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Yo contengo multitudes (virus y bacterias)

Hoy, como cada 1 de diciembre desde 1988, se celebra el Día Mundial del VIH/SIDA. En esta ocasión, estaría bien afrontar la efeméride con profundidad y amplitud de miras, como si hubiésemos comprendido que no podemos seguir ninguneando a virus y bacterias, como si verdaderamente fuésemos seres pensantes que aprenden de sus errores. No siempre lo parecemos. Es más, con frecuencia se diría que nos gusta tropezar, si no con la misma piedra, con piedras que se le parezcan.

La batalla emprendida a principios de los años 80 del siglo pasado contra el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y el conjunto de enfermedades que provoca si no está controlado, el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), es un caso de éxito. Pero también es un ejemplo de lo mejor y lo peor de nuestra capacidad científica y nuestro compromiso con la salud pública y el bienestar social.

Es un caso de éxito porque los fármacos antirretrovirales han logrado estabilizar la vida de las personas que conviven con VIH, hasta el punto de elevar su esperanza de vida hasta casi equipararla con la del resto de la población. En los últimos años, además, hemos sabido que la correcta adhesión a la medicación y los tratamientos pre-exposición impiden el contagio en parejas heteropositivas.

El resurgir de las ETS

Sin embargo, son precisamente estos avances en el tratamiento los que han roto la línea de flotación de la prevención. Así las cosas, las cifras actuales no son para tirar cohetes: en torno a 1,7 millones de personas se contagiaron del virus del SIDA en 2019 y fallecieron alrededor de 690.000 personas a causa de la enfermedad en el mismo año.

En países como el nuestro, no se logran contener los contagios como debieran debido a que la percepción de peligrosidad se ha reducido enormemente y el uso del preservativo ha dejado de percibirse como imprescindible. Craso error que ha llevado a la reaparición de enfermedades de transmisión sexual (ETS) hasta hace unos años muy minoritarias, como la gonorrea y la sífilis. Estas, a su vez, son cada vez menos tratables con un antibiótico, como antes, y a menudo exigen combinaciones de dos o más fármacos y tratamientos prolongados.

 

El miedo al VIH/SIDA ha disminuido de forma notable y las conductas de riesgo impiden que se reduzcan los contagios. En general, las ETS vuelven a ser un problema

 

Si la salud pública, la microbiología y la infectología fueran personas, difícilmente serían capaces de contenerse y nos asestarían un reproche evidente: «Os lo dijimos». Y tendrían toda la razón del mundo. Quienes trabajamos en el universo de la comunicación de la salud sabemos perfectamente que las infecciones nos pondrían en jaque tarde o temprano. Tal vez imaginábamos que el cataclismo sería menor y que lo desencadenaría el colapso de los antibióticos, incapaces de combatir la proliferación de bacterias multirresistentes –que sobreviven a la acción de varios agentes antimicrobianos– o superresistentes –inmunes a la gran mayoría de los antibióticos disponibles–.

A finales de 2018 entrevisté a Bruno González-Zorn, catedrático de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid y asesor de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) y del Programa Nacional de Resistencia a Antibióticos (PRAN). Para explicar la importancia de la resistencia bacteriana, afirmó: “La medicina moderna se sostiene sobre la certeza de que los antibióticos funcionan”.

González-Zorn también puso de relieve que el problema trasciende el peligro de que las enfermedades infecciosas vuelvan a ser tan ingobernables y letales como en la era previa a los antibióticos. Si estos fármacos dejasen de funcionar, también tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

La capacidad de mutar para hacerse inmunes a los agentes que los atacan es consustancial a los microbios, como a cualquier ser vivo, y forma parte del proceso evolutivo normal. Sin embargo, el uso excesivo de antimicrobianos en sanidad humana, veterinaria –especialmente en la ganadería industrial–, acuicultura y agricultura ha multiplicado exponencialmente los mecanismos de resistencia de los microorganismos frente a los fármacos. Como resultado, empiezan a verse casos de VIH resistente a los antirretrovirales y la tuberculosis y la neumonía son cada vez más esquivas al tratamiento.

