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El impacto de las tres olas sobre la cronicidad

El impacto de las tres olas de la pandemia sobre la cronicidad es indiscutible. La tercera ya apunta maneras, mientras, en lo relativo a las dos primeras, ya son varios los estudios que tratan de cuantificar los daños, tanto a nivel global como en España. En ambos casos, los datos corroboran la discontinuidad en el seguimiento del estado de salud de las personas con enfermedades crónicas ya diagnosticadas y en tratamiento. Con toda probabilidad, el impacto sobre el diagnóstico y, por tanto, el establecimiento de una pauta terapéutica adecuada, será muy superior.

A la espera de disponer de estos datos, la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) acaba de hacer públicos los resultados de la segunda fase del Estudio del Impacto de Covid-19 en las Personas con Enfermedad Crónica, que se refieren al último trimestre de 2020 y que muestran un panorama bastante desolador.

En Impaciente ya nos habíamos hecho eco de algunos de los resultados de la primera fase, presentada a principios de julio, con datos de los primeros meses de 2020, en Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, ya que los informes de la POP aplican la perspectiva de género.

El dato más llamativo de esta segunda fase es que solo el 53,3% de los pacientes crónicos ha podido continuar su tratamiento en los centros ambulatorios y hospitalarios con normalidad desde la finalización del primer estado de alarma, mientras que el 44,3% ha sufrido algún cambio en su atención.

Esta cifra no solo es impactante en sí misma, sino que se agrava a la luz de otros dos datos: el 62,9% de las personas encuestadas ha presentado síntomas originados por su enfermedad o síntoma crónico durante el periodo de análisis. Y, pese al tiempo transcurrido desde el colapso del sistema sanitario que se vivió en el segundo trimestre de 2020, el 25,2% de los pacientes todavía declara haber tenido dificultades para conseguir su tratamiento farmacológico.

Algunos datos para la esperanza

Aunque preocupantes, algunos datos también han mejorado desde el primer análisis. Entre ellos, precisamente el relativo al seguimiento del estado de salud de las personas con enfermedad crónica, tanto físico como anímico, que han llevado a cabo los diferentes niveles asistenciales, que ha evolucionado de forma positiva.

Atención primaria vuelve a mostrar la importancia de su papel y el músculo de sus profesionales. Pese a la saturación estructural que sufre desde hace décadas, a la que se ha añadido la sobrecarga de trabajo derivada de la pandemia, 4 de cada 10 de las personas que han participado en este informe han recibido seguimiento en su centro de salud. La atención hospitalaria también ha mejorado en 11 puntos porcentuales, registrando un 29,4%.

También ha ido a ligeramente a mejor, aunque de forma modesta y muy por debajo de lo deseable, la información sobre medidas preventivas específicas frente a la Covid-19 según la patología o el síntoma crónicos de cada persona en concreto, que ha pasado del 34,6% al 37,6%.

Es preciso decir que no todos los parámetros que han empeorado se pueden atribuir al sistema sanitario en exclusiva. Por ejemplo, mientras en la primera fase del estudio un 10% de los encuestados solicitó el aplazamiento de pruebas o intervenciones por miedo al contagio, en la segunda esta variable se incrementó hasta alcanzar el 19%.

Prevención de riesgos laborales e impacto económico

Durante la presentación de la segunda fase del informe, María Gálvez, directora general de la POP,  explicó que “las diferentes fases de la desescalada y la correspondiente vuelta a la nueva normalidad han supuesto una situación complicada para pacientes crónicos que, siendo población de riesgo, han tenido que enfrentarse a los miedos al contagio y la falta de seguridad en sus entornos laborales”.

En este sentido, el documento refleja que la opción del teletrabajo ha disminuido notablemente durante la segunda fase de evaluación, pasando del 63,6% a un pobre 18,9%. Dicho de otro modo, uno de cada dos participantes ha tenido que asistir a su puesto de trabajo físico a pesar de ser población de riesgo.

Este dato da una idea de la ausencia de un sistema integral de atención a la cronicidad, del que debiera formar parte la prevención de riesgos laborales. La salud en el trabajo es uno de los condicionantes no genéticos de la salud general de las personas, máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, acudir al trabajo puede resultar peligroso. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud Responder a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de esta, las personas con diabetes, hipertensión o cardiopatías, entre otras enfermedades crónicas no transmisibles comunes, tienen más riesgo de contraer formas graves o muy graves de la infección por coronavirus.

