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La atención integral en salud mental es la gran exigencia del presente

Ha llegado el momento de la verdad. La atención integral en salud mental es la gran exigencia del presente. La pandemia, como frontera imaginaria entre una edad de los tiempos y la que está por venir, ha dejado la realidad desnuda, al descubierto. Hemos visto muchas cosas, entre ellas que las personas sufrimos, que el sufrimiento no solo es físico, sino también emocional y social, y que buena parte de las soluciones solo pueden llegar de los gobiernos, desde el local al europeo (en nuestro caso), porque es su responsabilidad.

En segundo lugar, la pandemia ha subrayado un aspecto de la salud mental que es de pura lógica, pero permanecía en las sombras. Me refiero a su carácter transversal. No hay salud sin salud mental es una de esas frases redondas que acuña la Organización Mundial de la Salud a veces. La frase parte de la definición de salud vigente y mundialmente reconocida: un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades.

Para corroborar la idea y hacerla visible, las organizaciones de pacientes españolas han puesto los datos sobre la mesa. Hablo, por ejemplo, de la Confederación Salud Mental España y de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP), que están realizando un trabajo cada día más potente, ya que han sumado a su inestimable apoyo a las personas que conviven con problemas de salud mental y enfermedades crónicas, respectivamente, y sus familias, un firme compromiso con la investigación social, que les permite cuantificar e interpretar lo que sucede, detectar necesidades no cubiertas, elaborar propuestas para darles respuesta y después comunicarlas.

Como consecuencia, no solo están logrando presencia pública, sino también una influencia política creciente. Gracias en buena medida a su esfuerzo y su representatividad, el Día Mundial de la Salud Mental 2021, que se celebra el 10 de octubre, ha venido este año con un pan bajo el brazo, ya que el Gobierno ha anunciado un paquete de medidas que recoge una reivindicación histórica de Salud Mental España: la creación de un teléfono de tres cifras para la prevención del suicidio, que ofrecerá atención 24/7 tanto a personas que estén pensando en quitarse la vida como a su entorno y que podrá ofrecer una derivación directa a los recursos sanitarios y sociales requeridos.

Además, si ahora mismo debiese elegir una sola tendencia subyacente de todo lo anterior, no tendría dudas. Creo que un tercer factor podría ser detonante y facilitador de lo que espero y deseo que sea el advenimiento de un nuevo abordaje de la salud mental centrado en la persona y su entorno, pero también en aspectos socioeconómicos y no solo sanitarios –una vez más, recordemos en qué consiste el bienestar–. Ese tercer factor es que la gente, capitaneada por las y los jóvenes, está dispuesta a hablar de salud mental y a exigirla como el derecho que es.

La salud mental atraviesa la cronicidad

«Pedimos a las personas que conviven con una enfermedad crónica que se responsabilicen del cuidado de su salud. Es algo que trabajamos mucho desde las organizaciones de pacientes porque pensamos que es la forma de que nuestro sistema sanitario funcione mejor. Creemos que es el camino, pero, si nos paramos a pensar, no podemos pedir a una persona que controle su enfermedad si no le proporcionamos las herramientas que necesita para hacerlo, es decir, si no cuidamos también de su salud mental», señaló María Gálvez, directora de la POP, en la presentación del informe Impacto emocional en la enfermedad crónica, celebrada el pasado 6 de octubre.

Este documento, que ha sido elaborado por la Universidad Complutense –aunque María Gálvez forma parte del equipo de investigación, como socióloga experta en salud que es– y que cuenta con el apoyo de la Fundación ONCE, es un buen ejemplo del trabajo de la POP en el terreno del análisis sociológico de la enfermedad crónica. En él se ahonda en el impacto emocional que conlleva vivir con una enfermedad crónica, considerando los distintos problemas, dificultades y sentimientos que pueden aparecer con motivo de la propia dolencia. También se matizan dichos impactos en la vida familiar, relacional y laboral, así como las consecuencias sobre la salud de algunos comportamientos generados por problemas emocionales.

Para Carina Escobar, presidenta de la POP, «en el estudio queda clara la importancia del acompañamiento en todas las fases de las enfermedades crónicas y se muestra el impacto de la salud mental en las relaciones sociales y profesionales de las personas que conviven con ellas. Las asociaciones de pacientes desempeñan un papel increíble, pero no es suficiente. Necesitamos medidas de atención integral a la cronicidad. Finalmente, se trata de que cuidemos a las personas, no solo del órgano afectado o de los síntomas de cada enfermedad en concreto».

Los datos que arroja el informe son de una contundencia arrolladora: el 60% de las personas que conviven con una enfermedad crónica experimenta ansiedad a menudo o habitualmente, mientras al 48% le sucede lo mismo con la depresión. Además, 1 de cada 4 personas afirma que la angustia que sintió al recibir el diagnóstico no está superada en absoluto, el 79% dice tener a menudo o habitualmente dificultades para llevar la misma vida que antes, el 56% tiene sentimientos de soledad y aislamiento a menudo o habitualmente, y el 69% reconoce que su enfermedad ha tenido entre sus efectos no deseados. ya sea frecuente o habitualmente, que salga menos de casa.

Se presta una atención muy insuficiente a la salud mental, pero el castillo de naipes construido sobre la idea de que las personas deben responsabilizarse de sus enfermedades crónicas se desmorona sin ella

Además, el 75% afirma que, al menos alguna vez, o a menudo, o habitualmente, su enfermedad se ha agravado debido a sus problemas emocionales. mientras que un dramático 90% dice que, al menos alguna vez, se ha encontrado sin ánimo para afrontar su enfermedad. Por tanto, la POP considera necesario terminar con el estigma que todavía acompaña todo lo relacionado con la salud mental, de modo que se pueda hablar abiertamente de ella y que se normalice pedir ayuda.

