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Ajo y la perrina, Musa María, en la Plaza de las Comendadoras de Madrid / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

AJO

Micropoetisa

Afortunadamente, esta entrevista a Ajo, mi querida micropoetisa, se publica cuando hay un show en el horizonte, tras un año de sequía compartida con la mayor parte de sus colegas de las artes escénicas y la palabra hablada. O más hablada que escrita, al menos, pese a la publicación de varios micropoemarios que os invito a leer sin más dilación. La entrevista fue hecha en el hábitat que compartimos, concretamente en la terraza del Café Moderno, en la Plaza de las Comendadoras. Correteando a nuestro alrededor, la reina del lugar, la perrina, Musa María, toda inteligencia y puro carácter. Ninguna de las dos tenía un buen día, pero hicimos lo posible por construir una charla en condiciones. Ambas esperamos que os guste.

POR ALEXA DIÉGUEZ / 4 DE DICIEMBRE DE 2020

Entrevistar a Ajo, María José Martín de la Hoz (Saldaña, Palencia), micropoetisa para más señas, no me ha parecido trabajo. La conozco desde el año 93, cuando trabajaba en Boa Música –ahora Altafonte– y ella apenas acababa de montar Por Caridad Producciones con Javier Colis y Javier Piñango. Siempre nos entendimos bien.

Hice los exámenes de fin de carrera con una camiseta diseñada por ella, con un dibujo de niña estilo monigote que tenía su cara de cuando era pequeña y se apuntaba a sí misma con una pistola en la cabeza. Bajo el dibujo, rezaba: Me duelen los ovarios. La fundí, literalmente. Me regaló otra, esta vez con los motivos en granate, La fundí también.

Años después, nos veíamos a menudo cuando era taquillera del Teatro Alfil, delante del que yo pasaba a diario. Luego vendría el festival Experimentaclub, pionero en su especie, en los burbujeantes primeros años de La Casa Encendida.

A continuación, le perdí la pista durante una temporada larga, pero hace aproximadamente un lustro nos reencontramos, vecinas otra vez y compartiendo bares y amistades, filosofando como si no hubiera un mañana hasta que, de golpe y porrazo, esta frase hecha empezó a ser inquietantemente verosímil.

 

Echo de menos la vida de barrio que llevábamos, tan agradable. Ese día a día se nos ha escapado, en gran medida porque nos hemos quedado sin bares.

Hemos perdido lo cotidiano, que para mí también era muy agradable. Esos días de ir al Horacio y encontrarnos a personas queridas sin más esfuerzo que salir a la calle. Ahora hay que quedar para ver a la gente.

Los bares son sitios donde dar una oportunidad al destino, lugares hechos para socializar. En los bares se me han ocurrido muchas ideas, me han surgido muchos proyectos, me he hecho íntima de muchas personas… Ahora transitamos por pequeños túneles, cada uno por el suyo. No sucede nada al azar, pasan muchas menos cosas que antes. Y yo vivo de que pasen cosas todo el rato.

Ha desaparecido el caos, que es fundamental para la vida de cualquier gran cuidad y que es un orden superior. No un desorden, que eso es otra cosa.

En este barrio ya nos habían destrozado un poco el caos con la llegada de la gentrificación. Yo, que soy de pueblo, tiendo a reproducir las costumbres de los lugares pequeños, como conocer y saludar a todo el mundo, algo que aquí ya se había reducido mucho en los últimos tiempos.

 

Tal vez el dinero, o la falta de él, esté acentuando esa carencia de vida social que padecemos, ¿no crees?

¡Desde luego! Yo estaba empezando a remontar después de una temporada muy mala a nivel de trabajo y de dinero. La pandemia ha sido un hachazo, como si se me echase todo el futuro encima. Para mí está siendo muy loco, pese a estar acostumbrada a lidiar con distintas situaciones difíciles y a improvisar mucho. Ya me he arruinado varias veces en la vida.

Sin embargo, también estaba acostumbrada a que el mundo funcionase a mi alrededor, y eso, de alguna manera, me sosegaba. Además, soy mucho mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. Esta crisis tiene algo que me parece muy injusto. Siento que la realidad es una traidora.

Es verdad que también soy más consciente de todo lo que ocurre, y eso no me proporciona más felicidad, sino todo lo contrario. Ir alcanzando más capas de consciencia a medida que cumplo años me produce mucho vértigo. Te diría que casi hubiese preferido esa sensación de inconsciencia que imagino hubiese experimentado cuando era más joven.

 

«Estaba acostumbrada a que el mundo funcionase. Ahora le va mal a mi entorno y soy mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. La realidad es una traidora»

 

Imagino que esta reflexión es posterior al shock inicial que supuso el confinamiento para todos. Yo no era capaz de pensar.

Durante la primera cuarentena lo llevé mejor, sí. Era una situación de tiempo detenido para todo el mundo. No tenía la incertidumbre por bandera. Había una perspectiva de mejora. Llegaría junio y las cosas cambiarían. Pero cuando asomó la segunda ola y comprendí que esto no ha había hecho más que empezar, cambió la cosa.

La verdad es que no sé si tengo herramientas para gestionar con éxito esta situación. En la micropoesía no existen los ahorros. Se vive al día. Siempre en presente. Estoy asustada. Al menos, ahora mismo. Hay días en los que veo las cosas de otra forma.

 

Son muchas, muchísimas las personas que están viviendo situaciones parecidas.

Sí, es lo que te comentaba, que en otros momentos de mi vida, en los que he montado empresas sin ser empresaria, sino más bien emprendedora, y me ha ido fatal, mi entorno estaba bien, tranquilo, situado, sin problemas. Quieras que no, saber que solo te va mal a ti, porque no has hecho las cosas bien o porque has tenido mala suerte, no es tan duro como lo que está pasando ahora. En mi entorno le está yendo mal a mucha gente y eso me transmite, nos transmite, que la vida es mucho más frágil de lo que creíamos.

