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Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres

Preparar Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres me ha hecho sufrir mucho más de lo que esperaba, que ya es decir, y hasta el último momento. Ayer lloré de pena y de rabia ante tanta injusticia, con ese llanto contenido que casi se puede traducir en palabras. No hay derecho, no es justo, decían mis lágrimas.

Después de días navegando entre datos sobre la salud de las mujeres, encontrándome con amargas evidencias sobre lo que nos espera en los próximos meses y años ‘por culpa’ de esta emergencia social de proporciones épicas, ayer asistí, como espectadora y desde mi mesa de trabajo, como viene siendo habitual últimamente, a Mind the Gap 2020 – Mujeres, Ciencia, Innovación.

Celebrado en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, este evento anual analiza la presencia y la visibilidad de las mujeres en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y la innovación (STEM, por sus siglas en inglés), sectores todavía (muy) dominados por los hombres. En esta, su cuarta edición, adquirió protagonismo el hostil panorama laboral que tenemos por delante las mujeres a raíz de la crisis causada por la Covid-19 y la importancia de aplicar la perspectiva de género a cualquier estrategia de recuperación.

Para entrar en contexto, voy a citar a Susana Mañueco, manager de Innovación Social y Relaciones Internacionales de la Fundación Cotec y magnífica conductora del evento, que se encargó de recordarnos que, a partir del 11 de noviembre, las mujeres españolas empezamos a trabajar gratis incluso más allá del trabajo doméstico, si nos atenemos al dinero que dejamos de percibir por obra y gracia de la brecha salarial, la primera de las brechas a las que aludiré en este post.

Impaciente es un blog de salud que no tiene ni un mes de vida y que pivota sobre tres ejes: la justicia social, la perspectiva de género y los pacientes, que son lo que de verdad importa de la idea misma de sanidad, aunque a veces no se note mucho. En este post, el tercero de su cortísima andadura, los tres ejes están profundamente entrelazados. La pandemia está agrandando la brecha entre ricos y pobres, y se está cebando con saña en las mujeres, especialmente las que encabezan una familia monoparental, lo que equivale a decir que la precariedad afecta también a sus hijas y a sus hijos. En un reciente comunicado, la ONG de ayuda a la infancia Save the Children alertaba sobre los datos recogidos por los Indicadores de Calidad de Vida 2019, publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) el pasado 20 de octubre, que más que un informe parece una tragedia clásica.

Si bien el conjunto de las familias con hijas e hijos dependientes ya cargan con el 24,6% de pobreza y riesgo de exclusión social, frente al 20,7% de la población general, el porcentaje alcanza un alarmante 41,1% en las familias monoparentales, que suponen algo más del 10% de los hogares en España y que están encabezadas por una mujer en el 81,1% de los casos. En 2019, además, el 53,3% del total de las unidades familiares con un solo adulto no podían hacer frente a imprevistos como arreglar un electrodoméstico, comprar unas gafas a la niña o llevar al niño al dentista.

 

El 41,1% de las familias monoparentales, mayoritariamente encabezadas por mujeres, vivían en riesgo de pobreza y exclusión social en 2019. La pandemia ha empeorado las cosas

 

Estos datos no reflejan los efectos de la pandemia, que se esperan catastróficos. Save the Children calcula que la pobreza infantil podría estar rondando el 33% en estos momentos (¡un tercio de las niñas y los niños de España!), frente al ya terrible 27,1% de 2019, y que, si no se toman medidas que protejan decididamente los hogares más vulnerables, el porcentaje de riesgo de exclusión social de las familias monoparentales podría elevarse hasta el 48% entre 2020 y 2021.

Por si alguien todavía no lo tiene claro, la pobreza implica mala salud física, mental y social. Aboca a las niñas y los niños a un futuro socioeconómico incierto, pero también a la malnutrición, el sobrepeso y la obesidad –términos perfectamente compatibles, aunque haya quien los considere excluyentes–, combinación que puede llegar a ser una condena de por vida: huesos débiles, mala dentadura, riesgo de sufrir prematuramente enfermedades metabólicas potencialmente tan graves como la diabetes tipo 2, entre otras desventajas.

Pero desde el pasado 14 de marzo, cuando todo cambió, también hemos visto que la escasez de recursos puede acarrear serias dificultades de acceso a la educación no presencial, ya que son muchos los hogares más vulnerables que no tienen wifi y no cuentan con un equipo informático adecuado para que las niñas y los niños sigan sus clases. Esta realidad ha ido acompañada en numerosas ocasiones por la necesidad de recurrir a las despensas solidarias gestionadas por redes vecinales, u otros colectivos ciudadanos, para acceder a cosas tan básicas como los alimentos y los productos de higiene y limpieza. En conjunto, un porcentaje nada desdeñable de la infancia ha visto el rostro de la pobreza y la ha sentido en sus carnes como nunca desde el inicio del confinamiento, al desaparecer la escuela como factor igualador.

He aquí, por cierto, el principal argumento a favor de la enseñanza pública, que debiera ser garante de uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el ODS 4: educación de calidad, que, a su vez, es clave para salir de la pobreza (ODS 1) y reducir la desigualdad (ODS 10). Tristemente, la pandemia desencadenada por la Covid-19 ha dejado al descubierto la debilidad y las profundas carencias de la marcha hacia estos objetivos. Es más, ha evidenciado lo que ya se intuía: estábamos viviendo una época de retrocesos, promovida por el capitalismo feroz, y el coronavirus no ha hecho más que agravar sus efectos sobre las clases medias y bajas, con especial impacto sobre las mujeres. Tanto, que podríamos ver cómo se revierten algunos de los logros que nos iban acercando a la igualdad de género (ODS 5).

Tristemente, la pobreza tiene rostro de mujer, que tiene mayor riesgo de experimentarla que el hombre en todos los grupos y bajo todos los prismas analizados por los Indicadores de Calidad de Vida del INE. Cuando esa mujer no tiene trabajo, o tiene un trabajo mal pagado, peor pagado que un hombre en similares condiciones, sin contrato, temporal, por horas, o todo lo anterior a la vez, y es madre, la pobreza también se refleja en el rostro de sus hijas y de sus hijos.

La pobreza, además, tiene consecuencias directas sobre la salud de las mujeres. Sin hacer distingos entre clases ni condiciones, la última edición del informe Mujeres y Hombres en España, publicado por el INE en agosto de este año, reza: “En España, con información correspondiente al año 2018, los hombres al nacer viven el 84,5% de sus años de esperanza de vida en condiciones de buena salud, frente al 79,2% que suponen los años de esperanza de vida en buena salud de las mujeres respecto a su horizonte total de vida. A los 65 años, los hombres viven el 59,8% de sus años de horizonte de vida en buena salud frente al 49,0% del horizonte de años de las mujeres. El mayor número de años de esperanza de vida a todas las edades de las mujeres va asociado a peores condiciones de salud que los hombres”. Dicho de otro modo, aunque vivamos más, vivimos peor.

