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Todo cuanto amé: el duelo del yo y la mala salud social

Escribir Todo cuanto amé: el duelo del yo y la mala salud social no ha sido sencillo. Hace semanas que me propongo casi obsesivamente publicar un post sobre salud mental, sin lograr concretar un punto de vista, un camino por el que echar a andar para construir un relato coherente y de cierta entidad propia. Si no se tiene nada que decir, ¿para qué abrir la boca?

Curiosamente, para encontrarlo he vivido mi propio, aunque modesto, periplo. Mi búsqueda ha dibujado un círculo, volviendo a un inicio del que tal vez no tendría que haber partido, pero también me ha llevado a ver que ahora, más que nunca, la salud mental y la salud social, en este caso la mala salud social, son indisolubles.

El inicio al que me refiero era un curso organizado por la Fundación Manantial –que presta atención sanitaria y social a las personas con problemas de salud mental y su entorno–, bajo el paraguas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), que tuvo lugar del 21 al 25 de septiembre, aunque no en el marco incomparable del Palacio de la Magdalena de Santander, como hubiese sido natural hasta hace bien poco, sino en la sala de estar de sus ponentes, de la forma que viene siendo habitual desde que todo cambió.

El curso llevaba por título Literatura y locura. Cinco maneras de nombrar la ausencia. Dirigido por la escritora y periodista Laura Ferrero y el psicólogo Raúl Gómez, director de Recursos de Atención Social de la Fundación Manantial, su planteamiento me resultó tan abstracto como atractivo, ya que gravitaba sobre la idea de este nuevo presente.

Un presente el que conceptos como soledad, aislamiento, duelo (el duelo del yo), vacío o vivencia traumática se han democratizado  ­–ahora todos somos grupo de riesgo– y cobran nuevas dimensiones, por lo que la literatura, como reino de las palabras, podría proporcionar las herramientas necesarias para redefinirlos y, con suerte, algún día, llegar a contarlos.

Una serie de problemas técnicos, probablemente agravados por el hecho de ser la única periodista que había solicitado el acceso al curso, impidió que me conectase a las ponencias en directo, aunque confieso que mis intentos fueron poco insistentes en un primer momento porque esa misma semana, el 24 de septiembre, nació doubledose. Por tanto, mi mente estaba muy ocupada.

Pasado el tsunami inicial –ha habido otros y lo que te rondaré morena–, como mi idea era escribir un texto relacionado con el Día Mundial de la Salud Mental, que se celebró el 10 de octubre, contacté de nuevo con el equipo de la agencia Berbés, que llevaba la comunicación del curso y me puso en contacto con el responsable de Prensa de la UIMP y, no sin cierto esfuerzo, logramos que se me permitiese el acceso a los enlaces de vídeo de las distintas sesiones. Por entonces, el día mundial estaba a la vuelta de la esquina y no me daba tiempo a estudiar esas horas y horas de grabaciones, masticarlas y escribir algo coherente al respecto.

Pasó el día, pasó la romería, reza el dicho… Pero el 21 de octubre recibí por email el comunicado conjunto de los colegios oficiales de Psicología y Trabajo Social de Madrid, que mostraban su rechazo frontal al Plan de Actuación de Protección Civil ante Pandemias en la Comunidad de Madrid, que considera a las y los profesionales de ambas disciplinas como voluntarios en la atención psicológica y social de la población en un momento dramático sin parangón.

Me pareció tan insultante para ambos colectivos y, una vez más, tan ajeno a las verdaderas necesidades de la gente, que me propuse, esta vez en firme, que mi segundo post en Impaciente tuviese un objetivo: exigir un aumento exponencial de los recursos públicos, tanto humanos como económicos, destinados a prevenir el sufrimiento psíquico (el duelo del yo) y a prestarle la atención sanitaria de calidad que siempre ha merecido, pero nunca ha obtenido.

Todo ello, a la luz de la pandemia emocional que se está gestando de forma más o menos larvada desde el inicio del confinamiento el pasado 14 de marzo, y de la mala salud social que la acompaña. Aunque se esperaba una avalancha de problemas psicológicos, lo cierto es que la confusión y la rareza son tan intensas que las personas que saben de estas cosas coinciden en que el verdadero alcance de la devastación todavía está por ver –según Salud Mental España, se verá– y por comprender.

 

«Vivíamos en un delirio consensuado, el del capitalismo financiero. El virus es un elemento costumbrista que aparece de repente y no formaba parte del argumento», explica Millás

 

Precisamente porque desde el ojo del huracán no es posible vaticinar qué va a pasar con nuestras cabezas, al menos por ahora, mi periplo mental me llevó de regreso a Literatura y locura. Cinco formas de nombrar la ausencia. Y en dos ponencias, la de la filósofa Amelia Valcárcel y la compartida por los escritores Juan José Millás y Manuel Vilas, encontré un mundo entero. Un erudito y loco mundo entero.

“Vivíamos en un delirio consensuado –argumenta Juan José Millas en el arranque de su intervención–, el del capitalismo financiero, que es un capitalismo exagerado en el que todo es mentira, ya que el dinero, que es su corazón, solo está respaldado por la confianza. El virus es un elemento de carácter costumbrista que aparece de repente y que no formaba parte del argumento. Es como si en ‘Crimen y castigo’ metes el virus de la polio y Raskólnikov enferma. ¡Qué ruptura de una historia fantástica, o de ficción, desde dentro! ¡Qué desconcierto!”.