Para finalizar su intervención en la presentación de Estudio sobre el impacto emocional de la enfermedad crónica, María Gálvez celebró que la Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, que se encuentra en trámite, incorpore la enfermedad como situación de vulnerabilidad a proteger. En consecuencia, exigió que en la próxima actualización de la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el Sistema Nacional de Salud se incluya el cuidado del bienestar emocional de las y los pacientes y sus familias. Y, por supuesto, se unió a la demanda de la necesidad urgente de una Estrategia Nacional de Salud Mental que tenga en cuenta al colectivo vulnerable de las personas con enfermedad crónica.

Consecuencias de dimensiones épicas 

Como cada año por estas fechas, uno de los gigantes de la investigación de opinión y de mercados, Ipsos, ha publicado el estudio World Mental Health Day 2021, que este año destaca que, a nivel global, la preocupación por la salud mental ha aumentado en 5 puntos respecto a 2020, situándose con claridad entre  los tres mayores problemas de salud, con un 31% de las personas entrevistadas, solo por detrás del cáncer (34%) y de la Covid-19 (70%).

España experimenta la mayor subida, ya que el 35% de la población considera que la salud mental es el mayor problema sanitario al que se enfrenta el país, lo que supone un más que significativo incremento de 19 puntos respecto al año pasado. Este dato coloca a España como el tercer país europeo más preocupado por el bienestar emocional, solo por detrás de Reino Unido (40%) y Bélgica (63%).

El estudio, además, pone de manifiesto que la gente joven le concede una importancia claramente superior a la de las generaciones anteriores, corroborando la tesis que he expuesto al inicio de este texto. Así, el 61% de las personas menores de 35 años dice pensar en su bienestar mental muy o bastante a menudo, frente al 42% de las personas de 50 años en adelante.

También es significativa la diferencia entre hombres y mujeres, ya que el 48% de ellos afirma pensar en su salud mental muy o bastante a menudo, diez puntos porcentuales por debajo de las mujeres, con un 58%. Es preciso señalar que las mujeres somos, en general, más vulnerables a los problemas emocionales, La gente joven, también. Y sobre todo a raíz de la pandemia.

Un estudio publicado hace unos días en The Lancet, una de las revistas científicas de mayor impacto del mundo, ha logrado una gran y merecida repercusión por ser el primer gran análisis del impacto de la hecatombe sociosanitaria que hemos vivido sobre la salud mental a nivel global. Se trata de Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the Covid-19, dirigido por el Queensland Centre for Mental Health Research (Australia).

Basándose en datos reales previos a la pandemia, el estudio hace una proyección de los casos de depresión severa y trastornos de ansiedad que se hubieran producido en 2020 en condiciones normales y los compara con datos reales. El resultado obtenido sugiere que se produjeron 53,2 millones más de casos de depresión severa, con un incremento del 27,6%, y 76,2 millones más de casos de ansiedad, con un aumento del 25%. En torno a dos terceras partes de los aumentos en ambos casos afectan a las mujeres: 35,5 millones de casos adicionales de depresión (17,7 en hombres) y 51,8 de ansiedad (24,4 en hombres).

Los autores afirman que la pandemia ha llevado al extremo las diferencias entre los sexos, y lo achaca a múltiples factores, entre los que destacan que el peso de las tareas domésticas y de cuidado familiar ha recaído sobre las mujeres también durante 2020, que la violencia machista empeoró durante el confinamiento y que el impacto social y económico de la situación ha sido mayor entre ellas, debido a que perciben salarios más bajos, tienen menos ahorros, tienen empleos menos seguros –temporales, con jornada reducida e incluso sin contrato– y tienen mayores tasas de desempleo, es decir, suelen enfrentarse a más factores de riesgo.

La juventud, especialmente la franja comprendida entre los 20 y los 24 años, pero también la adolescencia, ha experimentado un deterioro significativo de su salud mental, que el estudio relaciona con el aislamiento social generado por los momentos más aciagos de la pandemia, ya que, según la Unesco, hemos vivido la mayor disrupción educativa de la historia, que hay que sumar a la disminución del ocio compartido. De forma particular, el aumento de los problemas emocionales se interpreta a la luz de la desesperanza ante el futuro, entre otras razones porque el empleo juvenil es el que más se resiente en situaciones de crisis económica.

En España, todo esto ha sucedido en el contexto de un sistema sanitario incapaz de actuar, ya no de forma proactiva, sino ni tan siquiera reactiva, entre otras cosas porque Atención Primaria era prácticamente inalcanzable más allá de la contención del coronavirus. Según Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, «la pandemia ha puesto de manifiesto las deficiencias previas de la atención a la salud mental. El sistema ya estaba al límite, arrastrando graves problemas estructurales: una ratio de profesionales muy inferior a la necesaria, enormes listas de espera y una inversión muy insuficiente. Además, se ha venido abajo la colaboración entre psiquiatría y Atención Primaria, por lo que nos tememos lo peor, ya que cabe esperar un aumento de al menos el 20% en la demanda, especialmente en sectores vulnerables de la población, como la infancia y la adolescencia».

