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El corazón del témpano: los buenos tratos en la sanidad

Reflexionar sobre los buenos tratos en la sanidad, o cualquier otro aspecto concreto de la devastadora crisis que ha precipitado la covid19 es muy temerario. No hay forma de abstraerse de las grandes variables, que se cuentan por decenas, sin correr el riesgo de ser acusado de no saber separar el grano de la paja, de ser parcial (todos lo somos, en mayor o menor medida, dicho sea de paso) o de ser insensible.

Todo parece secundario cuando lo principal es inabarcable. Y lo principal, desde mi punto de vista, es que esta crisis es más de la sanidad que sanitaria, del mismo modo que es más de la economía, tal y como está (mal) organizada, que económica, y así sucesivamente. En definitiva, es una crisis sistémica.

Sin embargo, cada persona puso el ojo y la mente en una idea aquellos inquietantes días de marzo. Tal vez porque era imposible aprehender aquella realidad entre onírica y apocalíptica, probablemente como mecanismo de defensa. Que algo tangible llamase tu atención y, sobe todo, que te sintieras capaz de llegar a algún tipo de conclusión sin marearte, proporcionaba cierta sensación de control.

En pleno atolondramiento, a mí me obsesionó el desamparo y la angustia que transmitían los pacientes de coronavirus y sus familias. No voy a entrar en la tragedia de las residencias de ancianos, que merece un tema aparte y por la que todos debiéramos sentirnos interpelados, ya que nos señala como sociedad. Voy a hablar de los centros sanitarios. De las vivencias traumáticas y la total ausencia de información. De una soledad gélida. Saltaba a la vista que el conjunto de habilidades que conforma la inteligencia emocional, todavía ninguneadas, y desde luego ausentes de los planes de estudios, eran aquello que se echaba más dolorosamente en falta.

Soy consciente de que esto que escribo puede resultar hiriente e incluso habrá quien considere que es inapropiado. Me hago una idea de la desprotección, el miedo y el agotamiento con los que tuvieron que lidiar los profesionales sanitarios y no sanitarios de hospitales y centros de salud. Les apoyo, les comprendo y tienen todo mi respeto. Pero también creo que pasar por todo este horror sin reflexionar sobre la estrepitosa crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias es un error sin paliativos a nivel ético, que además impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido, que minimicen el riesgo a tropezar con la misma piedra en el futuro.

 

Pasar por este horror sin reflexionar sobre la crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido durante estos meses

 

Obviar esa crueldad también es un obstáculo para enfrentar el evidente maltrato al que fueron sometidos los propios trabajadores del sector, ya que es complejo exigir empatía cuando no se está dispuesto a ofrecerla. Vaya por delante que soy consciente de que hay numerosas excepciones a lo que afirmo, pero como periodista especializada en salud, llevo más de una década escuchando que es necesario humanizar la sanidad, y siempre he creído que se hacía bien poco para hacer realidad tan loables intenciones, algo que también he tenido ocasión de comprobar en mis carnes y en las de mis seres más queridos en más de una ocasión. Ahora sé que me quedaba muy corta. Solo se han humanizado algunos centros sanitarios, ciertos servicios hospitalarios, algunas consultas… Excepciones a la regla.

En estos últimos meses han saltado por los aires las vendas y las tiritas que disimulaban la gravedad de las heridas de la sanidad española. Es verdad que muchas se podrían curar con presupuestos y voluntad política. Sin embargo, otras seguirían supurando y causando sufrimiento, porque dependen del compromiso de las personas y del modus operandi de los equipos. En ambos casos, existe un indudable componente facultativo, si se me permite el guiño al argot del sector, y una responsabilidad intransferible.