 

¿Qué te sugiere el mantra bienpensante de la primera ola: de esto vamos a salir mejores?

Me sugiere todo lo contrario. De esto vamos a salir peores y más obedientes, que es lo peor de lo peor. Nunca se había utilizado la salud para controlar a la gente y recortar las libertades.

¡Ojo! Sé que hay una pandemia y que esta enfermedad es peligrosísima. No soy en absoluto negacionista, pero de ahí a que me parezca bien que se instale el control absoluto en nombre de no morirse hay un abismo. Nos habían dominado a través de las creencias y de las ideologías, pero nunca en nombre de la salud, que individualiza mucho.

Si lo que querían era controlarnos, la pandemia se lo ha puesto en bandeja. Ahora vamos a facilitar otro tipo de datos sin rechistar. Vamos a decir dónde estábamos, qué hacíamos y con quién lo hacíamos, que es información mucho más personal que la dirección y el teléfono. Somos granjas de datos, no somos relevantes como personas. Pero si antes controlaban cómo consumíamos, a partir de ahora también controlarán cómo vivimos.

 

Pienso ahora en las vecinas y los vecinos que se han dedicado a fiscalizar al prójimo desde los balcones.

Se ha creado una dinámica en la que algunas personas se hacen guardianas de los demás, en lugar de centrarse en su propia responsabilidad. Es muy complicado, porque plantearse las cosas así enfrenta mucho. Casi nadie tiene las buenas maneras necesarias para decir lo que tenga que decir.

Los balconazis fueron un fenómeno innegable. A mí me han increpado paseando a la perrina y hablando a tres metros de distancia con alguna persona conocida a la que me acababa de encontrar. Incluso así, han llamado a la policía, que ha venido a acusarnos de estar socializando.

Esas actitudes y este control me aterrorizan. Me espanta que no se permita que nos guíe el sentido común, que no se llama así por casualidad, sino porque recoge el sentir y la opinión de la comunidad.

Me aterroriza que nos den instrucciones para todo y que las acatemos sin rechistar, acríticamente. Equivocarse por cuenta propia también es importante.

 

Esto me recuerda inevitablemente a los jóvenes, los grandes chivos expiatorios.

Es muy fuerte. ¿Es que nadie ha sido joven? Las personas jóvenes son eminentemente egoístas y la muerte no va con ellas. En todas las culturas existen ritos de pasaje a la edad adulta que consisten en enfrentarse a los peligros y jugarse la vida.

Pero bueno, más allá de las características intrínsecas de la juventud, pensemos un poco: si pierdes dos años entre los 40 y los 42, es una gran faena, pero ¡imagínate perder dos años entre los 15 y los 17!

Son años eternos y fundamentales. Años de socializar, de besarse, de tocarse, de follar, de romper el huevo. Se les echa la culpa de todo pero ¿qué van a hacer, si son un manojo de hormonas?

Yo creo que lo hubiera llevado muy mal si esto me pilla con esa edad. Además, están en tierra de nadie: no se les da derecho a decidir, pero también les falta información e interés. ¡Hay mucho instinto metido en una persona joven!

 

«¿Es que nadie ha sido joven? Perder dos años es una faena para todos, pero ¡imagínate perder los dos años que van de los 15 a los 17, que son eternos y fundamentales!»

 

Si alguien tiene la culpa de algo, somos los adultos.

Efectivamente, no estaríamos como estamos si los adultos no hubieran desmantelado la sanidad pública y hubiese camas y personal sanitario de sobra para toda la población. Con más medios, estaríamos pasando por esto de forma muy distinta.

En última instancia, no tiene sentido quedarse sin vivir para no morirse, pero lo cierto es que estamos otra vez semiconfinados porque no se ha invertido en sanidad ni en salud pública durante estos meses.

El argumento que se utiliza es que debemos proteger a los mayores. ¿Cómo que proteger a los mayores si lo que ha pasado en las residencias, lo que está pasando todavía ahora, es que tenemos a la gente mayor amontonada, descuidada e incluso maltratada? Están acusando a los jóvenes de que se mueran los viejos. No, perdone, la culpa la tenemos los adultos, que consentimos este sistema en lugar de poner a cada persona mayor dependiente otra persona que la cuide. Pagada y con dinero público, por supuesto.

Pero hablemos claro: la culpa la tiene cada quien por meter a sus padres en una residencia y no hacerles ni puñetero caso. Hace poco leí que ha aumentado de forma espectacular la cantidad de personas mayores que desheredan a sus descendientes por dejarlas solas y abandonadas durante el confinamiento.

 

Estos días he pensado en el fin del amor tal y como lo entendemos. Son malos tiempos para enamorarse.

Volvemos a los bares, que son los lugares donde el destino sucede. En otro día decía en otra entrevista que nos estamos quedando sin los verbos que más importan: charlar, bailar, abrazar, besar, ligar, follar… Se nos ha propuesto la alternativa virtual, pero coincidiremos en que no es lo mismo. Hasta que haya un cambio de vida definitivo, las generaciones que estamos entre dos eras lo vamos a pasar muy mal. Nos hace mucha falta el calor humano.

 

Por algo se llama humano a ese calor. Nos es consustancial.

Sí, pero también te diría que, en este momento, me fastidiaría más que se cayese el wifi que la economía mundial. El wifi me ha salvado, me ha permitido entretenerme, pero también charlar con mis amistades para saber cómo estaban, para filosofar sobre lo que está pasando y tratar de entenderlo –a veces desde el humor, que suele ser una buena alternativa–, para no sentirme sola.