La ponencia compartida por Millás y Vilas tenía un título certero: Nueva normalidad y nuevas extrañezas. Vieja normalidad y mismas extrañezas. Raúl Gómez, que actuaba como moderador, explicó que la idea del curso había surgido tiempo atrás, como intento de reflexionar, a la luz de la literatura, sobre la idea de normalidad y la línea divisoria entre la cordura y la locura. Esta línea, de por sí fina, pero artificialmente ensanchada por el estigma que rodea la enfermedad mental grave e incluso el mero sufrimiento psíquico, parece haberse adelgazado con la pandemia, que nos ha roto la vida tal y como la entendíamos, nos escamotea el duelo y nos atenaza con la incertidumbre de no ver su fin ni saber qué habrá después.

“Vivíamos en un delirio, pero había una normalidad. Yo siempre he dicho que la normalidad es uno de los grandes inventos de la humanidad, porque es lo que nos permite a Manuel (Vilas) y a mí ser raros. Que desaparezca la normalidad, nos deja fuera de juego. Y ahora la situación es de un realismo tal… Ahora la realidad es muy dura y se han puesto de relieve cosas que antes estaban ocultas, o tapadas, como la desigualdad enorme del mundo en que vivimos”.

Manuel Vilas profundiza en este aspecto. “Estar trabajando en un libro, con semejante nivel de angustia y obsesión en el ambiente, podría tener una deriva casi inmoral. Hay una urgencia social que ha puesto de manifiesto incluso el fantasma del hambre, que parecía perdido en la noche de los tiempos”, afirma.

Cuenta también lo que ha sentido, en estos meses en los que algunas personas han tenido menos tiempo libre que nunca y otras, como él, bastante más del habitual, al leer las novelas españolas más recientes. “Me han parecido estupendas, pero como no sale el virus porque fueron escritas un poco antes, me han causado extrañeza. Ahora que yo mismo estoy escribiendo una novela, me pregunto hasta qué punto tengo que reflejar la pandemia. Por ejemplo, ¿mis personajes tienen que llevar mascarilla? Parece una trivialidad de pregunta y, sin embargo, tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana. Las novelas que he leído durante estos meses me han parecido del mundo de ayer, pero no sé cómo puedo reflejar en mis libros que estamos viendo cómo se alejan cosas muy básicas de nuestras vidas. Hay una degradación de la vida, le faltan componentes”.

 

«Últimamente me pregunto si mis personajes tendrían que llevar mascarilla. Parece una trivialidad, pero tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana», cuenta Manuel Vilas

 

Y así, en los primeros 15 minutos de una conversación virtual de hora y media sin desperdicio, los dos escritores pusieron sobre la mesa los dos aspectos que más me atormentan de esta nueva realidad que, como dice Juan José Millás, “todavía confío que sea un paréntesis”: las grandes pequeñas pérdidas a las que nos vemos obligados a enfrentarnos, que nos conducen a un duelo generalizado por la esfera social de la vida, lo que no lo hace menos personal e intransferible, y el aumento exponencial de la desigualdad, dramas ambos con innegables consecuencias emocionales.

Mientras el tándem Millás-Vilas cerraba este provechoso curso, que hubiera sido una delicia disfrutar en vivo y en directo, Amelia Valcárcel había sido la encargada de inaugurarlo con su ponencia Heridas en la memoria, que abundaba en la dificultad de expresar las emociones mientras suceden, cuando no nos dejan pensar, sino que simplemente nos arrastran, por lo que solo el tiempo puede aportar la serenidad de narrarlas desde la razón, como si fueran la historia de otra persona, que decía Gustavo Adolfo Bécquer en la segunda de sus Cartas literarias a una mujer, la primera de las eruditas referencias empleadas por la catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED durante su intervención. De alguna forma, rememorar las emociones que nos desgarran es un arreglo para procesarlas en gran parte de las ocasiones. «El recuerdo como sutura de las heridas para seguir viviendo», resume bellamente Valcárcel.

Esta idea me vino que ni pintada para ensalzar las ventajas de la psicoterapia, así como para construir un argumento muy poderoso sobre los efectos benefactores que tendría incrementar la inversión pública en salud mental: el contexto clínico bien llevado, con consultas de la duración y con la periodicidad necesarias, proporciona en consuelo, la guía y el apoyo que buscamos las personas para ser capaces de traducir a palabras nuestro sufrimiento psíquico, lo que viene a ser un primer e importante paso para, en territorio seguro pero neutral, empezar a tomar distancia y a analizarlo con la razón, lo que ya es sanador en sí mismo, aunque no siempre sea suficiente.

¿Qué sucede? Que la atención psicológica es misérrima en la sanidad pública española. Cuando las consultas llegan a tener lugar, lo que no siempre sucede, la persona que sufre suele haber sido medicalizada –los hipnosedantes son la tercera sustancia adictiva más consumida en España desde hace años– y no sería extraño que hubiese empeorado desde el momento en que tomó la valiente decisión de pedir ayuda. Incluso si su caso reviste la gravedad necesaria para llegar a uno de los pocos psicólogos clínicos de Atención Primaria, habrán pasado semanas, incluso meses, pero lo que se le ofrecerá es una consulta mensual, incluso trimestral, que no solo resultará estéril, sino contraproducente, ya que una frecuencia semejante impide establecer cualquier tipo de compromiso terapéutico, imprescindible para el éxito de la psicoterapia. Como consecuencia, la eficacia será básicamente igual a cero. Papel mojado. Tiempo perdido. Sufrimiento prolongado.