Del auxiliar al jefe de Servicio. De la consulta al área de gerencia. De la unidad clínica al mostrador de información. Respecto a los pacientes y hacia los demás profesionales sanitarios o no sanitarios. En todas las direcciones. Estas variables, que juntas conforman lo que llamamos ‘buen trato’, deberían ser el aire cálido que hiciese menos inhóspita una maquinaria feroz por definición y chirriante por falta de mantenimiento.

 

La amabilidad, la empatía, la escucha activa, la información y la voluntad de cuidar y consolar, los buenos tratos, en definitiva, podrían ser el corazón del témpano de la sanidad

 

Todos estamos desbordados desde ese 14 de marzo que nunca olvidaremos. Al shock de afrontar un cataclismo de proporciones épicas, y de asistir atónitos a una transformación radical de nuestros respectivos proyectos de vida, hay que añadir un ensordecedor ruido político y, como consecuencia, informativo.

La sanidad es la arena en la que han librado las luchas más encarnizadas. Sin embargo, es llamativo que apenas se mencione el trato que recibieron los pacientes y sus familias en lo más crudo de la primera ola de la pandemia causada por la covid-19, cuando es sabido que se produjeron muchas situaciones dantescas, que causaron un dolor difícil de superar. Si nos consta que ha sido así, ¿por qué nadie habla, por ejemplo, de crear y potenciar la figura del enlace con las familias, que podría paliar tanto desamparo? ¿Por qué no se han puesto a contratar psicólogos clínicos todas las comunidades autónomas?

Sinceramente, me parece muy llamativo este silencio, aunque he de decir que no me resulta menos espectacular el desprecio que están demostrando las autoridades, con especial énfasis en las madrileñas, por el bienestar y la salud mental de los profesionales que conforman su sistema sanitario.

Para revertir esta injusticia tan sangrante, es imperativo hacer un examen de conciencia, cada cual según sus competencias y sus responsabilidades. Es urgente reflexionar sobre el compromiso personal con los buenos tratos de todos y cada uno de los profesionales del sector. No olvidemos que, en el caso de los médicos, obviar la empatía y bloquear la comunicación con el paciente y su familia va en contra del mismísimo Juramento Hipocrático.

Por supuesto, ese reajuste deontológico no reduce la necesidad irrenunciable de que los expertos en gestión sanitaria diseñen de una vez por todas un sistema escalable de respuesta a cualquier emergencia que tenga en cuenta los buenos tratos en cualquier circunstancia. Un protocolo, dotado de presupuestos realistas y de entrada en vigor inmediata, en el que la salud pública y la calidez del factor humano formen un sólido equipo. Una verdadera estrategia, siempre lista para ser desplegada en función de las necesidades del momento, sin dejar al azar más que el azar mismo.

No es una quimera y no deberían permitirse más excusas. Si existe algo consustancial a este mundo es el cambio. Que nadie vuelva a hablar de humanizar la sanidad en bienintencionados encuentros y seminarios si no tiene previsto humanizarla.

¿Por qué ‘El corazón del témpano’?

Hace al menos quince años, tuve ocasión de leer al fascinante periodista y escritor chileno Francisco Coloane (1910 – 2002), que dedicó su obra literaria al mar y a los confines del mundo, más concretamente al ‘extremo sur’: la Patagonia, la Antártida, el Pacífico más solitario y furioso…  El corazón del témpano, publicado por Ollero & Ramos en 1999 y fuera de catálogo desde poco tiempo después, reúne en un volumen dos novelas cortas: ‘El último grumete de la Baquedano’ y ‘Los conquistadores de la Antártida’. En esta última, el marino que protagoniza las dos piezas, Alejandro Silva, encuentra al hermano largamente perdido, convertido en rey de los indios yaganes, que habitan en una especie de oasis escondido en la inhóspita costa de la Tierra del Fuego. El título de este volumen, que curiosamente es obra de la editorial y no del autor, ha permanecido grabado en mi mente y vuelve a hacerse presente cuando algo despierta en mí la idea del calor necesario para sobrevivir cuando el entorno, o el momento, resultan impracticables.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Reflexionar sobre los buenos tratos en la sanidad, o cualquier otro aspecto concreto de la devastadora crisis que ha precipitado la covid19 es muy temerario. No hay forma de abstraerse de las grandes variables, que se cuentan por decenas, sin correr el riesgo de ser acusado de no saber separar el grano de la paja, de ser parcial (todos lo somos, en mayor o menor medida, dicho sea de paso) o de ser insensible.