 

La medicina se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejaran de hacerlo, gran parte de la cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze

 

Esto ya es así desde hace tiempo, por lo que existen planes nacionales, europeos e internacionales para reducir el uso de antimicrobianos en todos los frentes posibles. España, dicho sea de paso, no está nada bien posicionada a este nivel.

Y ahora, con la llegada de la pandemia, la línea de control ha volado por los aires. Según datos del Ministerio de Sanidad, el consumo de antibióticos aumentó un 40% en los hospitales durante la primera ola. Aunque la tendencia ha remitido, esa eclosión temporal puede tener efectos a medio y largo plazo sobre las bacterias superresistentes.

Tanto en el afrontamiento de la pandemia desencadenada por el SARS-CoV-2 como el de la que ha sembrado en el mundo el VIH en las últimas décadas exige que contemplemos la desigualdad como factor de riesgo y redoblemos nuestros esfuerzos en la atención a los colectivos más vulnerables para no dejar a nadie atrás. Una vez más, los habitantes de los países en vías de desarrollo y las personas más desfavorecidas de nuestro todavía muy injusto primer mundo se llevan la peor parte.

Pobreza, virus y bacterias

El Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el VIH/SIDA, ONUSida, recoge esta idea en el espacio dedicado al día mundial 2020: «La Covid-19 ha puesto sobre la mesa, una vez más, que la salud se interrelaciona directamente con otros problemas fundamentales, como la reducción de la desigualdad, los derechos humanos, la igualdad de género, la protección social y el crecimiento económico. Con todo esto en mente, el lema del Día Mundial del Sida este año es Solidaridad mundial, responsabilidad compartida».

Los estragos de la Covid-19 han dejado desatendidas múltiples esferas de la vida, y del cuidado de las restantes patologías y trastornos, además de impactar como una bomba sobre la salud mental y la salud social. De forma muy acertada, la Organización Mundial de la Salud habla de la tormenta perfecta que ha desencadenado la cohabitación de las enfermedades no transmisibles (ENT) con el virus que nos ocupa y nos preocupa.

En el informe de posicionamiento Hacer frente a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de ella, publicado en septiembre, la OMS explica que «en la mayoría de los entornos, la COVID-19 está interactuando con las ENT y las desigualdades y ha dado lugar a «la tormenta perfecta» de muerte y sufrimiento evitables, lo que ha contribuido a saturar los sistemas de salud y a que se produzcan una contracción económica y considerables retrocesos en la esfera del desarrollo sostenible».

Se prevé que la Covid-19 desencadene la mayor recesión mundial desde la Segunda Guerra Mundial, que irá acompañada de un grave aumento de la desigualdad, con el fantasma del hambre acechando de nuevo donde lo creíamos extinguido. En consecuencia, se espera que el desarrollo humano global, un indicador combinado que toma en cuenta la salud, la educación y los ingresos, retroceda por primera vez en 30 años. La sufrirán, como es habitual, los sufridores habituales.

 

Hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando desde hace décadas a un volumen brutal, diciéndonos que el peligro vendrá de virus y bacterias

 

Todo esto ocurre porque hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando, algunas a un volumen brutal, desde hace décadas. Por ejemplo, la mojigatería y el fundamentalismo de Ronald Reagan y la Iglesia Católica, entre otros tristes protagonistas de nuestra Historia reciente, permitieron que el VIH se creyese cosa de gais y toxicómanos por vía intravenosa. Peor aún: negaron la eficacia profiláctica del preservativo, dando lugar a una diseminación de la infección que podría haberse evitado y que podemos calificar sin reparos de forzada por las creencias y las ideologías más conservadoras.

Años después, el Ébola y Zika nos recordaron que los virus no estaban para chiquitas y que las zoonosis ni son mentira, ni son excepcionales o propias de otras latitudes. No quisimos escuchar y ahora estamos con la vida a medio vivir.