Además, la situación de emergencia social y económica también afecta a las personas con enfermedades crónicas o síntomas cronificados. Así, quienes afirman que han tenido que solicitar algún tipo de ayuda social desde el comienzo de la crisis han pasado de representar el 1,1% en la primera fase al 6,3% en la segunda.

Es preciso señalar que el 90,9% de las personas que han tenido que solicitar una ayuda son mujeres, versus el 9,1% de los hombres. En Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, explicábamos los importantes sesgos de género subyacentes de esta disparidad de datos, centrados fundamentalmente en las dificultades para obtener una pensión por discapacidad o la incapacidad laboral absoluta, claramente superiores para las pacientes.

Insatisfacción y sufrimiento emocional

No cabe duda de que el sufrimiento emocional es uno de los grandes fantasmas que planean sobre nuestras cabezas desde el inicio de la emergencia sociosanitaria. A falta de conocer su verdadero alcance, el estudio de la POP recoge que, en parte debido a las deficiencias en la atención sanitaria recibida, sumadas a las dificultades inherentes a este momento histórico, el 44,6% de las personas encuestadas, el doble que en la primera fase, percibe su salud general como regular (27,5% en total) o mala (17,1%).  Entre las personas que consideran que su estado de salud es regular, el 76% son mujeres, un porcentaje que se eleva al 93,4% entre quienes consideran que es malo.

Sin embargo, tras el fin del primer estado de alarma, el impacto emocional de las dos segundas olas sobre la cronicidad parece ser menor. Las personas encuestadas muestran menos dificultad para dormir y arrojan un gradiente menor de irritabilidad y de sentimiento de tristeza o infelicidad. No obstante, los meses van cayendo como losas y ha aumentado un 13% la percepción de soledad y el 44,0% de los encuestados se siente pesimista de cara al futuro.

Innovación con impacto social: una solución prometedora

El pasado 1 de diciembre tuvo lugar el webinar Acceso a una atención óptima de los pacientes en tiempos de COVID-19, en el que la POP reclamó un cambio sustancial en el Sistema Nacional de Salud (SNS) para mejorar la asistencia sanitaria que reciben las personas con enfermedades crónicas y garantizar un acceso rápido y equitativo a la innovación terapéutica.

Carina Escobar, presidenta de la plataforma, señaló el riesgo de que la crisis del coronavirus no sirva para avanzar hacia la implementación de cambios estructurales en el SNS, como vienen reclamando tanto las asociaciones de pacientes como muchas sociedades científicas y profesionales del sector desde hace tiempo.

A modo de conclusión, Escobar afirmó: «Una terapia innovadora es aquella que nos ayuda a tener mejor calidad vida y, por tanto, es realmente importante que podamos tener acceso a ella. Nos preocupa el parón que pueda estar sufriendo la investigación no Covid, de la que dependemos la mayoría de las personas con enfermedades crónicas para poder mantener una vida autónoma. Además, nos preocupa el retraso en el acceso real a la innovación, una vez está en disposición de comercializarse. Necesitamos un plan de financiación específico para tratamientos innovadores” .

María Gálvez participó en una de las mesas de la jornada Innovación y Emprendimiento Social en el Ámbito de la Salud, celebrada el pasado 20 de enero en el marco del programa Emprende inHealth, de Lilly y UNLtd Spain. Durante su intervención, señaló por dónde podrían ir algunos de los cambios estructurales que el sistema sociosanitario debe emprender para prestar una atención integral y óptima a la cronicidad, impidiendo que el impacto de futuras olas o pandemias vuelvan a desestabilizarla.

“Si hoy en día podemos hablar de cronicidad es, en gran medida, gracias a la innovación: terapéutica, diagnóstica y de cuidados y procesos. Pero la innovación también es una cultura y para crearla necesitamos hacer algunos cambios. Tenemos que preguntarnos si estamos aportando valor añadido al paciente desde el punto de vista social: ¿puede ser una persona autónoma, seguir trabajando (o volver a trabajar), cuidarse y seguir cuidando, mantener su vida social y hacer lo que le gustaba hacer antes de enfermar? Para la POP, innovación significa esperanza, pero creemos que incorporar el punto de vista de las y los pacientes puede contribuir a impulsarla y a otorgarle mayor impacto social», concluyó.