Todo parece secundario cuando lo principal es inabarcable. Y lo principal, desde mi punto de vista, es que esta crisis es más de la sanidad que sanitaria, del mismo modo que es más de la economía, tal y como está (mal) organizada, que económica, y así sucesivamente. En definitiva, es una crisis sistémica.

Sin embargo, cada persona puso el ojo y la mente en una idea aquellos inquietantes días de marzo. Tal vez porque era imposible aprehender aquella realidad entre onírica y apocalíptica, probablemente como mecanismo de defensa. Que algo tangible llamase tu atención y, sobe todo, que te sintieras capaz de llegar a algún tipo de conclusión sin marearte, proporcionaba cierta sensación de control.

En pleno atolondramiento, a mí me obsesionó el desamparo y la angustia que transmitían los pacientes de coronavirus y sus familias. No voy a entrar en la tragedia de las residencias de ancianos, que merece un tema aparte y por la que todos debiéramos sentirnos interpelados, ya que nos señala como sociedad. Voy a hablar de los centros sanitarios. De las vivencias traumáticas y la total ausencia de información. De una soledad gélida. Saltaba a la vista que el conjunto de habilidades que conforma la inteligencia emocional, todavía ninguneadas, y desde luego ausentes de los planes de estudios, eran aquello que se echaba más dolorosamente en falta.

Soy consciente de que esto que escribo puede resultar hiriente e incluso habrá quien considere que es inapropiado. Me hago una idea de la desprotección, el miedo y el agotamiento con los que tuvieron que lidiar los profesionales sanitarios y no sanitarios de hospitales y centros de salud. Les apoyo, les comprendo y tienen todo mi respeto. Pero también creo que pasar por todo este horror sin reflexionar sobre la estrepitosa crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias es un error sin paliativos a nivel ético, que además impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido, que minimicen el riesgo a tropezar con la misma piedra en el futuro.

 

Pasar por este horror sin reflexionar sobre la crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido durante estos meses

 

Obviar esa crueldad también es un obstáculo para enfrentar el evidente maltrato al que fueron sometidos los propios trabajadores del sector, ya que es complejo exigir empatía cuando no se está dispuesto a ofrecerla. Vaya por delante que soy consciente de que hay numerosas excepciones a lo que afirmo, pero como periodista especializada en salud, llevo más de una década escuchando que es necesario humanizar la sanidad, y siempre he creído que se hacía bien poco para hacer realidad tan loables intenciones, algo que también he tenido ocasión de comprobar en mis carnes y en las de mis seres más queridos en más de una ocasión. Ahora sé que me quedaba muy corta. Solo se han humanizado algunos centros sanitarios, ciertos servicios hospitalarios, algunas consultas… Excepciones a la regla.

En estos últimos meses han saltado por los aires las vendas y las tiritas que disimulaban la gravedad de las heridas de la sanidad española. Es verdad que muchas se podrían curar con presupuestos y voluntad política. Sin embargo, otras seguirían supurando y causando sufrimiento, porque dependen del compromiso de las personas y del modus operandi de los equipos. En ambos casos, existe un indudable componente facultativo, si se me permite el guiño al argot del sector, y una responsabilidad intransferible.

Del auxiliar al jefe de Servicio. De la consulta al área de gerencia. De la unidad clínica al mostrador de información. Respecto a los pacientes y hacia los demás profesionales sanitarios o no sanitarios. En todas las direcciones. Estas variables, que juntas conforman lo que llamamos ‘buen trato’, deberían ser el aire cálido que hiciese menos inhóspita una maquinaria feroz por definición y chirriante por falta de mantenimiento.