 

La soledad no es fácil, pero si la sumas a la pobreza…

Es como si nos estuvieran iluminando con un foco. Mientras nos movíamos, se notaba todo menos, seguíamos adelante gracias a las ganas de hacer cosas y a la ilusión que nos generaba hacerlas. Pero, de repente, se nos cayó el futuro a los pies y nos quedamos todos congelados en el momento en el que estábamos. Todo quedó a merced de nuestra situación personal, de cuánto tiempo pudiésemos resistir a un envite del destino de estas características. A mí me ha pillado en mal momento, desde luego, porque no podía resistir ni un mes. Se me cayeron todos los bolos inmediatamente, y tenía diez en las semanas siguientes, lo cual estaba muy bien.

Me ayudaron las organizaciones de gestión de derechos: SGAE, Cedro, AIE. Y los amigos, que al principio hicieron una colecta para ayudarme. Si no llego a tener esa red, ¿qué hubiera sido de mí?

Y me ha pillado con 57 años, lo que supone ser una señora muy mayor para el mercado laboral que tenemos. Además, quiero seguir haciendo lo que hago, aunque confieso que me han entrado ganas de ser funcionaria por primera vez en mi vida. Esa tranquilidad de cobrar a fin de mes… Pero siempre he ido por otro camino. Cuando escucho al típico gurú diciendo que tenemos que abandonar nuestra zona de confort, me pongo mala. ¡Abandónala tú, gilipollas!

 

«Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, cuando debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría»

 

La situación política tampoco es muy esperanzadora, particularmente en Madrid.

Da la sensación de que se lo están jugando a los dados. Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, que es justo lo contrario a lo que yo entiendo por política, que debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría… Y ahí volvemos al sentido común, a la búsqueda del bien común, que brilla por su ausencia, especialmente en las derechas, que se manejan con estrategias de manipulación. Están jugando entre ellos y se olvidan de nosotros. Me molesta muchísimo.

Los políticos tendrían que ser anónimos y con mandatos de cuatro años. Si no lo has hecho bien, has perdido tu oportunidad. Ya no importa la vocación de servicio. Se están convirtiendo en estrellas del pop.

 

Esa política de baja estofa de la que hablas forma parte de una estrategia.

Sí, porque el fascismo, que siempre ha estado ahí, ha salido del armario. Es de las cosas que más me asustan de este despropósito que estamos viviendo. Es como darle alas a la irracionalidad, a la parte más animal, en el peor sentido de la palabra, del ser humano.

Que conste que no tengo nada contra los animales. Es más, me fio más de ellos, creo que nos gobernarían mejor. Parte de mi pesimismo viene del hecho de que todo esté en manos de los seres humanos. No son buenas noticias. Te lo digo desde la profundidad en la que conozco al ser humano, que es mucha. No olvidemos que fui taquillera durante años y que esa profesión te da mucho conocimiento. Que conste que el ser humano me interesa muchísimo. Soy antropóloga por dentro.

El gran problema es que, para el fascismo, todo vale. Los fascistas son personas con las que no te puedes entender, como si fueran de otra categoría, piedras, seres inertes. Asusta mucho ver claramente que esto es blanco y que digan que es negro contra toda evidencia, aprovechándose de la ignorancia.

 

Es que lo ven blanco, pero quieren convencer a la gente de que es negro para alcanzar sus propios fines.

¡Claro que lo ven blanco! Utilizan los mismos mecanismos que los fundamentalismos y los totalitarismos. Técnicas muy estudiadas para que la gente no piense, pero obedezca. Estrategias para anular el pensamiento crítico, que es precisamente lo que divide a la izquierda, que tenemos tanto sentido crítico que estamos desmembrados. Ellos, por el contrario, han establecido canales en los que colocar verdades falsas. Son inventores de verdades. Las fake news tienen ideología y tienen un método. Son un bombardeo constante que aturde. Necesitas tal cantidad de tiempo para estar bien informado, que se convierte casi en una profesión, con lo que hacen una criba impresionante. Dejan fuera a casi todo el mundo y colocan sus falsas verdades sin encontrar apenas resistencia.

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Ajo y la perrina, Musa María, en la Plaza de las Comendadoras de Madrid / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

«No tiene sentido quedarse sin vivir para no morirse»

AJO

Micropoetisa

Afortunadamente, esta entrevista a Ajo, mi querida micropoetisa, se publica cuando hay un show en el horizonte, tras un año de sequía compartida con la mayor parte de sus colegas de las artes escénicas y la palabra hablada. O más hablada que escrita, al menos, pese a la publicación de varios micropoemarios que os invito a leer sin más dilación. La entrevista fue hecha en el hábitat que compartimos, en la terraza del Café Moderno, en la Plaza de las Comendadoras. Correteando a nuestro alrededor, la reina del lugar, la perrina, Musa María, toda inteligencia y puro carácter. Ninguna de las dos tenía un buen día, pero hicimos lo posible por construir una charla en condiciones. Ambas esperamos que sea de vuestro agrado.

POR ALEXA DIÉGUEZ

4 de diciembre de 2020

Entrevistar a Ajo, María José Martín de la Hoz (Saldaña, Palencia), micropoetisa para más señas, no me ha parecido trabajo. La conozco desde el año 93, cuando trabajaba en Boa Música –ahora Altafonte– y ella apenas acababa de montar Por Caridad Producciones con Javier Colis y Javier Piñango. Siempre nos entendimos bien.

Hice los exámenes de fin de carrera con una camiseta diseñada por ella, con un dibujo de niña estilo monigote que tenía su cara de cuando era pequeña y se apuntaba a sí misma con una pistola en la cabeza. Bajo el dibujo, rezaba: Me duelen los ovarios. La fundí, literalmente. Me regaló otra, esta vez con los motivos en granate, La fundí también.

Años después, nos veíamos a menudo cuando era taquillera del Teatro Alfil, delante del que yo pasaba a diario. Luego vendría el festival Experimentaclub, pionero en su especie, en los burbujeantes primeros años de La Casa Encendida.