Este informe también hace referencia a la última Encuesta Nacional de Salud, publicada en 2017, que refleja que el 77,8% de los hombres mayores de 15 años considera que su salud es buena o muy buena, frente al 70,4% de las mujeres. Al introducir la variable socioeconómica, los hombres tienen una mejor percepción de su salud en todos los grupos, pero la diferencia se dispara de los ingresos medios hacia abajo. En el grupo con menor capacidad adquisitiva, el 71,5% de los hombres percibe su salud como buena o muy buena, versus el 63,2% de las mujeres.

Profundizando, la encuesta muestra que el 60,0% de hombres y el 68,2% de mujeres de 15 años de edad o más tienen alguna enfermedad o problema de salud crónico percibido, porcentajes que se incrementan con el envejecimiento, siendo superiores en las mujeres para todos los grupos de edad sin excepción. Al ser las enfermedades crónicas musculoesqueléticas –la artrosis y el dolor de espalda, lumbar y cervical, concretamente– las más frecuentes en el sexo femenino, las españolas mayores de 65 años tienen más del doble de dificultades para realizar tareas cotidianas, o menos de la mitad de autonomía funcional que los hombres, que viene a ser lo mismo.

 

Según la OCDE, las mujeres son el verdadero núcleo de la lucha contra la Covid-19: son mayoría en los servicios sociosanitrios y cargan con el peso del hogar y la familia

 

María Gálvez, directora general de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) desde 2016, participó en Mind the Gap 2020, donde expuso la evidente brecha de género que reina en España en lo relativo al abordaje de la cronicidad, muchas veces asociada al dolor, especialmente en el caso de las mujeres. La plataforma que dirige está logrando una influencia política muy importante, aunque todavía quede muchísimo por avanzar en cuanto a los derechos, la seguridad y los buenos tratos hacia las personas-pacientes, las verdaderas destinatarias del sistema de salud.

Tras explicar que la entidad que dirige agrupa a 29 organizaciones, conformadas, a su vez, por 1.400 asociaciones de pacientes, que dan cobertura a más de 600.000 familias, señaló que uno de sus principales objetivos es lograr que se incorpore la perspectiva de genero a la asistencia sociosanitaria.

Momentos antes, al presentarla, Susana Mañueco señaló que, pese a que uno de los principales obstáculos del abordaje del coronavirus ha sido lo poco que sabemos de él, sí que se ha podido observar que la forma en la que afecta a las personas viene bastante determinada por su estado de salud previo. “No se trata tanto de que la presente crisis haya abierto nuevas brechas, sino más bien de que ha acentuado las ya existentes”, afirmó.

Mañueco también subrayó que, de acuerdo con un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicado en abril, las mujeres están en el corazón de la lucha frente a la pandemia y su impacto sobre casi cualquier esfera de la vida. En los centros de salud, los hospitales y las residencias, por supuesto, ya que representan más del 70% de la fuerza laboral de los servicios sanitarios y sociales. Y en la vida privada, el cuidado de los menores se ha sumado a la tradicional sobrecarga, o doble jornada de trabajo no remunerado, que ha pasado a ser triple. Sin olvidar, desde luego, que las víctimas de violencias machistas han estado sobreexpuestas a sus verdugos y que muchas de nosotras hemos visto peligrar nuestros trabajos en mayor medida que los hombres.

En conjunto, pese a que la enfermedad que nos tiene absorbidos parece ocasionar cuadros más graves y alcanza mayores porcentajes de letalidad en los hombres, en España han enfermado más las mujeres, fundamentalmente porque los cuidados, tanto los remunerados como los invisibles, las han sobreexpuesto a la infección.

En su intervención, María Gálvez añadió algunos datos más que concluyentes, que se añaden a la mayor prevalencia de las enfermedades crónicas en la población femenina: pese a que el 66% de las personas dependientes son mujeres, en 2016 solo poseían el 45% del total de los certificados de discapacidad. “Nuestra organización persigue la humanización de la sanidad, pero no es posible alcanzarla sin responder a las necesidades concretas de los pacientes y sin tener en cuenta su situación personal, que incluye a sus familias y sus cuidadores. Esto implica segmentar y ajustar los procesos a las distintas realidades, algo que también hacemos nosotros, que tenemos distintas líneas de trabajo y actuación para la infancia, la juventud, las mujeres y las personas mayores, que tienen características diferenciales”.

Para dimensionar una discriminación que venían palpando a través de la relación con las familias de sus colectivos, la POP presentó en marzo el estudio Mujer, discapacidad y enfermedad crónica, eclipsado en su momento por el omnipresente coronavirus, pese a arrojar, entre otros, un dato espeluznante: desde la aparición de los primeros síntomas de una enfermedad crónica, las mujeres tardan una media de 6 años en recibir un diagnóstico efectivo, frente a los 3,2% años de media que soportan los hombres.

A la luz de este dato, se sorprendieron al constatar que el 38% de las mujeres con enfermedad crónica incapacitante sigue trabajando, frente al 32% de los hombres. ¿Por qué? Porque son pocas las que obtienen la incapacidad laboral permanente, el 11% versus el 20% masculino. Además, el 60% de los varones en el estadio 2 (sobre un total de 5) de la evolución de su enfermedad crónica obtienen una pensión contributiva, frente al 16% de las mujeres.

 

Una de las participantes en un vídeo de la POP resume simbólicamente la realidad de las mujeres con dolor crónico: «Siempre nos parece que no nos duele lo suficiente y que podemos aguantar más»

 

Ya con la Covid-19 sobre nuestras cabezas, la plataforma consideró necesario analizar el impacto de la pandemia sobre las personas con enfermedad crónica, incorporando la perspectiva de género. Una vez más, los resultados fueron apabullantes: 3 de cada 4 mujeres afirmaban que su salud había empeorado durante el confinamiento, mientras solo 1 de cada 5 hombres respondía de igual modo. Además, 3 de cada 4 pacientes que vivieron esos meses tan duros sin compañía eran mujeres. A raíz de esta dura experiencia, el 40,6% de las personas encuestadas precisó acompañamiento psicológico, el 75,9% de ellas mujeres.

Además, María señaló la discriminación a la que se ven sometidas las mujeres en la investigación biomédica, alertó sobre la epidemia de soledad, que afecta más a la población femenina e insistió en la necesidad de incorporar una visión holística a la asistencia sanitaria, que tenga en cuenta tanto la perspectiva de género como la particular situación personal, familiar, social y económica de las y los pacientes.

Carme Valls Llobet, médica especializada en endocrinología y medicina con perspectiva de género, además de política, ha publicado recientemente una versión revisada y actualizada de su libro Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud (Capitán Swing), originalmente editado en 2006. De una forma tremendamente exhaustiva, desglosa la medicalización a la que se someten procesos naturales como el embarazo, el parto –la violencia obstétrica es un hecho en España– y la menopausia, mientras se ignora otros que, sin embargo, necesitarían más atención de la que reciben en más ocasiones de las que imaginamos, como pueden ser el postparto y la lactancia materna.

Paradójicamente, la falta de atención a las particularidades de la salud femenina, así como la situación vital de muchas de nosotras, pluriempleadas incluso cuando no tenemos un trabajo remunerado (la casa, los cuidados), nos ha hecho presa fácil de los psicofármacos, que ya consume de forma habitual el 11,1% de la población española, mujeres en el 63,2% de los casos, según el Informe 2020 del Plan Nacional sobre Drogas.

