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Mujeres en la ciencia: faltan voces, falta poder

Los obstáculos de las mujeres en la ciencia, al menos en las profesiones de la rama de la salud y de la vida, no son cuantitativos, sino todo lo contrario: su representatividad supera ampliamente a la de los hombres en múltiples disciplinas, pero faltan voces a las que permitan ser expertas y falta poder. En el presente curso, 2020-2021, por ejemplo, el 70% de las personas matriculadas en Medicina son mujeres. Desde 2018, las médicas colegiadas superan en número a los médicos. Según la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), el porcentaje de mujeres matriculadas en biotecnología alcanzó el 60% entre 2015 y 2019. Además, el 84,2% de las enfermeras son mujeres, suponen el 70% de las colegiadas en farmacia y representan el 52% de la plantilla en la industria farmacéutica, etcétera, etcétera.

Estos datos son radicalmente diferentes a los de las otras tres ramas de las llamadas profesiones STEM (siglas en ingles de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), en las que las mujeres están en franca minoría, rozando el 25% en ingeniería y arquitectura, y sin llegar al 10% en informática. Sin embargo, a medida que ascendemos en el escalafón del poder, la situación se va igualando.

Las mujeres con puestos de alta dirección son minoría incluso en las profesiones biomédicas, en las que la brecha de género todavía es evidente en lo que respecta a la influencia, la toma de decisiones, los salarios, la capacidad de atraer financiación para proyectos de investigación y la solicitud de patentes, que se sitúa en torno al 10%. De acuerdo con el informe Promoción y liderazgo de la mujer en los centros de investigación biomédica, publicado a finales de 2020 por la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitarias de Cataluña, las mujeres ocupan solo un 13% de los cargos directivos de los centros de investigación en biomedicina catalanes, pese a representar un 74% las categorías profesionales de primera línea de investigación.

No hay una sola causa para este desequilibrio, no hay un culpable único –salvo el machismo, o el patriarcado, obviamente– de que en la presencia de las mujeres en la ciencia falten voces y falte poder. ¿Por qué insisto en estas dos ideas? Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no puede considerarse casual. Es un muro. Y los muros, además de difíciles de atravesar, a veces incluso infranqueables, son perfectamente visibles al ojo humano.

 

Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no caben excusas

 

Llevo años fijándome en la composición de los planteles de los eventos –ruedas de prensa, jornadas, seminarios, cursos, debates, etc.–, a los que me invitan en relación a mi condición de periodista especializada en salud, y se me cae el alma a los pies casi como el primer día, con meritorias excepciones, que también las hay.

Ya he hablado de esto en varios artículos, fundamentalmente en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, por lo que trataré de no explayarme, aunque sí quiero reiterar que me resulta inaceptable que en una rueda de prensa sobre temas científico-médicos o sanitarios sea todavía tan frecuente que haya una o ninguna mujer, cuando, como hemos dicho, las facultativas y otras profesionales del sector en activo ya son mayoría.

En consecuencia, me he propuesto no asistir –ahora virtualmente– a convocatorias no paritarias. Casi siempre lo cumplo, pero confieso que algunas veces no tengo más remedio que traicionarme a mí misma. La última fue el pasado 1 de febrero en la presentación de Las cifras del cáncer en España 2021, a cargo de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y la Red Española de Registros de Cáncer (Redecan), ambas presididas por hombres, aunque no siempre ha sido así.

Lo que ya no tolero son los debates sobre los grandes temas del presente y el futuro de la innovación científica, la sanidad, la salud y la enfermedad sin mujeres expertas. Ese sesgo ya no tiene sentido ni se puede disculpar. Me estomaga que se considere razonable recurrir a la excusa de la meritocracia para disculpar un panel monocorde. César Rendueles, filósofo y profesor de sociología de la Universidad Complutense, explica muy bien esta idea en Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral).

Si queremos desencadenar un cambio cultural, una nueva estructura en la que, esta vez sí, pueda existir la igualdad entre mujeres y hombres, el primer paso es detectar las inercias que nos llevan, por ejemplo, a imaginar un varón cuando pensamos en la idea de líder, inventor, emprendedor o jefe. Las inercias que permiten que quienes organizan eventos sigan sin comprender que la eterna elección de hombres portavoces es una pescadilla que se muerde la cola: si seguimos difundiendo casi exclusivamente la palabra y la obra de directivos, científicos, médicos e investigadores es inevitable que sean hombres los que nos vengan a la mente la próxima vez que debamos diseñar un panel de personas expertas.

