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La actividad física, una medicina frente a la obesidad

Mantener un buen nivel de actividad física es fundamental para la salud. Para hacer frente a la obesidad y el sobrepeso, establecer un programa de ejercicio físico personalizado es tan importante como contar con un plan nutricional supervisado. Ahora se sabe, además, que trabajar la fuerza muscular es igual de necesario que aumentar la resistencia. En el último congreso de la Sociedad Española de Obesidad se planteó la necesidad de empezar a prescribirlo como parte imprescindible de cualquier intervención terapéutica para mejorar esta enfermedad de magnitudes epidémicas. 

La actividad física es la mejor medicina frente a la obesidad y el sobrepeso. Es tan importante como la calidad nutricional y la composición de la alimentación, puesto que un plan adecuado y continuado de actividad y ejercicio físico consigue recuperar, para después mantener, la funcionalidad en todas las esferas vitales. ¿Qué quiere decir esto? De acuerdo con el que se considera nuevo paradigma de la atención a las personas que viven con obesidad, el objetivo principal de cualquier intervención terapéutica no es tanto adelgazar, que también, como garantizar la autonomía y la calidad de vida, además de prevenir un nuevo aumento de peso.

La obesidad es una patología compleja, multiorgánica y multisistémica, ya que afecta a prácticamente todos los órganos y sistemas del cuerpo humano y sus correspondientes funciones. De acuerdo con la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), es ‘la enfermedad total’, que llega incluso a aumentar el riesgo de deterioro neurocognitivo e impacta negativamente la salud mental, con porcentajes de ansiedad y depresión clínica mayores que en la población no obesa.

Haciendo un esquema ‘de brocha gorda’ del abordaje clínico de la obesidad, hace tiempo que se sabe que las dietas restrictivas, es decir, la reducción calórica, tienen una eficacia muy limitada. Incluso cuando tienen éxito, no es duradero si no se acompaña por un cambio radical del estilo de vida, que pasa necesariamente por abandonar el sedentarismo, y no solo por aprender a comer de forma saludable.

Ante esta evidencia, unida a la incapacidad de un sistema sanitario claramente enfocado a los procesos agudos y con mucho margen de mejora –por decirlo de modo muy suave– a la hora de hacer frente a estados y procesos de salud crónicos y/o complejos, con profundas ramificaciones psicosociales y hasta económicas, el siglo XXI ha incorporado un nuevo elemento: la cirugía bariátrica.

La apuesta quirúrgica, sin embargo, ha mostrado tener serias limitaciones: las listas de espera, que pueden ser de años, y una eficacia relativa si, una vez más, no va acompañada por un giro copernicano en los hábitos de la persona operada.

En la actualidad, se espera la llegada al mercado de diversas moléculas, basadas en los titánicos avances que está haciendo posibles la medicina personalizada de precisión, que podrían marcar un antes y un después en el tratamiento de la obesidad.

No obstante, no es necesario devanarse los sesos para comprender que hay dos constantes en la historia de la lucha contra la obesidad, compartidas, por cierto, con casi cualquier estado o proceso relacionado con la salud.

Estas constantes son la dieta y la actividad física. Sin alimentación saludable y actividad física suficiente no hay salud. Por tanto, los tratamientos farmacológicos que lleguen podrán suponer un potentísimo comienzo, situando a las personas que viven con obesidad en una posición privilegiada desde la que mantenerse más delgadas y sanas, pero parece lógico pensar que esa ventaja se podría disolver si no va acompañada de buenos hábitos de vida.

Diseñar un plan de ejercicio físico personalizado y atractivo

Durante el XVII Congreso de la Sociedad Española de Obesidad, celebrado recientemente en Málaga, se puso especial énfasis en la necesidad de concienciar al paciente para que comprenda que la obesidad es una enfermedad y que un entrenamiento físico adecuado puede ayudarle a evitar recaídas a largo plazo.

La combinación de farmacología y ejercicio podría tener un efecto positivo en la pérdida de peso graso y en el mantenimiento de la masa muscular y su función. Además, la identificación de los mecanismos que median la respuesta adaptativa a la realización de ejercicio físico podría descubrir dianas moleculares que guíen el diseño de nuevos medicamentos para tratar mejor las enfermedades crónicas”, afirmó Javier Butragueño, doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, coordinador del Grupo de Trabajo de Ejercicio Físico y Obesidad de Seedo y profesor de la Obesity Management School (Escuela de Manejo de la Obesidad) de Madrid.