Es obvio que también existe malestar y ansiedad tras la prescripción de estos medicamentos, pero, tal y como ilustra Carme Valls con numerosos datos a lo largo de su libro, las mujeres no solo recibimos una pastilla en lugar de ser escuchadas, o de que nos prescriban psicoterapia cuando sería lo pertinente, sino que, en más ocasiones de las debidas, se nos prescribe un ansiolítico o un antidepresivo con mucha alegría o, lo que es peor, cuando en realidad hay otro tipo de proceso o enfermedad, de la que la tristeza o la angustia son únicamente indicadores. En el texto no podría faltar el clásico ejemplo de la confusión de los síntomas cardíacos con una crisis de ansiedad cuando los padece una mujer. Actualmente, sin embargo, la cardiología es una de las especialidades médicas que más y mejor está incorporando la perspectiva de género a la práctica clínica.

Además, Carme Valls coincide con María Gálvez al insistir en la denuncia de la discriminación crónica a la que nos somete la investigación biomédica –compartida con la infancia y las personas mayores, dicho sea de paso–, que centra su trabajo en los hombres adultos, en los que muchas enfermedades se comportan de forma diferente y cuya salud no está tan mediada por factores hormonales y endocrinos. Hasta tal punto es así, que la posología de un buen número de fármacos responde al peso medio de los varones, no al nuestro.

 

«Hay un evidente sesgo de género en la toma de decisiones. Necesitamos un cambio cultural para superarlo», afirma María Blasco, directora científica del CNIO

 

Volviendo a Mind the Gap 2020, apenas unos minutos antes de la intervención de María Gálvez, la directora científica del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), María Blasco, una de las pocas mujeres que ocupa un cargo de relevancia en la ciencia española, explicó: “en las profesiones biomédicas ya somos mayoría, pero apenas ocupamos puestos de poder y liderazgo. Mientras no estemos representadas al 50% en estos puestos, la igualdad no será real. Existe un evidente sesgo de género en la toma de decisiones y necesitamos un cambio estructural, una transformación cultural, para superarlo. En este sentido, el acceso a los medios de comunicación como expertas portavoces puede servir para acelerar el proceso”.

No puedo estar más de acuerdo con ella, como expongo en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre en esta página. Para saber que algo existe, hay que tener ocasión de verlo. Dicho de otro modo, si no tenemos referentes femeninos en las distintas áreas del poder, el conocimiento, la innovación, la investigación científica e incluso la práctica clínica, ¿cómo vamos a avanzar hacia una sociedad con igualdad de derechos y oportunidades, y cómo va a mejorar la salud de las mujeres, tan vapuleada como ninguneada?

Para cerrar el círculo, por si todavía queda alguien que ponga en duda la pertinencia de hablar de brecha de género aquí y ahora, así como la urgencia de trasladarla al territorio de la salud y los servicios sociales, citaré a Ana Bernal Triviño, que hace exactamente un año, el 6 de noviembre de 2019, presentaba en la Sala Mirador de Madrid su libro No manipuléis el feminismo, una defensa contra los bulos machistas.

En una entrevista realizada por Marta Nebot para Público, medio del que también es colaboradora, la doctora en Periodismo y profesora de la UOC decía: «El título y la idea parten de un artículo que publiqué en 2017. Entonces ya empezó a brotar de nuevo ese machismo que se siente ofendido por el resurgimiento del movimiento feminista. Ese machismo que se quedaba en el círculo privado, en el ámbito de las relaciones, se ha legitimado políticamente hasta el punto de que ha entrado en el Congreso de los Diputados con la llegada de la ultraderecha«. Si entonces nos cuentan lo que estamos soportando justamente un año después, nos da un infarto y nos diagnostican un ataque de pánico (que también).

¿Por qué ‘Lectura fácil’?

El libro de Cristina Morales, Premio Anagrama de Novela y Premio Nacional de Narrativa 2018, no es cualquier cosa. Desde mi punto de vista, es totalmente único. Reconozco que me costó entrar en Lectura fácil. Ni amo. Ni dios. Ni marido. Ni partido. Ni de fútbol, pero después me enamoré locamente de él por muchas razones, aunque voy a mencionar la que me parece más relevante y aquella por la que he escogido titular este post con su nombre: me lo creí, consiguió que me metiera en la piel de mujeres con otras capacidades y, a través de ellas, reflexionase sobre la realidad que vivimos todas. Para que quede claro, entono un mea culpa. Simplemente, no había pensado demasiado en sus libertades cercenadas, en la discriminación constante, en la vida que tienen que vivir. Es por eso que me ha parecido que ni pintado para hablar de la invisibilidad de la salud de las mujeres, que abarca nuestra vida entera y que es diferente a la de los hombres en diversos e importantes aspectos, demasiado a menudo silenciados por una ciencia, una clínica y unas políticas de servicios sociales sin perspectiva de género.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Preparar Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres me ha hecho sufrir mucho más de lo que esperaba, que ya es decir, y hasta el último momento. Ayer lloré de pena y de rabia ante tanta injusticia, con ese llanto contenido que casi se puede traducir en palabras. No hay derecho, no es justo, decían mis lágrimas.

Después de días navegando entre datos sobre la salud de las mujeres, encontrándome con amargas evidencias sobre lo que nos espera en los próximos meses y años ‘por culpa’ de esta emergencia social de proporciones épicas, ayer asistí, como espectadora y desde mi mesa de trabajo, como viene siendo habitual últimamente, a Mind the Gap 2020 – Mujeres, Ciencia, Innovación.

Celebrado en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, este evento anual analiza la presencia y la visibilidad de las mujeres en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y la innovación (STEM, por sus siglas en inglés), sectores todavía (muy) dominados por los hombres. En esta, su cuarta edición, adquirió protagonismo el hostil panorama laboral que tenemos por delante las mujeres a raíz de la crisis causada por la Covid-19 y la importancia de aplicar la perspectiva de género a cualquier estrategia de recuperación.

Para entrar en contexto, voy a citar a Susana Mañueco, manager de Innovación Social y Relaciones Internacionales de la Fundación Cotec y magnífica conductora del evento, que se encargó de recordarnos que, a partir del 11 de noviembre, las mujeres españolas empezamos a trabajar gratis incluso más allá del trabajo doméstico, si nos atenemos al dinero que dejamos de percibir por obra y gracia de la brecha salarial, la primera de las brechas a las que aludiré en este post.

Impaciente es un blog de salud que no tiene ni un mes de vida y que pivota sobre tres ejes: la justicia social, la perspectiva de género y los pacientes, que son lo que de verdad importa de la idea misma de sanidad, aunque a veces no se note mucho. En este post, el tercero de su cortísima andadura, los tres ejes están profundamente entrelazados. La pandemia está agrandando la brecha entre ricos y pobres, y se está cebando con saña en las mujeres, especialmente las que encabezan una familia monoparental, lo que equivale a decir que la precariedad afecta también a sus hijas y a sus hijos. En un reciente comunicado, la ONG de ayuda a la infancia Save the Children alertaba sobre los datos recogidos por los Indicadores de Calidad de Vida 2019, publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) el pasado 20 de octubre, que más que un informe parece una tragedia clásica.