El Instituto Europeo para la Igualdad de Género describe seis inequidades persistentes en el campo de la investigación. La primera de ellas es la segregación por motivo de género, que no es privativa de las ciencias, sino que es propia del mercado de trabajo en su conjunto: estereotipos de género, elección del campo de estudio, división del trabajo según el género, limitaciones de tiempo, y barreras y sesgos encubiertos en las prácticas organizacionales.

Las otras cinco desigualdades son más específicas: las desventajas profesionales relacionados con el género, entre las que destaca el efecto cuello de botella, según el cual se pierden mujeres, y por tanto talento, en cada escalón de ascenso en la jerarquía; el desequilibrio de género en los puestos de responsabilidad en la universidad y los grandes centros de investigación académica; el sesgo de género en el acceso a la financiación de la investigación, mucho más sencillo todavía para los hombres, y de ahí que suelan ser los primeros firmantes de artículos y proyectos; la investigación sin perspectiva de género y/o con sesgos de género, que no reconoce que el sexo y el género son determinantes fundamentales de la organización de la vida y la sociedad, y por tanto, de la creación de conocimiento científico; y una cultura organizacional y unos procedimientos institucionales sin perspectiva de género.

 

Para María Blasco, directora del CNIO, el reto no está en facilitar que las mujeres dispongan de más tiempo para los cuidados, sino en lograr que los hombres se incorporen a ellos

 

María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas desde 2011, donde también es responsable del Grupo de Telómeros y Telomerasa –es la científica más importante del mundo en este campo–, ha llegado a la conclusión de que uno de los mayores obstáculos a los que se enfrentan las mujeres es la conciliación, más bien la falta de ella, estando a cargo, como todavía están, de los cuidados en el ámbito familiar, de la crianza de sus hijas y sus hijos a la responsabilidad sobre sus mayores.

El 16 de septiembre de 2019, María Blasco y Margarita Salas, bioquímica imprescindible, pionera en genética molecular y discípula de Severo Ochoa, mantuvieron una conversación pública para Aprendemos Juntos, una fantástica iniciativa de BBVA, en colaboración con El País. Margarita Salas, que falleció unas semanas después, es un referente para las científicas españolas, entre ellas la directora del CNIO, que la considera su maestra.

En la charla, Salas señaló que, pese a haberse encontrado con importantes obstáculos por su sexo, también había percibido que las mujeres no se postulan para los puestos de poder en la ciencia. Para ella, la forma de revertir este hecho es la educación, sumada a la autoconfianza, a que las mujeres nos lo creamos.

Según María Blasco, no nos lo creemos porque sabemos que no podemos compaginar los cuidados con la plena dedicación que exige un puesto de poder… en un sociedad en la que los hombres han dispuesto de todo el tiempo del mundo para desarrollar sus carreras. «Las parejas todavía no reparten los cuidados. En el CNIO hemos identificado que es un problema, un cuello de botella, y hemos implementado la jornada continua, tanto para las mujeres como para los hombres», explica. Desde su punto de vista, todavía necesitamos avanzar mucho, ya que la solución no es facilitar tiempo para los cuidados a las mujeres, sino que los hombres se incorporen a ellos.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Los obstáculos de las mujeres en la ciencia, al menos en las profesiones de la rama de la salud y de la vida, no son cuantitativos, sino todo lo contrario: su representatividad supera ampliamente a la de los hombres en múltiples disciplinas, pero faltan voces a las que permitan ser expertas y falta poder. En el presente curso, 2020-2021, por ejemplo, el 70% de las personas matriculadas en Medicina son mujeres. Desde 2018, las médicas colegiadas superan en número a los médicos. Según la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), el porcentaje de mujeres matriculadas en biotecnología alcanzó el 60% entre 2015 y 2019. Además, el 84,2% de las enfermeras son mujeres, suponen el 70% de las colegiadas en farmacia y representan el 52% de la plantilla en la industria farmacéutica, etcétera, etcétera.

Estos datos son radicalmente diferentes a los de las otras tres ramas de las llamadas profesiones STEM (siglas en ingles de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), en las que las mujeres están en franca minoría, rozando el 25% en ingeniería y arquitectura, y sin llegar al 10% en informática. Sin embargo, a medida que ascendemos en el escalafón del poder, la situación se va igualando.

Las mujeres con puestos de alta dirección son minoría incluso en las profesiones biomédicas, en las que la brecha de género todavía es evidente en lo que respecta a la influencia, la toma de decisiones, los salarios, la capacidad de atraer financiación para proyectos de investigación y la solicitud de patentes, que se sitúa en torno al 10%. De acuerdo con el informe Promoción y liderazgo de la mujer en los centros de investigación biomédica, publicado a finales de 2020 por la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitarias de Cataluña, las mujeres ocupan solo un 13% de los cargos directivos de los centros de investigación en biomedicina catalanes, pese a representar un 74% las categorías profesionales de primera línea de investigación.