En este contexto, es determinante contar con recomendaciones prácticas actualizadas sobre el tipo concreto de actividad física a realizar en el tratamiento del sobrepeso y la obesidad, todo ello dentro de las unidades médicas especializadas y en Atención Primaria, y con la estrecha colaboración de los centros deportivos.

Por su parte, el Dr. César Bustos Martín, fundador de la plataforma No Hay Excusas y del centro Pronaf, además de vocal de Seedo, aporta una clave esencial para alcanzar los mejores resultados: “Los programas de entrenamiento deben ser atractivos, adecuados a las expectativas de cada persona, flexibles, asequibles y rentables para los servicios de salud. Controlar el peso corporal es un proceso de por vida, no un objetivo a corto plazo, por lo que preguntar, evaluar, organizar, asesorar y asistir a cada persona son claves para alcanzar el éxito”.

“El ejercicio genera respuestas metabólicas, inmunitarias y estructurales. Fijarnos únicamente en el gasto energético supone subestimar el papel de la musculatura en la salud y en la enfermedad”, sostiene Javier Butragueño

Según las últimas publicaciones sobre el papel del entrenamiento físico en el manejo de la obesidad, para preservar la masa muscular durante la pérdida de peso es aconsejable establecer un programa de entrenamiento de ejercicios basado en la fuerza, tanto del tren superior como del tren inferior del cuerpo, a una intensidad de moderada a alta.

También se ha confirmado que las intervenciones que combinan ejercicios aeróbicos y anaeróbicos de alta intensidad producen efectos beneficiosos superiores a cualquier otra modalidad en la disminución de la adiposidad abdominal, mejorando el tono muscular e incrementando la capacidad cardiorrespiratoria.

Para mejorar la sensibilidad a la insulina y aumentar la capacidad cardiorrespiratoria se puede recomendar entrenamiento de resistencia cardiovascular y/o fuerza. Si la persona con obesidad tiene una condición física adecuada, puede realizar entrenamientos en intervalos de alta intensidad, aunque siempre después de haberse sometido una evaluación exhaustiva del riesgo cardiovascular y bajo supervisión.

La mejora de la capacidad cardiorrespiratoria, además de mejorar la salud del corazón, al atenuar los factores de riesgo cardiovascular, neutraliza los efectos adversos del incremento de la adiposidad inherente a la obesidad y el sobrepeso.

Una buena capacidad muscular es capaz de regular el metabolismo de la glucosa y la resistencia a la insulina en personas con diabetes tipo II y obesidad. Como explica Javier Butragueño, “el ejercicio se utiliza para generar respuesta a nivel metabólico, inmunitario y estructural. Fijarnos únicamente en el gasto energético es una equivocación, ya que supone subestimar el papel que tiene la musculatura en la salud y en la enfermedad”.

La importancia de aumentar la fuerza muscular

El conjunto de músculos esqueléticos comprende aproximadamente el 40% de la masa corporal humana total en un individuo de peso saludable. Juntos, los músculos y el corazón representan casi el 30% del consumo de energía en reposo y casi el 100% del aumento del consumo de energía durante el ejercicio. El mantenimiento de los músculos esqueléticos es un proceso dinámico: se reparan y se regeneran constantemente; sin embargo, su capacidad regenerativa disminuye en las personas que viven con obesidad.

El problema de estas personas no es la sarcopenia (pérdida de masa, fuerza y funcionamiento de los músculos), sino, como ocurre en el envejecimiento, la dinapenia (pérdida de fuerza muscular), por lo que, según Javier Butragueño, “es fundamental centrarse en mejorar el componente metabólico y estructural del músculo. Las últimas investigaciones relacionadas con los efectos del ejercicio físico han mostrado que el entrenamiento de la fuerza consigue mejorar la capacidad funcional incluso más allá de los 80 años, mostrando que nunca es tarde para sumar calidad a los años de vida”.

Por otra parte, existe cada vez más evidencia científica sobre la importancia de los ritmos circadianos en el metabolismo humano a varios niveles. En este sentido, las distintas modalidades de ejercicio físico pueden interactuar con ellos para maximizar sus resultados. En palabras del Dr. Butragueño, “la optimización del horario de las sesiones podría favorecer el éxito de las intervenciones terapéuticas para el tratamiento de las enfermedades metabólicas”.