Si bien el conjunto de las familias con hijas e hijos dependientes ya cargan con el 24,6% de pobreza y riesgo de exclusión social, frente al 20,7% de la población general, el porcentaje alcanza un alarmante 41,1% en las familias monoparentales, que suponen algo más del 10% de los hogares en España y que están encabezadas por una mujer en el 81,1% de los casos. En 2019, además, el 53,3% del total de las unidades familiares con un solo adulto no podían hacer frente a imprevistos como arreglar un electrodoméstico, comprar unas gafas a la niña o llevar al niño al dentista.

 

El 41,1% de las familias monoparentales, mayoritariamente encabezadas por mujeres, vivían en riesgo de pobreza y exclusión social en 2019. La pandemia ha empeorado las cosas

 

Estos datos no reflejan los efectos de la pandemia, que se esperan catastróficos. Save the Children calcula que la pobreza infantil podría estar rondando el 33% en estos momentos (¡un tercio de las niñas y los niños de España!), frente al ya terrible 27,1% de 2019, y que, si no se toman medidas que protejan decididamente los hogares más vulnerables, el porcentaje de riesgo de exclusión social de las familias monoparentales podría elevarse hasta el 48% entre 2020 y 2021.

Por si alguien todavía no lo tiene claro, la pobreza implica mala salud física, mental y social. Aboca a las niñas y los niños a un futuro socioeconómico incierto, pero también a la malnutrición, el sobrepeso y la obesidad –términos perfectamente compatibles, aunque haya quien los considere excluyentes–, combinación que puede llegar a ser una condena de por vida: huesos débiles, mala dentadura, riesgo de sufrir prematuramente enfermedades metabólicas potencialmente tan graves como la diabetes tipo 2, entre otras desventajas.

Pero desde el pasado 14 de marzo, cuando todo cambió, también hemos visto que la escasez de recursos puede acarrear serias dificultades de acceso a la educación no presencial, ya que son muchos los hogares más vulnerables que no tienen wifi y no cuentan con un equipo informático adecuado para que las niñas y los niños sigan sus clases. Esta realidad ha ido acompañada en numerosas ocasiones por la necesidad de recurrir a las despensas solidarias gestionadas por redes vecinales, u otros colectivos ciudadanos, para acceder a cosas tan básicas como los alimentos y los productos de higiene y limpieza. En conjunto, un porcentaje nada desdeñable de la infancia ha visto el rostro de la pobreza y la ha sentido en sus carnes como nunca desde el inicio del confinamiento, al desaparecer la escuela como factor igualador.

He aquí, por cierto, el principal argumento a favor de la enseñanza pública, que debiera ser garante de uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el ODS 4: educación de calidad, que, a su vez, es clave para salir de la pobreza (ODS 1) y reducir la desigualdad (ODS 10). Tristemente, la pandemia desencadenada por la Covid-19 ha dejado al descubierto la debilidad y las profundas carencias de la marcha hacia estos objetivos. Es más, ha evidenciado lo que ya se intuía: estábamos viviendo una época de retrocesos, promovida por el capitalismo feroz, y el coronavirus no ha hecho más que agravar sus efectos sobre las clases medias y bajas, con especial impacto sobre las mujeres. Tanto, que podríamos ver cómo se revierten algunos de los logros que nos iban acercando a la igualdad de género (ODS 5).

Tristemente, la pobreza tiene rostro de mujer, que tiene mayor riesgo de experimentarla que el hombre en todos los grupos y bajo todos los prismas analizados por los Indicadores de Calidad de Vida del INE. Cuando esa mujer no tiene trabajo, o tiene un trabajo mal pagado, peor pagado que un hombre en similares condiciones, sin contrato, temporal, por horas, o todo lo anterior a la vez, y es madre, la pobreza también se refleja en el rostro de sus hijas y de sus hijos.

La pobreza, además, tiene consecuencias directas sobre la salud de las mujeres. Sin hacer distingos entre clases ni condiciones, la última edición del informe Mujeres y Hombres en España, publicado por el INE en agosto de este año, reza: “En España, con información correspondiente al año 2018, los hombres al nacer viven el 84,5% de sus años de esperanza de vida en condiciones de buena salud, frente al 79,2% que suponen los años de esperanza de vida en buena salud de las mujeres respecto a su horizonte total de vida. A los 65 años, los hombres viven el 59,8% de sus años de horizonte de vida en buena salud frente al 49,0% del horizonte de años de las mujeres. El mayor número de años de esperanza de vida a todas las edades de las mujeres va asociado a peores condiciones de salud que los hombres”. Dicho de otro modo, aunque vivamos más, vivimos peor.

Este informe también hace referencia a la última Encuesta Nacional de Salud, publicada en 2017, que refleja que el 77,8% de los hombres mayores de 15 años considera que su salud es buena o muy buena, frente al 70,4% de las mujeres. Al introducir la variable socioeconómica, los hombres tienen una mejor percepción de su salud en todos los grupos, pero la diferencia se dispara de los ingresos medios hacia abajo. En el grupo con menor capacidad adquisitiva, el 71,5% de los hombres percibe su salud como buena o muy buena, versus el 63,2% de las mujeres.

Profundizando, la encuesta muestra que el 60,0% de hombres y el 68,2% de mujeres de 15 años de edad o más tienen alguna enfermedad o problema de salud crónico percibido, porcentajes que se incrementan con el envejecimiento, siendo superiores en las mujeres para todos los grupos de edad sin excepción. Al ser las enfermedades crónicas musculoesqueléticas –la artrosis y el dolor de espalda, lumbar y cervical, concretamente– las más frecuentes en el sexo femenino, las españolas mayores de 65 años tienen más del doble de dificultades para realizar tareas cotidianas, o menos de la mitad de autonomía funcional que los hombres, que viene a ser lo mismo.

 

Según la OCDE, las mujeres son el verdadero núcleo de la lucha contra la Covid-19: son mayoría en los servicios sociosanitrios y cargan con el peso del hogar y la familia

 

María Gálvez, que dirige la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) desde 2016, participó en Mind the Gap 2020, donde expuso la evidente brecha de género que reina en España en lo relativo al abordaje de la cronicidad, muchas veces asociada al dolor, especialmente en el caso de las mujeres. La plataforma que dirige está logrando una influencia política muy importante, aunque todavía quede muchísimo por avanzar en cuanto a los derechos, la seguridad y los buenos tratos hacia las personas-pacientes, las verdaderas destinatarias del sistema de salud.

Tras explicar que la entidad que dirige agrupa a 29 organizaciones, conformadas, a su vez, por 1.400 asociaciones de pacientes, que dan cobertura a más de 600.000 familias, señaló que uno de sus principales objetivos es lograr que se incorpore la perspectiva de genero a la asistencia sociosanitaria.

Momentos antes, al presentarla, Susana Mañueco señaló que, pese a que uno de los principales obstáculos del abordaje del coronavirus ha sido lo poco que sabemos de él, sí que se ha podido observar que la forma en la que afecta a las personas viene bastante determinada por su estado de salud previo. “No se trata tanto de que la presente crisis haya abierto nuevas brechas, sino más bien de que ha acentuado las ya existentes”, afirmó.

