuestra que los factores ambientales interaccionan con nuestros genes y logran alterarlos, pudiendo influir en nuestro estado de salud a lo largo de la vida.

Nuria Millán es educadora ambiental y, desde enero de 2021, coordinadora del proyecto Seres Plásticos o Agentes de Cambio, de la Fundación Vivo Sano, que cuenta con el apoyo de la Fundación Alstom y que sus promotores lo definen como “proyecto de educación y acción ambiental orientado a la reducción del uso de plásticos en el entorno escolar, familiar y empresarial”. Aunque se ha visto frenado por la pandemia, organiza actividades, tanto lúdicas como formativas, como excursiones de recogida de residuos en la costa mediterránea y en la rivera del río Manzanares, en las proximidades de las ciudades en las que opera por el momento, Barcelona y Madrid.

“Se ha evolucionado poco en la gestión del plástico y de los residuos en general –afirma Nuria–. Es fundamental implicar a las empresas, tanto los establecimientos comerciales como las compañías fabricantes y distribuidoras. Es responsabilidad suya reducir al máximo los envoltorios y el packaging de todo tipo de productos, empezando por los alimentos. Si hay un mensaje central en mis talleres, y en todas las actividades que realizo como educadora ambiental, es que la única forma de empezar a solucionar el enorme problema de los residuos que generamos, de plástico y de cualquier otro material, es reducir el consumo. No existe otro camino”.

Naciones Unidas, a través del reciente informe de PNUMA, que será uno de los ejes centrales de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA 5.2), que tendrá lugar en marzo de 2022, no solo comparte el rechazo al reciclado de envases y otros productos de un solo uso de las organizaciones a las que representan tanto Nuria como Julio, sino que también coincide con la Fundación Vivo Sano y Greenpeace en su oposición frontal a la sustitución de unos materiales por otros, supuestamente ecológicos. El mensaje no puede ser más claro: no hay desperdicio que podamos definir como verde.

La alternativa: establecer un sistema de depósito, devolución y retorno

“El mejor envase es el de vidrio retornable, que antes era el habitual en España, pero ahora solo se mantiene en algunos restaurantes –explica Julio Barea, de Greenpeace–. Sería fantástico que los consumidores pudiésemos recuperar ese sistema, pero para eso se necesitan lugares en los que devolver los envases. No podemos poner a la guardia urbana a vigilar que la gente recicle, pero sí podemos incentivar a la gente para que retorne los envases que utiliza a cambio del dinero que ha pagado por ellos. Los países que han implementado sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) recuperan el 90% de los envases. Cada quien devuelve los suyos y, si alguien los deja tirados por la calle, viene otra persona, los recoge y los cambia por dinero”. Efectivamente, la eficacia de los SDDR que actualmente existen en el mundo es apabullante. Y la comparación con los resultados de países como España no deja lugar a dudas. A finales de abril de este mismo año se publicó el informe What we waste, que podríamos traducir por Lo que desperdiciamos, de la plataforma internacional de promoción de la economía circular Reloop. A modo de ejemplo de la eficacia de estos sistemas, que es todavía mayor si se complementan con otro sistema que permita a los consumidores rellenar sus envases con el mismo producto en establecimientos de venta a granel, podemos comparar el número promedio de envases que desperdicia al año cada persona en Alemania, que dispone de un SDDR y una cuota de mercado de envases rellenables superior al 25%, y en España, que no tiene SDDR y la cuota de envases rellenables es claramente inferior al 25%. Una vez más, los números cantan: una media de 10 envases de un solo uso desperdiciados por cada persona en Alemania cada año versus una media de 167 en España, solo superada por tres de los cuatro países europeos analizados: Portugal, Grecia y Hungría.  