A continuación, le perdí la pista durante una temporada larga, pero hace aproximadamente un lustro nos reencontramos, vecinas otra vez y compartiendo bares y amistades, filosofando como si no hubiera un mañana hasta que, de golpe y porrazo, esta frase hecha empezó a ser inquietantemente verosímil.

Echo de menos la vida de barrio que llevábamos, tan agradable. Ese día a día se nos ha escapado, en gran medida porque nos hemos quedado sin bares.

Hemos perdido lo cotidiano, que para mí también era muy agradable. Esos días de ir al Horacio y encontrarnos a personas queridas sin más esfuerzo que salir a la calle. Ahora hay que quedar para ver a la gente.

Los bares son sitios donde dar una oportunidad al destino, lugares hechos para socializar. En los bares se me han ocurrido muchas ideas, me han surgido muchos proyectos, me he hecho íntima de muchas personas… Ahora transitamos por pequeños túneles, cada uno por el suyo. No sucede nada al azar, pasan muchas menos cosas que antes. Y yo vivo de que pasen cosas todo el rato.

Ha desaparecido el caos, que es fundamental para la vida de cualquier gran cuidad y que es un orden superior. No un desorden, que eso es otra cosa.

En este barrio ya nos habían destrozado un poco el caos con la llegada de la gentrificación. Yo, que soy de pueblo, tiendo a reproducir las costumbres de los lugares pequeños, como conocer y saludar a todo el mundo, algo que aquí ya se había reducido mucho en los últimos tiempos.

Tal vez el dinero, o la falta de él, esté acentuando esa carencia de vida social que padecemos, ¿no crees?

¡Desde luego! Yo estaba empezando a remontar después de una temporada muy mala a nivel de trabajo y de dinero. La pandemia ha sido un hachazo, como si se me echase todo el futuro encima. Para mí está siendo muy loco, pese a estar acostumbrada a lidiar con distintas situaciones difíciles y a improvisar mucho. Ya me he arruinado varias veces en la vida.

Sin embargo, también estaba acostumbrada a que el mundo funcionase a mi alrededor, y eso, de alguna manera, me sosegaba. Además, soy mucho mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. Esta crisis tiene algo que me parece muy injusto. Siento que la realidad es una traidora.

Es verdad que también soy más consciente de todo lo que ocurre, y eso no me proporciona más felicidad, sino todo lo contrario. Ir alcanzando más capas de consciencia a medida que cumplo años me produce mucho vértigo. Te diría que casi hubiese preferido esa sensación de inconsciencia que imagino hubiese experimentado cuando era más joven.

 

«Estaba acostumbrada a que el mundo funcionase. Ahora le va mal a mi entorno y soy mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. La realidad es una traidora»

 

Imagino que esta reflexión es posterior al shock inicial que supuso el confinamiento para todos. Yo no era capaz de pensar.

Durante la primera cuarentena lo llevé mejor, sí. Era una situación de tiempo detenido para todo el mundo. No tenía la incertidumbre por bandera. Había una perspectiva de mejora. Llegaría junio y las cosas cambiarían. Pero cuando asomó la segunda ola y comprendí que esto no ha había hecho más que empezar, cambió la cosa.

La verdad es que no sé si tengo herramientas para gestionar con éxito esta situación. En la micropoesía no existen los ahorros. Se vive al día. Siempre en presente. Estoy asustada. Al menos, ahora mismo. Hay días en los que veo las cosas de otra forma.

Son muchas, muchísimas las personas que están viviendo situaciones parecidas.

Sí, es lo que te comentaba, que en otros momentos de mi vida, en los que he montado empresas sin ser empresaria, sino más bien emprendedora, y me ha ido fatal, mi entorno estaba bien, tranquilo, situado, sin problemas. Quieras que no, saber que solo te va mal a ti, porque no has hecho las cosas bien o porque has tenido mala suerte, no es tan duro como lo que está pasando ahora. En mi entorno le está yendo mal a mucha gente y eso me transmite, nos transmite, que la vida es mucho más frágil de lo que creíamos.

¿Qué te sugiere el mantra bienpensante de la primera ola: de esto vamos a salir mejores?

Me sugiere todo lo contrario. De esto vamos a salir peores y más obedientes, que es lo peor de lo peor. Nunca se había utilizado la salud para controlar a la gente y recortar las libertades.

¡Ojo! Sé que hay una pandemia y que esta enfermedad es peligrosísima. No soy en absoluto negacionista, pero de ahí a que me parezca bien que se instale el control absoluto en nombre de no morirse hay un abismo. Nos habían dominado a través de las creencias y de las ideologías, pero nunca en nombre de la salud, que individualiza mucho.

Si lo que querían era controlarnos, la pandemia se lo ha puesto en bandeja. Ahora vamos a facilitar otro tipo de datos sin rechistar. Vamos a decir dónde estábamos, qué hacíamos y con quién lo hacíamos, que es información mucho más personal que la dirección y el teléfono. Somos granjas de datos, no somos relevantes como personas. Pero si antes controlaban cómo consumíamos, a partir de ahora también controlarán cómo vivimos.

Pienso ahora en las vecinas y los vecinos que se han dedicado a fiscalizar al prójimo desde los balcones.

Se ha creado una dinámica en la que algunas personas se hacen guardianas de los demás, en lugar de centrarse en su propia responsabilidad. Es muy complicado, porque plantearse las cosas así enfrenta mucho. Casi nadie tiene las buenas maneras necesarias para decir lo que tenga que decir.

Los balconazis fueron un fenómeno innegable. A mí me han increpado paseando a la perrina y hablando a tres metros de distancia con alguna persona conocida a la que me acababa de encontrar. Incluso así, han llamado a la policía, que ha venido a acusarnos de estar socializando.

Esas actitudes y este control me aterrorizan. Me espanta que no se permita que nos guíe el sentido común, que no se llama así por casualidad, sino porque recoge el sentir y la opinión de la comunidad.