Mañueco también subrayó que, de acuerdo con un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicado en abril, las mujeres están en el corazón de la lucha frente a la pandemia y su impacto sobre casi cualquier esfera de la vida. En los centros de salud, los hospitales y las residencias, por supuesto, ya que representan más del 70% de la fuerza laboral de los servicios sanitarios y sociales. Y en la vida privada, el cuidado de los menores se ha sumado a la tradicional sobrecarga, o doble jornada de trabajo no remunerado, que ha pasado a ser triple. Sin olvidar, desde luego, que las víctimas de violencias machistas han estado sobreexpuestas a sus verdugos y que muchas de nosotras hemos visto peligrar nuestros trabajos en mayor medida que los hombres.

En conjunto, pese a que la enfermedad que nos tiene absorbidos parece ocasionar cuadros más graves y alcanza mayores porcentajes de letalidad en los hombres, en España han enfermado más las mujeres, fundamentalmente porque los cuidados, tanto los remunerados como los invisibles, las han sobreexpuesto a la infección.

En su intervención, María Gálvez añadió algunos datos más que concluyentes, que se añaden a la mayor prevalencia de las enfermedades crónicas en la población femenina: pese a que el 66% de las personas dependientes son mujeres, en 2016 solo poseían el 45% del total de los certificados de discapacidad. “Nuestra organización persigue la humanización de la sanidad, pero no es posible alcanzarla sin responder a las necesidades concretas de los pacientes y sin tener en cuenta su situación personal, que incluye a sus familias y sus cuidadores. Esto implica segmentar y ajustar los procesos a las distintas realidades, algo que también hacemos nosotros, que tenemos distintas líneas de trabajo y actuación para la infancia, la juventud, las mujeres y las personas mayores, que tienen características diferenciales”.

Para dimensionar una discriminación que venían palpando a través de la relación con las familias de sus colectivos, la POP presentó en marzo el estudio Mujer, discapacidad y enfermedad crónica, eclipsado en su momento por el omnipresente coronavirus, pese a arrojar, entre otros, un dato espeluznante: desde la aparición de los primeros síntomas de una enfermedad crónica, las mujeres tardan una media de 6 años en recibir un diagnóstico efectivo, frente a los 3,2% años de media que soportan los hombres.

A la luz de este dato, se sorprendieron al constatar que el 38% de las mujeres con enfermedad crónica incapacitante sigue trabajando, frente al 32% de los hombres. ¿Por qué? Porque son pocas las que obtienen la incapacidad laboral permanente, el 11% versus el 20% masculino. Además, el 60% de los varones en el estadio 2 (sobre un total de 5) de la evolución de su enfermedad crónica obtienen una pensión contributiva, frente al 16% de las mujeres.

 

Una de las participantes en un vídeo de la POP resume simbólicamente la realidad de las mujeres con dolor crónico: «Siempre nos parece que no nos duele lo suficiente y que podemos aguantar más»

 

Ya con la Covid-19 sobre nuestras cabezas, la plataforma consideró necesario analizar el impacto de la pandemia sobre las personas con enfermedad crónica, incorporando la perspectiva de género. Una vez más, los resultados fueron apabullantes: 3 de cada 4 mujeres afirmaban que su salud había empeorado durante el confinamiento, mientras solo 1 de cada 5 hombres respondía de igual modo. Además, 3 de cada 4 pacientes que vivieron esos meses tan duros sin compañía eran mujeres. A raíz de esta dura experiencia, el 40,6% de las personas encuestadas precisó acompañamiento psicológico, el 75,9% de ellas mujeres.

Además, María señaló la discriminación a la que se ven sometidas las mujeres en la investigación biomédica, alertó sobre la epidemia de soledad, que afecta más a la población femenina e insistió en la necesidad de incorporar una visión holística a la asistencia sanitaria, que tenga en cuenta tanto la perspectiva de género como la particular situación personal, familiar, social y económica de las y los pacientes.

Carme Valls Llobet, médica especializada en endocrinología y medicina con perspectiva de género, además de política, ha publicado recientemente una versión revisada y actualizada de su libro Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud (Capitán Swing), originalmente editado en 2006. De una forma tremendamente exhaustiva, desglosa la medicalización a la que se someten procesos naturales como el embarazo, el parto –la violencia obstétrica es un hecho en España– y la menopausia, mientras se ignora otros que, sin embargo, necesitarían más atención de la que reciben en más ocasiones de las que imaginamos, como pueden ser el postparto y la lactancia materna.

Paradójicamente, la falta de atención a las particularidades de la salud femenina, así como la situación vital de muchas de nosotras, pluriempleadas incluso cuando no tenemos un trabajo remunerado (la casa, los cuidados), nos ha hecho presa fácil de los psicofármacos, que ya consume de forma habitual el 11,1% de la población española, mujeres en el 63,2% de los casos, según el Informe 2020 del Plan Nacional sobre Drogas.

Es obvio que también existe malestar y ansiedad tras la prescripción de estos medicamentos, pero, tal y como ilustra Carme Valls con numerosos datos a lo largo de su libro, las mujeres no solo recibimos una pastilla en lugar de ser escuchadas, o de que nos prescriban psicoterapia cuando sería lo pertinente, sino que, en más ocasiones de las debidas, se nos prescribe un ansiolítico o un antidepresivo con mucha alegría o, lo que es peor, cuando en realidad hay otro tipo de proceso o enfermedad, de la que la tristeza o la angustia son únicamente indicadores. En el texto no podría faltar el clásico ejemplo de la confusión de los síntomas cardíacos con una crisis de ansiedad cuando los padece una mujer. Actualmente, sin embargo, la cardiología es una de las especialidades médicas que más y mejor está incorporando la perspectiva de género a la práctica clínica.

Además, Carme Valls coincide con María Gálvez al insistir en la denuncia de la discriminación crónica a la que nos somete la investigación biomédica –compartida con la infancia y las personas mayores, dicho sea de paso–, que centra su trabajo en los hombres adultos, en los que muchas enfermedades se comportan de forma diferente y cuya salud no está tan mediada por factores hormonales y endocrinos. Hasta tal punto es así, que la posología de un buen número de fármacos responde al peso medio de los varones, no al nuestro.

 

«Hay un evidente sesgo de género en la toma de decisiones. Necesitamos un cambio cultural para superarlo», afirma María Blasco, directora científica del CNIO

 

Volviendo a Mind the Gap 2020, apenas unos minutos antes de la intervención de María Gálvez, la directora científica del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), María Blasco, una de las pocas mujeres que ocupa un cargo de relevancia en la ciencia española, explicó: “en las profesiones biomédicas ya somos mayoría, pero apenas ocupamos puestos de poder y liderazgo. Mientras no estemos representadas al 50% en estos puestos, la igualdad no será real. Existe un evidente sesgo de género en la toma de decisiones y necesitamos un cambio estructural, una transformación cultural, para superarlo. En este sentido, el acceso a los medios de comunicación como expertas portavoces puede servir para acelerar el proceso”.

No puedo estar más de acuerdo con ella, como expongo en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre en esta página. Para saber que algo existe, hay que tener ocasión de verlo. Dicho de otro modo, si no tenemos referentes femeninos en las distintas áreas del poder, el conocimiento, la innovación, la investigación científica e incluso la práctica clínica, ¿cómo vamos a avanzar hacia una sociedad con igualdad de derechos y oportunidades, y cómo va a mejorar la salud de las mujeres, tan vapuleada como ninguneada?