Así, las personas expertas que han elaborado el informe de PNUMA rechazan la posibilidad de que el reciclaje sea una salida a esta crisis –el reciclaje de plásticos es inferior al 10% en el conjunto del planeta– y advierten sobre alternativas dañinas a los productos de un solo uso, como los plásticos de base biológica o biodegradables, que actualmente representan una amenaza química similar a la causada por los plásticos convencionales.

“Millones de toneladas de residuos plásticos se pierden en el medio ambiente, o a veces se envían a miles de kilómetros hasta destinos donde generalmente se queman o se tiran. La pérdida anual de valor estimada de los residuos de envases de plástico solo durante la clasificación y el procesamiento es de 80.000 a 120.000 millones de dólares”, explica Inger Andersen.

El documento también señala la rápida expansión de la investigación de plásticos biodegradables y de origen biológico, subrayando que los resultados de estudios de campo muestran que cuando estos plásticos están fuera condiciones industriales o de compostaje controlado, pueden persistir durante muchos años en entornos marinos sin mostrar ningún signo de biodegradación.

“Nos presentan las bolsas denominadas biodegradables como si fueran la panacea, y no lo son en absoluto. Llevan esa etiqueta porque han probado que se descomponen en determinadas circunstancias controladas, estudiadas en laboratorio, por así decir, pero no en la vida real. Además, no sabemos dónde las desechan las y los consumidores, ni qué pasa después con ellas. Por tanto, son una trampa”, resalta Nuria Millán.

Además, el informe de Naciones Unidas analiza las fallas críticas del mercado, como los bajos precios de las materias primas vírgenes basadas en combustibles fósiles, frente a los de los materiales reciclados; los esfuerzos poco articulados en la gestión formal e informal de los residuos plásticos, y la falta de consenso sobre soluciones globales.

Si el camino a la solución ya estaba mal trazado hace apenas un par de años, la crisis sanitaria ha venido a complicar la situación. “La pandemia ha supuesto un absoluto retroceso en la generación de residuos y la pérdida de algunas de las buenas costumbres adquiridas con tanto esfuerzo –se lamenta Julio Barea–. Hasta los medios de comunicación, que habían logrado visibilizar el peligro de la contaminación plástica a nivel planetario, se han relajado mucho. Incluso se ha aprovechado para retomar la fabricación de todo tipo de productos plásticos de usar y tirar, argumentando que son más seguros, lo cual no es necesariamente cierto. Lo que sí es verdad es que el precio del petróleo ha estado bajísimo, por lo que fabricar derivados como el plástico ha sido muy rentable para la industria correspondiente”.

Para Naciones Unidas, no hay una solución única al enorme problema del descontrol y la contaminación plástica, sino que se deben implementar con urgencia y de forma implacable múltiples medidas de la economía circular.

Entre ellas, destaca las políticas de economía circular; la eliminación progresiva de productos y polímeros innecesarios, evitables y problemáticos, cerrando el grifo de la producción de plástico virgen; la adopción de instrumentos fiscales para desincentivar el uso de estos materiales, especialmente en productos de usar y tirar; la aplicación generalizada y urgente de SDDR (ver recuadro); la eliminación de subvenciones a productos nocivos y/o desechables y el endurecimiento de los permisos de comercialización y de los sistemas de responsabilidad de las industrias productoras; fomentar las innovaciones de la química verde para polímeros y aditivos alternativos más seguros; las iniciativas para cambiar la actitud de los consumidores, que siguen aferrados al mensaje que se les ha inoculado a favor del reciclaje; y el apoyo a nuevos modelos de servicio y de iniciativas de ecodiseño para la reutilización de productos.

Para terminar, PNUMA señala que los riesgos múltiples y en cascada que plantean los desechos marinos, en concreto los plásticos, los convierten en multiplicadores de amenazas. Pueden actuar junto con otros factores de estrés, como el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos, causando un daño mucho mayor que si se produjesen de forma aislada.

* La imagen que ilustra esta noticia es de Zuzanna Szczepanska y está disponible en Unsplash.