El pasado 7 de octubre, Arango participó en el Fórum Headway 2023, en el que se presentó el informe Headway 2023 – Mental Health Index, un modelo de análisis sobre el desempeño de los países europeos en este campo. Esta iniciativa, promovida por el think tank The European House – Ambrosetti, en colaboración con Angelini Pharma, pone énfasis en algunos de los puntos clave de lo que las personas expertas consideran atención integral en salud mental, que incluye la promoción, la prevención, el tratamiento y la reinserción social y laboral, con Atención Primaria como nivel sanitario prioritario.

«La salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirma el presidente de Salud Mental España

La atención integral «solo es posible prestando apoyo en entornos comunitarios y en todos los sectores, incluyendo la atención sanitaria, los lugares de trabajo, las escuelas y la sociedad en general. De hecho, la pandemia de Covid-19 solo ha enfatizado que la salud en general, y la salud mental en particular, impacta significativamente en todos los aspectos económicos y sociales, y que es de crucial importancia continuar colocando en lo más alto de la agenda pública de todos los países el concepto salud en todas las políticas, independientemente del nivel de emergencia», reza el informe.

El desempeño de España sale muy mal parado en este índice: 4,3 sobre 10 en cuanto a la calidad de la atención sanitaria, siendo la media europea de 4,8, y un 5% de gasto en salud mental sobre el total del gasto sanitario, con la media europea en el 5,5% y en claro contraste con el 9,5% de Reino Unido, el 10% de Suecia y el 11,3% de Alemania. En gran medida debido a estas deficiencias, pero también a diversos factores socioculturales, España es uno de los países con el mayor índice de años vividos con discapacidad debida a un trastorno mental, tanto en la población general como en la menor de 20 años, lo que, lógicamente, nos sitúa entre aquellos con mayor prevalencia de este tipo de problemas de salud.

Un Día Mundial de la Salud Mental para el recuerdo

Con el panorama de esta guisa, la presión ejercida por pacientes, organizaciones del tercer sector y profesionales sanitarios –otro de los colectivos más debilitados por la pandemia desde el punto de vista emocional– ha logrado movilizar a los medios de comunicación, a la opinión pública y a los gobernantes. Consciente de ello, el Ministerio de Sanidad anunció recientemente un aumento en la oferta pública de plazas de psicología clínica hasta elevar la ratio española a los 18 especialistas por 100.000 habitantes de media en la Unión Europea.

Para comprender la magnitud del cambio basta decir que la ratio actual de la Comunidad de Madrid está en un mísero 4,3 y que la media española ronda el 6%. Dicho esto, la medida parece claramente insuficiente porque, para empezar, no permitiría ni remotamente que cada centro de Atención Primaria cuente con un profesional de la psicología clínica,  algo que se considera prioritario.

Sea como fuere, la desigualdad en el acceso a la atención en salud mental es un hecho, que bebe de las fuentes de las inequidades derivadas de los 19 sistemas sanitarios que conviven en nuestro país: 17 autonómicos, el régimen especial de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y el penitenciario, tan absolutamente maltratado que merece un tema aparte. Pero la desigualdad en salud mental tiene mucho que ver con el poder adquisitivo, ya que la mayor parte de la oferta es privada y fuera del alcance de un porcentaje muy importante de la población. Además, es urbana, dejando a la España vaciada en clara inferioridad de condiciones también en lo relativo al cuidado del bienestar emocional.

De hecho, la Confederación Salud Mental España ha alineado su celebración del día mundial 2021 con la campaña de la Federación Mundial de Salud Mental, a la que pertenece, que llevaba por lema Salud mental en un mundo desigual. Además, dio a elegir un lema propio a su base asociativa y sus simpatizantes que, entre las opciones propuestas, optaron por Mañana puedes ser tú, con el hashtag #PuedesSerTú.

La organización celebró el pasado día 7 un evento fantástico en La Casa Encendida de Madrid. Lo inauguró Nel González Zapico, su actual presidente, que en su intervención subrayó que la celebración quería poner de manifiesto que las desigualdades y discriminaciones que viven las personas pueden tener consecuencias en su salud mental. «Es por ello que la principal reivindicación del movimiento asociativo en este día es reclamar que la salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación personal, económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirmó.

En su intervención, Zapico puso el dedo en una de las grandes contradicciones de la atención a la salud mental que presta el Sistema Nacional de Salud en estos momentos: poca atención, pero mucha medicalización. O mucho sufrimiento y demasiada prescripción de psicofármacos. «¿Cómo podemos haber normalizado que casi el 11% de la población española consuma tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para que no nos escandalicemos ante estos datos, para que los asumamos como algo `normal´? Que sea habitual no quiere decir que debamos conformarnos».

El Gobierno recogió el capote y el sábado 9 anunció el Plan de Acción 2021-2024 en Salud Mental, que contará con una dotación presupuestaria de 100 millones de euros y que, además del teléfono para la prevención del suicidio, y entre otras medidas, impulsará la formación sanitaria en salud mental, lanzará una campaña de visibilización, que tiene como objetivo derribar el estigma, pero también facilitar la detección precoz de los trastornos mentales –está comprobado que mejora sustancialmente la evolución y el pronóstico–, y se incorporará la especialidad de psiquiatría infantil a la formación sanitaria especializada.

Ya se han producido las primeras reacciones al plan de Sanidad, pero el puente ha ralentizado el proceso y, en todo caso, requieren un análisis extenso y profundo. Cabe decir, no obstante, que, en un momento en el que la salud mental de la infancia y la adolescencia está en serio riesgo, llama la atención que no se mencione el papel de la psicología clínica, que ha demostrado sobradamente su eficacia terapéutica. En este sentido, en un comunicado emitido antes de conocerse el paquete de medias anunciado por Pedro Sánchez, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid lamenta que el Ministerio de Sanidad y Política Social haya aprobado recientemente la especialidad de psiquiatría infantil y de la adolescencia, pero no la de psicología clínica de la Infancia y la adolescencia.

