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EVA FUENTES

Coordinadora de almacén de Malasaña Acompaña

Vecina y comerciante de Malasaña, Eva es propietaria de la tienda de ropa y artículos infantiles Älva for Kids, que inauguró en 2006. En lo más crudo del confinamiento, unos días después del inicio del estado de alarma, se ofreció como voluntaria del comedor social improvisado que surgió en Casa 28. Cuando su propietario se vio obligado a cerrar, se unió a Malasaña Acompaña, en concreto al grupo de gestión de su despensa solidaria. Durante tres meses, se ocupó de coordinar el reparto de lotes de alimentos de los jueves por la mañana. En la actualidad, sigue participando activamente en esta iniciativa vecinal.

POR ALEXA DIÉGUEZ / 24 de septiembre de 2020 / READ IT IN ENGLISH

Tal vez porque su tienda está a unos pasos de la Plaza del Dos de Mayo, donde, desde hace unos años, se reúne diariamente un grupo de personas en situación de calle, a Eva Fuentes le venía a la cabeza una cuestión cada vez que escuchaba aquello de “Quédate en casa”. “Si no tienes casa, ¿qué haces?”, se preguntaba. Esa misma pregunta se plantearon muchas de las personas que decidieron hacer algo por los expulsados de la sociedad, en los que las instituciones no pensaron cuando los albergues, los comedores y otros recursos sociales echaron el cierre el sábado 14 de marzo sin mirar atrás.

Cuenta que antes era una comerciante ‘normal y corriente’, queriendo decir que no estaba involucrada en ninguna batalla ni pertenecía a ninguna asociación, pero un artículo sobre Casa 28 lo cambió todo. Decidió acercarse al comedor social improvisado que organizo Adrián Rojas en su restaurante de la calle Espíritu Santo 28 y empezó a echar una mano, cocinando, cumplimentando inventarios, organizando a la gente que hacía cola para recibir su plato de comida caliente… En definitiva, haciendo un poco de todo.

A los pocos días de empezar a dar de comer a quien lo necesitase, ya había más de 200 personas sin hogar haciendo cola durante horas a las puertas de un local que tiene una fachada abiertamente estrecha, un fenómeno que llamaba mucho la atención en un momento en el que las calles estaban desiertas. Para Eva, sin embargo, había algo bastante más chocante: “Empezaron a llegar cada vez más madres con los famosos menús de Telepizza de la Comunidad de Madrid en la mano. Te dabas cuenta de que lo que estaba haciendo el Gobierno autonómico para ayudar a las familias más vulnerables no servía para nada. Esas mujeres se habían levantado por la mañana y habían hecho cola en Telepizza, habían recogido el correspondiente menú y, a continuación, habían venido a hacer otra cola, la nuestra, que era muy dura, llena de personas que viven al margen de la sociedad, que se relacionan de otra forma, que se gritan, que se pelean. Era evidente que estaban allí porque su situación era crítica. De no haber sido así, nunca hubiesen hecho la cola de Casa 28”, subraya.

 

«Llegaban madres con los famosos menús de Telepizza en la mano. Te dabas cuenta de que lo que hacía la Comunidad de Madrid no servía para nada»

 

Muy probablemente, no fueron esas madres las que desataron la incomprensión de los vecinos, que empezaron a quejarse de lo que estaba pasando en la calle Espíritu Santo 28, que llamaban a la Policía Municipal e increpaban a usuarios y voluntarios. Al tiempo, la ayuda económica que había prometido el Ayuntamiento de Madrid no llegaba nunca, pero las trabas legales y burocráticas se multiplicaban. La situación se volvió irrespirable, además de agotadora, y Adrián Rojas decidió echar el cierre. Eva cuenta que entonces se sintió en vilo, angustiada por no saber qué sería de todas aquellas personas que subsistían gracias a Casa 28.