Estamos pagando un altísimo precio por haber llenado nuestra vida de plástico. La invasión de este material no es ciencia-ficción, pero lo parece. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que se hayan encontrado microplásticos en casi cualquier órgano de nuestro cuerpo e incluso en la placenta, contaminando el futuro de la humanidad antes de que llegue a existir? Parece pura fantasía, pero inhalamos contaminación plástica y la absorbemos a través de la piel, literalmente.

El pasado viernes, 22 de octubre, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó un informe demoledor, en el que alerta sobre la gravísima situación de mares y océanos. También señala las nefastas consecuencias de la contaminación plástica en la salud de todos los seres vivos, humanidad incluida, así como en los ecosistemas terrestres, la economía mundial y el cambio climático, ya que los plásticos no solo se fabrican con derivados del petróleo, sino que todos los procesos en los que se ven envueltos emiten una gran cantidad de gases de efecto invernadero.

“Esta investigación proporciona el argumento científico más sólido hasta la fecha para responder a la urgencia, actuar de manera colectiva y proteger y restaurar nuestros océanos, así como todos los ecosistemas afectados por la contaminación”, ha dicho Inger Andersen, directora ejecutiva de PNUMA, que también ha calificado de ‘preocupación importante’ el destino de los microplásticos, los aditivos químicos y otros productos fragmentados, muchos de los cuales se sabe que son tóxicos y peligrosos para la salud, la vida silvestre, los suelos y los acuíferos, pero se siguen utilizando profusamente.

El informe dice expresamente que la contaminación del planeta causada por el plástico es una grave crisis global y propone que se actúe rápidamente y de forma coordinada para atajar un problema que ya está ahogando los mares, pero también los ecosistemas terrestres. “Es urgente reducir la producción mundial de plástico y de residuos plásticos en el medio ambiente”, subraya.

Los datos corroboran esta afirmación y hielan la sangre: aproximadamente 7.000 de los 9.200 millones de toneladas de producción acumulada de plástico entre 1950 y 2017 se convirtieron en residuos, tres cuartas partes de los cuales no fueron reciclados, sino depositados en vertederos, y formaron parte de flujos de desechos incontrolados y mal gestionados o fueron vertidos o abandonados en cualquier lugar, incluso en el mar. De hecho, el plástico, ya sea en forma de envase u otros objetos ‘grandes’, o fragmentado, supone el 85% de la basura marina.

Si no se reduce drásticamente la producción de este tipo de materiales, los volúmenes que fluirán hacia el mar se habrán triplicado hacia 2040, con una cantidad anual de entre 23 y 37 millones de toneladas. Para hacernos una idea de la monstruosidad que implican esas cifras, PNUMA aporta una comparativa espeluznante: esas cantidades significan vertidos de alrededor de 50 kilogramos de plástico por metro de costa en todo el mundo.

En consecuencia, todas las especies marinas, desde el plancton y los moluscos hasta las aves, las tortugas y los mamíferos, se enfrentan a serios riesgos de intoxicación, trastornos del comportamiento, inanición y asfixia. Además, los corales, los manglares y los pastos marinos están sofocados por desechos plásticos que les impiden recibir el oxígeno y la luz que necesitan.

De regreso a la tierra, el informe señala que el cuerpo humano también es vulnerable a la contaminación que generan los residuos plásticos en las fuentes de agua, lo que podría causar cambios hormonales, trastornos del desarrollo, anomalías reproductivas y cáncer. El plástico es ingerido a través de los productos del mar, las bebidas e incluso la sal común, pero también penetra en la piel y puede ser inhalado cuando está suspendido en el aire. La sombra de los microplásticos es alargada e insidiosa, ya que sus efectos nocivos no son agudos, sino acumulativos.