Así las cosas, la práctica totalidad de las personas con un cuadro sintomático leve no obtienen respuesta, las que tienen posibles acuden a una consulta privada, si es que no han pasado antes por la pública y no han desarrollado un fuerte rechazo a la capacidad curativa de la psicología clínica. Las que no tienen dinero corren el riesgo de que su padecimiento se prolongue tanto que se transforme en enfermedad crónica, algo que ocurre con demasiada frecuencia con los cuadros depresivos y que se ceba con especial virulencia con las mujeres.

Cabe plantearse una pregunta, si se da por segura una epidemia emocional con visos de estrés postraumático a consecuencia de la pandemia, ¿qué podemos esperar del sistema de atención a la salud mental tal y como ahora lo conocemos? La respuesta es tan simple como patética: una pastilla.

“Quien está triste o está de duelo, no necesariamente está deprimido. Guardemos las palabras para lo que realmente quieren decir –señala Amelia Valcárcel­–. Estamos construyendo una sociedad expresionista, que lanza muchos alfileres sobre el individuo, haciendo patente lo que antes, si acaso, solo se aludía, con lo que existe el riesgo de que el individuo se acorace». Para ilustrar esta afirmación, cita un fragmento de La metamorfosis de Kafka: «Escarabajos recubiertos de una dura coraza para vivir, sin embargo, rodeados de gente que es de carne y hueso'».

Esa coraza se refleja en otra tendencia de los tiempos: «También estamos fabricando una sociedad de solitarios, puesto que las personas que pueden darnos consuelo son muy pocas. Nuestra construcción del yo, concepto que nació con Agustín de Hipona (San Agustín), es tan fuerte que nos llega a los pies. Cuando necesitamos algo de otro yo, somos muy selectivos. No nos sirve cualquier cosa y no aceptamos casi ningún consuelo, pero tampoco queremos sufrir, aunque sentir el dolor sea una parte necesaria de su afrontamiento. Así surge la solución de la pastilla: una por la mañana, otra por la noche, y nos libramos de esto. Sin embargo, la tristeza no debería ser medicalizada, salvo, si acaso, cuando sea necesario superar la angustia que a veces la acompaña, pero solo como quien prescribe vitaminas a una persona que tiene un déficit en un momento puntual de su vida”.

¿Por qué ‘Todo cuanto amé’?

“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito en lo que hoy conozco como mi yo, y cuanto más vivo más convencido estoy de que cuando digo yo en realidad estoy diciendo nosotros”, termina el primer capítulo de Todo cuanto amé’, la primera novela de Siri Husvedt que compré, atraída como por un imán por ese título que puede sonar a pérdida, pero también a un acto de reconocimiento explícito, o de agradecimiento, a la abundancia y la importancia de las personas, vivencias y costumbres que se han amado a lo largo de la existencia. El libro, de hecho, es más bien lo segundo que lo primero, aunque no por eso deja de contener un lamento, el que lo ha conectado en mi cabeza con nuestro extraño presente y nuestro personal duelo. Además, como este texto, alude a la perspectiva necesaria para contar una experiencia, o una vida. “Las historias que relatamos sobre nosotros mismos sólo pueden narrarse en pasado. El pasado se remonta hacia atrás desde donde ahora nos encontramos, y ya no somos actores de la historia sino espectadores que se han decidido a hablar”, cuenta su protagonista.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Escribir Todo cuanto amé: el duelo del yo y la mala salud social no ha sido sencillo. Hace semanas que me propongo casi obsesivamente publicar un post sobre salud mental, sin lograr concretar un punto de vista, un camino por el que echar a andar para construir un relato coherente y de cierta entidad propia. Si no se tiene nada que decir, ¿para qué abrir la boca?

Curiosamente, para encontrarlo he vivido mi propio, aunque modesto, periplo. Mi búsqueda ha dibujado un círculo, volviendo a un inicio del que tal vez no tendría que haber partido, pero también me ha llevado a ver que ahora, más que nunca, la salud mental y la salud social, en este caso la mala salud social, son indisolubles.

El inicio al que me refiero era un curso organizado por la Fundación Manantial –que presta atención sanitaria y social a las personas con problemas de salud mental y su entorno–, bajo el paraguas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), que tuvo lugar del 21 al 25 de septiembre, aunque no en el marco incomparable del Palacio de la Magdalena de Santander, como hubiese sido natural hasta hace bien poco, sino en la sala de estar de sus ponentes, de la forma que viene siendo habitual desde que todo cambió.

El curso llevaba por título Literatura y locura. Cinco maneras de nombrar la ausencia. Dirigido por la escritora y periodista Laura Ferrero y el psicólogo Raúl Gómez, director de Recursos de Atención Social de la Fundación Manantial, su planteamiento me resultó tan abstracto como atractivo, ya que gravitaba sobre la idea de este nuevo presente.

Un presente el que conceptos como soledad, aislamiento, duelo (el duelo del yo), vacío o vivencia traumática se han democratizado  ­–ahora todos somos grupo de riesgo– y cobran nuevas dimensiones, por lo que la literatura, como reino de las palabras, podría proporcionar las herramientas necesarias para redefinirlos y, con suerte, algún día, llegar a contarlos.