 

MALASAÑA ACOMPAÑA

Pocos días después, sin embargo, una amiga le comentó que un grupo de vecinos estaba organizando un banco de alimentos y le pasó el link de WhatsApp de la red de cuidados Malasaña Acompaña. “Me uní al grupo de almacén y hasta hoy”, dice Eva, que también explica que las iniciativas Casa 28 y Malasaña Acompaña tienen importantes similitudes: son el fruto del impulso de muchas personas que se revelaron ante la emergencia social que contemplaban, o tan solo intuían, se pusieron a trabajar juntas de forma espontánea y se fueron organizando sobre la marcha con el objetivo de contribuir a reducir el sufrimiento de los demás de la forma más eficiente y respetuosa posible.

“Quienes vivimos en Malasaña sabemos que somos personas afortunadas. Nunca ha sido un barrio en el que puedas subsistir con poco dinero porque el precio de la vivienda siempre ha sido muy alto. Sin embargo, la pandemia ha dejado muy claro que algunos de nuestros vecinos vivían absolutamente al día. Personas que trabajaban en tiendas, bares y restaurantes como dependientas, cocineras, camareros o limpiadores, y que, en condiciones normales, tenían sueldos más o menos aceptables. Pero, claro, muchas de ellas cotizaban por diez horas semanales y trabajaban sesenta. Un ERTE del 75% del salario correspondiente a diez horas semanales no les hubiese dado para gran cosa incluso si lo hubiesen cobrado inmediatamente, pero resulta que no lo cobraron hasta uno, dos o tres meses después. Y aunque no hubiese sido así, aunque hubiesen cotizado por las horas que trabajaban, estaban sin ahorros porque la anterior crisis económica se los había comido. De la noche a la mañana, se encontraron, ya no con que no podían pagar el alquiler, sino también con algo difícil de encajar: no tenían dinero ni para bajar a la calle a comprar el pan”.

Cuenta que lleva 17 años viviendo en Malasaña, donde abrió su propio negocio, Älva for Kids, en 2006. Por aquel entonces, el fenómeno hípster todavía no había entrado en escena, el proceso de gentrificación no se había completado y en las calles se respiraba un ambiente de barrio. Pero ‘el maravilloso mundo de Airbnb’, como dice Eva, aterrizó allá por 2010 y, desde entonces, la zona ha ido perdiendo vecinos y ganando ‘guiris’. “A la tienda no le han sentado mal los guiris, todo hay que decirlo, pero yo había perdido esa sensación de vivir en un pueblo. Malasaña Acompaña ha conseguido que recuperemos ese ambiente, esa cercanía entre vecinos, ese saber que Pepita vive en esta calle y Manolito en aquella plaza, ese ir al súper y saludar a doce personas, cuando antes no saludabas a ninguna. Todas esas cosas han logrado que me vuelva a enamorar de mi barrio. Y que conste que Malasaña nunca ha dejado de gustarme, aunque a veces me haya enfadado. Me gusta incluso su bullicio, y por eso no me agradan demasiado los movimientos que han surgido contra bares y terrazas”.

 

«Malasaña Acompaña ha logrado que las noticias no me parezcan tan negras, asépticas y de datos, pero no olvido que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido»

 

A continuación, explica que la red de solidaridad y apoyo mutuo que se ha ido tejiendo durante estos meses también es la causa de que las noticias no le hayan parecido tan negras, tan asépticas y tan de datos. “Pensar que hay personas concretas tras las noticias, con nombre y apellidos, ha hecho que esta situación tan rara me haya resultado más real, pero también es la causa de que no haya logrado olvidar en ningún momento que el coronavirus es un hecho y que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido. Cuando estás en un almacén como el nuestro y ves lo que pasa, sabes que la situación no se ha solucionado en absoluto”.

 

MI PANDEMIA PERSONAL 

“Empezamos a darnos cuenta de que realmente estaba pasando algo muy gordo cuando cerraron los colegios en Madrid, el miércoles 11 de marzo. Recuerdo perfectamente la sensación de enorme incertidumbre. Esa sensación era compartida por todos los comerciantes de la zona, y era tan abrumadora que preferíamos tomar las decisiones en grupo. Por eso el jueves 12 de marzo hicimos una ‘cumbre’ de la calle San Andrés para decidir si cerrábamos o no cerrábamos nuestros negocios, ¡así de despistados estábamos! Finalmente, yo cerré la tienda el viernes 13 de marzo a las 13 horas. Fue muy fuerte. No sabía cuándo iba a volver, a qué iba a volver, o siquiera si iba a volver algún día. Me sentía en medio de una nube muy oscura”, relata.