Para cerrar el círculo, por si todavía queda alguien que ponga en duda la pertinencia de hablar de brecha de género aquí y ahora, así como la urgencia de trasladarla al territorio de la salud y los servicios sociales, citaré a Ana Bernal Triviño, que hace exactamente un año, el 6 de noviembre de 2019, presentaba en la Sala Mirador de Madrid su libro No manipuléis el feminismo, una defensa contra los bulos machistas.

En una entrevista realizada por Marta Nebot para Público, medio del que también es colaboradora, la doctora en Periodismo y profesora de la UOC decía: «El título y la idea parten de un artículo que publiqué en 2017. Entonces ya empezó a brotar de nuevo ese machismo que se siente ofendido por el resurgimiento del movimiento feminista. Ese machismo que se quedaba en el círculo privado, en el ámbito de las relaciones, se ha legitimado políticamente hasta el punto de que ha entrado en el Congreso de los Diputados con la llegada de la ultraderecha«. Si entonces nos cuentan lo que estamos soportando justamente un año después, nos da un infarto y nos diagnostican un ataque de pánico (que también).

¿Por qué ‘Lectura fácil’?

El libro de Cristina Morales, Premio Anagrama de Novela y Premio Nacional de Narrativa 2018, no es cualquier cosa. Desde mi punto de vista, es totalmente único. Reconozco que me costó entrar en Lectura fácil. Ni amo. Ni dios. Ni marido. Ni partido. Ni de fútbol, pero después me enamoré locamente de él por muchas razones, aunque voy a mencionar la que me parece más relevante y aquella por la que he escogido titular este post con su nombre: me lo creí, consiguió que me metiera en la piel de mujeres con otras capacidades y, a través de ellas, reflexionase sobre la realidad que vivimos todas. Para que quede claro, entono un mea culpa. Simplemente, no había pensado demasiado en sus libertades cercenadas, en la discriminación constante, en la vida que tienen que vivir. Es por eso que me ha parecido que ni pintado para hablar de la invisibilidad de la salud de las mujeres, que abarca nuestra vida entera y que es diferente a la de los hombres en diversos e importantes aspectos, demasiado a menudo silenciados por una ciencia, una clínica y unas políticas de servicios sociales sin perspectiva de género.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Preparar Lectura fácil, o cómo ignorar la salud de las mujeres me ha hecho sufrir mucho más de lo que esperaba, que ya es decir, y hasta el último momento. Ayer lloré de pena y de rabia ante tanta injusticia, con ese llanto contenido que casi se puede traducir en palabras. No hay derecho, no es justo, decían mis lágrimas.

Después de días navegando entre datos sobre la salud de las mujeres, encontrándome con amargas evidencias sobre lo que nos espera en los próximos meses y años ‘por culpa’ de esta emergencia social de proporciones épicas, ayer asistí, como espectadora y desde mi mesa de trabajo, como viene siendo habitual últimamente, a Mind the Gap 2020 – Mujeres, Ciencia, Innovación.

Celebrado en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, este evento anual analiza la presencia y la visibilidad de las mujeres en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y la innovación (STEM, por sus siglas en inglés), sectores todavía (muy) dominados por los hombres. En esta, su cuarta edición, adquirió protagonismo el hostil panorama laboral que tenemos por delante las mujeres a raíz de la crisis causada por la Covid-19 y la importancia de aplicar la perspectiva de género a cualquier estrategia de recuperación.

Para entrar en contexto, voy a citar a Susana Mañueco, manager de Innovación Social y Relaciones Internacionales de la Fundación Cotec y magnífica conductora del evento, que se encargó de recordarnos que, a partir del 11 de noviembre, las mujeres españolas empezamos a trabajar gratis incluso más allá del trabajo doméstico, si nos atenemos al dinero que dejamos de percibir por obra y gracia de la brecha salarial, la primera de las brechas a las que aludiré en este post.

Impaciente es un blog de salud que no tiene ni un mes de vida y que pivota sobre tres ejes: la justicia social, la perspectiva de género y los pacientes, que son lo que de verdad importa de la idea misma de sanidad, aunque a veces no se note mucho. En este post, el tercero de su cortísima andadura, los tres ejes están profundamente entrelazados. La pandemia está agrandando la brecha entre ricos y pobres, y se está cebando con saña en las mujeres, especialmente las que encabezan una familia monoparental, lo que equivale a decir que la precariedad afecta también a sus hijas y a sus hijos. En un reciente comunicado, la ONG de ayuda a la infancia Save the Children alertaba sobre los datos recogidos por los Indicadores de Calidad de Vida 2019, publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) el pasado 20 de octubre, que más que un informe parece una tragedia clásica.

Si bien el conjunto de las familias con hijas e hijos dependientes ya cargan con el 24,6% de pobreza y riesgo de exclusión social, frente al 20,7% de la población general, el porcentaje alcanza un alarmante 41,1% en las familias monoparentales, que suponen algo más del 10% de los hogares en España y que están encabezadas por una mujer en el 81,1% de los casos. En 2019, además, el 53,3% del total de las unidades familiares con un solo adulto no podían hacer frente a imprevistos como arreglar un electrodoméstico, comprar unas gafas a la niña o llevar al niño al dentista.

 

El 41,1% de las familias monoparentales, mayoritariamente encabezadas por mujeres, vivían en riesgo de pobreza y exclusión social en 2019. La pandemia ha empeorado las cosas

 

Estos datos no reflejan los efectos de la pandemia, que se esperan catastróficos. Save the Children calcula que la pobreza infantil podría estar rondando el 33% en estos momentos (¡un tercio de las niñas y los niños de España!), frente al ya terrible 27,1% de 2019, y que, si no se toman medidas que protejan decididamente los hogares más vulnerables, el porcentaje de riesgo de exclusión social de las familias monoparentales podría elevarse hasta el 48% entre 2020 y 2021.

Por si alguien todavía no lo tiene claro, la pobreza implica mala salud física, mental y social. Aboca a las niñas y los niños a un futuro socioeconómico incierto, pero también a la malnutrición, el sobrepeso y la obesidad –términos perfectamente compatibles, aunque haya quien los considere excluyentes–, combinación que puede llegar a ser una condena de por vida: huesos débiles, mala dentadura, riesgo de sufrir prematuramente enfermedades metabólicas potencialmente tan graves como la diabetes tipo 2, entre otras desventajas.

Pero desde el pasado 14 de marzo, cuando todo cambió, también hemos visto que la escasez de recursos puede acarrear serias dificultades de acceso a la educación no presencial, ya que son muchos los hogares más vulnerables que no tienen wifi y no cuentan con un equipo informático adecuado para que las niñas y los niños sigan sus clases. Esta realidad ha ido acompañada en numerosas ocasiones por la necesidad de recurrir a las despensas solidarias gestionadas por redes vecinales, u otros colectivos ciudadanos, para acceder a cosas tan básicas como los alimentos y los productos de higiene y limpieza. En conjunto, un porcentaje nada desdeñable de la infancia ha visto el rostro de la pobreza y la ha sentido en sus carnes como nunca desde el inicio del confinamiento, al desaparecer la escuela como factor igualador.