Me aterroriza que nos den instrucciones para todo y que las acatemos sin rechistar, acríticamente. Equivocarse por cuenta propia también es importante.

Esto me recuerda inevitablemente a los jóvenes, los grandes chivos expiatorios.

Es muy fuerte. ¿Es que nadie ha sido joven? Las personas jóvenes son eminentemente egoístas y la muerte no va con ellas. En todas las culturas existen ritos de pasaje a la edad adulta que consisten en enfrentarse a los peligros y jugarse la vida.

Pero bueno, más allá de las características intrínsecas de la juventud, pensemos un poco: si pierdes dos años entre los 40 y los 42, es una gran faena, pero ¡imagínate perder dos años entre los 15 y los 17!

Son años eternos y fundamentales. Años de socializar, de besarse, de tocarse, de follar, de romper el huevo. Se les echa la culpa de todo pero ¿qué van a hacer, si son un manojo de hormonas?

Yo creo que lo hubiera llevado muy mal si esto me pilla con esa edad. Además, están en tierra de nadie: no se les da derecho a decidir, pero también les falta información e interés. ¡Hay mucho instinto metido en una persona joven!

 

«¿Es que nadie ha sido joven? Perder dos años es una faena para todos, pero ¡imagínate perder los dos años que van de los 15 a los 17, que son eternos y fundamentales!»

 

Si alguien tiene la culpa de algo, somos los adultos.

Efectivamente, no estaríamos como estamos si los adultos no hubieran desmantelado la sanidad pública y hubiese camas y personal sanitario de sobra para toda la población. Con más medios, estaríamos pasando por esto de forma muy distinta.

En última instancia, no tiene sentido quedarse sin vivir para no morirse, pero lo cierto es que estamos otra vez semiconfinados porque no se ha invertido en sanidad ni en salud pública durante estos meses.

El argumento que se utiliza es que debemos proteger a los mayores. ¿Cómo que proteger a los mayores si lo que ha pasado en las residencias, lo que está pasando todavía ahora, es que tenemos a la gente mayor amontonada, descuidada e incluso maltratada? Están acusando a los jóvenes de que se mueran los viejos. No, perdone, la culpa la tenemos los adultos, que consentimos este sistema en lugar de poner a cada persona mayor dependiente otra persona que la cuide. Pagada y con dinero público, por supuesto.

Pero hablemos claro: la culpa la tiene cada quien por meter a sus padres en una residencia y no hacerles ni puñetero caso. Hace poco leí que ha aumentado de forma espectacular la cantidad de personas mayores que desheredan a sus descendientes por dejarlas solas y abandonadas durante el confinamiento.

Estos días he pensado en el fin del amor tal y como lo entendemos. Son malos tiempos para enamorarse.

Volvemos a los bares, que son los lugares donde el destino sucede. En otro día decía en otra entrevista que nos estamos quedando sin los verbos que más importan: charlar, bailar, abrazar, besar, ligar, follar… Se nos ha propuesto la alternativa virtual, pero coincidiremos en que no es lo mismo. Hasta que haya un cambio de vida definitivo, las generaciones que estamos entre dos eras lo vamos a pasar muy mal. Nos hace mucha falta el calor humano.

Por algo se llama humano a ese calor. Nos es consustancial.

Sí, pero también te diría que, en este momento, me fastidiaría más que se cayese el wifi que la economía mundial. El wifi me ha salvado, me ha permitido entretenerme, pero también charlar con mis amistades para saber cómo estaban, para filosofar sobre lo que está pasando y tratar de entenderlo –a veces desde el humor, que suele ser una buena alternativa–, para no sentirme sola.

La soledad no es fácil, pero si la sumas a la pobreza…

Es como si nos estuvieran iluminando con un foco. Mientras nos movíamos, se notaba todo menos, seguíamos adelante gracias a las ganas de hacer cosas y a la ilusión que nos generaba hacerlas. Pero, de repente, se nos cayó el futuro a los pies y nos quedamos todos congelados en el momento en el que estábamos. Todo quedó a merced de nuestra situación personal, de cuánto tiempo pudiésemos resistir a un envite del destino de estas características. A mí me ha pillado en mal momento, desde luego, porque no podía resistir ni un mes. Se me cayeron todos los bolos inmediatamente, y tenía diez en las semanas siguientes, que estaba muy bien.

Me ayudaron las organizaciones de gestión de derechos: SGAE, Cedro, AIE. Y los amigos, que al principio hicieron una colecta para ayudarme. Si no llego a tener esa red, ¿qué hubiera sido de mí?

Y me ha pillado con 57 años, lo que supone ser una señora muy mayor para el mercado laboral que tenemos. Además, quiero seguir haciendo lo que hago, aunque confieso que me han entrado ganas de ser funcionaria por primera vez en mi vida. Esa tranquilidad de cobrar a fin de mes… Pero siempre he ido por otro camino. Cuando escucho al típico gurú diciendo que tenemos que abandonar nuestra zona de confort, me pongo mala. ¡Abandónala tú, gilipollas!

 

«Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, cuando debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría»

 

La situación política tampoco es muy esperanzadora, particularmente en Madrid.

Da la sensación de que se lo están jugando a los dados. Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, que es justo lo contrario a lo que yo entiendo por política, que debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría… Y ahí volvemos al sentido común, a la búsqueda del bien común, que brilla por su ausencia, especialmente en las derechas, que se manejan con estrategias de manipulación. Están jugando entre ellos y se olvidan de nosotros. Me molesta muchísimo.

Los políticos tendrían que ser anónimos y con mandatos de cuatro años. Si no lo has hecho bien, has perdido tu oportunidad. Ya no importa la vocación de servicio. Se están convirtiendo en estrellas del pop.

Esa política de baja estofa de la que hablas forma parte de una estrategia.