Pero la nube desapareció, pese a que para Eva, que vive sola y trabaja cerca de once horas diarias, de lunes a sábado, estar en casa varios días seguidos era una experiencia muy, pero que muy extraña, y reconoce que los primeros momentos fueron duros. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no estaba en su mano cambiar las cosas y decidió que ya se preocuparía por su futuro llegado el momento. “Me concentré en pedir las ayudas que ofrecía el Gobierno cuanto antes. Poco después, empezaron a escribirme las clientas y empecé a sentirme mucho mejor. Me escribieron porque publiqué un post muy triste y muy chungo en el blog de la tienda, en el que contaba esa sensación de incertidumbre del primer momento. Y las clientas empezaron a darme cariño, a decirme que en cuanto abriese la tienda vendrían a comprar, que estarían esperándome… Fue muy emocionante, muy guay. Entonces empecé a subir fotos a Instagram con otro ánimo y otra visión, pensando en ellas. Digo ellas porque tengo algún cliente habitual, pero la gran mayoría de mis clientas son mujeres. Ya se sabe, el patriarcado y la maternidad…”.

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EVA FUENTES

Coordinadora de almacén de Malasaña Acompaña

«He vuelto a sentir que vivo en un pueblo llamado Malasaña»

Vecina y comerciante de Malasaña, Eva es propietaria de la tienda de ropa y artículos infantiles Älva for Kids, que inauguró en 2006. En lo más crudo del confinamiento, unos días después del inicio del estado de alarma, se ofreció como voluntaria del comedor social improvisado que surgió en Casa 28. Cuando su propietario se vio obligado a cerrar, se unió a Malasaña Acompaña, en concreto al grupo de gestión de su despensa solidaria. Durante tres meses, se ocupó de coordinar el reparto de lotes de alimentos de los jueves por la mañana. En la actualidad, sigue participando activamente en esta iniciativa vecinal.

Tal vez porque su tienda está a unos pasos de la Plaza del Dos de Mayo, donde, desde hace unos años, se reúne diariamente un grupo de personas en situación de calle, a Eva Fuentes le venía a la cabeza una cuestión cada vez que escuchaba aquello de “Quédate en casa”. “Si no tienes casa, ¿qué haces?”, se preguntaba. Esa misma pregunta se plantearon muchas de las personas que decidieron hacer algo por los expulsados de la sociedad, en los que las instituciones no pensaron cuando los albergues, los comedores y otros recursos sociales echaron el cierre el 14 de marzo sin mirar atrás.

 

Cuenta que antes era una comerciante ‘normal y corriente’, queriendo decir que no estaba involucrada en ninguna batalla ni pertenecía a ninguna asociación, pero un artículo sobre Casa 28 lo cambió todo. Decidió acercarse al comedor social improvisado que organizo Adrián Rojas en su restaurante de la calle Espíritu Santo 28 y empezó a echar una mano, cocinando, cumplimentando inventarios, organizando a la gente que hacía cola para recibir su plato de comida caliente… Haciendo un poco de todo.

 

A los pocos días de empezar a dar de comer a quien lo necesitase, ya había más de 200 personas sin hogar haciendo cola durante horas a las puertas de un local que tiene una fachada abiertamente estrecha, un fenómeno que llamaba mucho la atención en un momento en el que las calles estaban desiertas. Para Eva, sin embargo, había algo bastante más chocante: “Empezaron a llegar cada vez más madres con los famosos menús de Telepizza de la Comunidad de Madrid en la mano. Te dabas cuenta de que lo que estaba haciendo el Gobierno autonómico para ayudar a las familias más vulnerables no servía para nada. Esas mujeres se habían levantado por la mañana y habían hecho cola en Telepizza, habían recogido el correspondiente menú y, a continuación, habían venido a hacer otra cola, la nuestra, que era muy dura, llena de personas que viven al margen de la sociedad, que se relacionan de otra forma, que se gritan, que se pelean. Era evidente que esas mujeres estaban allí porque su situación era crítica. De no ser así, nunca hubiesen hecho la cola de Casa 28”, subraya.