El impacto de las tres olas de la pandemia sobre la cronicidad es indiscutible. La tercera ya apunta maneras, mientras, en el caso de las dos primeras, ya son varios los estudios que tratan de cuantificar los daños, tanto a nivel global como en España. En ambos casos, los datos corroboran la discontinuidad en el seguimiento del estado de salud de las personas con enfermedades crónicas ya diagnosticadas y en tratamiento. Con toda probabilidad, el impacto sobre el diagnóstico y, por tanto, el establecimiento de una pauta terapéutica adecuada, será muy superior.

A la espera de disponer de estos datos, la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) acaba de hacer públicos los resultados de la segunda fase del Estudio del Impacto de Covid-19 en las Personas con Enfermedad Crónica, que se refieren al último trimestre de 2020 y que muestran un panorama bastante desolador.

En Impaciente ya nos habíamos hecho eco de algunos de los resultados de la primera fase, presentada a principios de julio, con datos de los primeros meses de 2020, en Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, ya que los informes de la POP aplican la perspectiva de género.

El dato más llamativo de esta segunda fase es que solo el 53,3% de los pacientes crónicos ha podido continuar su tratamiento en los centros ambulatorios y hospitalarios con normalidad desde la finalización del primer estado de alarma, mientras que el 44,3% ha sufrido algún cambio en su atención.

Esta cifra no solo es impactante en sí misma, sino que se agrava a la luz de otros dos datos: el 62,9% de las personas encuestadas ha presentado síntomas originados por su enfermedad o síntoma crónico durante el periodo de análisis. Y, pese al tiempo transcurrido desde el colapso del sistema sanitario que se vivió en el segundo trimestre de 2020, el 25,2% de los pacientes todavía declara haber tenido dificultades para conseguir su tratamiento farmacológico.

Algunos datos para la esperanza

Aunque preocupantes, algunos datos también han mejorado desde el primer análisis. Entre ellos, precisamente el relativo al seguimiento del estado de salud, físico y anímico, de las personas con enfermedad crónica que han llevado a cabo los diferentes niveles asistenciales, que ha evolucionado de forma positiva.

Atención primaria vuelve a mostrar la importancia de su papel y el músculo de sus profesionales. Pese a la saturación estructural que sufre desde hace décadas, que en la actualidad se suma a la sobrecarga de trabajo derivada de la pandemia, 4 de cada 10 de las personas que han participado en este informe han recibido seguimiento en su centro de salud. La atención hospitalaria también ha mejorado en 11 puntos porcentuales, registrando un 29,4%.

También ha ido a ligeramente a mejor, aunque de forma modesta y muy por debajo de lo deseable, la información sobre medidas preventivas específicas frente a la Covid-19 según la patología o el síntoma crónicos de cada persona en concreto, que ha pasado del 34,6% al 37,6%.

Es preciso decir que no todos los parámetros que han empeorado se pueden atribuir al sistema sanitario en exclusiva. Por ejemplo, mientras en la primera fase del estudio un 10% de los encuestados solicitó el aplazamiento de pruebas o intervenciones por miedo al contagio, en la segunda esta variable se incrementó hasta alcanzar el 19%.

Prevención de riesgos laborales e impacto económico

Durante la presentación de la segunda fase del informe, María Gálvez, directora general de la POP,  explicó que “las diferentes fases de la desescalada y la correspondiente vuelta a la nueva normalidad han supuesto una situación complicada para pacientes crónicos que, siendo población de riesgo, han tenido que enfrentarse a los miedos al contagio y la falta de seguridad en sus entornos laborales”.

En este sentido, el informe refleja que la opción del teletrabajo ha disminuido notablemente durante la segunda fase de evaluación, pasando del 63,6% a un 18,9%. Dicho de otro modo, uno de cada dos participantes ha tenido que asistir a su puesto de trabajo físico a pesar de ser población de riesgo.