No hay una sola causa para este desequilibrio, no hay un culpable único –salvo el machismo, o el patriarcado, obviamente– de que en la presencia de las mujeres en la ciencia falten voces y falte poder. ¿Por qué insisto en estas dos ideas? Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no puede considerarse casual. Es un muro. Y los muros, además de difíciles de atravesar, a veces incluso infranqueables, son perfectamente visibles al ojo humano.

 

Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no caben excusas

 

Llevo años fijándome en la composición de los planteles de los eventos –ruedas de prensa, jornadas, seminarios, cursos, debates, etc.–, a los que me invitan en relación a mi condición de periodista especializada en salud, y se me cae el alma a los pies casi como el primer día, con meritorias excepciones, que también las hay.

Ya he hablado de esto en varios artículos, fundamentalmente en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, por lo que trataré de no explayarme, aunque sí quiero reiterar que me resulta inaceptable que en una rueda de prensa sobre temas científico-médicos o sanitarios sea todavía tan frecuente que haya una o ninguna mujer, cuando, como hemos dicho, las facultativas y otras profesionales del sector en activo ya son mayoría.

En consecuencia, me he propuesto no asistir –ahora virtualmente– a convocatorias no paritarias. Casi siempre lo cumplo, pero confieso que algunas veces no tengo más remedio que traicionarme a mí misma. La última fue el pasado 1 de febrero en la presentación de Las cifras del cáncer en España 2021, a cargo de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y la Red Española de Registros de Cáncer (Redecan), ambas presididas por hombres, aunque no siempre ha sido así.

Lo que ya no tolero son los debates sobre los grandes temas del presente y el futuro de la innovación científica, la sanidad, la salud y la enfermedad sin mujeres expertas. Ese sesgo ya no tiene sentido ni se puede disculpar. Me estomaga que se considere razonable recurrir a la excusa de la meritocracia para disculpar un panel monocorde. César Rendueles, filósofo y profesor de sociología de la Universidad Complutense, explica muy bien esta idea en Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral).

Si queremos desencadenar un cambio cultural, una nueva estructura en la que, esta vez sí, pueda existir la igualdad entre mujeres y hombres, el primer paso es detectar las inercias que nos llevan, por ejemplo, a imaginar un varón cuando pensamos en la idea de líder, inventor, emprendedor o jefe. Las inercias que permiten que quienes organizan eventos sigan sin comprender que la eterna elección de hombres portavoces es una pescadilla que se muerde la cola: si seguimos difundiendo casi exclusivamente la palabra y la obra de directivos, científicos, médicos e investigadores es inevitable que sean hombres los que nos vengan a la mente la próxima vez que debamos diseñar un panel de personas expertas.

El Instituto Europeo para la Igualdad de Género describe seis inequidades persistentes en el campo de la investigación. La primera de ellas es la segregación por motivo de género, que no es privativa de las ciencias, sino que es propia del mercado de trabajo en su conjunto: estereotipos de género, elección del campo de estudio, división del trabajo según el género, limitaciones de tiempo, y barreras y sesgos encubiertos en las prácticas organizacionales.

Las otras cinco desigualdades son más específicas: las desventajas profesionales relacionados con el género, entre las que destaca el efecto cuello de botella, según el cual se pierden mujeres, y por tanto talento, en cada escalón de ascenso en la jerarquía; el desequilibrio de género en los puestos de responsabilidad en la universidad y los grandes centros de investigación académica; el sesgo de género en el acceso a la financiación de la investigación, mucho más sencillo todavía para los hombres, y de ahí que suelan ser los primeros firmantes de artículos y proyectos; la investigación sin perspectiva de género y/o con sesgos de género, que no reconoce que el sexo y el género son determinantes fundamentales de la organización de la vida y la sociedad, y por tanto, de la creación de conocimiento científico; y una cultura organizacional y unos procedimientos institucionales sin perspectiva de género.

 

Para María Blasco, directora del CNIO, el reto no está en facilitar que las mujeres dispongan de más tiempo para los cuidados, sino en lograr que los hombres se incorporen a ellos

 

María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas desde 2011, donde también es responsable del Grupo de Telómeros y Telomerasa –es la científica más importante del mundo en este campo–, ha llegado a la conclusión de que uno de los mayores obstáculos a los que se enfrentan las mujeres es la conciliación, más bien la falta de ella, estando a cargo, como todavía están, de los cuidados en el ámbito familiar, de la crianza de sus hijas y sus hijos a la responsabilidad sobre sus mayores.