Durante su participación en el Foro Telos 2020. Un mundo en construción, organizado recientemente por la Revista Telos, que edita la Fundación Telefónica,  Anne Sverdrup-Thygeson, experta en ecología de los insectos, biodiversidad forestal y gestión y conservación de la naturaleza, comenzó explicando que en los últimos meses «hemos comprobado que los líderes del mundo pueden cambiar su forma de gobernar la economía, pero también que las personas podemos cambiar de vida con bastante rapidez para preservar lo que de verdad nos importa».

Para que los microbios no se adueñen de nuestra existencia y podamos volver a tocarnos y a relacionarnos sin miedo, donde y como queramos, tenemos que estar dispuestos a cambiar algunas cosas, a consumir menos y de forma más consciente, a cuidarnos más, a cuidar más y mejor a los demás, a compartir trabajo y riqueza, y, desde luego, a contaminar menos y a respetar toda la vida y el equilibrio que contiene la naturaleza. A ver si, como decía al principio, demostramos que somos seres pensantes que aprenden de sus errores. Al fin.

¿Por qué ‘Yo contengo multitudes’?

Cuando leí la reseña del libro ‘Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida’ (Debate, 2017), sentí que tenía que hacerme con un ejemplar sin falta y cuanto antes. El flechazo fue instantáneo y se debió a dos razones: profesional y personal. Profesional porque me dedico fundamentalmente a la comunicación de la salud y en el libro confluyen tres líneas de estudio con las que ya entonces estaba comprometida: el microbioma humano y influencia holística sobre nuestro bienestar, las enfermedades infecciosas como amenaza global y el concepto Una salud/One Health, ligado a la salud medioambiental. El texto de Ed Yong fue el regalo que me hice a mí misma por Navidad. Lo compre a principios de enero de 2018 sin imaginar hasta qué punto esos tres territorios iban a marcar nuestro futuro apenas dos años después. Pese a mi evidente interés como periodista, lo que me verdaderamente me impelió a leerlo cuanto antes estaba conectado con mi niñez. Desde pequeña he tenido el convencimiento ‘mágico’ de que existe el universo exterior, del que siempre nos han hablado, pero también el universo interior, personal e intransferible, aunque compartido con el resto de los mortales. La entrada en escena del microbioma humano –y las microbiotas que pueblan nuestros órganos– me llegó al alma desde el primer momento: era la explicación que andaba buscando.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Hoy, como cada 1 de diciembre desde 1988, se celebra el Día Mundial del VIH/SIDA. En esta ocasión, estaría bien afrontar la efeméride con profundidad y amplitud de miras, como si hubiésemos comprendido que no podemos seguir ninguneando a virus y bacterias, como si verdaderamente fuésemos seres pensantes que aprenden de sus errores. No siempre lo parecemos. Es más, con frecuencia se diría que nos gusta tropezar, si no con la misma piedra, con piedras que se le parezcan.

La batalla emprendida a principios de los años 80 del siglo pasado contra el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y el conjunto de enfermedades que provoca si no está controlado, el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), es un caso de éxito. Pero también es un ejemplo de lo mejor y lo peor de nuestra capacidad científica y nuestro compromiso con la salud pública y el bienestar social.

Es un caso de éxito porque los fármacos antirretrovirales han logrado estabilizar la vida de las personas que conviven con VIH, hasta el punto de elevar su esperanza de vida hasta casi equipararla con la del resto de la población. En los últimos años, además, hemos sabido que la correcta adhesión a la medicación y los tratamientos pre-exposición impiden el contagio en parejas heteropositivas.

El resurgir de las ETS

Sin embargo, son precisamente estos avances en el tratamiento los que han roto la línea de flotación de la prevención. Así las cosas, las cifras actuales no son para tirar cohetes: en torno a 1,7 millones de personas se contagiaron del virus del SIDA en 2019 y fallecieron alrededor de 690.000 personas a causa de la enfermedad en el mismo año.