Una serie de problemas técnicos, probablemente agravados por el hecho de ser la única periodista que había solicitado el acceso al curso, impidió que me conectase a las ponencias en directo, aunque confieso que mis intentos fueron poco insistentes en un primer momento porque esa misma semana, el 24 de septiembre, nació doubledose. Por tanto, mi mente estaba muy ocupada.

Pasado el tsunami inicial –ha habido otros y lo que te rondaré morena–, como mi idea era escribir un texto relacionado con el Día Mundial de la Salud Mental, que se celebró el 10 de octubre, contacté de nuevo con el equipo de la agencia Berbés, que llevaba la comunicación del curso y me puso en contacto con el responsable de Prensa de la UIMP y, no sin cierto esfuerzo, logramos que se me permitiese el acceso a los enlaces de vídeo de las distintas sesiones. Por entonces, el día mundial estaba a la vuelta de la esquina y no me daba tiempo a estudiar esas horas y horas de grabaciones, masticarlas y escribir algo coherente al respecto.

Pasó el día, pasó la romería, reza el dicho… Pero el 21 de octubre recibí por email el comunicado conjunto de los colegios oficiales de Psicología y Trabajo Social de Madrid, que mostraban su rechazo frontal al Plan de Actuación de Protección Civil ante Pandemias en la Comunidad de Madrid, que considera a las y los profesionales de ambas disciplinas como voluntarios en la atención psicológica y social de la población en un momento dramático sin parangón.

Me pareció tan insultante para ambos colectivos y, una vez más, tan ajeno a las verdaderas necesidades de la gente, que me propuse, esta vez en firme, que mi segundo post en Impaciente tuviese un objetivo: exigir un aumento exponencial de los recursos públicos, tanto humanos como económicos, destinados a prevenir el sufrimiento psíquico (el duelo del yo) y a prestarle la atención sanitaria de calidad que siempre ha merecido, pero nunca ha obtenido.

Todo ello, a la luz de la pandemia emocional que se está gestando de forma más o menos larvada desde el inicio del confinamiento el pasado 14 de marzo, y de la mala salud social que la acompaña. Aunque se esperaba una avalancha de problemas psicológicos, lo cierto es que la confusión y la rareza son tan intensas que las personas que saben de estas cosas coinciden en que el verdadero alcance de la devastación todavía está por ver –según Salud Mental España, se verá– y por comprender.

 

«Vivíamos en un delirio consensuado, el del capitalismo financiero. El virus es un elemento costumbrista que aparece de repente y no formaba parte del argumento», explica Millás

 

Precisamente porque desde el ojo del huracán no es posible vaticinar qué va a pasar con nuestras cabezas, al menos por ahora, mi periplo mental me llevó de regreso a Literatura y locura. Cinco formas de nombrar la ausencia. Y en dos ponencias, la de la filósofa Amelia Valcárcel y la compartida por los escritores Juan José Millás y Manuel Vilas, encontré un mundo entero. Un erudito y loco mundo entero.

“Vivíamos en un delirio consensuado –argumenta Juan José Millas en el arranque de su intervención–, el del capitalismo financiero, que es un capitalismo exagerado en el que todo es mentira, ya que el dinero, que es su corazón, solo está respaldado por la confianza. El virus es un elemento de carácter costumbrista que aparece de repente y que no formaba parte del argumento. Es como si en ‘Crimen y castigo’ metes el virus de la polio y Raskólnikov enferma. ¡Qué ruptura de una historia fantástica, o de ficción, desde dentro! ¡Qué desconcierto!”.

La ponencia compartida por Millás y Vilas tenía un título certero: Nueva normalidad y nuevas extrañezas. Vieja normalidad y mismas extrañezas. Raúl Gómez, que actuaba como moderador, explicó que la idea del curso había surgido tiempo atrás, como intento de reflexionar, a la luz de la literatura, sobre la idea de normalidad y la línea divisoria entre la cordura y la locura. Esta línea, de por sí fina, pero artificialmente ensanchada por el estigma que rodea la enfermedad mental grave e incluso el mero sufrimiento psíquico, parece haberse adelgazado con la pandemia, que nos ha roto la vida tal y como la entendíamos, nos escamotea el duelo y nos atenaza con la incertidumbre de no ver su fin ni saber qué habrá después.

“Vivíamos en un delirio, pero había una normalidad. Yo siempre he dicho que la normalidad es uno de los grandes inventos de la humanidad, porque es lo que nos permite a Manuel (Vilas) y a mí ser raros. Que desaparezca la normalidad, nos deja fuera de juego. Y ahora la situación es de un realismo tal… Ahora la realidad es muy dura y se han puesto de relieve cosas que antes estaban ocultas, o tapadas, como la desigualdad enorme del mundo en que vivimos”.

Manuel Vilas profundiza en este aspecto. “Estar trabajando en un libro, con semejante nivel de angustia y obsesión en el ambiente, podría tener una deriva casi inmoral. Hay una urgencia social que ha puesto de manifiesto incluso el fantasma del hambre, que parecía perdido en la noche de los tiempos”, afirma.