A la espera de tener más datos y, sobre todo, de comprobar que las mejoras efectivamente se aplican en beneficio de la población, especialmente de la más vulnerable, propongo un regreso al evento de Salud Mental España para contar que también contó con la participación de la escritora Espido Freire y del cómico Ángel Martín, ambos en calidad de personas que se han recuperado de al menos un problema de salud mental. Para terminar este texto, qué mejor que sus palabras contra el estigma y la incomprensión que todavía rodean estas enfermedades.

«¿Cómo se sale de la enfermedad mental? Pues depende –explicó Espido Freire–. Lo que sí sé es que no es una cuestión de fuerza de voluntad. Este es uno de los grandes mitos con los que nos encontramos, porque la voluntad está escindida, mermada, anulada… Se sale con mucho apoyo profesional y familiar. Y con tiempo».  Al preguntarle qué pediría para mejorar las cosas, Ángel Martín dijo que «trataría de eliminar el discurso del pobrecito tú, que se centra en la pena y en lo negativo, y empezaría a poner en el foco en los casos de éxito, en las personas que se recuperan». La respuesta de Espido Freire fue más sucinta: más recursos.

* La imagen que ilustra esta publicación es de Dekler Ph y está disponible en Unsplash.

Ha llegado el momento de la verdad. La atención integral en salud mental es la gran exigencia del presente. La pandemia, como frontera imaginaria entre una edad de los tiempos y la que está por venir, ha dejado la realidad desnuda, al descubierto. Hemos visto muchas cosas, entre ellas que las personas sufrimos, que el sufrimiento no solo es físico, sino también emocional y social, y que buena parte de las soluciones solo pueden llegar de los gobiernos, desde el local al europeo (en nuestro caso), porque es su responsabilidad.

En segundo lugar, la pandemia ha subrayado un aspecto de la salud mental que es de pura lógica, pero permanecía en las sombras. Me refiero a su carácter transversal. No hay salud sin salud mental es una de esas frases redondas que acuña la Organización Mundial de la Salud a veces. La frase parte de la definición de salud vigente y mundialmente reconocida: un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades.

Para corroborar la idea y hacerla visible, las organizaciones de pacientes españolas han puesto los datos sobre la mesa. Hablo, por ejemplo, de la Confederación Salud Mental España y de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP), que están realizando un trabajo cada día más potente, ya que han sumado a su inestimable apoyo a las personas que conviven con problemas de salud mental y enfermedades crónicas, respectivamente, y sus familias, un firme compromiso con la investigación social, que les permite cuantificar e interpretar lo que sucede, detectar necesidades no cubiertas, elaborar propuestas para darles respuesta y después comunicarlas.

Como consecuencia, no solo están logrando presencia pública, sino también una influencia política creciente. Gracias en buena medida a su esfuerzo y su representatividad, el Día Mundial de la Salud Mental 2021, que se celebra el 10 de octubre, ha venido este año con un pan bajo el brazo, ya que el Gobierno ha anunciado un paquete de medidas que recoge una reivindicación histórica de Salud Mental España: la creación de un teléfono de tres cifras para la prevención del suicidio, que ofrecerá atención 24/7 tanto a personas que estén pensando en quitarse la vida como a su entorno y que podrá ofrecer una derivación directa a los recursos sanitarios y sociales requeridos.

Además, si ahora mismo debiese elegir una sola tendencia subyacente de todo lo anterior, no tendría dudas. Creo que un tercer factor podría ser detonante y facilitador de lo que espero y deseo que sea el advenimiento de un nuevo abordaje de la salud mental centrado en la persona y su entorno, pero también en aspectos socioeconómicos y no solo sanitarios –una vez más, recordemos en qué consiste el bienestar–. Ese tercer factor es que la gente, capitaneada por las y los jóvenes, está dispuesta a hablar de salud mental y a exigirla como el derecho que es.

La salud mental atraviesa la cronicidad

«Pedimos a las personas que conviven con una enfermedad crónica que se responsabilicen del cuidado de su salud. Es algo que trabajamos mucho desde las organizaciones de pacientes porque pensamos que es la forma de que nuestro sistema sanitario funcione mejor. Creemos que es el camino, pero, si nos paramos a pensar, no podemos pedir a una persona que controle su enfermedad si no le proporcionamos las herramientas que necesita para hacerlo, es decir, si no cuidamos también de su salud mental», señaló María Gálvez, directora de la POP, en la presentación del informe Impacto emocional en la enfermedad crónica, celebrada el pasado 6 de octubre.

Este documento, que ha sido elaborado por la Universidad Complutense –aunque María Gálvez forma parte del equipo de investigación, como socióloga experta en salud que es– y que cuenta con el apoyo de la Fundación ONCE, es un buen ejemplo del trabajo de la POP en el terreno del análisis sociológico de la enfermedad crónica. En él se ahonda en el impacto emocional que conlleva vivir con una enfermedad crónica, considerando los distintos problemas, dificultades y sentimientos que pueden aparecer con motivo de la propia dolencia. También se matizan dichos impactos en la vida familiar, relacional y laboral, así como las consecuencias sobre la salud de algunos comportamientos generados por problemas emocionales.