En países como el nuestro, no se logran contener los contagios como debieran debido a que la percepción de peligrosidad se ha reducido enormemente y el uso del preservativo ha dejado de percibirse como imprescindible. Craso error que ha llevado a la reaparición de enfermedades de transmisión sexual (ETS) hasta hace unos años muy minoritarias, como la gonorrea y la sífilis. Estas, a su vez, son cada vez menos tratables con un antibiótico, como antes, y a menudo exigen combinaciones de dos o más fármacos y tratamientos prolongados.

 

El miedo al VIH/SIDA ha disminuido de forma notable y las conductas de riesgo impiden que se reduzcan los contagios. En general, las ETS vuelven a ser un problema

 

Si la salud pública, la microbiología y la infectología fueran personas, difícilmente serían capaces de contenerse y nos asestarían un reproche evidente: «Os lo dijimos». Y tendrían toda la razón del mundo. Quienes trabajamos en el universo de la comunicación de la salud sabemos perfectamente que las infecciones nos pondrían en jaque tarde o temprano. Tal vez imaginábamos que el cataclismo sería menor y que lo desencadenaría el colapso de los antibióticos, incapaces de combatir la proliferación de bacterias multirresistentes –que sobreviven a la acción de varios agentes antimicrobianos– o superresistentes –inmunes a la gran mayoría de los antibióticos disponibles–.

A finales de 2018 entrevisté a Bruno González-Zorn, catedrático de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid y asesor de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) y del Programa Nacional de Resistencia a Antibióticos (PRAN). Para explicar la importancia de la resistencia bacteriana, afirmó: “La medicina moderna se sostiene sobre la certeza de que los antibióticos funcionan”.

González-Zorn también puso de relieve que el problema trasciende el peligro de que las enfermedades infecciosas vuelvan a ser tan ingobernables y letales como en la era previa a los antibióticos. Si estos fármacos dejasen de funcionar, también tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

La capacidad de mutar para hacerse inmunes a los agentes que los atacan es consustancial a los microbios, como a cualquier ser vivo, y forma parte del proceso evolutivo normal. Sin embargo, el uso excesivo de antimicrobianos en sanidad humana, veterinaria –especialmente en la ganadería industrial–, acuicultura y agricultura ha multiplicado exponencialmente los mecanismos de resistencia de los microorganismos frente a los fármacos. Como resultado, empiezan a verse casos de VIH resistente a los antirretrovirales y la tuberculosis y la neumonía son cada vez más esquivas al tratamiento.

 

La medicina se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejaran de hacerlo, gran parte de la cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze

 

Esto ya es así desde hace tiempo, por lo que existen planes nacionales, europeos e internacionales para reducir el uso de antimicrobianos en todos los frentes posibles. España, dicho sea de paso, no está nada bien posicionada a este nivel.

Y ahora, con la llegada de la pandemia, la línea de control ha volado por los aires. Según datos del Ministerio de Sanidad, el consumo de antibióticos aumentó un 40% en los hospitales durante la primera ola. Aunque la tendencia ha remitido, esa eclosión temporal puede tener efectos a medio y largo plazo sobre las bacterias superresistentes.

Tanto en el afrontamiento de la pandemia desencadenada por el SARS-CoV-2 como el de la que ha sembrado en el mundo el VIH en las últimas décadas exige que contemplemos la desigualdad como factor de riesgo y redoblemos nuestros esfuerzos en la atención a los colectivos más vulnerables para no dejar a nadie atrás. Una vez más, los habitantes de los países en vías de desarrollo y las personas más desfavorecidas de nuestro todavía muy injusto primer mundo se llevan la peor parte.

Pobreza, virus y bacterias

El Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el VIH/SIDA, ONUSida, recoge esta idea en el espacio dedicado al día mundial 2020: «La Covid-19 ha puesto sobre la mesa, una vez más, que la salud se interrelaciona directamente con otros problemas fundamentales, como la reducción de la desigualdad, los derechos humanos, la igualdad de género, la protección social y el crecimiento económico. Con todo esto en mente, el lema del Día Mundial del Sida este año es Solidaridad mundial, responsabilidad compartida».