Este dato da una idea de la ausencia de un sistema integral de atención a la cronicidad, del que debiera formar parte la prevención de riesgos laborales. La salud en el trabajo es uno de los condicionantes no genéticos de la salud general de las personas, máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, acudir al trabajo puede resultar peligroso. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud Responder a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de esta, las personas con diabetes, hipertensión o cardiopatías, entre otras enfermedades crónicas no transmisibles comunes, tienen más riesgo de contraer formas graves de la infección por coronavirus.

Además, la situación de emergencia social y económica también afecta a las personas con enfermedades crónicas o síntomas cronificados. Así, las personas que han tenido que solicitar algún tipo de ayuda social desde el comienzo de la crisis ha pasado el 1,1% en la primera fase al 6,3% en la segunda.

Es preciso señalar que el 90,9% de las personas que han tenido que solicitar una ayuda son mujeres, versus el 9,1% de los hombres. En Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, explicábamos los importantes sesgos de género subyacentes de esta disparidad de datos.

Insatisfacción y sufrimiento emocional

El sufrimiento emocional es uno de los grandes fantasmas que planean sobre nuestras cabezas desde el inicio de la emergencia sociosanitaria. A falta de conocer su verdadero alcance, el estudio de la POP recoge que, en parte debido a las deficiencias en la atención sanitaria recibida, unidas a las dificultades inherentes a este momento histórico, el 44,6% de las personas encuestadas, el doble que en la primera fase, percibe su salud general como regular (27,5% en total) o mala (17,1%).  Entre las personas que consideran que su estado de salud es regular, el 76% son mujeres, un porcentaje que se eleva al 93,4% entre quienes consideran que es malo.

Tras el fin del primer estado de alarma, el impacto emocional de las tres olas sobre la cronicidad parece ser menor. Las personas encuestadas muestran menos dificultad para dormir y arrojan un gradiente menor de irritabilidad o de sentimiento de tristeza/infelicidad. Sin embargo, los meses van cayendo como losas y ha aumentado un 13% la percepción de soledad y el 44,0% de los encuestados se siente pesimista de cara al futuro.

Innovación con impacto social: una solución prometedora

El pasado 1 de diciembre tuvo lugar el webinar Acceso a una atención óptima de los pacientes en tiempos de COVID-19, en el que la POP reclamó un cambio sustancial en el Sistema Nacional de Salud (SNS) para mejorar la asistencia sanitaria que reciben las personas con enfermedades crónicas y garantizar un acceso rápido y equitativo a la innovación terapéutica.

Carina Escobar, presidenta de la plataforma, señaló el riesgo de que la crisis del coronavirus no sirva para avanzar hacia la implementación de cambios estructurales en el SNS, como vienen reclamando tanto las asociaciones de pacientes como muchas sociedades científicas y profesionales del sector.

A modo de conclusión, Escobar afirmó: «Una terapia innovadora es aquella que nos ayuda a tener mejor calidad vida y, por tanto, es realmente importante que podamos tener acceso a ella. Nos preocupa el parón que pueda estar sufriendo la investigación no Covid, de la que dependemos la mayoría de las personas con enfermedades crónicas para poder mantener una vida autónoma. Además, nos preocupa el retraso en el acceso real a la innovación, una vez está en disposición de comercializarse. Necesitamos un plan de financiación específico para tratamientos innovadores” .

María Gálvez participó en una de las mesas de la jornada Innovación y Emprendimiento Social en el Ámbito de la Salud, celebrada el pasado 20 de enero en el marco del programa Emprende inHealth, de Lilly y UNLtd Spain. Durante su intervención, señaló por dónde podrían ir algunos de los cambios estructurales que el sistema sociosanitario debe emprender para prestar una atención integral y óptima a la cronicidad, impidiendo que el impacto de futuras olas o pandemias vuelvan a desestabilizarla.

“Si hoy en día podemos hablar de cronicidad es, en gran medida, gracias a la innovación: terapéutica, diagnóstica y de cuidados y procesos. Pero la innovación también es una cultura y para crearla necesitamos hacer algunos cambios. Tenemos que preguntarnos si estamos aportando valor añadido al paciente desde el punto de vista social: ¿puede ser una persona autónoma, seguir trabajando (o volver a trabajar), cuidarse y seguir cuidando, mantener su vida social y hacer lo que le gustaba hacer antes de enfermar? Para la POP, innovación significa esperanza, pero creemos que incorporar el punto de vista de las y los pacientes puede contribuir a impulsarla y a otorgarle mayor impacto social», concluyó.