Sí, porque el fascismo, que siempre ha estado ahí, ha salido del armario. Es de las cosas que más me asustan de este despropósito que estamos viviendo. Es como darle alas a la irracionalidad, a la parte más animal, en el peor sentido de la palabra, del ser humano.

Que conste que no tengo nada contra los animales. Es más, me fio más de ellos, creo que nos gobernarían mejor. Parte de mi pesimismo viene del hecho de que todo esté en manos de los seres humanos. No son buenas noticias. Te lo digo desde la profundidad en la que conozco al ser humano, que es mucha. No olvidemos que fui taquillera durante años y que esa profesión te da mucho conocimiento. Que conste que el ser humano me interesa muchísimo. Soy antropóloga por dentro.

El gran problema es que, para el fascismo, todo vale. Los fascistas son personas con las que no te puedes entender, como si fueran de otra categoría, piedras, seres inertes. Asusta mucho ver claramente que esto es blanco y que digan que es negro contra toda evidencia, aprovechándose de la ignorancia.

Es que lo ven blanco, pero quieren convencer a la gente de que es negro para alcanzar sus propios fines.

¡Claro que lo ven blanco! Utilizan los mismos mecanismos que los fundamentalismos y los totalitarismos. Técnicas muy estudiadas para que la gente no piense, pero obedezca. Estrategias para anular el pensamiento crítico, que es precisamente lo que divide a la izquierda, que tenemos tanto sentido crítico que estamos desmembrados. Ellos, por el contrario, han establecido canales en los que colocar verdades falsas. Son inventores de verdades. Las fake news tienen ideología y tienen un método. Son un bombardeo constante que aturde. Necesitas tal cantidad de tiempo para estar bien informado, que se convierte casi en una profesión, con lo que hacen una criba impresionante. Dejan fuera a casi todo el mundo y colocan sus falsas verdades sin encontrar apenas resistencia.

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Ajo y la perrina, Musa María, en la Plaza de las Comendadoras de Madrid / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

AJO

Micropoetisa

«No tiene sentido quedarse sin vivir para no morirse»

POR ALEXA DIÉGUEZ

4 de diciembre de 2020

Afortunadamente, esta entrevista a Ajo, mi querida micropoetisa, se publica cuando hay un show en el horizonte, tras un año de sequía compartida con la mayor parte de sus colegas de las artes escénicas y la palabra hablada. O más hablada que escrita, al menos, pese a la publicación de varios micropoemarios que os invito a leer sin más dilación. La entrevista fue hecha en el hábitat que compartimos, concretamente en la terraza del Café Moderno, en la Plaza de las Comendadoras. Correteando a nuestro alrededor, la reina del lugar, la perrina, Musa María, toda inteligencia y puro carácter. Ninguna de las dos tenía un buen día, pero hicimos lo posible por construir una charla en condiciones. Ambas esperamos que os guste.

Entrevistar a Ajo, María José Martín de la Hoz (Saldaña, Palencia), micropoetisa para más señas, no me ha parecido trabajo. La conozco desde el año 93, cuando trabajaba en Boa Música –ahora Altafonte– y ella apenas acababa de montar Por Caridad Producciones con Javier Colis y Javier Piñango. Siempre nos entendimos bien.

Hice los exámenes de fin de carrera con una camiseta diseñada por ella, con un dibujo de niña estilo monigote que tenía su cara de cuando era pequeña y se apuntaba a sí misma con una pistola en la cabeza. Bajo el dibujo, rezaba: Me duelen los ovarios. La fundí, literalmente. Me regaló otra, esta vez con los motivos en granate, La fundí también.

Años después, nos veíamos a menudo cuando era taquillera del Teatro Alfil, delante del que yo pasaba a diario. Luego vendría el festival Experimentaclub, pionero en su especie, en los burbujeantes primeros años de La Casa Encendida.

A continuación, le perdí la pista durante una temporada larga, pero hace aproximadamente un lustro nos reencontramos, vecinas otra vez y compartiendo bares y amistades, filosofando como si no hubiera un mañana hasta que, de golpe y porrazo, esta frase hecha empezó a ser inquietantemente verosímil.

 

Echo de menos la vida de barrio que llevábamos, tan agradable. Ese día a día se nos ha escapado, en gran medida porque nos hemos quedado sin bares.

Hemos perdido lo cotidiano, que para mí también era muy agradable. Esos días de ir al Horacio y encontrarnos a personas queridas sin más esfuerzo que salir a la calle. Ahora hay que quedar para ver a la gente.

Los bares son sitios donde dar una oportunidad al destino, lugares hechos para socializar. En los bares se me han ocurrido muchas ideas, me han surgido muchos proyectos, me he hecho íntima de muchas personas… Ahora transitamos por pequeños túneles, cada uno por el suyo. No sucede nada al azar, pasan muchas menos cosas que antes. Y yo vivo de que pasen cosas todo el rato.

Ha desaparecido el caos, que es fundamental para la vida de cualquier gran cuidad y que es un orden superior. No un desorden, que eso es otra cosa.

En este barrio ya nos habían destrozado un poco el caos con la llegada de la gentrificación. Yo, que soy de pueblo, tiendo a reproducir las costumbres de los lugares pequeños, como conocer y saludar a todo el mundo, algo que aquí ya se había reducido mucho en los últimos tiempos.

 

Tal vez el dinero, o la falta de él, esté acentuando esa carencia de vida social que padecemos, ¿no crees?

¡Desde luego! Yo estaba empezando a remontar después de una temporada muy mala a nivel de trabajo y de dinero. La pandemia ha sido un hachazo, como si se me echase todo el futuro encima. Para mí está siendo muy loco, pese a estar acostumbrada a lidiar con distintas situaciones difíciles y a improvisar mucho. Ya me he arruinado varias veces en la vida.

Sin embargo, también estaba acostumbrada a que el mundo funcionase a mi alrededor, y eso, de alguna manera, me sosegaba. Además, soy mucho mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. Esta crisis tiene algo que me parece muy injusto. Siento que la realidad es una traidora.