 

«Llegaban madres con los famosos menús de Telepizza en la mano. Te dabas cuenta de que lo que estaba haciendo la Comunidad de Madrid no servía para nada»

 

Muy probablemente, no fueron esas madres las que desataron la incomprensión de los vecinos, que empezaron a quejarse de lo que estaba pasando en la calle Espíritu Santo 28, que llamaban a la Policía Municipal e increpaban a usuarios y voluntarios. Al tiempo, la ayuda económica que había prometido el Ayuntamiento de Madrid no llegaba nunca, pero las trabas legales y burocráticas se multiplicaban. La situación se volvió irrespirable, además de agotadora, y Adrián Rojas decidió echar el cierre. Eva cuenta que entonces se sintió en vilo, angustiada por no saber qué sería de todas aquellas personas que subsistían gracias a Casa 28.

 

MALASAÑA ACOMPAÑA

Pocos días después, sin embargo, una amiga le comentó que un grupo de vecinos estaba organizando un banco de alimentos y le pasó el link de WhatsApp de la red de cuidados Malasaña Acompaña. “Me uní al grupo de almacén y hasta hoy”, dice Eva, que también explica que las iniciativas Casa 28 y Malasaña Acompaña tienen importantes similitudes: son el fruto del impulso de muchas personas que se revelaron ante la emergencia social que contemplaban, o tan solo intuían, se pusieron a trabajar juntas de forma espontánea y se fueron organizando sobre la marcha para tratar de reducir el sufrimiento de los demás de la forma más eficiente y respetuosa posible.

 

“Quienes vivimos en Malasaña sabemos que somos personas afortunadas. Nunca ha sido un barrio en el que puedas subsistir con poco dinero porque el precio de la vivienda siempre ha sido muy alto. Sin embargo, la pandemia ha dejado muy claro que algunos de nuestros vecinos vivían absolutamente al día. Personas que trabajaban en tiendas, bares y restaurantes como dependientas, cocineras, camareras o limpiadoras, y que, en condiciones normales, tenían sueldos más o menos aceptables. Pero, claro, muchas de ellas cotizaban por diez horas semanales y trabajaban sesenta. Un ERTE del 75% del salario correspondiente a diez horas semanales no les hubiese dado para mucho incluso si lo hubiesen cobrado inmediatamente, pero resulta que no lo cobraron hasta uno, dos o tres meses después. Y aunque no fuese así, aunque cotizasen por las horas que trabajaban, la gente estaba sin ahorros porque la anterior crisis económica se los había comido, y se encontró de la noche a la mañana, ya no con que no podía pagar el alquiler, sino con que no tenía dinero para bajar a comprar el pan”.

 

Cuenta que lleva 17 años viviendo en Malasaña, donde abrió su propio negocio, Älva for Kids, en 2006. Por aquel entonces, el fenómeno hípster todavía no había entrado en escena, el proceso de gentrificación no se había completado y en las calles se respiraba un ambiente de barrio. Pero ‘el maravilloso mundo de Airbnb’, como dice Eva, aterrizó allá por 2010 y, desde entonces, la zona ha ido perdiendo vecinos y ganando ‘guiris’. “A la tienda no le han sentado mal los guiris, todo hay que decirlo, pero yo había perdido esa sensación de vivir en un pueblo. Malasaña Acompaña ha conseguido que recuperemos ese ambiente, esa cercanía entre vecinos, ese saber que Pepita vive en esta calle y Manolito en aquella plaza, ese ir al súper y saludar a doce personas, cuando antes no saludabas a ninguna. Todas esas cosas han logrado que me vuelva a enamorar de mi barrio. Y que conste que Malasaña nunca ha dejado de gustarme, aunque a veces me haya enfadado. Me gusta incluso su bullicio, y por eso no me agradan los movimientos que han surgido contra bares y terrazas”.