Actualmente, existen cambios en las recomendaciones de entrenamiento de fuerza, relacionadas con los descansos entre series, el volumen o la intensidad a la que se debe entrenar una persona con obesidad, e incluso el número de días necesario para conseguir mejoras a nivel metabólico. Para el Javier Butragueño, estas recomendaciones son solo papel mojado si no llegan a la población a la que van dirigidas. “En estos momentos, los centros deportivos y sus profesionales son los recursos más importantes al alcance de cualquier persona para construir y mantener un estilo de vida activo y saludable, en el que la pérdida de peso es uno de los objetivos de salud más importantes”.

Efectivamente, los centros deportivos, junto a determinadas clínicas privadas con programas de entrenamiento, son los únicos espacios en los que se establecen programas de entrenamiento personalizados. Si bien Seedo, entre otras sociedades científico-médicas, aboga por incluir la prescripción de ejercicio físico en los tratamientos médicos, debido a sus beneficios casi ilimitados, lo cierto es que siempre van a ser necesarios lugares en los que llevar a cabo esta labor, por lo que los gimnasios están llamados a formar parte del ecosistema de servicios de salud.

Además, como recalca César Bustos, “la estrategia de pautar ejercicios seleccionados en personas con sobrepeso y obesidad, con el objetivo de mejorar su estado de salud y su composición corporal, debe ser evaluada por profesionales titulados en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, mientras que la estrategia de alimentación saludable debe recaer en dietistas–nutricionistas debidamente cualificados”. 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Kelly Sikkema y está disponible en Unsplash.

Mantener un buen nivel de actividad física es fundamental para la salud. Para hacer frente a la obesidad y el sobrepeso, establecer un programa de ejercicio físico personalizado es tan importante como contar con un plan nutricional supervisado. Ahora se sabe, además, que trabajar la fuerza muscular es igual de necesario que aumentar la resistencia. En el último congreso de la Sociedad Española de Obesidad se planteó la necesidad de empezar a prescribirlo como parte imprescindible de cualquier intervención terapéutica para mejorar esta enfermedad de magnitudes epidémicas.

La actividad física es la mejor medicina frente a la obesidad y el sobrepeso. Es tan importante como la calidad nutricional y la composición de la alimentación, puesto que un plan adecuado y continuado de actividad y ejercicio físico consigue recuperar, para después mantener, la funcionalidad en todas las esferas vitales. ¿Qué quiere decir esto? De acuerdo con el que se considera nuevo paradigma de la atención a las personas que viven con obesidad, el objetivo principal de cualquier intervención terapéutica no es tanto adelgazar, que también, como garantizar la autonomía y la calidad de vida, además de prevenir un nuevo aumento de peso.

La obesidad es una patología compleja, multiorgánica y multisistémica, ya que afecta a prácticamente todos los órganos y sistemas del cuerpo humano y sus correspondientes funciones. De acuerdo con la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), es ‘la enfermedad total’, que llega incluso a aumentar el riesgo de deterioro neurocognitivo e impacta negativamente la salud mental, con porcentajes de ansiedad y depresión clínica mayores que en la población no obesa.

Haciendo un esquema ‘de brocha gorda’ del abordaje clínico de la obesidad, hace tiempo que se sabe que las dietas restrictivas, es decir, la reducción calórica, tienen una eficacia muy limitada. Incluso cuando tienen éxito, no es duradero si no se acompaña por un cambio radical del estilo de vida, que pasa necesariamente por abandonar el sedentarismo, y no solo por aprender a comer de forma saludable.

Ante esta evidencia, unida a la incapacidad de un sistema sanitario claramente enfocado a los procesos agudos y con mucho margen de mejora –por decirlo de modo muy suave– a la hora de hacer frente a estados y procesos de salud crónicos y/o complejos, con profundas ramificaciones psicosociales y hasta económicas, el siglo XXI ha incorporado un nuevo elemento: la cirugía bariátrica.

La apuesta quirúrgica, sin embargo, ha mostrado tener serias limitaciones: las listas de espera, que pueden ser de años, y una eficacia relativa si, una vez más, no va acompañada por un giro copernicano en los hábitos de la persona operada.

En la actualidad, se espera la llegada al mercado de diversas moléculas, basadas en los titánicos avances que está haciendo posibles la medicina personalizada de precisión, que podrían marcar un antes y un después en el tratamiento de la obesidad.