Es verdad que también soy más consciente de todo lo que ocurre, y eso no me proporciona más felicidad, sino todo lo contrario. Ir alcanzando más capas de consciencia a medida que cumplo años me produce mucho vértigo. Te diría que casi hubiese preferido esa sensación de inconsciencia que imagino hubiese experimentado cuando era más joven.

 

«Estaba acostumbrada a que el mundo funcionase. Ahora le va mal a mi entorno y soy mayor que cuando, alegremente, me jugaba la vida. La realidad es una traidora»

 

Imagino que esta reflexión es posterior al shock inicial que supuso el confinamiento para todos. Yo no era capaz de pensar.

Durante la primera cuarentena lo llevé mejor, sí. Era una situación de tiempo detenido para todo el mundo. No tenía la incertidumbre por bandera. Había una perspectiva de mejora. Llegaría junio y las cosas cambiarían. Pero cuando asomó la segunda ola y comprendí que esto no ha había hecho más que empezar, cambió la cosa.

La verdad es que no sé si tengo herramientas para gestionar con éxito esta situación. En la micropoesía no existen los ahorros. Se vive al día. Siempre en presente. Estoy asustada. Al menos, ahora mismo. Hay días en los que veo las cosas de otra forma.

 

Son muchas, muchísimas las personas que están viviendo situaciones parecidas.

Sí, es lo que te comentaba, que en otros momentos de mi vida, en los que he montado empresas sin ser empresaria, sino más bien emprendedora, y me ha ido fatal, mi entorno estaba bien, tranquilo, situado, sin problemas. Quieras que no, saber que solo te va mal a ti, porque no has hecho las cosas bien o porque has tenido mala suerte, no es tan duro como lo que está pasando ahora. En mi entorno le está yendo mal a mucha gente y eso me transmite, nos transmite, que la vida es mucho más frágil de lo que creíamos.

 

¿Qué te sugiere el mantra bienpensante de la primera ola: de esto vamos a salir mejores?

Me sugiere todo lo contrario. De esto vamos a salir peores y más obedientes, que es lo peor de lo peor. Nunca se había utilizado la salud para controlar a la gente y recortar las libertades.

¡Ojo! Sé que hay una pandemia y que esta enfermedad es peligrosísima. No soy en absoluto negacionista, pero de ahí a que me parezca bien que se instale el control absoluto en nombre de no morirse hay un abismo. Nos habían dominado a través de las creencias y de las ideologías, pero nunca en nombre de la salud, que individualiza mucho.

Si lo que querían era controlarnos, la pandemia se lo ha puesto en bandeja. Ahora vamos a facilitar otro tipo de datos sin rechistar. Vamos a decir dónde estábamos, qué hacíamos y con quién lo hacíamos, que es información mucho más personal que la dirección y el teléfono. Somos granjas de datos, no somos relevantes como personas. Pero si antes controlaban cómo consumíamos, a partir de ahora también controlarán qué hacemos, con quién lo hacemos y cómo lo hacemos, es decir, cómo vivimos.

 

Pienso ahora en las vecinas y los vecinos que se han dedicado a fiscalizar al prójimo desde los balcones.

Se ha creado una dinámica en la que algunas personas se hacen guardianas de los demás, en lugar de centrarse en su propia responsabilidad. Es muy complicado, porque plantearse las cosas así enfrenta mucho. Casi nadie tiene las buenas maneras necesarias para decir lo que tenga que decir.

Los balconazis fueron un fenómeno innegable. A mí me han increpado paseando a la perrina y hablando a tres metros de distancia con alguna persona conocida a la que me acababa de encontrar. Incluso así, han llamado a la policía, que ha venido a acusarnos de estar socializando.

Esas actitudes y este control me aterrorizan. Me espanta que no se permita que nos guíe el sentido común, que no se llama así por casualidad, sino porque recoge el sentir y la opinión de la comunidad.

Me aterroriza que nos den instrucciones para todo y que las acatemos sin rechistar, acríticamente. Equivocarse por cuenta propia también es importante.

 

Esto me recuerda inevitablemente a los jóvenes, los grandes chivos expiatorios.

Es muy fuerte. ¿Es que nadie ha sido joven? Las personas jóvenes son eminentemente egoístas y la muerte no va con ellas. En todas las culturas existen ritos de pasaje a la edad adulta que consisten en enfrentarse a los peligros y jugarse la vida.

Pero bueno, más allá de las características intrínsecas de la juventud, pensemos un poco: si pierdes dos años entre los 40 y los 42, es una gran faena, pero ¡imagínate perder dos años entre los 15 y los 17!

Son años eternos y fundamentales. Años de socializar, de besarse, de tocarse, de follar, de romper el huevo. Se les echa la culpa de todo pero ¿qué van a hacer, si son un manojo de hormonas?

Yo creo que lo hubiera llevado muy mal si esto me pilla con esa edad. Además, están en tierra de nadie: no se les da derecho a decidir, pero también les falta información e interés. ¡Hay mucho instinto metido en una persona joven!

 

«¿Es que nadie ha sido joven? Perder dos años es una faena para todos, pero ¡imagínate perder los dos años que van de los 15 a los 17, que son eternos y fundamentales»

 

Si alguien tiene la culpa de algo, somos los adultos.

Efectivamente, no estaríamos como estamos si los adultos no hubieran desmantelado la sanidad pública y hubiese camas y personal sanitario de sobra para toda la población. Con más medios, estaríamos pasando por esto de forma muy distinta.

En última instancia, no tiene sentido quedarse sin vivir para no morirse, pero lo cierto es que estamos otra vez semiconfinados porque no se ha invertido en sanidad ni en salud pública durante estos meses.