Para Carina Escobar, presidenta de la POP, «en el estudio queda clara la importancia del acompañamiento en todas las fases de las enfermedades crónicas y se muestra el impacto de la salud mental en las relaciones sociales y profesionales de las personas que conviven con ellas. Las asociaciones de pacientes desempeñan un papel increíble, pero no es suficiente. Necesitamos medidas de atención integral a la cronicidad. Finalmente, se trata de que cuidemos a las personas, no solo del órgano afectado o de los síntomas de cada enfermedad en concreto».

Los datos que arroja el informe son de una contundencia arrolladora: el 60% de las personas que conviven con una enfermedad crónica experimenta ansiedad a menudo o habitualmente, mientras al 48% le sucede lo mismo con la depresión. Además, 1 de cada 4 personas afirma que la angustia que sintió al recibir el diagnóstico no está superada en absoluto, el 79% dice tener a menudo o habitualmente dificultades para llevar la misma vida que antes, el 56% tiene sentimientos de soledad y aislamiento a menudo o habitualmente, y el 69% reconoce que su enfermedad ha tenido entre sus efectos no deseados. ya sea frecuente o habitualmente, que salga menos de casa.

La atención que recibe la salud mental es muy insuficiente. El castillo de naipes que hemos construido sobre la idea de que las personas deben responsabilizarse del control de sus enfermedades crónicas se desmorona sin salud mental

Además, el 75% afirma que, al menos alguna vez, o a menudo, o habitualmente, su enfermedad se ha agravado debido a sus problemas emocionales. mientras que un dramático 90% dice que, al menos alguna vez, se ha encontrado sin ánimo para afrontar su enfermedad. Por tanto, la POP considera necesario terminar con el estigma que todavía acompaña todo lo relacionado con la salud mental, de modo que se pueda hablar abiertamente de ella y que se normalice pedir ayuda.

Para finalizar su intervención en la presentación de Estudio sobre el impacto emocional de la enfermedad crónica, María Gálvez celebró que la Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, que se encuentra en trámite, incorpore la enfermedad como situación de vulnerabilidad a proteger. En consecuencia, exigió que en la próxima actualización de la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el Sistema Nacional de Salud se incluya el cuidado del bienestar emocional de las y los pacientes y sus familias. Y, por supuesto, se unió a la demanda de la necesidad urgente de una Estrategia Nacional de Salud Mental que tenga en cuenta al colectivo vulnerable de las personas con enfermedad crónica.

Consecuencias de dimensiones épicas 

Como cada año por estas fechas, uno de los gigantes de la investigación de opinión y de mercados, Ipsos, ha publicado el estudio World Mental Health Day 2021, que este año destaca que, a nivel global, la preocupación por la salud mental ha aumentado en 5 puntos respecto a 2020, situándose con claridad entre  los tres mayores problemas de salud, con un 31% de las personas entrevistadas, solo por detrás del cáncer (34%) y de la Covid-19 (70%).

España experimenta la mayor subida, ya que el 35% de la población considera que la salud mental es el mayor problema sanitario al que se enfrenta el país, lo que supone un más que significativo incremento de 19 puntos respecto al año pasado. Este dato coloca a España como el tercer país europeo más preocupado por el bienestar emocional, solo por detrás de Reino Unido (40%) y Bélgica (63%).

El estudio, además, pone de manifiesto que la gente joven le concede una importancia claramente superior a la de las generaciones anteriores, corroborando la tesis que he expuesto al inicio de este texto. Así, el 61% de las personas menores de 35 años dice pensar en su bienestar mental muy o bastante a menudo, frente al 42% de las personas de 50 años en adelante.

También es significativa la diferencia entre hombres y mujeres, ya que el 48% de ellos afirma pensar en su salud mental muy o bastante a menudo, diez puntos porcentuales por debajo de las mujeres, con un 58%. Es preciso señalar que las mujeres somos, en general, más vulnerables a los problemas emocionales, La gente joven, también. Y sobre todo a raíz de la pandemia.

Un estudio publicado hace unos días en The Lancet, una de las revistas científicas de mayor impacto del mundo, ha logrado una gran y merecida repercusión por ser el primer gran análisis del impacto de la hecatombe sociosanitaria que hemos vivido sobre la salud mental a nivel global. Se trata de Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the Covid-19, dirigido por el Queensland Centre for Mental Health Research (Australia).

Basándose en datos reales previos a la pandemia, el estudio hace una proyección de los casos de depresión severa y trastornos de ansiedad que se hubieran producido en 2020 en condiciones normales y los compara con datos reales. El resultado obtenido sugiere que se produjeron 53,2 millones más de casos de depresión severa, con un incremento del 27,6%, y 76,2 millones más de casos de ansiedad, con un aumento del 25%. En torno a dos terceras partes de los aumentos en ambos casos afectan a las mujeres: 35,5 millones de casos adicionales de depresión (17,7 en hombres) y 51,8 de ansiedad (24,4 en hombres).

Los autores afirman que la pandemia ha llevado al extremo las diferencias entre los sexos, y lo achaca a múltiples factores, entre los que destacan que el peso de las tareas domésticas y de cuidado familiar ha recaído sobre las mujeres también durante 2020, que la violencia machista empeoró durante el confinamiento y que el impacto social y económico de la situación ha sido mayor entre ellas, debido a que perciben salarios más bajos, tienen menos ahorros, tienen empleos menos seguros –temporales, con jornada reducida e incluso sin contrato– y tienen mayores tasas de desempleo, es decir, suelen enfrentarse a más factores de riesgo.