La farsa del reciclaje en España y la buena vida de Ecoembes

Hace justamente un año, Greenpeace España publicó un informe sobre Ecoembes, la empresa que ostenta el monopolio de la gestión de residuos en España. En un mundo ideal, los datos que arrojaba debieran haber bastado para terminar con su reinado, pero no ocurrió nada, lo habitual cuando se choca con los intereses creados en torno a la cultura de usar y tirar, que son poderosos y profundos. Tanta es su influencia, que han conseguido inocular en el cerebro de la mayoría de la población que reciclar es la panacea, cuando los hechos demuestran que no es el camino. El informe Ecoembes miente: desmontando los engaños de la gestión de residuos domésticos es de obligada lectura, pero también deprime e indigna, porque demuestra que nos están tomando el pelo. De todos los envases que echamos al contenedor amarillo, Ecoembes apenas recicla el 25%. El resto se mueve de un lado a otro, como dice el informe; se incinera, emitiendo gases tóxicos a la atmósfera; se deposita en vertederos, donde contamina la tierra y las aguas subterráneas; o acaba en playas, ríos y bosques. Esta sociedad anónima de abultados beneficios es el epítome del greenwashing. Tal y como documenta Greenpeace, el 90% de sus ingresos viene de los envases que se consumen, ya que las empresas productoras están obligadas a pagar una cuota por punto verde para garantizar su gestión una vez desechados. Reciclar, por lo visto, no le sale a cuenta, aunque sea su verdadera función.

“Estamos ante un problema tan grave, pero tan grave, que nos va a arrasar. Es una pandemia silenciosa porque no mata, pero estamos respirando plástico, comiendo plástico… Los últimos estudios son demoledores: se han encontrado microplásticos en el plasma sanguíneo, en la placenta, en el hígado… Es una locura”, afirma Julio Barea, responsable de la campaña de gestión de residuos de Greenpeace España.

Reciclar no sirve y hay que reducir tóxicos

“Tenemos que ponernos inmediatamente de acuerdo para reducir drásticamente el plástico porque va a acabar con todo. E incluso en este contexto, sigue existiendo un lobby que se dedica a ir diciendo por ahí que el plástico es una maravilla y que todo se arregla reciclando. En nuestro país, Ecoembes (ver recuadro) y las grandes superficies comerciales siguen boicoteando todo tipo de medidas al respecto”, continúa Barea.

A través de sus informes e investigaciones, casi siempre elaboradas a pesar de la opacidad manifiesta de empresas y grupos de presión sobre los que se pretendía recabar datos, organizaciones como Greenpeace y, más recientemente, Ecologistas en Acción, llevan mucho tiempo predicando en el desierto, pero las cosas están cambiando, ahora que ya ni la ONU puede andarse con melindres y empieza a ‘radicalizar’ su discurso, exigiendo a los gobiernos que legislen, que se aseguren de que las leyes se apliquen –las medioambientales han parecido más consejos que leyes hasta la fecha, ya que infringirlas es más barato que cumplirlas– y que lleguen a acuerdos para que las medidas adquieran escala global.

La Fundación Vivo Sano, y en concreto su plataforma Hogar sin Tóxicos, es otra de las organizaciones que llevan muchos años insistiendo sobre la toxicidad de componentes habituales de objetos cotidianos de plástico o con plásticos entre sus componentes, muchos de ellos envases de un solo uso. Cuando lanzó campaña Di NO al Bisfenol A a principios de 2013, solo una minoría se tomó en serio su petición de eliminar este y otros disruptores endocrinos de los materiales plásticos de uso alimentario.

Sin embargo, la evidencia, que ya era robusta entonces, ha ido aumentando, en la misma medida que la percepción de la relevancia de agentes tóxicos como los disruptores endocrinos, entre otros, en la urgencia por comprender el enfoque Una salud/One Health, acuñado en el inicio del siglo XXI y elemento central de un grupo de trabajo conjunto de diversas organizaciones de Naciones Unidas desde el año 2008. La reciente generalización del concepto de exposoma, de la que hemos hablado en Impaciente, la página de salud de Doubledose, ha venido a reforzar esta idea, ya que demuestra que los factores ambientales interaccionan con nuestros genes y logran alterarlos, pudiendo influir en nuestro estado de salud a lo largo de la vida.