No obstante, no es necesario devanarse los sesos para comprender que hay dos constantes en la historia de la lucha contra la obesidad, compartidas, por cierto, con casi cualquier estado o proceso relacionado con la salud.

Estas constantes son la dieta y la actividad física. Sin alimentación saludable y actividad física suficiente no hay salud. Por tanto, los tratamientos farmacológicos que lleguen podrán suponer un potentísimo comienzo, situando a las personas que viven con obesidad en una posición privilegiada desde la que mantenerse más delgadas y sanas, pero parece lógico pensar que esa ventaja se podría disolver si no va acompañada de buenos hábitos de vida.

Diseñar un plan de ejercicio físico personalizado y atractivo

Durante el XVII Congreso de la Sociedad Española de Obesidad, celebrado recientemente en Málaga, se puso especial énfasis en la necesidad de concienciar al paciente para que comprenda que la obesidad es una enfermedad y que un entrenamiento físico adecuado puede ayudarle a evitar recaídas a largo plazo.

La combinación de farmacología y ejercicio podría tener un efecto positivo en la pérdida de peso graso y en el mantenimiento de la masa muscular y su función. Además, la identificación de los mecanismos que median la respuesta adaptativa a la realización de ejercicio físico podría descubrir dianas moleculares que guíen el diseño de nuevos medicamentos para tratar mejor las enfermedades crónicas”, afirmó Javier Butragueño, doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, coordinador del Grupo de Trabajo de Ejercicio Físico y Obesidad de Seedo y profesor de la Obesity Management School (Escuela de Manejo de la Obesidad) de Madrid.

En este contexto, es determinante contar con recomendaciones prácticas actualizadas sobre el tipo concreto de actividad física a realizar en el tratamiento del sobrepeso y la obesidad, todo ello dentro de las unidades médicas especializadas y en Atención Primaria, y con la estrecha colaboración de los centros deportivos.

Por su parte, el Dr. César Bustos Martín, fundador de la plataforma No Hay Excusas y del centro Pronaf, además de vocal de Seedo, aporta una clave esencial para alcanzar los mejores resultados: “Los programas de entrenamiento deben ser atractivos, adecuados a las expectativas de cada persona, flexibles, asequibles y rentables para los servicios de salud. Controlar el peso corporal es un proceso de por vida, no un objetivo a corto plazo, por lo que preguntar, evaluar, organizar, asesorar y asistir a cada persona son claves para alcanzar el éxito”.

“El ejercicio genera respuestas metabólicas, inmunitarias y estructurales. Fijarnos únicamente en el gasto energético supone subestimar el papel de la musculatura en la salud y en la enfermedad”, sostiene Javier Butragueño

Según las últimas publicaciones sobre el papel del entrenamiento físico en el manejo de la obesidad, para preservar la masa muscular durante la pérdida de peso es aconsejable establecer un programa de entrenamiento de ejercicios basado en la fuerza, tanto del tren superior como del tren inferior del cuerpo, a una intensidad de moderada a alta.

También se ha confirmado que las intervenciones que combinan ejercicios aeróbicos y anaeróbicos de alta intensidad producen efectos beneficiosos superiores a cualquier otra modalidad en la disminución de la adiposidad abdominal, mejorando el tono muscular e incrementando la capacidad cardiorrespiratoria.

Para mejorar la sensibilidad a la insulina y aumentar la capacidad cardiorrespiratoria se puede recomendar entrenamiento de resistencia cardiovascular y/o fuerza. Si la persona con obesidad tiene una condición física adecuada, puede realizar entrenamientos en intervalos de alta intensidad, aunque siempre después de haberse sometido una evaluación exhaustiva del riesgo cardiovascular y bajo supervisión.

La mejora de la capacidad cardiorrespiratoria, además de mejorar la salud del corazón, al atenuar los factores de riesgo cardiovascular, neutraliza los efectos adversos del incremento de la adiposidad inherente a la obesidad y el sobrepeso.

Una buena capacidad muscular es capaz de regular el metabolismo de la glucosa y la resistencia a la insulina en personas con diabetes tipo II y obesidad. Como explica Javier Butragueño, “el ejercicio se utiliza para generar respuesta a nivel metabólico, inmunitario y estructural. Fijarnos únicamente en el gasto energético es una equivocación, ya que supone subestimar el papel que tiene la musculatura en la salud y en la enfermedad”.