 

«Malasaña Acompaña ha logrado que las noticias no me pareciesen tan negras, asépticas y de datos, pero no olvido que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido»

 

A continuación, explica que la red de solidaridad y apoyo mutuo que se ha ido tejiendo durante estos meses también es la causa de que las noticias no le hayan parecido tan negras, tan asépticas y tan de datos. “Pensar que hay personas concretas tras las noticias, con nombre y apellidos, ha hecho que esta situación tan rara me haya resultado más real, pero también es la causa de que no haya logrado olvidar en ningún momento que el coronavirus es un hecho y que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido. Cuando estás en un almacén como el nuestro y ves lo que pasa, sabes que la situación no se ha solucionado en absoluto”.

 

MI PANDEMIA PERSONAL 

“Empezamos a darnos cuenta de que realmente estaba pasando algo muy gordo cuando cerraron los colegios en Madrid el miércoles 11 de marzo. Recuerdo perfectamente la sensación de enorme incertidumbre. Esa sensación era compartida por todos los comerciantes de la zona, y era tan abrumadora que preferíamos tomar las decisiones en grupo. Por eso el jueves 12 de marzo hicimos una ‘cumbre’ de la calle San Andrés para decidir si cerrábamos o no cerrábamos nuestros negocios, ¡así de despistados estábamos! Finalmente, cerré la tienda el viernes 13 de marzo a las 13 horas. Fue muy fuerte. No sabía cuándo iba a volver, a qué iba a volver, o siquiera si iba a volver algún día. Me sentía en medio de una nube muy oscura”, relata.

Pero la nube desapareció, pese a que para Eva, que vive sola y trabaja cerca de once horas diarias, de lunes a sábado, estar en casa varios días seguidos era una experiencia más que extraña y reconoce que los primeros momentos fueron duros. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no estaba en su mano cambiar las cosas y decidió que ya se preocuparía por su futuro llegado el momento. “Me concentré en pedir las ayudas que ofrecía el Gobierno cuanto antes. Poco después, empezaron a escribirme las clientas y me sentí mucho mejor. Me escribieron porque publiqué un post muy triste y muy chungo en el blog de la tienda, en el que contaba esa sensación de incertidumbre del primer momento. Y las clientas empezaron a darme cariño, a decirme que en cuanto abriese la tienda vendrían a comprar, que estarían esperándome… Fue muy guay. Entonces empecé a subir fotos a Instagram con otro ánimo y otra visión, pensando en ellas. Digo ellas porque tengo algún cliente habitual, pero la gran mayoría de mis clientas son mujeres. Ya se sabe, el patriarcado y la maternidad…”.

Eva Fuentes, en su tienda de Malasaña, Älva for Kids / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

EVA FUENTES

Coordinadora de almacén de Malasaña Acompaña

«He vuelto a sentir que vivo en un pueblo llamado Malasaña»

Vecina y comerciante de Malasaña, Eva es propietaria de la tienda de ropa y artículos infantiles Älva for Kids, que inauguró en 2006. En lo más crudo del confinamiento, unos días después del inicio del estado de alarma, se ofreció como voluntaria del comedor social improvisado que surgió en Casa 28. Cuando su propietario se vio obligado a cerrar, se unió a Malasaña Acompaña, en concreto al grupo de gestión de su despensa solidaria. Durante tres meses, se ocupó de coordinar el reparto de lotes de alimentos de los jueves por la mañana. En la actualidad, sigue participando activamente en esta iniciativa vecinal.

POR ALEXA DIÉGUEZ / 24 de septiembre, 2020

Tal vez porque su tienda está a unos pasos de la Plaza del Dos de Mayo, donde, desde hace unos años, se reúne diariamente un grupo de personas en situación de calle, a Eva Fuentes le venía a la cabeza una cuestión cada vez que escuchaba aquello de “Quédate en casa”. “Si no tienes casa, ¿qué haces?”, se preguntaba. Esa misma pregunta se plantearon muchas de las personas que decidieron hacer algo por los expulsados de la sociedad, en los que las instituciones no pensaron cuando los albergues, los comedores y otros recursos sociales echaron el cierre el 14 de marzo sin mirar atrás.