He aquí, por cierto, el principal argumento a favor de la enseñanza pública, que debiera ser garante de uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el ODS 4: educación de calidad, que, a su vez, es clave para salir de la pobreza (ODS 1) y reducir la desigualdad (ODS 10). Tristemente, la pandemia desencadenada por la Covid-19 ha dejado al descubierto la debilidad y las profundas carencias de la marcha hacia estos objetivos. Es más, ha evidenciado lo que ya se intuía: estábamos viviendo una época de retrocesos, promovida por el capitalismo feroz, y el coronavirus no ha hecho más que agravar sus efectos sobre las clases medias y bajas, con especial impacto sobre las mujeres. Tanto, que podríamos ver cómo se revierten algunos de los logros que nos iban acercando a la igualdad de género (ODS 5).

Tristemente, la pobreza tiene rostro de mujer, que tiene mayor riesgo de experimentarla que el hombre en todos los grupos y bajo todos los prismas analizados por los Indicadores de Calidad de Vida del INE. Cuando esa mujer no tiene trabajo, o tiene un trabajo mal pagado, peor pagado que un hombre en similares condiciones, sin contrato, temporal, por horas, o todo lo anterior a la vez, y es madre, la pobreza también se refleja en el rostro de sus hijas y de sus hijos.

La pobreza, además, tiene consecuencias directas sobre la salud de las mujeres. Sin hacer distingos entre clases ni condiciones, la última edición del informe Mujeres y Hombres en España, publicado por el INE en agosto de este año, reza: “En España, con información correspondiente al año 2018, los hombres al nacer viven el 84,5% de sus años de esperanza de vida en condiciones de buena salud, frente al 79,2% que suponen los años de esperanza de vida en buena salud de las mujeres respecto a su horizonte total de vida. A los 65 años, los hombres viven el 59,8% de sus años de horizonte de vida en buena salud frente al 49,0% del horizonte de años de las mujeres. El mayor número de años de esperanza de vida a todas las edades de las mujeres va asociado a peores condiciones de salud que los hombres”. Dicho de otro modo, aunque vivamos más, vivimos peor.

Este informe también hace referencia a la última Encuesta Nacional de Salud, publicada en 2017, que refleja que el 77,8% de los hombres mayores de 15 años considera que su salud es buena o muy buena, frente al 70,4% de las mujeres. Al introducir la variable socioeconómica, los hombres tienen una mejor percepción de su salud en todos los grupos, pero la diferencia se dispara de los ingresos medios hacia abajo. En el grupo con menor capacidad adquisitiva, el 71,5% de los hombres percibe su salud como buena o muy buena, versus el 63,2% de las mujeres.

Profundizando, la encuesta muestra que el 60,0% de hombres y el 68,2% de mujeres de 15 años de edad o más tienen alguna enfermedad o problema de salud crónico percibido, porcentajes que se incrementan con el envejecimiento, siendo superiores en las mujeres para todos los grupos de edad sin excepción. Al ser las enfermedades crónicas musculoesqueléticas –la artrosis y el dolor de espalda, lumbar y cervical, concretamente– las más frecuentes en el sexo femenino, las españolas mayores de 65 años tienen más del doble de dificultades para realizar tareas cotidianas, o menos de la mitad de autonomía funcional que los hombres, que viene a ser lo mismo.

 

Según la OCDE, las mujeres son el verdadero núcleo de la lucha contra la Covid-19: son mayoría en los servicios sociosanitrios y cargan con el peso del hogar y la familia

 

María Gálvez, que dirige la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP) desde 2016, participó en Mind the Gap 2020, donde expuso la evidente brecha de género que reina en España en lo relativo al abordaje de la cronicidad, muchas veces asociada al dolor, especialmente en el caso de las mujeres. La plataforma que dirige está logrando una influencia política muy importante, aunque todavía quede muchísimo por avanzar en cuanto a los derechos, la seguridad y los buenos tratos hacia las personas-pacientes, las verdaderas destinatarias del sistema de salud.

Tras explicar que la entidad que dirige agrupa a 29 organizaciones, conformadas, a su vez, por 1.400 asociaciones de pacientes, que dan cobertura a más de 600.000 familias, señaló que uno de sus principales objetivos es lograr que se incorpore la perspectiva de genero a la asistencia sociosanitaria.

Momentos antes, al presentarla, Susana Mañueco señaló que, pese a que uno de los principales obstáculos del abordaje del coronavirus ha sido lo poco que sabemos de él, sí que se ha podido observar que la forma en la que afecta a las personas viene bastante determinada por su estado de salud previo. “No se trata tanto de que la presente crisis haya abierto nuevas brechas, sino más bien de que ha acentuado las ya existentes”, afirmó.

Mañueco también subrayó que, de acuerdo con un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicado en abril, las mujeres están en el corazón de la lucha frente a la pandemia y su impacto sobre casi cualquier esfera de la vida. En los centros de salud, los hospitales y las residencias, por supuesto, ya que representan más del 70% de la fuerza laboral de los servicios sanitarios y sociales. Y en la vida privada, el cuidado de los menores se ha sumado a la tradicional sobrecarga, o doble jornada de trabajo no remunerado, que ha pasado a ser triple. Sin olvidar, desde luego, que las víctimas de violencias machistas han estado sobreexpuestas a sus verdugos y que muchas de nosotras hemos visto peligrar nuestros trabajos en mayor medida que los hombres.

En conjunto, pese a que la enfermedad que nos tiene absorbidos parece ocasionar cuadros más graves y alcanza mayores porcentajes de letalidad en los hombres, en España han enfermado más las mujeres, fundamentalmente porque los cuidados, tanto los remunerados como los invisibles, las han sobreexpuesto a la infección.

En su intervención, María Gálvez añadió algunos datos más que concluyentes, que se añaden a la mayor prevalencia de las enfermedades crónicas en la población femenina: pese a que el 66% de las personas dependientes son mujeres, en 2016 solo poseían el 45% del total de los certificados de discapacidad. “Nuestra organización persigue la humanización de la sanidad, pero no es posible alcanzarla sin responder a las necesidades concretas de los pacientes y sin tener en cuenta su situación personal, que incluye a sus familias y sus cuidadores. Esto implica segmentar y ajustar los procesos a las distintas realidades, algo que también hacemos nosotros, que tenemos distintas líneas de trabajo y actuación para la infancia, la juventud, las mujeres y las personas mayores, que tienen características diferenciales”.

Para dimensionar una discriminación que venían palpando a través de la relación con las familias de sus colectivos, la POP presentó en marzo el estudio Mujer, discapacidad y enfermedad crónica, eclipsado en su momento por el omnipresente coronavirus, pese a arrojar, entre otros, un dato espeluznante: desde la aparición de los primeros síntomas de una enfermedad crónica, las mujeres tardan una media de 6 años en recibir un diagnóstico efectivo, frente a los 3,2% años de media que soportan los hombres.

A la luz de este dato, se sorprendieron al constatar que el 38% de las mujeres con enfermedad crónica incapacitante sigue trabajando, frente al 32% de los hombres. ¿Por qué? Porque son pocas las que obtienen la incapacidad laboral permanente, el 11% versus el 20% masculino. Además, el 60% de los varones en el estadio 2 (sobre un total de 5) de la evolución de su enfermedad crónica obtienen una pensión contributiva, frente al 16% de las mujeres.