 

La amabilidad, la empatía, la escucha activa, la información y la voluntad de cuidar y consolar, los buenos tratos, en definitiva, podrían ser el corazón del témpano de la sanidad

 

Todos estamos desbordados desde ese 14 de marzo que nunca olvidaremos. Al shock de afrontar un cataclismo de proporciones épicas, y de asistir atónitos a una transformación radical de nuestros respectivos proyectos de vida, hay que añadir un ensordecedor ruido político y, como consecuencia, informativo.

La sanidad es la arena en la que han librado las luchas más encarnizadas. Sin embargo, es llamativo que apenas se mencione el trato que recibieron los pacientes y sus familias en lo más crudo de la primera ola de la pandemia causada por la covid-19, cuando es sabido que se produjeron muchas situaciones dantescas, que causaron un dolor difícil de superar. Si nos consta que ha sido así, ¿por qué nadie habla, por ejemplo, de crear y potenciar la figura del enlace con las familias, que podría paliar tanto desamparo? ¿Por qué no se han puesto a contratar psicólogos clínicos todas las comunidades autónomas?

Sinceramente, me parece muy llamativo este silencio, aunque he de decir que no me resulta menos espectacular el desprecio que están demostrando las autoridades, con especial énfasis en las madrileñas, por el bienestar y la salud mental de los profesionales que conforman su sistema sanitario.

Para revertir esta injusticia tan sangrante, es imperativo hacer un examen de conciencia, cada cual según sus competencias y sus responsabilidades. Es urgente reflexionar sobre el compromiso personal con los buenos tratos de todos y cada uno de los profesionales del sector. No olvidemos que, en el caso de los médicos, obviar la empatía y bloquear la comunicación con el paciente y su familia va en contra del mismísimo Juramento Hipocrático.

Por supuesto, ese reajuste deontológico no reduce la necesidad irrenunciable de que los expertos en gestión sanitaria diseñen de una vez por todas un sistema escalable de respuesta a cualquier emergencia que tenga en cuenta los buenos tratos en cualquier circunstancia. Un protocolo, dotado de presupuestos realistas y de entrada en vigor inmediata, en el que la salud pública y la calidez del factor humano formen un sólido equipo. Una verdadera estrategia, siempre lista para ser desplegada en función de las necesidades del momento, sin dejar al azar más que el azar mismo.

No es una quimera y no deberían permitirse más excusas. Si existe algo consustancial a este mundo es el cambio. Que nadie vuelva a hablar de humanizar la sanidad en bienintencionados encuentros y seminarios si no tiene previsto humanizarla.

¿Por qué ‘El corazón del témpano?

Hace al menos quince años, tuve ocasión de leer al fascinante periodista y escritor chileno Francisco Coloane (1910 – 2002), que dedicó su obra literaria al mar y a los confines del mundo, más concretamente al ‘extremo sur’: la Patagonia, la Antártida, el Pacífico más solitario y furioso…  El corazón del témpano, publicado por Ollero & Ramos en 1999 y fuera de catálogo desde poco tiempo después, reúne en un volumen dos novelas cortas: ‘El último grumete de la Baquedano’ y ‘Los conquistadores de la Antártida’. En esta última, el marino que protagoniza las dos piezas, Alejandro Silva, encuentra al hermano largamente perdido, convertido en rey de los indios yaganes, que habitan en una especie de oasis escondido en la inhóspita costa de la Tierra del Fuego. El título de este volumen, que curiosamente es obra de la editorial y no del autor, ha permanecido grabado en mi mente y vuelve a hacerse presente cuando algo despierta en mí la idea del calor necesario para sobrevivir cuando el entorno, o el momento, resultan impracticables.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Reflexionar sobre los buenos tratos en la sanidad, o cualquier otro aspecto concreto de la devastadora crisis que ha precipitado la covid19 es muy temerario. No hay forma de abstraerse de las grandes variables, que se cuentan por decenas, sin correr el riesgo de ser acusado de no saber separar el grano de la paja, de ser parcial (todos lo somos, en mayor o menor medida, dicho sea de paso) o de ser insensible.