Los estragos de la Covid-19 han dejado desatendidas múltiples esferas de la vida, y del cuidado de las restantes patologías y trastornos, además de impactar como una bomba sobre la salud mental y la salud social. De forma muy acertada, la Organización Mundial de la Salud habla de la tormenta perfecta que ha desencadenado la cohabitación de las enfermedades no transmisibles (ENT) con el virus que nos ocupa y nos preocupa.

En el informe de posicionamiento Hacer frente a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de ella, publicado en septiembre, la OMS explica que «en la mayoría de los entornos, la COVID-19 está interactuando con las ENT y las desigualdades y ha dado lugar a «la tormenta perfecta» de muerte y sufrimiento evitables, lo que ha contribuido a saturar los sistemas de salud y a que se produzcan una contracción económica y considerables retrocesos en la esfera del desarrollo sostenible».

Se prevé que la Covid-19 desencadene la mayor recesión mundial desde la Segunda Guerra Mundial, que irá acompañada de un grave aumento de la desigualdad, con el fantasma del hambre acechando de nuevo donde lo creíamos extinguido. En consecuencia, se espera que el desarrollo humano global, un indicador combinado que toma en cuenta la salud, la educación y los ingresos, retroceda por primera vez en 30 años. La sufrirán, como es habitual, los sufridores habituales.

 

Hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando desde hace décadas a un volumen brutal, diciéndonos que el peligro vendrá de virus y bacterias

 

Todo esto ocurre porque hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando, algunas a un volumen brutal, desde hace décadas. Por ejemplo, la mojigatería y el fundamentalismo de Ronald Reagan y la Iglesia Católica, entre otros tristes protagonistas de nuestra Historia reciente, permitieron que el VIH se creyese cosa de gais y toxicómanos por vía intravenosa. Peor aún: negaron la eficacia profiláctica del preservativo, dando lugar a una diseminación de la infección que podría haberse evitado y que podemos calificar sin reparos de forzada por las creencias y las ideologías más conservadoras.

Años después, el Ébola y Zika nos recordaron que los virus no estaban para chiquitas y que las zoonosis ni son mentira, ni son excepcionales o propias de otras latitudes. No quisimos escuchar y ahora estamos con la vida a medio vivir.

Durante su participación en el Foro Telos 2020. Un mundo en construción, organizado recientemente por la Revista Telos, que edita la Fundación Telefónica,  Anne Sverdrup-Thygeson, experta en ecología de los insectos, biodiversidad forestal y gestión y conservación de la naturaleza, comenzó explicando que en los últimos meses «hemos comprobado que los líderes del mundo pueden cambiar su forma de gobernar la economía, pero también que las personas podemos cambiar de vida con bastante rapidez para preservar lo que de verdad nos importa».

Para que los microbios no se adueñen de nuestra existencia y podamos volver a tocarnos y a relacionarnos sin miedo, donde y como queramos, tenemos que estar dispuestos a cambiar algunas cosas, a consumir menos y de forma más consciente, a cuidarnos más, a cuidar más y mejor a los demás, a compartir trabajo y riqueza, y, desde luego, a contaminar menos y a respetar toda la vida y el equilibrio que contiene la naturaleza. A ver si, como decía al principio, demostramos que somos seres pensantes que aprenden de sus errores. Al fin.

¿Por qué ‘Yo contengo multitudes’?