Cuenta que antes era una comerciante ‘normal y corriente’, queriendo decir que no estaba involucrada en ninguna batalla ni pertenecía a ninguna asociación, pero un artículo sobre Casa 28 lo cambió todo. Decidió acercarse al comedor social improvisado que organizo Adrián Rojas en su restaurante de la calle Espíritu Santo 28 y empezó a echar una mano, cocinando, cumplimentando inventarios, organizando a la gente que hacía cola para recibir su plato de comida caliente… Haciendo un poco de todo.

A los pocos días de empezar a dar de comer a quien lo necesitase, ya había más de 200 personas sin hogar haciendo cola durante horas a las puertas de un local que tiene una fachada abiertamente estrecha, un fenómeno que llamaba mucho la atención en un momento en el que las calles estaban desiertas. Para Eva, sin embargo, había algo bastante más chocante: “Empezaron a llegar cada vez más madres con los famosos menús de Telepizza de la Comunidad de Madrid en la mano. Te dabas cuenta de que lo que estaba haciendo el Gobierno autonómico para ayudar a las familias más vulnerables no servía para nada. Esas mujeres se habían levantado por la mañana y habían hecho cola en Telepizza, habían recogido el correspondiente menú y, a continuación, habían venido a hacer otra cola, la nuestra, que era muy dura, llena de personas que viven al margen de la sociedad, que se relacionan de otra forma, que se gritan, que se pelean. Era evidente que esas mujeres estaban allí porque su situación era crítica. De no ser así, nunca hubiesen hecho la cola de Casa 28”, subraya.

 

«Llegaban madres con los famosos menús de Telepizza en la mano. Te dabas cuenta de que lo que estaba haciendo la Comunidad de Madrid no servía para nada»

 

Muy probablemente, no fueron esas madres las que desataron la incomprensión de los vecinos, que empezaron a quejarse de lo que estaba pasando en la calle Espíritu Santo 28, que llamaban a la Policía Municipal e increpaban a usuarios y voluntarios. Al tiempo, la ayuda económica que había prometido el Ayuntamiento de Madrid no llegaba nunca, pero las trabas legales y burocráticas se multiplicaban. La situación se volvió irrespirable, además de agotadora, y Adrián Rojas decidió echar el cierre. Eva cuenta que entonces se sintió en vilo, angustiada por no saber qué sería de todas aquellas personas que subsistían gracias a Casa 28.

 

MALASAÑA ACOMPAÑA

Pocos días después, sin embargo, una amiga le comentó que un grupo de vecinos estaba organizando un banco de alimentos y le pasó el link de WhatsApp de la red de cuidados Malasaña Acompaña. “Me uní al grupo de almacén y hasta hoy”, dice Eva, que también explica que las iniciativas Casa 28 y Malasaña Acompaña tienen importantes similitudes: son el fruto del impulso de muchas personas que se revelaron ante la emergencia social que contemplaban, o tan solo intuían, se pusieron a trabajar juntas de forma espontánea y se fueron organizando sobre la marcha para tratar de reducir el sufrimiento de los demás de la forma más eficiente y respetuosa posible.

“Quienes vivimos en Malasaña sabemos que somos personas afortunadas. Nunca ha sido un barrio en el que puedas subsistir con poco dinero porque el precio de la vivienda siempre ha sido muy alto. Sin embargo, la pandemia ha dejado muy claro que algunos de nuestros vecinos vivían absolutamente al día. Personas que trabajaban en tiendas, bares y restaurantes como dependientas, cocineras, camareras o limpiadoras, y que, en condiciones normales, tenían sueldos más o menos aceptables. Pero, claro, muchas de ellas cotizaban por diez horas semanales y trabajaban sesenta. Un ERTE del 75% del salario correspondiente a diez horas semanales no les hubiese dado para mucho incluso si lo hubiesen cobrado inmediatamente, pero resulta que no lo cobraron hasta uno, dos o tres meses después. Y aunque no fuese así, aunque cotizasen por las horas que trabajaban, la gente estaba sin ahorros porque la anterior crisis económica se los había comido, y se encontró de la noche a la mañana, ya no con que no podía pagar el alquiler, sino con que no tenía dinero para bajar a comprar el pan”.