El impacto de las tres olas de la pandemia sobre la cronicidad es indiscutible. La tercera ya apunta maneras, mientras, en el caso de las dos primeras, ya son varios los estudios que tratan de cuantificar los daños, tanto a nivel global como en España. En ambos casos, los datos corroboran la discontinuidad en el seguimiento del estado de salud de las personas con enfermedades crónicas ya diagnosticadas y en tratamiento. Con toda probabilidad, el impacto sobre el diagnóstico y, por tanto, el establecimiento de una pauta terapéutica adecuada, será muy superior.

A la espera de disponer de estos datos, la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) acaba de hacer públicos los resultados de la segunda fase del Estudio del Impacto de Covid-19 en las Personas con Enfermedad Crónica, que se refieren al último trimestre de 2020 y que muestran un panorama bastante desolador.

En Impaciente ya nos habíamos hecho eco de algunos de los resultados de la primera fase, presentada a principios de julio, con datos de los primeros meses de 2020, en Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, ya que los informes de la POP aplican la perspectiva de género.

El dato más llamativo de esta segunda fase es que solo el 53,3% de los pacientes crónicos ha podido continuar su tratamiento en los centros ambulatorios y hospitalarios con normalidad desde la finalización del primer estado de alarma, mientras que el 44,3% ha sufrido algún cambio en su atención.

Esta cifra no solo es impactante en sí misma, sino que se agrava a la luz de otros dos datos: el 62,9% de las personas encuestadas ha presentado síntomas originados por su enfermedad o síntoma crónico durante el periodo de análisis. Y, pese al tiempo transcurrido desde el colapso del sistema sanitario que se vivió en el segundo trimestre de 2020, el 25,2% de los pacientes todavía declara haber tenido dificultades para conseguir su tratamiento farmacológico.

Algunos datos para la esperanza

Aunque preocupantes, algunos datos también han mejorado desde el primer análisis. Entre ellos, precisamente el relativo al seguimiento del estado de salud, físico y anímico, de las personas con enfermedad crónica que han llevado a cabo los diferentes niveles asistenciales, que ha evolucionado de forma positiva.

Atención primaria vuelve a mostrar la importancia de su papel y el músculo de sus profesionales. Pese a la saturación estructural que sufre desde hace décadas, que en la actualidad se suma a la sobrecarga de trabajo derivada de la pandemia, 4 de cada 10 de las personas que han participado en este informe han recibido seguimiento en su centro de salud. La atención hospitalaria también ha mejorado en 11 puntos porcentuales, registrando un 29,4%.

También ha ido a ligeramente a mejor, aunque de forma modesta y muy por debajo de lo deseable, la información sobre medidas preventivas específicas frente a la Covid-19 según la patología o el síntoma crónicos de cada persona en concreto, que ha pasado del 34,6% al 37,6%.

Es preciso decir que no todos los parámetros que han empeorado se pueden atribuir al sistema sanitario en exclusiva. Por ejemplo, mientras en la primera fase del estudio un 10% de los encuestados solicitó el aplazamiento de pruebas o intervenciones por miedo al contagio, en la segunda esta variable se incrementó hasta alcanzar el 19%.

Prevención de riesgos laborales e impacto económico

Durante la presentación de la segunda fase del informe, María Gálvez, directora general de la POP,  explicó que “las diferentes fases de la desescalada y la correspondiente vuelta a la nueva normalidad han supuesto una situación complicada para pacientes crónicos que, siendo población de riesgo, han tenido que enfrentarse a los miedos al contagio y la falta de seguridad en sus entornos laborales”.

En este sentido, el informe refleja que la opción del teletrabajo ha disminuido notablemente durante la segunda fase de evaluación, pasando del 63,6% a un 18,9%. Dicho de otro modo, uno de cada dos participantes ha tenido que asistir a su puesto de trabajo físico a pesar de ser población de riesgo.

Este dato da una idea de la ausencia de un sistema integral de atención a la cronicidad, del que debiera formar parte la prevención de riesgos laborales. La salud en el trabajo es uno de los condicionantes no genéticos de la salud general de las personas, máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, acudir al trabajo puede resultar peligroso. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud Responder a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de esta, las personas con diabetes, hipertensión o cardiopatías, entre otras enfermedades crónicas no transmisibles comunes, tienen más riesgo de contraer formas graves de la infección por coronavirus.