El 16 de septiembre de 2019, María Blasco y Margarita Salas, bioquímica imprescindible, pionera en genética molecular y discípula de Severo Ochoa, mantuvieron una conversación pública para Aprendemos Juntos, una fantástica iniciativa de BBVA, en colaboración con El País. Margarita Salas, que falleció unas semanas después, es un referente para las científicas españolas, entre ellas la directora del CNIO, que la considera su maestra.

En la charla, Salas señaló que, pese a haberse encontrado con importantes obstáculos por su sexo, también había percibido que las mujeres no se postulan para los puestos de poder en la ciencia. Para ella, la forma de revertir este hecho es la educación, sumada a la autoconfianza, a que las mujeres nos lo creamos.

Según María Blasco, no nos lo creemos porque sabemos que no podemos compaginar los cuidados con la plena dedicación que exige un puesto de poder… en un sociedad en la que los hombres han dispuesto de todo el tiempo del mundo para desarrollar sus carreras. «Las parejas todavía no reparten los cuidados. En el CNIO hemos identificado que es un problema, un cuello de botella, y hemos implementado la jornada continua, tanto para las mujeres como para los hombres», explica. Desde su punto de vista, todavía necesitamos avanzar mucho, ya que la solución no es facilitar tiempo para los cuidados a las mujeres, sino que los hombres se incorporen a ellos.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Los obstáculos de las mujeres en la ciencia, al menos en las profesiones de la rama de la salud y de la vida, no son cuantitativos, sino todo lo contrario: su representatividad supera ampliamente a la de los hombres en múltiples disciplinas, pero faltan voces a las que permitan ser expertas y falta poder. En el presente curso, 2020-2021, por ejemplo, el 70% de las personas matriculadas en Medicina son mujeres. Desde 2018, las médicas colegiadas superan en número a los médicos. Según la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), el porcentaje de mujeres matriculadas en biotecnología alcanzó el 60% entre 2015 y 2019. Además, el 84,2% de las enfermeras son mujeres, suponen el 70% de las colegiadas en farmacia y representan el 52% de la plantilla en la industria farmacéutica, etcétera, etcétera.

Estos datos son radicalmente diferentes a los de las otras tres ramas de las llamadas profesiones STEM (siglas en ingles de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), en las que las mujeres están en franca minoría, rozando el 25% en ingeniería y arquitectura, y sin llegar al 10% en informática. Sin embargo, a medida que ascendemos en el escalafón del poder, la situación se va igualando.

Las mujeres con puestos de alta dirección son minoría incluso en las profesiones biomédicas, en las que la brecha de género todavía es evidente en lo que respecta a la influencia, la toma de decisiones, los salarios, la capacidad de atraer financiación para proyectos de investigación y la solicitud de patentes, que se sitúa en torno al 10%. De acuerdo con el informe Promoción y liderazgo de la mujer en los centros de investigación biomédica, publicado a finales de 2020 por la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitarias de Cataluña, las mujeres ocupan solo un 13% de los cargos directivos de los centros de investigación en biomedicina catalanes, pese a representar un 74% las categorías profesionales de primera línea de investigación.

No hay una sola causa para este desequilibrio, no hay un culpable único –salvo el machismo, o el patriarcado, obviamente– de que en la presencia de las mujeres en la ciencia falten voces y falte poder. ¿Por qué insisto en estas dos ideas? Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no puede considerarse casual. Es un muro. Y los muros, además de difíciles de atravesar, a veces incluso infranqueables, son perfectamente visibles al ojo humano.

 

Podría pensarse que tener voz forma parte del poder o es uno de sus atributos. Yo discrepo: olvidarse de las mujeres expertas y portavoces no es secundario y ya no caben excusas

 

Llevo años fijándome en la composición de los planteles de los eventos –ruedas de prensa, jornadas, seminarios, cursos, debates, etc.–, a los que me invitan en relación a mi condición de periodista especializada en salud, y se me cae el alma a los pies casi como el primer día, con meritorias excepciones, que también las hay.

Ya he hablado de esto en varios artículos, fundamentalmente en Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres, por lo que trataré de no explayarme, aunque sí quiero reiterar que me resulta inaceptable que en una rueda de prensa sobre temas científico-médicos o sanitarios sea todavía tan frecuente que haya una o ninguna mujer, cuando, como hemos dicho, las facultativas y otras profesionales del sector en activo ya son mayoría.