La juventud, especialmente la franja comprendida entre los 20 y los 24 años, pero también la adolescencia, ha experimentado un deterioro significativo de su salud mental, que el estudio relaciona con el aislamiento social generado por los momentos más aciagos de la pandemia, ya que, según la Unesco, hemos vivido la mayor disrupción educativa de la historia, que hay que sumar a la disminución del ocio compartido. De forma particular, el aumento de los problemas emocionales se interpreta a la luz de la desesperanza ante el futuro, entre otras razones porque el empleo juvenil es el que más se resiente en situaciones de crisis económica.

En España, todo esto ha sucedido en el contexto de un sistema sanitario incapaz de actuar, ya no de forma proactiva, sino ni tan siquiera reactiva, entre otras cosas porque Atención Primaria era prácticamente inalcanzable más allá de la contención del coronavirus. Según Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, «la pandemia ha puesto de manifiesto las deficiencias previas de la atención a la salud mental. El sistema ya estaba al límite, arrastrando graves problemas estructurales: una ratio de profesionales muy inferior a la necesaria, enormes listas de espera y una inversión muy insuficiente. Además, se ha venido abajo la colaboración entre psiquiatría y Atención Primaria, por lo que nos tememos lo peor, ya que cabe esperar un aumento de al menos el 20% en la demanda, especialmente en sectores vulnerables de la población, como la infancia y la adolescencia».

El pasado 7 de octubre, Arango participó en el Fórum Headway 2023, en el que se presentó el informe Headway 2023 – Mental Health Index, un modelo de análisis sobre el desempeño de los países europeos en este campo. Esta iniciativa, promovida por el think tank The European House – Ambrosetti, en colaboración con Angelini Pharma, pone énfasis en algunos de los puntos clave de lo que las personas expertas consideran atención integral en salud mental, que incluye la promoción, la prevención, el tratamiento y la reinserción social y laboral, con Atención Primaria como nivel sanitario prioritario.

«La salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirma el presidente de Salud Mental España

La atención integral «solo es posible prestando apoyo en entornos comunitarios y en todos los sectores, incluyendo la atención sanitaria, los lugares de trabajo, las escuelas y la sociedad en general. De hecho, la pandemia de Covid-19 solo ha enfatizado que la salud en general, y la salud mental en particular, impacta significativamente en todos los aspectos económicos y sociales, y que es de crucial importancia continuar colocando en lo más alto de la agenda pública de todos los países el concepto salud en todas las políticas, independientemente del nivel de emergencia», reza el informe.

El desempeño de España sale muy mal parado en este índice: 4,3 sobre 10 en cuanto a la calidad de la atención sanitaria, siendo la media europea de 4,8, y un 5% de gasto en salud mental sobre el total del gasto sanitario, con la media europea en el 5,5% y en claro contraste con el 9,5% de Reino Unido, el 10% de Suecia y el 11,3% de Alemania. En gran medida debido a estas deficiencias, pero también a diversos factores socioculturales, España es uno de los países con el mayor índice de años vividos con discapacidad debida a un trastorno mental, tanto en la población general como en la menor de 20 años, lo que, lógicamente, nos sitúa entre aquellos con mayor prevalencia de este tipo de problemas de salud.

Un Día Mundial de la Salud Mental para el recuerdo

Con el panorama de esta guisa, la presión ejercida por pacientes, organizaciones del tercer sector y profesionales sanitarios –otro de los colectivos más debilitados por la pandemia desde el punto de vista emocional– ha logrado movilizar a los medios de comunicación, a la opinión pública y a los gobernantes. Consciente de ello, el Ministerio de Sanidad anunció recientemente un aumento en la oferta pública de plazas de psicología clínica hasta elevar la ratio española a los 18 especialistas por 100.000 habitantes de media en la Unión Europea.

Para comprender la magnitud del cambio basta decir que la ratio actual de la Comunidad de Madrid está en un mísero 4,3 y que la media española ronda el 6%. Dicho esto, la medida parece claramente insuficiente porque, para empezar, no permitiría ni remotamente que cada centro de Atención Primaria cuente con un profesional de la psicología clínica,  algo que se considera prioritario.

Sea como fuere, la desigualdad en el acceso a la atención en salud mental es un hecho, que bebe de las fuentes de las inequidades derivadas de los 19 sistemas sanitarios que conviven en nuestro país: 17 autonómicos, el régimen especial de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y el penitenciario, tan absolutamente maltratado que merece un tema aparte. Pero la desigualdad en salud mental tiene mucho que ver con el poder adquisitivo, ya que la mayor parte de la oferta es privada y fuera del alcance de un porcentaje muy importante de la población. Además, es urbana, dejando a la España vaciada en clara inferioridad de condiciones también en lo relativo al cuidado del bienestar emocional.

De hecho, la Confederación Salud Mental España ha alineado su celebración del día mundial 2021 con la campaña de la Federación Mundial de Salud Mental, a la que pertenece, que llevaba por lema Salud mental en un mundo desigual. Además, dio a elegir un lema propio a su base asociativa y sus simpatizantes que, entre las opciones propuestas, optaron por Mañana puedes ser tú, con el hashtag #PuedesSerTú.

La organización celebró el pasado día 7 un evento fantástico en La Casa Encendida de Madrid. Lo inauguró Nel González Zapico, su actual presidente, que en su intervención subrayó que la celebración quería poner de manifiesto que las desigualdades y discriminaciones que viven las personas pueden tener consecuencias en su salud mental. «Es por ello que la principal reivindicación del movimiento asociativo en este día es reclamar que la salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación personal, económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirmó.