Nuria Millán es educadora ambiental y, desde enero de 2021, coordinadora del proyecto Seres Plásticos o Agentes de Cambio, de la Fundación Vivo Sano, que cuenta con el apoyo de la Fundación Alstom y que sus promotores lo definen como “proyecto de educación y acción ambiental orientado a la reducción del uso de plásticos en el entorno escolar, familiar y empresarial”. Aunque se ha visto frenado por la pandemia, organiza actividades, tanto lúdicas como formativas, como excursiones de recogida de residuos en la costa mediterránea y en la rivera del río Manzanares, en las proximidades de las ciudades en las que opera por el momento, Barcelona y Madrid.

“Se ha evolucionado poco en la gestión del plástico y de los residuos en general –afirma Nuria–. Es fundamental implicar a las empresas, tanto los establecimientos comerciales como las compañías fabricantes y distribuidoras. Es responsabilidad suya reducir al máximo los envoltorios y el packaging de todo tipo de productos, empezando por los alimentos. Si hay un mensaje central en mis talleres, y en todas las actividades que realizo como educadora ambiental, es que la única forma de empezar a solucionar el enorme problema de los residuos que generamos, de plástico y de cualquier otro material, es reducir el consumo. No existe otro camino”.

Naciones Unidas, a través del reciente informe de PNUMA, que será uno de los ejes centrales de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA 5.2), que tendrá lugar en marzo de 2022, no solo comparte el rechazo al reciclado de envases y otros productos de un solo uso de las organizaciones a las que representan tanto Nuria como Julio, sino que también coincide con la Fundación Vivo Sano y Greenpeace en su oposición frontal a la sustitución de unos materiales por otros, supuestamente ecológicos. El mensaje no puede ser más claro: no hay desperdicio que podamos definir como verde.

La alternativa: establecer un sistema de depósito, devolución y retorno

“El mejor envase es el de vidrio retornable, que antes era el habitual en España, pero ahora solo se mantiene en algunos restaurantes –explica Julio Barea, de Greenpeace–. Sería fantástico que los consumidores pudiésemos recuperar ese sistema, pero para eso se necesitan lugares en los que devolver los envases. No podemos poner a la guardia urbana a vigilar que la gente recicle, pero sí podemos incentivar a la gente para que retorne los envases que utiliza a cambio del dinero que ha pagado por ellos. Los países que han implementado sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) recuperan el 90% de los envases. Cada quien devuelve los suyos y, si alguien los deja tirados por la calle, viene otra persona, los recoge y los cambia por dinero”. Efectivamente, la eficacia de los SDDR que actualmente existen en el mundo es apabullante. Y la comparación con los resultados de países como España no deja lugar a dudas. A finales de abril de este mismo año se publicó el informe What we waste, que podríamos traducir por Lo que desperdiciamos, de la plataforma internacional de promoción de la economía circular Reloop. A modo de ejemplo de la eficacia de estos sistemas, que es todavía mayor si se complementan con otro sistema que permita a los consumidores rellenar sus envases con el mismo producto en establecimientos de venta a granel, podemos comparar el número promedio de envases que desperdicia al año cada persona en Alemania, que dispone de un SDDR y una cuota de mercado de envases rellenables superior al 25%, y en España, que no tiene SDDR y la cuota de envases rellenables es claramente inferior al 25%. Una vez más, los números cantan: una media de 10 envases de un solo uso desperdiciados por cada persona en Alemania cada año versus una media de 167 en España, solo superada por tres de los cuatro países europeos analizados: Portugal, Grecia y Hungría.  