La importancia de aumentar la fuerza muscular

El conjunto de músculos esqueléticos comprende aproximadamente el 40% de la masa corporal humana total en un individuo de peso saludable. Juntos, los músculos y el corazón representan casi el 30% del consumo de energía en reposo y casi el 100% del aumento del consumo de energía durante el ejercicio. El mantenimiento de los músculos esqueléticos es un proceso dinámico: se reparan y se regeneran constantemente; sin embargo, su capacidad regenerativa disminuye en las personas que viven con obesidad.

El problema de estas personas no es la sarcopenia (pérdida de masa, fuerza y funcionamiento de los músculos), sino, como ocurre en el envejecimiento, la dinapenia (pérdida de fuerza muscular), por lo que, según Javier Butragueño, “es fundamental centrarse en mejorar el componente metabólico y estructural del músculo. Las últimas investigaciones relacionadas con los efectos del ejercicio físico han mostrado que el entrenamiento de la fuerza consigue mejorar la capacidad funcional incluso más allá de los 80 años, mostrando que nunca es tarde para sumar calidad a los años de vida”.

Por otra parte, existe cada vez más evidencia científica sobre la importancia de los ritmos circadianos en el metabolismo humano a varios niveles. En este sentido, las distintas modalidades de ejercicio físico pueden interactuar con ellos para maximizar sus resultados. En palabras del Dr. Butragueño, “la optimización del horario de las sesiones podría favorecer el éxito de las intervenciones terapéuticas para el tratamiento de las enfermedades metabólicas”.

Actualmente, existen cambios en las recomendaciones de entrenamiento de fuerza, relacionadas con los descansos entre series, el volumen o la intensidad a la que se debe entrenar una persona con obesidad, e incluso el número de días necesario para conseguir mejoras a nivel metabólico. Para el Javier Butragueño, estas recomendaciones son solo papel mojado si no llegan a la población a la que van dirigidas. “En estos momentos, los centros deportivos y sus profesionales son los recursos más importantes al alcance de cualquier persona para construir y mantener un estilo de vida activo y saludable, en el que la pérdida de peso es uno de los objetivos de salud más importantes”.

Efectivamente, los centros deportivos, junto a determinadas clínicas privadas con programas de entrenamiento, son los únicos espacios en los que se establecen programas de entrenamiento personalizados. Si bien Seedo, entre otras sociedades científico-médicas, aboga por incluir la prescripción de ejercicio físico en los tratamientos médicos, debido a sus beneficios casi ilimitados, lo cierto es que siempre van a ser necesarios lugares en los que llevar a cabo esta labor, por lo que los gimnasios están llamados a formar parte del ecosistema de servicios de salud.

Además, como recalca César Bustos, “la estrategia de pautar ejercicios seleccionados en personas con sobrepeso y obesidad, con el objetivo de mejorar su estado de salud y su composición corporal, debe ser evaluada por profesionales titulados en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, mientras que la estrategia de alimentación saludable debe recaer en dietistas–nutricionistas debidamente cualificados”. 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Kelly Sikkema y está disponible en Unsplash.

Mantener un buen nivel de actividad física es fundamental para la salud. Para hacer frente a la obesidad y el sobrepeso, establecer un programa de ejercicio físico personalizado es tan importante como contar con un plan nutricional supervisado. Ahora se sabe, además, que trabajar la fuerza muscular es igual de necesario que aumentar la resistencia. En el último congreso de la Sociedad Española de Obesidad se planteó la necesidad de empezar a prescribirlo como parte imprescindible de cualquier intervención terapéutica para mejorar esta enfermedad de magnitudes epidémicas.

La actividad física es la mejor medicina frente a la obesidad y el sobrepeso. Es tan importante como la calidad nutricional y la composición de la alimentación, puesto que un plan adecuado y continuado de actividad y ejercicio físico consigue recuperar, para después mantener, la funcionalidad en todas las esferas vitales. ¿Qué quiere decir esto? De acuerdo con el que se considera nuevo paradigma de la atención a las personas que viven con obesidad, el objetivo principal de cualquier intervención terapéutica no es tanto adelgazar, que también, como garantizar la autonomía y la calidad de vida, además de prevenir un nuevo aumento de peso.

La obesidad es una patología compleja, multiorgánica y multisistémica, ya que afecta a prácticamente todos los órganos y sistemas del cuerpo humano y sus correspondientes funciones. De acuerdo con la Sociedad Española de Obesidad (Seedo), es ‘la enfermedad total’, que llega incluso a aumentar el riesgo de deterioro neurocognitivo e impacta negativamente la salud mental, con porcentajes de ansiedad y depresión clínica mayores que en la población no obesa.