Cuenta también lo que ha sentido, en estos meses en los que algunas personas han tenido menos tiempo libre que nunca y otras, como él, bastante más del habitual, al leer las novelas españolas más recientes. “Me han parecido estupendas, pero como no sale el virus porque fueron escritas un poco antes, me han causado extrañeza. Ahora que yo mismo estoy escribiendo una novela, me pregunto hasta qué punto tengo que reflejar la pandemia. Por ejemplo, ¿mis personajes tienen que llevar mascarilla? Parece una trivialidad de pregunta y, sin embargo, tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana. Las novelas que he leído durante estos meses me han parecido del mundo de ayer, pero no sé cómo puedo reflejar en mis libros que estamos viendo cómo se alejan cosas muy básicas de nuestras vidas. Hay una degradación de la vida, le faltan componentes”.

 

«Últimamente me pregunto si mis personajes tendrían que llevar mascarilla. Parece una trivialidad, pero tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana», cuenta Manuel Vilas

 

Y así, en los primeros 15 minutos de una conversación virtual de hora y media sin desperdicio, los dos escritores pusieron sobre la mesa los dos aspectos que más me atormentan de esta nueva realidad que, como dice Juan José Millás, “todavía confío que sea un paréntesis”: las grandes pequeñas pérdidas a las que nos vemos obligados a enfrentarnos, que nos conducen a un duelo generalizado por la esfera social de la vida, lo que no lo hace menos personal e intransferible, y el aumento exponencial de la desigualdad, dramas ambos con innegables consecuencias emocionales.

Mientras el tándem Millás-Vilas cerraba este provechoso curso, que hubiera sido una delicia disfrutar en vivo y en directo, Amelia Valcárcel había sido la encargada de inaugurarlo con su ponencia Heridas en la memoria, que abundaba en la dificultad de expresar las emociones mientras suceden, cuando no nos dejan pensar, sino que simplemente nos arrastran, por lo que solo el tiempo puede aportar la serenidad de narrarlas desde la razón, como si fueran la historia de otra persona, que decía Gustavo Adolfo Bécquer en la segunda de sus Cartas literarias a una mujer, la primera de las eruditas referencias empleadas por la catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED durante su intervención. De alguna forma, rememorar las emociones que nos desgarran es un arreglo para procesarlas en gran parte de las ocasiones. «El recuerdo como sutura de las heridas para seguir viviendo», resume bellamente Valcárcel.

Esta idea me vino que ni pintada para ensalzar las ventajas de la psicoterapia, así como para construir un argumento muy poderoso sobre los efectos benefactores que tendría incrementar la inversión pública en salud mental: el contexto clínico bien llevado, con consultas de la duración y con la periodicidad necesarias, proporciona en consuelo, la guía y el apoyo que buscamos las personas para ser capaces de traducir a palabras nuestro sufrimiento psíquico, lo que viene a ser un primer e importante paso para, en territorio seguro pero neutral, empezar a tomar distancia y a analizarlo con la razón, lo que ya es sanador en sí mismo, aunque no siempre sea suficiente.

¿Qué sucede? Que la atención psicológica es misérrima en la sanidad pública española. Cuando las consultas llegan a tener lugar, lo que no siempre sucede, la persona que sufre suele haber sido medicalizada –los hipnosedantes son la tercera sustancia adictiva más consumida en España desde hace años– y no sería extraño que hubiese empeorado desde el momento en que tomó la valiente decisión de pedir ayuda. Incluso si su caso reviste la gravedad necesaria para llegar a uno de los pocos psicólogos clínicos de Atención Primaria, habrán pasado semanas, incluso meses, pero lo que se le ofrecerá es una consulta mensual, incluso trimestral, que no solo resultará estéril, sino contraproducente, ya que una frecuencia semejante impide establecer cualquier tipo de compromiso terapéutico, imprescindible para el éxito de la psicoterapia. Como consecuencia, la eficacia será básicamente igual a cero. Papel mojado. Tiempo perdido. Sufrimiento prolongado.

Así las cosas, la práctica totalidad de las personas con un cuadro sintomático leve no obtienen respuesta, las que tienen posibles acuden a una consulta privada, si es que no han pasado antes por la pública y no han desarrollado un fuerte rechazo a la capacidad curativa de la psicología clínica. Las que no tienen dinero corren el riesgo de que su padecimiento se prolongue tanto que se transforme en enfermedad crónica, algo que ocurre con demasiada frecuencia con los cuadros depresivos y que se ceba con especial virulencia con las mujeres.

Cabe plantearse una pregunta, si se da por segura una epidemia emocional con visos de estrés postraumático a consecuencia de la pandemia, ¿qué podemos esperar del sistema de atención a la salud mental tal y como ahora lo conocemos? La respuesta es tan simple como patética: una pastilla.

“Quien está triste o está de duelo, no necesariamente está deprimido. Guardemos las palabras para lo que realmente quieren decir –señala Amelia Valcárcel­–. Estamos construyendo una sociedad expresionista, que lanza muchos alfileres sobre el individuo, haciendo patente lo que antes, si acaso, solo se aludía, con lo que existe el riesgo de que el individuo se acorace». Para ilustrar esta afirmación, cita un fragmento de La metamorfosis de Kafka: «Escarabajos recubiertos de una dura coraza para vivir, sin embargo, rodeados de gente que es de carne y hueso'».