Cuando leí la reseña del libro ‘Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida’ (Debate, 2017), sentí que tenía que hacerme con un ejemplar sin falta y cuanto antes. El flechazo fue instantáneo y se debió a dos razones: profesional y personal. Profesional porque me dedico fundamentalmente a la comunicación de la salud y en el libro confluyen tres líneas de estudio con las que ya entonces estaba comprometida: el microbioma humano y influencia holística sobre nuestro bienestar, las enfermedades infecciosas como amenaza global y el concepto Una salud/One Health, ligado a la salud medioambiental. El texto de Ed Yong fue el regalo que me hice a mí misma por Navidad. Lo compre a principios de enero de 2018 sin imaginar hasta qué punto esos tres territorios iban a marcar nuestro futuro apenas dos años después. Pese a mi evidente interés como periodista, lo que me verdaderamente me impelió a leerlo cuanto antes estaba conectado con mi niñez. Desde pequeña he tenido el convencimiento ‘mágico’ de que existe el universo exterior, del que siempre nos han hablado, pero también el universo interior, personal e intransferible, aunque compartido con el resto de los mortales. La entrada en escena del microbioma humano –y las microbiotas que pueblan nuestros órganos– me llegó al alma desde el primer momento: era la explicación que andaba buscando.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.

Hoy, como cada 1 de diciembre desde 1988, se celebra el Día Mundial del VIH/SIDA. En esta ocasión, estaría bien afrontar la efeméride con profundidad y amplitud de miras, como si hubiésemos comprendido que no podemos seguir ninguneando a virus y bacterias, como si verdaderamente fuésemos seres pensantes que aprenden de sus errores. No siempre lo parecemos. Es más, con frecuencia se diría que nos gusta tropezar, si no con la misma piedra, con piedras que se le parezcan.

La batalla emprendida a principios de los años 80 del siglo pasado contra el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y el conjunto de enfermedades que provoca si no está controlado, el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), es un caso de éxito. Pero también es un ejemplo de lo mejor y lo peor de nuestra capacidad científica y nuestro compromiso con la salud pública y el bienestar social.

Es un caso de éxito porque los fármacos antirretrovirales han logrado estabilizar la vida de las personas que conviven con VIH, hasta el punto de elevar su esperanza de vida hasta casi equipararla con la del resto de la población. En los últimos años, además, hemos sabido que la correcta adhesión a la medicación y los tratamientos pre-exposición impiden el contagio en parejas heteropositivas.

El resurgir de las ETS

Sin embargo, son precisamente estos avances en el tratamiento los que han roto la línea de flotación de la prevención. Así las cosas, las cifras actuales no son para tirar cohetes: en torno a 1,7 millones de personas se contagiaron del virus del SIDA en 2019 y fallecieron alrededor de 690.000 personas a causa de la enfermedad en el mismo año.

En países como el nuestro, no se logran contener los contagios como debieran debido a que la percepción de peligrosidad se ha reducido enormemente y el uso del preservativo ha dejado de percibirse como imprescindible. Craso error que ha llevado a la reaparición de enfermedades de transmisión sexual (ETS) hasta hace unos años muy minoritarias, como la gonorrea y la sífilis. Estas, a su vez, son cada vez menos tratables con un antibiótico, como antes, y a menudo exigen combinaciones de dos o más fármacos y tratamientos prolongados.

 

El miedo al VIH/SIDA ha disminuido de forma notable y las conductas de riesgo impiden que se reduzcan los contagios. En general, las ETS vuelven a ser un problema

 

Si la salud pública, la microbiología y la infectología fueran personas, difícilmente serían capaces de contenerse y nos asestarían un reproche evidente: «Os lo dijimos». Y tendrían toda la razón del mundo. Quienes trabajamos en el universo de la comunicación de la salud sabemos perfectamente que las infecciones nos pondrían en jaque tarde o temprano. Tal vez imaginábamos que el cataclismo sería menor y que lo desencadenaría el colapso de los antibióticos, incapaces de combatir la proliferación de bacterias multirresistentes –que sobreviven a la acción de varios agentes antimicrobianos– o superresistentes –inmunes a la gran mayoría de los antibióticos disponibles–.

A finales de 2018 entrevisté a Bruno González-Zorn, catedrático de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid y asesor de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) y del Programa Nacional de Resistencia a Antibióticos (PRAN). Para explicar la importancia de la resistencia bacteriana, afirmó: “La medicina moderna se sostiene sobre la certeza de que los antibióticos funcionan”.