Así, las personas expertas que han elaborado el informe de PNUMA rechazan la posibilidad de que el reciclaje sea una salida a esta crisis –el reciclaje de plásticos es inferior al 10% en el conjunto del planeta– y advierten sobre alternativas dañinas a los productos de un solo uso, como los plásticos de base biológica o biodegradables, que actualmente representan una amenaza química similar a la causada por los plásticos convencionales.

“Millones de toneladas de residuos plásticos se pierden en el medio ambiente, o a veces se envían a miles de kilómetros hasta destinos donde generalmente se queman o se tiran. La pérdida anual de valor estimada de los residuos de envases de plástico solo durante la clasificación y el procesamiento es de 80.000 a 120.000 millones de dólares”, explica Inger Andersen.

El documento también señala la rápida expansión de la investigación de plásticos biodegradables y de origen biológico, subrayando que los resultados de estudios de campo muestran que cuando estos plásticos están fuera condiciones industriales o de compostaje controlado, pueden persistir durante muchos años en entornos marinos sin mostrar ningún signo de biodegradación.

“Nos presentan las bolsas denominadas biodegradables como si fueran la panacea, y no lo son en absoluto. Llevan esa etiqueta porque han probado que se descomponen en determinadas circunstancias controladas, estudiadas en laboratorio, por así decir, pero no en la vida real. Además, no sabemos dónde las desechan las y los consumidores, ni qué pasa después con ellas. Por tanto, son una trampa”, resalta Nuria Millán.

Además, el informe de Naciones Unidas analiza las fallas críticas del mercado, como los bajos precios de las materias primas vírgenes basadas en combustibles fósiles, frente a los de los materiales reciclados; los esfuerzos poco articulados en la gestión formal e informal de los residuos plásticos, y la falta de consenso sobre soluciones globales.

Si el camino a la solución ya estaba mal trazado hace apenas un par de años, la crisis sanitaria ha venido a complicar la situación. “La pandemia ha supuesto un absoluto retroceso en la generación de residuos y la pérdida de algunas de las buenas costumbres adquiridas con tanto esfuerzo –se lamenta Julio Barea–. Hasta los medios de comunicación, que habían logrado visibilizar el peligro de la contaminación plástica a nivel planetario, se han relajado mucho. Incluso se ha aprovechado para retomar la fabricación de todo tipo de productos plásticos de usar y tirar, argumentando que son más seguros, lo cual no es necesariamente cierto. Lo que sí es verdad es que el precio del petróleo ha estado bajísimo, por lo que fabricar derivados como el plástico ha sido muy rentable para la industria correspondiente”.

Para Naciones Unidas, no hay una solución única al enorme problema del descontrol y la contaminación plástica, sino que se deben implementar con urgencia y de forma implacable múltiples medidas de la economía circular.

Entre ellas, destaca las políticas de economía circular; la eliminación progresiva de productos y polímeros innecesarios, evitables y problemáticos, cerrando el grifo de la producción de plástico virgen; la adopción de instrumentos fiscales para desincentivar el uso de estos materiales, especialmente en productos de usar y tirar; la aplicación generalizada y urgente de SDDR (ver recuadro); la eliminación de subvenciones a productos nocivos y/o desechables y el endurecimiento de los permisos de comercialización y de los sistemas de responsabilidad de las industrias productoras; fomentar las innovaciones de la química verde para polímeros y aditivos alternativos más seguros; las iniciativas para cambiar la actitud de los consumidores, que siguen aferrados al mensaje que se les ha inoculado a favor del reciclaje; y el apoyo a nuevos modelos de servicio y de iniciativas de ecodiseño para la reutilización de productos.

Para terminar, PNUMA señala que los riesgos múltiples y en cascada que plantean los desechos marinos, en concreto los plásticos, los convierten en multiplicadores de amenazas. Pueden actuar junto con otros factores de estrés, como el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos, causando un daño mucho mayor que si se produjesen de forma aislada.

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