Esa coraza se refleja en otra tendencia de los tiempos: «También estamos fabricando una sociedad de solitarios, puesto que las personas que pueden darnos consuelo son muy pocas. Nuestra construcción del yo, concepto que nació con Agustín de Hipona (San Agustín), es tan fuerte que nos llega a los pies. Cuando necesitamos algo de otro yo, somos muy selectivos. No nos sirve cualquier cosa y no aceptamos casi ningún consuelo, pero tampoco queremos sufrir, aunque sentir el dolor sea una parte necesaria de su afrontamiento. Así surge la solución de la pastilla: una por la mañana, otra por la noche, y nos libramos de esto. Sin embargo, la tristeza no debería ser medicalizada, salvo, si acaso, cuando sea necesario superar la angustia que a veces la acompaña, pero solo como quien prescribe vitaminas a una persona que tiene un déficit en un momento puntual de su vida”.

¿Por qué ‘Todo cuanto amé?

“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito en lo que hoy conozco como mi yo, y cuanto más vivo más convencido estoy de que cuando digo yo en realidad estoy diciendo nosotros”, termina el primer capítulo de ‘Todo cuanto amé’, la primera novela de Siri Husvedt que compré, atraída como por un imán por ese título que puede sonar a pérdida, pero también a un acto de reconocimiento explícito, o de agradecimiento, a la abundancia y la importancia de las personas, vivencias y costumbres que se han amado a lo largo de la existencia. El libro, de hecho, es más bien lo segundo que lo primero, aunque no por eso deja de contener un lamento, el que lo ha conectado en mi cabeza con nuestro extraño presente y nuestro personal duelo. Además, como este texto, alude a la perspectiva necesaria para contar una experiencia, o una vida. “Las historias que relatamos sobre nosotros mismos sólo pueden narrarse en pasado. El pasado se remonta hacia atrás desde donde ahora nos encontramos, y ya no somos actores de la historia sino espectadores que se han decidido a hablar”, cuenta su protagonista.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Escribir Todo cuanto amé: el duelo del yo y la mala salud social no ha sido sencillo. Hace semanas que me propongo casi obsesivamente publicar un post sobre salud mental, sin lograr concretar un punto de vista, un camino por el que echar a andar para construir un relato coherente y de cierta entidad propia. Si no se tiene nada que decir, ¿para qué abrir la boca?

Curiosamente, para encontrarlo he vivido mi propio, aunque modesto, periplo. Mi búsqueda ha dibujado un círculo, volviendo a un inicio del que tal vez no tendría que haber partido, pero también me ha llevado a ver que ahora, más que nunca, la salud mental y la salud social, en este caso la mala salud social, son indisolubles.

El inicio al que me refiero era un curso organizado por la Fundación Manantial –que presta atención sanitaria y social a las personas con problemas de salud mental y su entorno–, bajo el paraguas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), que tuvo lugar del 21 al 25 de septiembre, aunque no en el marco incomparable del Palacio de la Magdalena de Santander, como hubiese sido natural hasta hace bien poco, sino en la sala de estar de sus ponentes, de la forma que viene siendo habitual desde que todo cambió.

El curso llevaba por título Literatura y locura. Cinco maneras de nombrar la ausencia. Dirigido por la escritora y periodista Laura Ferrero y el psicólogo Raúl Gómez, director de Recursos de Atención Social de la Fundación Manantial, su planteamiento me resultó tan abstracto como atractivo, ya que gravitaba sobre la idea de este nuevo presente.

Un presente el que conceptos como soledad, aislamiento, duelo (el duelo del yo), vacío o vivencia traumática se han democratizado  ­–ahora todos somos grupo de riesgo– y cobran nuevas dimensiones, por lo que la literatura, como reino de las palabras, podría proporcionar las herramientas necesarias para redefinirlos y, con suerte, algún día, llegar a contarlos.

Una serie de problemas técnicos, probablemente agravados por el hecho de ser la única periodista que había solicitado el acceso al curso, impidió que me conectase a las ponencias en directo, aunque confieso que mis intentos fueron poco insistentes en un primer momento porque esa misma semana, el 24 de septiembre, nació doubledose. Por tanto, mi mente estaba muy ocupada.

Pasado el tsunami inicial –ha habido otros y lo que te rondaré morena–, como mi idea era escribir un texto relacionado con el Día Mundial de la Salud Mental, que se celebró el 10 de octubre, contacté de nuevo con el equipo de la agencia Berbés, que llevaba la comunicación del curso y me puso en contacto con el responsable de Prensa de la UIMP y, no sin cierto esfuerzo, logramos que se me permitiese el acceso a los enlaces de vídeo de las distintas sesiones. Por entonces, el día mundial estaba a la vuelta de la esquina y no me daba tiempo a estudiar esas horas y horas de grabaciones, masticarlas y escribir algo coherente al respecto.

Pasó el día, pasó la romería, reza el dicho… Pero el 21 de octubre recibí por email el comunicado conjunto de los colegios oficiales de Psicología y Trabajo Social de Madrid, que mostraban su rechazo frontal al Plan de Actuación de Protección Civil ante Pandemias en la Comunidad de Madrid, que considera a las y los profesionales de ambas disciplinas como voluntarios en la atención psicológica y social de la población en un momento dramático sin parangón.

Me pareció tan insultante para ambos colectivos y, una vez más, tan ajeno a las verdaderas necesidades de la gente, que me propuse, esta vez en firme, que mi segundo post en Impaciente tuviese un objetivo: exigir un aumento exponencial de los recursos públicos, tanto humanos como económicos, destinados a prevenir el sufrimiento psíquico (el duelo del yo) y a prestarle la atención sanitaria de calidad que siempre ha merecido, pero nunca ha obtenido.