En consecuencia, me he propuesto no asistir –ahora virtualmente– a convocatorias no paritarias. Casi siempre lo cumplo, pero confieso que algunas veces no tengo más remedio que traicionarme a mí misma. La última fue el pasado 1 de febrero en la presentación de Las cifras del cáncer en España 2021, a cargo de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y la Red Española de Registros de Cáncer (Redecan), ambas presididas por hombres, aunque no siempre ha sido así.

Lo que ya no tolero son los debates sobre los grandes temas del presente y el futuro de la innovación científica, la sanidad, la salud y la enfermedad sin mujeres expertas. Ese sesgo ya no tiene sentido ni se puede disculpar. Me estomaga que se considere razonable recurrir a la excusa de la meritocracia para disculpar un panel monocorde. César Rendueles, filósofo y profesor de sociología de la Universidad Complutense, explica muy bien esta idea en Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral).

Si queremos desencadenar un cambio cultural, una nueva estructura en la que, esta vez sí, pueda existir la igualdad entre mujeres y hombres, el primer paso es detectar las inercias que nos llevan, por ejemplo, a imaginar un varón cuando pensamos en la idea de líder, inventor, emprendedor o jefe. Las inercias que permiten que quienes organizan eventos sigan sin comprender que la eterna elección de hombres portavoces es una pescadilla que se muerde la cola: si seguimos difundiendo casi exclusivamente la palabra y la obra de directivos, científicos, médicos e investigadores es inevitable que sean hombres los que nos vengan a la mente la próxima vez que debamos diseñar un panel de personas expertas.

El Instituto Europeo para la Igualdad de Género describe seis inequidades persistentes en el campo de la investigación. La primera de ellas es la segregación por motivo de género, que no es privativa de las ciencias, sino que es propia del mercado de trabajo en su conjunto: estereotipos de género, elección del campo de estudio, división del trabajo según el género, limitaciones de tiempo, y barreras y sesgos encubiertos en las prácticas organizacionales.

Las otras cinco desigualdades son más específicas: las desventajas profesionales relacionados con el género, entre las que destaca el efecto cuello de botella, según el cual se pierden mujeres, y por tanto talento, en cada escalón de ascenso en la jerarquía; el desequilibrio de género en los puestos de responsabilidad en la universidad y los grandes centros de investigación académica; el sesgo de género en el acceso a la financiación de la investigación, mucho más sencillo todavía para los hombres, y de ahí que suelan ser los primeros firmantes de artículos y proyectos; la investigación sin perspectiva de género y/o con sesgos de género, que no reconoce que el sexo y el género son determinantes fundamentales de la organización de la vida y la sociedad, y por tanto, de la creación de conocimiento científico; y una cultura organizacional y unos procedimientos institucionales sin perspectiva de género.

 

Para María Blasco, directora del CNIO, el reto no está en facilitar que las mujeres dispongan de más tiempo para los cuidados, sino en lograr que los hombres se incorporen a ellos

 

María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas desde 2011, donde también es responsable del Grupo de Telómeros y Telomerasa –es la científica más importante del mundo en este campo–, ha llegado a la conclusión de que uno de los mayores obstáculos a los que se enfrentan las mujeres es la conciliación, más bien la falta de ella, estando a cargo, como todavía están, de los cuidados en el ámbito familiar, de la crianza de sus hijas y sus hijos a la responsabilidad sobre sus mayores.

El 16 de septiembre de 2019, María Blasco y Margarita Salas, bioquímica imprescindible, pionera en genética molecular y discípula de Severo Ochoa, mantuvieron una conversación pública para Aprendemos Juntos, una fantástica iniciativa de BBVA, en colaboración con El País. Margarita Salas, que falleció unas semanas después, es un referente para las científicas españolas, entre ellas la directora del CNIO, que la considera su maestra.

En la charla, Salas señaló que, pese a haberse encontrado con importantes obstáculos por su sexo, también había percibido que las mujeres no se postulan para los puestos de poder en la ciencia. Para ella, la forma de revertir este hecho es la educación, sumada a la autoconfianza, a que las mujeres nos lo creamos.

Según María Blasco, no nos lo creemos porque sabemos que no podemos compaginar los cuidados con la plena dedicación que exige un puesto de poder… en un sociedad en la que los hombres han dispuesto de todo el tiempo del mundo para desarrollar sus carreras. «Las parejas todavía no reparten los cuidados. En el CNIO hemos identificado que es un problema, un cuello de botella, y hemos implementado la jornada continua, tanto para las mujeres como para los hombres», explica. Desde su punto de vista, todavía necesitamos avanzar mucho, ya que la solución no es facilitar tiempo para los cuidados a las mujeres, sino que los hombres se incorporen a ellos.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.