El argumento que se utiliza es que debemos proteger a los mayores. ¿Cómo que proteger a los mayores si lo que ha pasado en las residencias, lo que está pasando todavía ahora, es que tenemos a la gente mayor amontonada, descuidada e incluso maltratada? Están acusando a los jóvenes de que se mueran los viejos. No, perdone, la culpa la tenemos los adultos, que consentimos este sistema en lugar de poner a cada persona mayor dependiente otra persona que la cuide. Pagada y con dinero público, por supuesto.

Pero hablemos claro: la culpa la tiene cada quien por meter a sus padres en una residencia y no hacerles ni puñetero caso. Hace poco leí que ha aumentado de forma espectacular la cantidad de personas mayores que desheredan a sus descendientes por dejarlas solas y abandonadas durante el confinamiento.

 

Estos días he pensado en el fin del amor tal y como lo entendemos. Son malos tiempos para enamorarse.

Volvemos a los bares, que son los lugares donde el destino sucede. En otro día decía en otra entrevista que nos estamos quedando sin los verbos que más importan: charlar, bailar, abrazar, besar, ligar, follar… Se nos ha propuesto la alternativa virtual, pero coincidiremos en que no es lo mismo. Hasta que haya un cambio de vida definitivo, las generaciones que estamos entre dos eras lo vamos a pasar muy mal. Nos hace mucha falta el calor humano.

 

Por algo se llama humano a ese calor. Nos es consustancial.

Sí, pero también te diría que, en este momento, me fastidiaría más que se cayese el wifi que la economía mundial. El wifi me ha salvado, me ha permitido entretenerme, pero también charlar con mis amistades para saber cómo estaban, para filosofar sobre lo que está pasando y tratar de entenderlo –a veces desde el humor, que suele ser una buena alternativa–, para no sentirme sola.

 

La soledad no es fácil, pero si la sumas a la pobreza…

Es como si nos estuvieran iluminando con un foco. Mientras nos movíamos, se notaba todo menos, seguíamos adelante gracias a las ganas de hacer cosas y a la ilusión que nos generaba hacerlas. Pero, de repente, se nos cayó el futuro a los pies y nos quedamos todos congelados en el momento en el que estábamos. Todo quedó a merced de nuestra situación personal, de cuánto tiempo pudiésemos resistir a un envite del destino de estas características. A mí me ha pillado en mal momento, desde luego, porque no podía resistir ni un mes. Se me cayeron todos los bolos inmediatamente, y tenía diez en las semanas siguientes, lo cual estaba muy bien.

Me ayudaron las organizaciones de gestión de derechos: SGAE, Cedro, AIE. Y los amigos, que al principio hicieron una colecta para ayudarme. Si no llego a tener esa red, ¿qué hubiera sido de mí?

Y me ha pillado con 57 años, lo que supone ser una señora muy mayor para el mercado laboral que tenemos. Además, quiero seguir haciendo lo que hago, aunque confieso que me han entrado ganas de ser funcionaria por primera vez en mi vida. Esa tranquilidad de cobrar a fin de mes… Pero siempre he ido por otro camino. Cuando escucho al típico gurú diciendo que tenemos que abandonar nuestra zona de confort, me pongo mala. ¡Abandónala tú, gilipollas!

 

«Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, cuando debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría»

 

La situación política tampoco es muy esperanzadora, particularmente en Madrid.

Da la sensación de que se lo están jugando a los dados. Hemos llegado a un momento en que la política se ha convertido en algo de baja estofa, que es justo lo contrario a lo que yo entiendo por política, que debiera ser el arte de llegar a acuerdos en beneficio de la mayoría… Y ahí volvemos al sentido común, a la búsqueda del bien común, que brilla por su ausencia, especialmente en las derechas, que se manejan con estrategias de manipulación. Están jugando entre ellos y se olvidan de nosotros. Me molesta muchísimo.

Los políticos tendrían que ser anónimos y con mandatos de cuatro años. Si no lo has hecho bien, has perdido tu oportunidad. Ya no importa la vocación de servicio. Se están convirtiendo en estrellas del pop.

 

Esa política de baja estofa de la que hablas forma parte de una estrategia.

Sí, porque el fascismo, que siempre ha estado ahí, ha salido del armario. Es de las cosas que más me asustan de este despropósito que estamos viviendo. Es como darle alas a la irracionalidad, a la parte más animal, en el peor sentido de la palabra, del ser humano.

Que conste que no tengo nada contra los animales. Es más, me fio más de ellos, creo que nos gobernarían mejor. Parte de mi pesimismo viene del hecho de que todo esté en manos de los seres humanos. No son buenas noticias. Te lo digo desde la profundidad en la que conozco al ser humano, que es mucha. No olvidemos que fui taquillera durante años y que esa profesión te da mucho conocimiento. Que conste que el ser humano me interesa muchísimo. Soy antropóloga por dentro.

El gran problema es que, para el fascismo, todo vale. Los fascistas son personas con las que no te puedes entender, como si fueran de otra categoría, piedras, seres inertes. Asusta mucho ver claramente que esto es blanco y que digan que es negro contra toda evidencia, aprovechándose de la ignorancia.

 

Es que lo ven blanco, pero quieren convencer a la gente de que es negro para alcanzar sus propios fines.

¡Claro que lo ven blanco! Utilizan los mismos mecanismos que los fundamentalismos y los totalitarismos. Técnicas muy estudiadas para que la gente no piense, pero obedezca. Estrategias para anular el pensamiento crítico, que es precisamente lo que divide a la izquierda, que tenemos tanto sentido crítico que estamos desmembrados. Ellos, por el contrario, han establecido canales en los que colocar verdades falsas. Son inventores de verdades. Las fake news tienen ideología y tienen un método. Son un bombardeo constante que aturde. Necesitas tal cantidad de tiempo para estar bien informado, que se convierte casi en una profesión, con lo que hacen una criba impresionante. Dejan fuera a casi todo el mundo y colocan sus falsas verdades sin encontrar apenas resistencia.