Cuenta que lleva 17 años viviendo en Malasaña, donde abrió su propio negocio, Älva for Kids, en 2006. Por aquel entonces, el fenómeno hípster todavía no había entrado en escena, el proceso de gentrificación no se había completado y en las calles se respiraba un ambiente de barrio. Pero ‘el maravilloso mundo de Airbnb’, como dice Eva, aterrizó allá por 2010 y, desde entonces, la zona ha ido perdiendo vecinos y ganando ‘guiris’. “A la tienda no le han sentado mal los guiris, todo hay que decirlo, pero yo había perdido esa sensación de vivir en un pueblo. Malasaña Acompaña ha conseguido que recuperemos ese ambiente, esa cercanía entre vecinos, ese saber que Pepita vive en esta calle y Manolito en aquella plaza, ese ir al súper y saludar a doce personas, cuando antes no saludabas a ninguna. Todas esas cosas han logrado que me vuelva a enamorar de mi barrio. Y que conste que Malasaña nunca ha dejado de gustarme, aunque a veces me haya enfadado. Me gusta incluso su bullicio, y por eso no me agradan los movimientos que han surgido contra bares y terrazas”.

 

«Malasaña Acompaña ha logrado que las noticias no me pareciesen tan negras, asépticas y de datos, pero no olvido que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido»

 

A continuación, explica que la red de solidaridad y apoyo mutuo que se ha ido tejiendo durante estos meses también es la causa de que las noticias no le hayan parecido tan negras, tan asépticas y tan de datos. “Pensar que hay personas concretas tras las noticias, con nombre y apellidos, ha hecho que esta situación tan rara me haya resultado más real, pero también es la causa de que no haya logrado olvidar en ningún momento que el coronavirus es un hecho y que la emergencia social sigue aquí, que nunca se ha ido. Cuando estás en un almacén como el nuestro y ves lo que pasa, sabes que la situación no se ha solucionado en absoluto”.

 

MI PANDEMIA PERSONAL 

“Empezamos a darnos cuenta de que realmente estaba pasando algo muy gordo cuando cerraron los colegios en Madrid el miércoles 11 de marzo. Recuerdo perfectamente la sensación de enorme incertidumbre. Esa sensación era compartida por todos los comerciantes de la zona, y era tan abrumadora que preferíamos tomar las decisiones en grupo. Por eso el jueves 12 de marzo hicimos una ‘cumbre’ de la calle San Andrés para decidir si cerrábamos o no cerrábamos nuestros negocios, ¡así de despistados estábamos! Finalmente, cerré la tienda el viernes 13 de marzo a las 13 horas. Fue muy fuerte. No sabía cuándo iba a volver, a qué iba a volver, o siquiera si iba a volver algún día. Me sentía en medio de una nube muy oscura”, relata.

Pero la nube desapareció, pese a que para Eva, que vive sola y trabaja cerca de once horas diarias, de lunes a sábado, estar en casa varios días seguidos era una experiencia más que extraña y reconoce que los primeros momentos fueron duros. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no estaba en su mano cambiar las cosas y decidió que ya se preocuparía por su futuro llegado el momento. “Me concentré en pedir las ayudas que ofrecía el Gobierno cuanto antes. Poco después, empezaron a escribirme las clientas y me sentí mucho mejor. Me escribieron porque publiqué un post muy triste y muy chungo en el blog de la tienda, en el que contaba esa sensación de incertidumbre del primer momento. Y las clientas empezaron a darme cariño, a decirme que en cuanto abriese la tienda vendrían a comprar, que estarían esperándome… Fue muy guay. Entonces empecé a subir fotos a Instagram con otro ánimo y otra visión, pensando en ellas. Digo ellas porque tengo algún cliente habitual, pero la gran mayoría de mis clientas son mujeres. Ya se sabe, el patriarcado y la maternidad…”.