González-Zorn también puso de relieve que el problema trasciende el peligro de que las enfermedades infecciosas vuelvan a ser tan ingobernables y letales como en la era previa a los antibióticos. Si estos fármacos dejasen de funcionar, también tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

La capacidad de mutar para hacerse inmunes a los agentes que los atacan es consustancial a los microbios, como a cualquier ser vivo, y forma parte del proceso evolutivo normal. Sin embargo, el uso excesivo de antimicrobianos en sanidad humana, veterinaria –especialmente en la ganadería industrial–, acuicultura y agricultura ha multiplicado exponencialmente los mecanismos de resistencia de los microorganismos frente a los fármacos. Como resultado, empiezan a verse casos de VIH resistente a los antirretrovirales y la tuberculosis y la neumonía son cada vez más esquivas al tratamiento.

 

La medicina se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejaran de hacerlo, gran parte de la cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze

 

Esto ya es así desde hace tiempo, por lo que existen planes nacionales, europeos e internacionales para reducir el uso de antimicrobianos en todos los frentes posibles. España, dicho sea de paso, no está nada bien posicionada a este nivel.

Y ahora, con la llegada de la pandemia, la línea de control ha volado por los aires. Según datos del Ministerio de Sanidad, el consumo de antibióticos aumentó un 40% en los hospitales durante la primera ola. Aunque la tendencia ha remitido, esa eclosión temporal puede tener efectos a medio y largo plazo sobre las bacterias superresistentes.

Tanto en el afrontamiento de la pandemia desencadenada por el SARS-CoV-2 como el de la que ha sembrado en el mundo el VIH en las últimas décadas exige que contemplemos la desigualdad como factor de riesgo y redoblemos nuestros esfuerzos en la atención a los colectivos más vulnerables para no dejar a nadie atrás. Una vez más, los habitantes de los países en vías de desarrollo y las personas más desfavorecidas de nuestro todavía muy injusto primer mundo se llevan la peor parte.

Pobreza, virus y bacterias

El Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el VIH/SIDA, ONUSida, recoge esta idea en el espacio dedicado al día mundial 2020: «La Covid-19 ha puesto sobre la mesa, una vez más, que la salud se interrelaciona directamente con otros problemas fundamentales, como la reducción de la desigualdad, los derechos humanos, la igualdad de género, la protección social y el crecimiento económico. Con todo esto en mente, el lema del Día Mundial del Sida este año es Solidaridad mundial, responsabilidad compartida».

Los estragos de la Covid-19 han dejado desatendidas múltiples esferas de la vida, y del cuidado de las restantes patologías y trastornos, además de impactar como una bomba sobre la salud mental y la salud social. De forma muy acertada, la Organización Mundial de la Salud habla de la tormenta perfecta que ha desencadenado la cohabitación de las enfermedades no transmisibles (ENT) con el virus que nos ocupa y nos preocupa.

En el informe de posicionamiento Hacer frente a las enfermedades no transmisibles durante la pandemia de Covid-19 y después de ella, publicado en septiembre, la OMS explica que «en la mayoría de los entornos, la COVID-19 está interactuando con las ENT y las desigualdades y ha dado lugar a «la tormenta perfecta» de muerte y sufrimiento evitables, lo que ha contribuido a saturar los sistemas de salud y a que se produzcan una contracción económica y considerables retrocesos en la esfera del desarrollo sostenible».

Se prevé que la Covid-19 desencadene la mayor recesión mundial desde la Segunda Guerra Mundial, que irá acompañada de un grave aumento de la desigualdad, con el fantasma del hambre acechando de nuevo donde lo creíamos extinguido. En consecuencia, se espera que el desarrollo humano global, un indicador combinado que toma en cuenta la salud, la educación y los ingresos, retroceda por primera vez en 30 años. La sufrirán, como es habitual, los sufridores habituales.