En su intervención, Zapico puso el dedo en una de las grandes contradicciones de la atención a la salud mental que presta el Sistema Nacional de Salud en estos momentos: poca atención, pero mucha medicalización. O mucho sufrimiento y demasiada prescripción de psicofármacos. «¿Cómo podemos haber normalizado que casi el 11% de la población española consuma tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para que no nos escandalicemos ante estos datos, para que los asumamos como algo `normal´? Que sea habitual no quiere decir que debamos conformarnos».

El Gobierno recogió el capote y el sábado 9 anunció el Plan de Acción 2021-2024 en Salud Mental, que contará con una dotación presupuestaria de 100 millones de euros y que, además del teléfono para la prevención del suicidio, y entre otras medidas, impulsará la formación sanitaria en salud mental, lanzará una campaña de visibilización, que tiene como objetivo derribar el estigma, pero también facilitar la detección precoz de los trastornos mentales –está comprobado que mejora sustancialmente la evolución y el pronóstico–, y se incorporará la especialidad de psiquiatría infantil a la formación sanitaria especializada.

Ya se han producido las primeras reacciones al plan de Sanidad, pero el puente ha ralentizado el proceso y, en todo caso, requieren un análisis extenso y profundo. Cabe decir, no obstante, que, en un momento en el que la salud mental de la infancia y la adolescencia está en serio riesgo, llama la atención que no se mencione el papel de la psicología clínica, que ha demostrado sobradamente su eficacia terapéutica. En este sentido, en un comunicado emitido antes de conocerse el paquete de medias anunciado por Pedro Sánchez, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid lamenta que el Ministerio de Sanidad y Política Social haya aprobado recientemente la especialidad de psiquiatría infantil y de la adolescencia, pero no la de psicología clínica de la Infancia y la adolescencia.

A la espera de tener más datos y, sobre todo, de comprobar que las mejoras efectivamente se aplican en beneficio de la población, especialmente de la más vulnerable, propongo un regreso al evento de Salud Mental España para contar que también contó con la participación de la escritora Espido Freire y del cómico Ángel Martín, ambos en calidad de personas que se han recuperado de al menos un problema de salud mental. Para terminar este texto, qué mejor que sus palabras contra el estigma y la incomprensión que todavía rodean estas enfermedades.

«¿Cómo se sale de la enfermedad mental? Pues depende –explicó Espido Freire–. Lo que sí sé es que no es una cuestión de fuerza de voluntad. Este es uno de los grandes mitos con los que nos encontramos, porque la voluntad está escindida, mermada, anulada… Se sale con mucho apoyo profesional y familiar. Y con tiempo».  Al preguntarle qué pediría para mejorar las cosas, Ángel Martín dijo que «trataría de eliminar el discurso del pobrecito tú, que se centra en la pena y en lo negativo, y empezaría a poner en el foco en los casos de éxito, en las personas que se recuperan». La respuesta de Espido Freire fue más sucinta: más recursos.

* La imagen que ilustra esta publicación es de Dekler Ph y está disponible en Unsplash.

Ha llegado el momento de la verdad. La atención integral en salud mental es la gran exigencia del presente. La pandemia, como frontera imaginaria entre una edad de los tiempos y la que está por venir, ha dejado la realidad desnuda, al descubierto. Hemos visto muchas cosas, entre ellas que las personas sufrimos, que el sufrimiento no solo es físico, sino también emocional y social, y que buena parte de las soluciones solo pueden llegar de los gobiernos, desde el local al europeo (en nuestro caso), porque es su responsabilidad.

En segundo lugar, la pandemia ha subrayado un aspecto de la salud mental que es de pura lógica, pero permanecía en las sombras. Me refiero a su carácter transversal. No hay salud sin salud mental es una de esas frases redondas que acuña la Organización Mundial de la Salud a veces. La frase parte de la definición de salud vigente y mundialmente reconocida: un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades.

Para corroborar la idea y hacerla visible, las organizaciones de pacientes españolas han puesto los datos sobre la mesa. Hablo, por ejemplo, de la Confederación Salud Mental España y de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP), que están realizando un trabajo cada día más potente, ya que han sumado a su inestimable apoyo a las personas que conviven con problemas de salud mental y enfermedades crónicas, respectivamente, y sus familias, un firme compromiso con la investigación social, que les permite cuantificar e interpretar lo que sucede, detectar necesidades no cubiertas, elaborar propuestas para darles respuesta y después comunicarlas.

Como consecuencia, no solo están logrando presencia pública, sino también una influencia política creciente. Gracias en buena medida a su esfuerzo y su representatividad, el Día Mundial de la Salud Mental 2021, que se celebra el 10 de octubre, ha venido este año con un pan bajo el brazo, ya que el Gobierno ha anunciado un paquete de medidas que recoge una reivindicación histórica de Salud Mental España: la creación de un teléfono de tres cifras para la prevención del suicidio, que ofrecerá atención 24/7 tanto a personas que estén pensando en quitarse la vida como a su entorno y que podrá ofrecer una derivación directa a los recursos sanitarios y sociales requeridos.

Además, si ahora mismo debiese elegir una sola tendencia subyacente de todo lo anterior, no tendría dudas. Creo que un tercer factor podría ser detonante y facilitador de lo que espero y deseo que sea el advenimiento de un nuevo abordaje de la salud mental centrado en la persona y su entorno, pero también en aspectos socioeconómicos y no solo sanitarios –una vez más, recordemos en qué consiste el bienestar–. Ese tercer factor es que la gente, capitaneada por las y los jóvenes, está dispuesta a hablar de salud mental y a exigirla como el derecho que es.