Todo parece secundario cuando lo principal es inabarcable. Y lo principal, desde mi punto de vista, es que esta crisis es más de la sanidad que sanitaria, del mismo modo que es más de la economía, tal y como está (mal) organizada, que económica, y así sucesivamente. En definitiva, es una crisis sistémica.

Sin embargo, cada persona puso el ojo y la mente en una idea aquellos inquietantes días de marzo. Tal vez porque era imposible aprehender aquella realidad entre onírica y apocalíptica, probablemente como mecanismo de defensa. Que algo tangible llamase tu atención y, sobe todo, que te sintieras capaz de llegar a algún tipo de conclusión sin marearte, proporcionaba cierta sensación de control.

En pleno atolondramiento, a mí me obsesionó el desamparo y la angustia que transmitían los pacientes de coronavirus y sus familias. No voy a entrar en la tragedia de las residencias de ancianos, que merece un tema aparte y por la que todos debiéramos sentirnos interpelados, ya que nos señala como sociedad. Voy a hablar de los centros sanitarios. De las vivencias traumáticas y la total ausencia de información. De una soledad gélida. Saltaba a la vista que el conjunto de habilidades que conforma la inteligencia emocional, todavía ninguneadas, y desde luego ausentes de los planes de estudios, eran aquello que se echaba más dolorosamente en falta.

Soy consciente de que esto que escribo puede resultar hiriente e incluso habrá quien considere que es inapropiado. Me hago una idea de la desprotección, el miedo y el agotamiento con los que tuvieron que lidiar los profesionales sanitarios y no sanitarios de hospitales y centros de salud. Les apoyo, les comprendo y tienen todo mi respeto. Pero también creo que pasar por todo este horror sin reflexionar sobre la estrepitosa crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias es un error sin paliativos a nivel ético, que además impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido, que minimicen el riesgo a tropezar con la misma piedra en el futuro.

 

Pasar por este horror sin reflexionar sobre la crueldad que sufrieron los pacientes y sus familias impide extraer lecciones muy necesarias de lo vivido durante estos meses

 

Obviar esa crueldad también es un obstáculo para enfrentar el evidente maltrato al que fueron sometidos los propios trabajadores del sector, ya que es complejo exigir empatía cuando no se está dispuesto a ofrecerla. Vaya por delante que soy consciente de que hay numerosas excepciones a lo que afirmo, pero como periodista especializada en salud, llevo más de una década escuchando que es necesario humanizar la sanidad, y siempre he creído que se hacía bien poco para hacer realidad tan loables intenciones, algo que también he tenido ocasión de comprobar en mis carnes y en las de mis seres más queridos en más de una ocasión. Ahora sé que me quedaba muy corta. Solo se han humanizado algunos centros sanitarios, ciertos servicios hospitalarios, algunas consultas… Excepciones a la regla.

En estos últimos meses han saltado por los aires las vendas y las tiritas que disimulaban la gravedad de las heridas de la sanidad española. Es verdad que muchas se podrían curar con presupuestos y voluntad política. Sin embargo, otras seguirían supurando y causando sufrimiento, porque dependen del compromiso de las personas y del modus operandi de los equipos. En ambos casos, existe un indudable componente facultativo, si se me permite el guiño al argot del sector, y una responsabilidad intransferible.

Del auxiliar al jefe de Servicio. De la consulta al área de gerencia. De la unidad clínica al mostrador de información. Respecto a los pacientes y hacia los demás profesionales sanitarios o no sanitarios. En todas las direcciones. Estas variables, que juntas conforman lo que llamamos ‘buen trato’, deberían ser el aire cálido que hiciese menos inhóspita una maquinaria feroz por definición y chirriante por falta de mantenimiento.