 

Hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando desde hace décadas a un volumen brutal, diciéndonos que el peligro vendrá de virus y bacterias

 

Todo esto ocurre porque hemos hecho oídos sordos a las señales de alarma, que están sonando, algunas a un volumen brutal, desde hace décadas. Por ejemplo, la mojigatería y el fundamentalismo de Ronald Reagan y la Iglesia Católica, entre otros tristes protagonistas de nuestra Historia reciente, permitieron que el VIH se creyese cosa de gais y toxicómanos por vía intravenosa. Peor aún: negaron la eficacia profiláctica del preservativo, dando lugar a una diseminación de la infección que podría haberse evitado y que podemos calificar sin reparos de forzada por las creencias y las ideologías más conservadoras.

Años después, el Ébola y Zika nos recordaron que los virus no estaban para chiquitas y que las zoonosis ni son mentira, ni son excepcionales o propias de otras latitudes. No quisimos escuchar y ahora estamos con la vida a medio vivir.

Durante su participación en el Foro Telos 2020. Un mundo en construción, organizado recientemente por la Revista Telos, que edita la Fundación Telefónica,  Anne Sverdrup-Thygeson, experta en ecología de los insectos, biodiversidad forestal y gestión y conservación de la naturaleza, comenzó explicando que en los últimos meses «hemos comprobado que los líderes del mundo pueden cambiar su forma de gobernar la economía, pero también que las personas podemos cambiar de vida con bastante rapidez para preservar lo que de verdad nos importa».

Para que los microbios no se adueñen de nuestra existencia y podamos volver a tocarnos y a relacionarnos sin miedo, donde y como queramos, tenemos que estar dispuestos a cambiar algunas cosas, a consumir menos y de forma más consciente, a cuidarnos más, a cuidar más y mejor a los demás, a compartir trabajo y riqueza, y, desde luego, a contaminar menos y a respetar toda la vida y el equilibrio que contiene la naturaleza. A ver si, como decía al principio, demostramos que somos seres pensantes que aprenden de sus errores. Al fin.

¿Por qué ‘Yo contengo multitudes’?

Cuando leí la reseña del libro ‘Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida’ (Debate, 2017), sentí que tenía que hacerme con un ejemplar sin falta y cuanto antes. El flechazo fue instantáneo y se debió a dos razones: profesional y personal. Profesional porque me dedico fundamentalmente a la comunicación de la salud y en el libro confluyen tres líneas de estudio con las que ya entonces estaba comprometida: el microbioma humano y influencia holística sobre nuestro bienestar, las enfermedades infecciosas como amenaza global y el concepto Una salud/One Health, ligado a la salud medioambiental. El texto de Ed Yong fue el regalo que me hice a mí misma por Navidad. Lo compre a principios de enero de 2018 sin imaginar hasta qué punto esos tres territorios iban a marcar nuestro futuro apenas dos años después. Pese a mi evidente interés como periodista, lo que me verdaderamente me impelió a leerlo cuanto antes estaba conectado con mi niñez. Desde pequeña he tenido el convencimiento ‘mágico’ de que existe el universo exterior, del que siempre nos han hablado, pero también el universo interior, personal e intransferible, aunque compartido con el resto de los mortales. La entrada en escena del microbioma humano –y las microbiotas que pueblan nuestros órganos– me llegó al alma desde el primer momento: era la explicación que andaba buscando.

Alexa Diéguez, 6 de septiembre de 2020 / Imagen de Aldara ZN Fotografía.

Me llamo Alexa Diéguez. Soy periodista y estoy especializada en salud, un territorio que me fascina y me parece infinito. He llamado Impaciente a esta página para posicionarme claramente con los pacientes, pero también para transmitir que no me conformo con la realidad sanitaria actual. Con este proyecto, quiero contagiar mi pasión por la investigación y la innovación científica; mi admiración por la atención sanitaria cuando la proporcionan personas comprometidas, éticas y afectuosas; y mi intención de insistir en la importancia de la salud social y en la exigencia de aplicar siempre la perspectiva de género, así como en la urgencia de adoptar una visión ecologista y medioambiental en todo momento.