Todo ello, a la luz de la pandemia emocional que se está gestando de forma más o menos larvada desde el inicio del confinamiento el pasado 14 de marzo, y de la mala salud social que la acompaña. Aunque se esperaba una avalancha de problemas psicológicos, lo cierto es que la confusión y la rareza son tan intensas que las personas que saben de estas cosas coinciden en que el verdadero alcance de la devastación todavía está por ver –según Salud Mental España, se verá– y por comprender.

 

«Vivíamos en un delirio consensuado, el del capitalismo financiero. El virus es un elemento costumbrista que aparece de repente y no formaba parte del argumento», explica Millás

 

Precisamente porque desde el ojo del huracán no es posible vaticinar qué va a pasar con nuestras cabezas, al menos por ahora, mi periplo mental me llevó de regreso a Literatura y locura. Cinco formas de nombrar la ausencia. Y en dos ponencias, la de la filósofa Amelia Valcárcel y la compartida por los escritores Juan José Millás y Manuel Vilas, encontré un mundo entero. Un erudito y loco mundo entero.

“Vivíamos en un delirio consensuado –argumenta Juan José Millas en el arranque de su intervención–, el del capitalismo financiero, que es un capitalismo exagerado en el que todo es mentira, ya que el dinero, que es su corazón, solo está respaldado por la confianza. El virus es un elemento de carácter costumbrista que aparece de repente y que no formaba parte del argumento. Es como si en ‘Crimen y castigo’ metes el virus de la polio y Raskólnikov enferma. ¡Qué ruptura de una historia fantástica, o de ficción, desde dentro! ¡Qué desconcierto!”.

La ponencia compartida por Millás y Vilas tenía un título certero: Nueva normalidad y nuevas extrañezas. Vieja normalidad y mismas extrañezas. Raúl Gómez, que actuaba como moderador, explicó que la idea del curso había surgido tiempo atrás, como intento de reflexionar, a la luz de la literatura, sobre la idea de normalidad y la línea divisoria entre la cordura y la locura. Esta línea, de por sí fina, pero artificialmente ensanchada por el estigma que rodea la enfermedad mental grave e incluso el mero sufrimiento psíquico, parece haberse adelgazado con la pandemia, que nos ha roto la vida tal y como la entendíamos, nos escamotea el duelo y nos atenaza con la incertidumbre de no ver su fin ni saber qué habrá después.

“Vivíamos en un delirio, pero había una normalidad. Yo siempre he dicho que la normalidad es uno de los grandes inventos de la humanidad, porque es lo que nos permite a Manuel (Vilas) y a mí ser raros. Que desaparezca la normalidad, nos deja fuera de juego. Y ahora la situación es de un realismo tal… Ahora la realidad es muy dura y se han puesto de relieve cosas que antes estaban ocultas, o tapadas, como la desigualdad enorme del mundo en que vivimos”.

Manuel Vilas profundiza en este aspecto. “Estar trabajando en un libro, con semejante nivel de angustia y obsesión en el ambiente, podría tener una deriva casi inmoral. Hay una urgencia social que ha puesto de manifiesto incluso el fantasma del hambre, que parecía perdido en la noche de los tiempos”, afirma.

Cuenta también lo que ha sentido, en estos meses en los que algunas personas han tenido menos tiempo libre que nunca y otras, como él, bastante más del habitual, al leer las novelas españolas más recientes. “Me han parecido estupendas, pero como no sale el virus porque fueron escritas un poco antes, me han causado extrañeza. Ahora que yo mismo estoy escribiendo una novela, me pregunto hasta qué punto tengo que reflejar la pandemia. Por ejemplo, ¿mis personajes tienen que llevar mascarilla? Parece una trivialidad de pregunta y, sin embargo, tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana. Las novelas que he leído durante estos meses me han parecido del mundo de ayer, pero no sé cómo puedo reflejar en mis libros que estamos viendo cómo se alejan cosas muy básicas de nuestras vidas. Hay una degradación de la vida, le faltan componentes”.

 

«Últimamente me pregunto si mis personajes tendrían que llevar mascarilla. Parece una trivialidad, pero tengo la sensación de tener que elegir entre el mundo de ayer y el mundo de mañana», cuenta Manuel Vilas

 

Y así, en los primeros 15 minutos de una conversación virtual de hora y media sin desperdicio, los dos escritores pusieron sobre la mesa los dos aspectos que más me atormentan de esta nueva realidad que, como dice Juan José Millás, “todavía confío que sea un paréntesis”: las grandes pequeñas pérdidas a las que nos vemos obligados a enfrentarnos, que nos conducen a un duelo generalizado por la esfera social de la vida, lo que no lo hace menos personal e intransferible, y el aumento exponencial de la desigualdad, dramas ambos con innegables consecuencias emocionales.

Mientras el tándem Millás-Vilas cerraba este provechoso curso, que hubiera sido una delicia disfrutar en vivo y en directo, Amelia Valcárcel había sido la encargada de inaugurarlo con su ponencia Heridas en la memoria, que abundaba en la dificultad de expresar las emociones mientras suceden, cuando no nos dejan pensar, sino que simplemente nos arrastran, por lo que solo el tiempo puede aportar la serenidad de narrarlas desde la razón, como si fueran la historia de otra persona, que decía Gustavo Adolfo Bécquer en la segunda de sus Cartas literarias a una mujer, la primera de las eruditas referencias empleadas por la catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED durante su intervención. De alguna forma, rememorar las emociones que nos desgarran es un arreglo para procesarlas en gran parte de las ocasiones. «El recuerdo como sutura de las heridas para seguir viviendo», resume bellamente Valcárcel.