 

Una de las participantes en un vídeo de la POP resume simbólicamente la realidad de las mujeres con dolor crónico: «Siempre nos parece que no nos duele lo suficiente y que podemos aguantar más»

 

Ya con la Covid-19 sobre nuestras cabezas, la plataforma consideró necesario analizar el impacto de la pandemia sobre las personas con enfermedad crónica, incorporando la perspectiva de género. Una vez más, los resultados fueron apabullantes: 3 de cada 4 mujeres afirmaban que su salud había empeorado durante el confinamiento, mientras solo 1 de cada 5 hombres respondía de igual modo. Además, 3 de cada 4 pacientes que vivieron esos meses tan duros sin compañía eran mujeres. A raíz de esta dura experiencia, el 40,6% de las personas encuestadas precisó acompañamiento psicológico, el 75,9% de ellas mujeres.

Además, María señaló la discriminación a la que se ven sometidas las mujeres en la investigación biomédica, alertó sobre la epidemia de soledad, que afecta más a la población femenina e insistió en la necesidad de incorporar una visión holística a la asistencia sanitaria, que tenga en cuenta tanto la perspectiva de género como la particular situación personal, familiar, social y económica de las y los pacientes.

Carme Valls Llobet, médica especializada en endocrinología y medicina con perspectiva de género, además de política, ha publicado recientemente una versión revisada y actualizada de su libro Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud (Capitán Swing), originalmente editado en 2006. De una forma tremendamente exhaustiva, desglosa la medicalización a la que se someten procesos naturales como el embarazo, el parto –la violencia obstétrica es un hecho en España– y la menopausia, mientras se ignora otros que, sin embargo, necesitarían más atención de la que reciben en más ocasiones de las que imaginamos, como pueden ser el postparto y la lactancia materna.

Paradójicamente, la falta de atención a las particularidades de la salud femenina, así como la situación vital de muchas de nosotras, pluriempleadas incluso cuando no tenemos un trabajo remunerado (la casa, los cuidados), nos ha hecho presa fácil de los psicofármacos, que ya consume de forma habitual el 11,1% de la población española, mujeres en el 63,2% de los casos, según el Informe 2020 del Plan Nacional sobre Drogas.

Es obvio que también existe malestar y ansiedad tras la prescripción de estos medicamentos, pero, tal y como ilustra Carme Valls con numerosos datos a lo largo de su libro, las mujeres no solo recibimos una pastilla en lugar de ser escuchadas, o de que nos prescriban psicoterapia cuando sería lo pertinente, sino que, en más ocasiones de las debidas, se nos prescribe un ansiolítico o un antidepresivo con mucha alegría o, lo que es peor, cuando en realidad hay otro tipo de proceso o enfermedad, de la que la tristeza o la angustia son únicamente indicadores. En el texto no podría faltar el clásico ejemplo de la confusión de los síntomas cardíacos con una crisis de ansiedad cuando los padece una mujer. Actualmente, sin embargo, la cardiología es una de las especialidades médicas que más y mejor está incorporando la perspectiva de género a la práctica clínica.

Además, Carme Valls coincide con María Gálvez al insistir en la denuncia de la discriminación crónica a la que nos somete la investigación biomédica –compartida con la infancia y las personas mayores, dicho sea de paso–, que centra su trabajo en los hombres adultos, en los que muchas enfermedades se comportan de forma diferente y cuya salud no está tan mediada por factores hormonales y endocrinos. Hasta tal punto es así, que la posología de un buen número de fármacos responde al peso medio de los varones, no al nuestro.

 

«Hay un evidente sesgo de género en la toma de decisiones. Necesitamos un cambio cultural para superarlo», afirma María Blasco, directora científica del CNIO

 

Volviendo a Mind the Gap 2020, apenas unos minutos antes de la intervención de María Gálvez, la directora científica del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), María Blasco, una de las pocas mujeres que ocupa un cargo de relevancia en la ciencia española, explicó: “en las profesiones biomédicas ya somos mayoría, pero apenas ocupamos puestos de poder y liderazgo. Mientras no estemos representadas al 50% en estos puestos, la igualdad no será real. Existe un evidente sesgo de género en la toma de decisiones y necesitamos un cambio estructural, una transformación cultural, para superarlo. En este sentido, el acceso a los medios de comunicación como expertas portavoces puede servir para acelerar el proceso”.

No puedo estar más de acuerdo con ella, como expongo en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre en esta página. Para saber que algo existe, hay que tener ocasión de verlo. Dicho de otro modo, si no tenemos referentes femeninos en las distintas áreas del poder, el conocimiento, la innovación, la investigación científica e incluso la práctica clínica, ¿cómo vamos a avanzar hacia una sociedad con igualdad de derechos y oportunidades, y cómo va a mejorar la salud de las mujeres, tan vapuleada como ninguneada?

Para cerrar el círculo, por si todavía queda alguien que ponga en duda la pertinencia de hablar de brecha de género aquí y ahora, así como la urgencia de trasladarla al territorio de la salud y los servicios sociales, citaré a Ana Bernal Triviño, que hace exactamente un año, el 6 de noviembre de 2019, presentaba en la Sala Mirador de Madrid su libro No manipuléis el feminismo, una defensa contra los bulos machistas.

En una entrevista realizada por Marta Nebot para Público, medio del que también es colaboradora, la doctora en Periodismo y profesora de la UOC decía: «El título y la idea parten de un artículo que publiqué en 2017. Entonces ya empezó a brotar de nuevo ese machismo que se siente ofendido por el resurgimiento del movimiento feminista. Ese machismo que se quedaba en el círculo privado, en el ámbito de las relaciones, se ha legitimado políticamente hasta el punto de que ha entrado en el Congreso de los Diputados con la llegada de la ultraderecha«. Si entonces nos cuentan lo que estamos soportando justamente un año después, nos da un infarto y nos diagnostican un ataque de pánico (que también).

¿Por qué ‘Lectura fácil’?

El libro de Cristina Morales, Premio Anagrama de Novela y Premio Nacional de Narrativa 2018, no es cualquier cosa. Desde mi punto de vista, es totalmente único. Reconozco que me costó entrar en Lectura fácil. Ni amo. Ni dios. Ni marido. Ni partido. Ni de fútbol, pero después me enamoré locamente de él por muchas razones, aunque voy a mencionar la que me parece más relevante y aquella por la que he escogido titular este post con su nombre: me lo creí, consiguió que me metiera en la piel de mujeres con otras capacidades y, a través de ellas, reflexionase sobre la realidad que vivimos todas. Para que quede claro, entono un mea culpa. Simplemente, no había pensado demasiado en sus libertades cercenadas, en la discriminación constante, en la vida que tienen que vivir. Es por eso que me ha parecido que ni pintado para hablar de la invisibilidad de la salud de las mujeres, que abarca nuestra vida entera y que es diferente a la de los hombres en diversos e importantes aspectos, demasiado a menudo silenciados por una ciencia, una clínica y unas políticas de servicios sociales sin perspectiva de género.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.