Haciendo un esquema ‘de brocha gorda’ del abordaje clínico de la obesidad, hace tiempo que se sabe que las dietas restrictivas, es decir, la reducción calórica, tienen una eficacia muy limitada. Incluso cuando tienen éxito, no es duradero si no se acompaña por un cambio radical del estilo de vida, que pasa necesariamente por abandonar el sedentarismo, y no solo por aprender a comer de forma saludable.

Ante esta evidencia, unida a la incapacidad de un sistema sanitario claramente enfocado a los procesos agudos y con mucho margen de mejora –por decirlo de modo muy suave– a la hora de hacer frente a estados y procesos de salud crónicos y/o complejos, con profundas ramificaciones psicosociales y hasta económicas, el siglo XXI ha incorporado un nuevo elemento: la cirugía bariátrica.

La apuesta quirúrgica, sin embargo, ha mostrado tener serias limitaciones: las listas de espera, que pueden ser de años, y una eficacia relativa si, una vez más, no va acompañada por un giro copernicano en los hábitos de la persona operada.

En la actualidad, se espera la llegada al mercado de diversas moléculas, basadas en los titánicos avances que está haciendo posibles la medicina personalizada de precisión, que podrían marcar un antes y un después en el tratamiento de la obesidad.

No obstante, no es necesario devanarse los sesos para comprender que hay dos constantes en la historia de la lucha contra la obesidad, compartidas, por cierto, con casi cualquier estado o proceso relacionado con la salud.

Estas constantes son la dieta y la actividad física. Sin alimentación saludable y actividad física suficiente no hay salud. Por tanto, los tratamientos farmacológicos que lleguen podrán suponer un potentísimo comienzo, situando a las personas que viven con obesidad en una posición privilegiada desde la que mantenerse más delgadas y sanas, pero parece lógico pensar que esa ventaja se podría disolver si no va acompañada de buenos hábitos de vida.

Diseñar un plan de ejercicio físico personalizado y atractivo

Durante el XVII Congreso de la Sociedad Española de Obesidad, celebrado recientemente en Málaga, se puso especial énfasis en la necesidad de concienciar al paciente para que comprenda que la obesidad es una enfermedad y que un entrenamiento físico adecuado puede ayudarle a evitar recaídas a largo plazo.

La combinación de farmacología y ejercicio podría tener un efecto positivo en la pérdida de peso graso y en el mantenimiento de la masa muscular y su función. Además, la identificación de los mecanismos que median la respuesta adaptativa a la realización de ejercicio físico podría descubrir dianas moleculares que guíen el diseño de nuevos medicamentos para tratar mejor las enfermedades crónicas”, afirmó Javier Butragueño, doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, coordinador del Grupo de Trabajo de Ejercicio Físico y Obesidad de Seedo y profesor de la Obesity Management School (Escuela de Manejo de la Obesidad) de Madrid.

En este contexto, es determinante contar con recomendaciones prácticas actualizadas sobre el tipo concreto de actividad física a realizar en el tratamiento del sobrepeso y la obesidad, todo ello dentro de las unidades médicas especializadas y en Atención Primaria, y con la estrecha colaboración de los centros deportivos.

Por su parte, el Dr. César Bustos Martín, fundador de la plataforma No Hay Excusas y del centro Pronaf, además de vocal de Seedo, aporta una clave esencial para alcanzar los mejores resultados: “Los programas de entrenamiento deben ser atractivos, adecuados a las expectativas de cada persona, flexibles, asequibles y rentables para los servicios de salud. Controlar el peso corporal es un proceso de por vida, no un objetivo a corto plazo, por lo que preguntar, evaluar, organizar, asesorar y asistir a cada persona son claves para alcanzar el éxito”.

“El ejercicio genera respuestas metabólicas, inmunitarias y estructurales. Fijarnos únicamente en el gasto energético supone subestimar el papel de la musculatura en la salud y en la enfermedad”, sostiene Javier Butragueño

Según las últimas publicaciones sobre el papel del entrenamiento físico en el manejo de la obesidad, para preservar la masa muscular durante la pérdida de peso es aconsejable establecer un programa de entrenamiento de ejercicios basado en la fuerza, tanto del tren superior como del tren inferior del cuerpo, a una intensidad de moderada a alta.