Además, la situación de emergencia social y económica también afecta a las personas con enfermedades crónicas o síntomas cronificados. Así, las personas que han tenido que solicitar algún tipo de ayuda social desde el comienzo de la crisis ha pasado el 1,1% en la primera fase al 6,3% en la segunda.

Es preciso señalar que el 90,9% de las personas que han tenido que solicitar una ayuda son mujeres, versus el 9,1% de los hombres. En Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres, explicábamos los importantes sesgos de género subyacentes de esta disparidad de datos.

Insatisfacción y sufrimiento emocional

El sufrimiento emocional es uno de los grandes fantasmas que planean sobre nuestras cabezas desde el inicio de la emergencia sociosanitaria. A falta de conocer su verdadero alcance, el estudio de la POP recoge que, en parte debido a las deficiencias en la atención sanitaria recibida, unidas a las dificultades inherentes a este momento histórico, el 44,6% de las personas encuestadas, el doble que en la primera fase, percibe su salud general como regular (27,5% en total) o mala (17,1%).  Entre las personas que consideran que su estado de salud es regular, el 76% son mujeres, un porcentaje que se eleva al 93,4% entre quienes consideran que es malo.

Tras el fin del primer estado de alarma, el impacto emocional de las tres olas sobre la cronicidad parece ser menor. Las personas encuestadas muestran menos dificultad para dormir y arrojan un gradiente menor de irritabilidad o de sentimiento de tristeza/infelicidad. Sin embargo, los meses van cayendo como losas y ha aumentado un 13% la percepción de soledad y el 44,0% de los encuestados se siente pesimista de cara al futuro.

Innovación con impacto social: una solución prometedora

El pasado 1 de diciembre tuvo lugar el webinar Acceso a una atención óptima de los pacientes en tiempos de COVID-19, en el que la POP reclamó un cambio sustancial en el Sistema Nacional de Salud (SNS) para mejorar la asistencia sanitaria que reciben las personas con enfermedades crónicas y garantizar un acceso rápido y equitativo a la innovación terapéutica.

Carina Escobar, presidenta de la plataforma, señaló el riesgo de que la crisis del coronavirus no sirva para avanzar hacia la implementación de cambios estructurales en el SNS, como vienen reclamando tanto las asociaciones de pacientes como muchas sociedades científicas y profesionales del sector.

A modo de conclusión, Escobar afirmó: «Una terapia innovadora es aquella que nos ayuda a tener mejor calidad vida y, por tanto, es realmente importante que podamos tener acceso a ella. Nos preocupa el parón que pueda estar sufriendo la investigación no Covid, de la que dependemos la mayoría de las personas con enfermedades crónicas para poder mantener una vida autónoma. Además, nos preocupa el retraso en el acceso real a la innovación, una vez está en disposición de comercializarse. Necesitamos un plan de financiación específico para tratamientos innovadores” .

María Gálvez participó en una de las mesas de la jornada Innovación y Emprendimiento Social en el Ámbito de la Salud, celebrada el pasado 20 de enero en el marco del programa Emprende inHealth, de Lilly y UNLtd Spain. Durante su intervención, señaló por dónde podrían ir algunos de los cambios estructurales que el sistema sociosanitario debe emprender para prestar una atención integral y óptima a la cronicidad, impidiendo que el impacto de futuras olas o pandemias vuelvan a desestabilizarla.

“Si hoy en día podemos hablar de cronicidad es, en gran medida, gracias a la innovación: terapéutica, diagnóstica y de cuidados y procesos. Pero la innovación también es una cultura y para crearla necesitamos hacer algunos cambios. Tenemos que preguntarnos si estamos aportando valor añadido al paciente desde el punto de vista social: ¿puede ser una persona autónoma, seguir trabajando (o volver a trabajar), cuidarse y seguir cuidando, mantener su vida social y hacer lo que le gustaba hacer antes de enfermar? Para la POP, innovación significa esperanza, pero creemos que incorporar el punto de vista de las y los pacientes puede contribuir a impulsarla y a otorgarle mayor impacto social», concluyó.