 

La amabilidad, la empatía, la escucha activa, la información y la voluntad de cuidar y consolar, los buenos tratos, en definitiva, podrían ser el corazón del témpano de la sanidad

 

Todos estamos desbordados desde ese 14 de marzo que nunca olvidaremos. Al shock de afrontar un cataclismo de proporciones épicas, y de asistir atónitos a una transformación radical de nuestros respectivos proyectos de vida, hay que añadir un ensordecedor ruido político y, como consecuencia, informativo.

La sanidad es la arena en la que han librado las luchas más encarnizadas. Sin embargo, es llamativo que apenas se mencione el trato que recibieron los pacientes y sus familias en lo más crudo de la primera ola de la pandemia causada por la covid-19, cuando es sabido que se produjeron muchas situaciones dantescas, que causaron un dolor difícil de superar. Si nos consta que ha sido así, ¿por qué nadie habla, por ejemplo, de crear y potenciar la figura del enlace con las familias, que podría paliar tanto desamparo? ¿Por qué no se han puesto a contratar psicólogos clínicos todas las comunidades autónomas?

Sinceramente, me parece muy llamativo este silencio, aunque he de decir que no me resulta menos espectacular el desprecio que están demostrando las autoridades, con especial énfasis en las madrileñas, por el bienestar y la salud mental de los profesionales que conforman su sistema sanitario.

Para revertir esta injusticia tan sangrante, es imperativo hacer un examen de conciencia, cada cual según sus competencias y sus responsabilidades. Es urgente reflexionar sobre el compromiso personal con los buenos tratos de todos y cada uno de los profesionales del sector. No olvidemos que, en el caso de los médicos, obviar la empatía y bloquear la comunicación con el paciente y su familia va en contra del mismísimo Juramento Hipocrático.

Por supuesto, ese reajuste deontológico no reduce la necesidad irrenunciable de que los expertos en gestión sanitaria diseñen de una vez por todas un sistema escalable de respuesta a cualquier emergencia que tenga en cuenta los buenos tratos en cualquier circunstancia. Un protocolo, dotado de presupuestos realistas y de entrada en vigor inmediata, en el que la salud pública y la calidez del factor humano formen un sólido equipo. Una verdadera estrategia, siempre lista para ser desplegada en función de las necesidades del momento, sin dejar al azar más que el azar mismo.

No es una quimera y no deberían permitirse más excusas. Si existe algo consustancial a este mundo es el cambio. Que nadie vuelva a hablar de humanizar la sanidad en bienintencionados encuentros y seminarios si no tiene previsto humanizarla.

¿Por qué ‘El corazón del témpano’?

Hace al menos quince años, tuve ocasión de leer al fascinante periodista y escritor chileno Francisco Coloane (1910 – 2002), que dedicó su obra literaria al mar y a los confines del mundo, más concretamente al ‘extremo sur’: la Patagonia, la Antártida, el Pacífico más solitario y furioso…  El corazón del témpano, publicado por Ollero & Ramos en 1999 y fuera de catálogo desde poco tiempo después, reúne en un volumen dos novelas cortas: ‘El último grumete de la Baquedano’ y ‘Los conquistadores de la Antártida’. En esta última, el marino que protagoniza las dos piezas, Alejandro Silva, encuentra al hermano largamente perdido, convertido en rey de los indios yaganes, que habitan en una especie de oasis escondido en la inhóspita costa de la Tierra del Fuego. El título de este volumen, que curiosamente es obra de la editorial y no del autor, ha permanecido grabado en mi mente y vuelve a hacerse presente cuando algo despierta en mí la idea del calor necesario para sobrevivir cuando el entorno, o el momento, resultan impracticables.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.