También se ha confirmado que las intervenciones que combinan ejercicios aeróbicos y anaeróbicos de alta intensidad producen efectos beneficiosos superiores a cualquier otra modalidad en la disminución de la adiposidad abdominal, mejorando el tono muscular e incrementando la capacidad cardiorrespiratoria.

Para mejorar la sensibilidad a la insulina y aumentar la capacidad cardiorrespiratoria se puede recomendar entrenamiento de resistencia cardiovascular y/o fuerza. Si la persona con obesidad tiene una condición física adecuada, puede realizar entrenamientos en intervalos de alta intensidad, aunque siempre después de haberse sometido una evaluación exhaustiva del riesgo cardiovascular y bajo supervisión.

La mejora de la capacidad cardiorrespiratoria, además de mejorar la salud del corazón, al atenuar los factores de riesgo cardiovascular, neutraliza los efectos adversos del incremento de la adiposidad inherente a la obesidad y el sobrepeso.

Una buena capacidad muscular es capaz de regular el metabolismo de la glucosa y la resistencia a la insulina en personas con diabetes tipo II y obesidad. Como explica Javier Butragueño, “el ejercicio se utiliza para generar respuesta a nivel metabólico, inmunitario y estructural. Fijarnos únicamente en el gasto energético es una equivocación, ya que supone subestimar el papel que tiene la musculatura en la salud y en la enfermedad”.

La importancia de aumentar la fuerza muscular

El conjunto de músculos esqueléticos comprende aproximadamente el 40% de la masa corporal humana total en un individuo de peso saludable. Juntos, los músculos y el corazón representan casi el 30% del consumo de energía en reposo y casi el 100% del aumento del consumo de energía durante el ejercicio. El mantenimiento de los músculos esqueléticos es un proceso dinámico: se reparan y se regeneran constantemente; sin embargo, su capacidad regenerativa disminuye en las personas que viven con obesidad.

El problema de estas personas no es la sarcopenia (pérdida de masa, fuerza y funcionamiento de los músculos), sino, como ocurre en el envejecimiento, la dinapenia (pérdida de fuerza muscular), por lo que, según Javier Butragueño, “es fundamental centrarse en mejorar el componente metabólico y estructural del músculo. Las últimas investigaciones relacionadas con los efectos del ejercicio físico han mostrado que el entrenamiento de la fuerza consigue mejorar la capacidad funcional incluso más allá de los 80 años, mostrando que nunca es tarde para sumar calidad a los años de vida”.

Por otra parte, existe cada vez más evidencia científica sobre la importancia de los ritmos circadianos en el metabolismo humano a varios niveles. En este sentido, las distintas modalidades de ejercicio físico pueden interactuar con ellos para maximizar sus resultados. En palabras del Dr. Butragueño, “la optimización del horario de las sesiones podría favorecer el éxito de las intervenciones terapéuticas para el tratamiento de las enfermedades metabólicas”.

Actualmente, existen cambios en las recomendaciones de entrenamiento de fuerza, relacionadas con los descansos entre series, el volumen o la intensidad a la que se debe entrenar una persona con obesidad, e incluso el número de días necesario para conseguir mejoras a nivel metabólico. Para el Javier Butragueño, estas recomendaciones son solo papel mojado si no llegan a la población a la que van dirigidas. “En estos momentos, los centros deportivos y sus profesionales son los recursos más importantes al alcance de cualquier persona para construir y mantener un estilo de vida activo y saludable, en el que la pérdida de peso es uno de los objetivos de salud más importantes”.

Efectivamente, los centros deportivos, junto a determinadas clínicas privadas con programas de entrenamiento, son los únicos espacios en los que se establecen programas de entrenamiento personalizados. Si bien Seedo, entre otras sociedades científico-médicas, aboga por incluir la prescripción de ejercicio físico en los tratamientos médicos, debido a sus beneficios casi ilimitados, lo cierto es que siempre van a ser necesarios lugares en los que llevar a cabo esta labor, por lo que los gimnasios están llamados a formar parte del ecosistema de servicios de salud.

Además, como recalca César Bustos, “la estrategia de pautar ejercicios seleccionados en personas con sobrepeso y obesidad, con el objetivo de mejorar su estado de salud y su composición corporal, debe ser evaluada por profesionales titulados en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, mientras que la estrategia de alimentación saludable debe recaer en dietistas–nutricionistas debidamente cualificados”. 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Kelly Sikkema y está disponible en Unsplash.