Esta idea me vino que ni pintada para ensalzar las ventajas de la psicoterapia, así como para construir un argumento muy poderoso sobre los efectos benefactores que tendría incrementar la inversión pública en salud mental: el contexto clínico bien llevado, con consultas de la duración y con la periodicidad necesarias, proporciona en consuelo, la guía y el apoyo que buscamos las personas para ser capaces de traducir a palabras nuestro sufrimiento psíquico, lo que viene a ser un primer e importante paso para, en territorio seguro pero neutral, empezar a tomar distancia y a analizarlo con la razón, lo que ya es sanador en sí mismo, aunque no siempre sea suficiente.

¿Qué sucede? Que la atención psicológica es misérrima en la sanidad pública española. Cuando las consultas llegan a tener lugar, lo que no siempre sucede, la persona que sufre suele haber sido medicalizada –los hipnosedantes son la tercera sustancia adictiva más consumida en España desde hace años– y no sería extraño que hubiese empeorado desde el momento en que tomó la valiente decisión de pedir ayuda. Incluso si su caso reviste la gravedad necesaria para llegar a uno de los pocos psicólogos clínicos de Atención Primaria, habrán pasado semanas, incluso meses, pero lo que se le ofrecerá es una consulta mensual, incluso trimestral, que no solo resultará estéril, sino contraproducente, ya que una frecuencia semejante impide establecer cualquier tipo de compromiso terapéutico, imprescindible para el éxito de la psicoterapia. Como consecuencia, la eficacia será básicamente igual a cero. Papel mojado. Tiempo perdido. Sufrimiento prolongado.

Así las cosas, la práctica totalidad de las personas con un cuadro sintomático leve no obtienen respuesta, las que tienen posibles acuden a una consulta privada, si es que no han pasado antes por la pública y no han desarrollado un fuerte rechazo a la capacidad curativa de la psicología clínica. Las que no tienen dinero corren el riesgo de que su padecimiento se prolongue tanto que se transforme en enfermedad crónica, algo que ocurre con demasiada frecuencia con los cuadros depresivos y que se ceba con especial virulencia con las mujeres.

Cabe plantearse una pregunta, si se da por segura una epidemia emocional con visos de estrés postraumático a consecuencia de la pandemia, ¿qué podemos esperar del sistema de atención a la salud mental tal y como ahora lo conocemos? La respuesta es tan simple como patética: una pastilla.

“Quien está triste o está de duelo, no necesariamente está deprimido. Guardemos las palabras para lo que realmente quieren decir –señala Amelia Valcárcel­–. Estamos construyendo una sociedad expresionista, que lanza muchos alfileres sobre el individuo, haciendo patente lo que antes, si acaso, solo se aludía, con lo que existe el riesgo de que el individuo se acorace». Para ilustrar esta afirmación, cita un fragmento de La metamorfosis de Kafka: «Escarabajos recubiertos de una dura coraza para vivir, sin embargo, rodeados de gente que es de carne y hueso'».

Esa coraza se refleja en otra tendencia de los tiempos: «También estamos fabricando una sociedad de solitarios, puesto que las personas que pueden darnos consuelo son muy pocas. Nuestra construcción del yo, concepto que nació con Agustín de Hipona (San Agustín), es tan fuerte que nos llega a los pies. Cuando necesitamos algo de otro yo, somos muy selectivos. No nos sirve cualquier cosa y no aceptamos casi ningún consuelo, pero tampoco queremos sufrir, aunque sentir el dolor sea una parte necesaria de su afrontamiento. Así surge la solución de la pastilla: una por la mañana, otra por la noche, y nos libramos de esto. Sin embargo, la tristeza no debería ser medicalizada, salvo, si acaso, cuando sea necesario superar la angustia que a veces la acompaña, pero solo como quien prescribe vitaminas a una persona que tiene un déficit en un momento puntual de su vida”.

¿Por qué ‘Todo cuanto amé’?

“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito en lo que hoy conozco como mi yo, y cuanto más vivo más convencido estoy de que cuando digo yo en realidad estoy diciendo nosotros”, termina el primer capítulo de ‘Todo cuanto amé’, la primera novela de Siri Husvedt que compré, atraída como por un imán por ese título que puede sonar a pérdida, pero también a un acto de reconocimiento explícito, o de agradecimiento, a la abundancia y la importancia de las personas, vivencias y costumbres que se han amado a lo largo de la existencia. El libro, de hecho, es más bien lo segundo que lo primero, aunque no por eso deja de contener un lamento, el que lo ha conectado en mi cabeza con nuestro extraño presente y nuestro personal duelo. Además, como este texto, alude a la perspectiva necesaria para contar una experiencia, o una vida. “Las historias que relatamos sobre nosotros mismos sólo pueden narrarse en pasado. El pasado se remonta hacia atrás desde donde ahora nos encontramos, y ya no somos actores de la historia sino espectadores que se han decidido a hablar”, cuenta su protagonista.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.