La salud mental atraviesa la cronicidad

«Pedimos a las personas que conviven con una enfermedad crónica que se responsabilicen del cuidado de su salud. Es algo que trabajamos mucho desde las organizaciones de pacientes porque pensamos que es la forma de que nuestro sistema sanitario funcione mejor. Creemos que es el camino, pero, si nos paramos a pensar, no podemos pedir a una persona que controle su enfermedad si no le proporcionamos las herramientas que necesita para hacerlo, es decir, si no cuidamos también de su salud mental», señaló María Gálvez, directora de la POP, en la presentación del informe Impacto emocional en la enfermedad crónica, celebrada el pasado 6 de octubre.

Este documento, que ha sido elaborado por la Universidad Complutense –aunque María Gálvez forma parte del equipo de investigación, como socióloga experta en salud que es– y que cuenta con el apoyo de la Fundación ONCE, es un buen ejemplo del trabajo de la POP en el terreno del análisis sociológico de la enfermedad crónica. En él se ahonda en el impacto emocional que conlleva vivir con una enfermedad crónica, considerando los distintos problemas, dificultades y sentimientos que pueden aparecer con motivo de la propia dolencia. También se matizan dichos impactos en la vida familiar, relacional y laboral, así como las consecuencias sobre la salud de algunos comportamientos generados por problemas emocionales.

Para Carina Escobar, presidenta de la POP, «en el estudio queda clara la importancia del acompañamiento en todas las fases de las enfermedades crónicas y se muestra el impacto de la salud mental en las relaciones sociales y profesionales de las personas que conviven con ellas. Las asociaciones de pacientes desempeñan un papel increíble, pero no es suficiente. Necesitamos medidas de atención integral a la cronicidad. Finalmente, se trata de que cuidemos a las personas, no solo del órgano afectado o de los síntomas de cada enfermedad en concreto».

Los datos que arroja el informe son de una contundencia arrolladora: el 60% de las personas que conviven con una enfermedad crónica experimenta ansiedad a menudo o habitualmente, mientras al 48% le sucede lo mismo con la depresión. Además, 1 de cada 4 personas afirma que la angustia que sintió al recibir el diagnóstico no está superada en absoluto, el 79% dice tener a menudo o habitualmente dificultades para llevar la misma vida que antes, el 56% tiene sentimientos de soledad y aislamiento a menudo o habitualmente, y el 69% reconoce que su enfermedad ha tenido entre sus efectos no deseados. ya sea frecuente o habitualmente, que salga menos de casa.

La atención que recibe la salud mental es muy insuficiente. El castillo de naipes que hemos construido sobre la idea de que las personas deben responsabilizarse del control de sus enfermedades crónicas se desmorona sin salud mental

Además, el 75% afirma que, al menos alguna vez, o a menudo, o habitualmente, su enfermedad se ha agravado debido a sus problemas emocionales. mientras que un dramático 90% dice que, al menos alguna vez, se ha encontrado sin ánimo para afrontar su enfermedad. Por tanto, la POP considera necesario terminar con el estigma que todavía acompaña todo lo relacionado con la salud mental, de modo que se pueda hablar abiertamente de ella y que se normalice pedir ayuda.

Para finalizar su intervención en la presentación de Estudio sobre el impacto emocional de la enfermedad crónica, María Gálvez celebró que la Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, que se encuentra en trámite, incorpore la enfermedad como situación de vulnerabilidad a proteger. En consecuencia, exigió que en la próxima actualización de la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el Sistema Nacional de Salud se incluya el cuidado del bienestar emocional de las y los pacientes y sus familias. Y, por supuesto, se unió a la demanda de la necesidad urgente de una Estrategia Nacional de Salud Mental que tenga en cuenta al colectivo vulnerable de las personas con enfermedad crónica.

Consecuencias de dimensiones épicas 

Como cada año por estas fechas, uno de los gigantes de la investigación de opinión y de mercados, Ipsos, ha publicado el estudio World Mental Health Day 2021, que este año destaca que, a nivel global, la preocupación por la salud mental ha aumentado en 5 puntos respecto a 2020, situándose con claridad entre  los tres mayores problemas de salud, con un 31% de las personas entrevistadas, solo por detrás del cáncer (34%) y de la Covid-19 (70%).

España experimenta la mayor subida, ya que el 35% de la población considera que la salud mental es el mayor problema sanitario al que se enfrenta el país, lo que supone un más que significativo incremento de 19 puntos respecto al año pasado. Este dato coloca a España como el tercer país europeo más preocupado por el bienestar emocional, solo por detrás de Reino Unido (40%) y Bélgica (63%).

El estudio, además, pone de manifiesto que la gente joven le concede una importancia claramente superior a la de las generaciones anteriores, corroborando la tesis que he expuesto al inicio de este texto. Así, el 61% de las personas menores de 35 años dice pensar en su bienestar mental muy o bastante a menudo, frente al 42% de las personas de 50 años en adelante.

También es significativa la diferencia entre hombres y mujeres, ya que el 48% de ellos afirma pensar en su salud mental muy o bastante a menudo, diez puntos porcentuales por debajo de las mujeres, con un 58%. Es preciso señalar que las mujeres somos, en general, más vulnerables a los problemas emocionales, La gente joven, también. Y sobre todo a raíz de la pandemia.

Un estudio publicado hace unos días en The Lancet, una de las revistas científicas de mayor impacto del mundo, ha logrado una gran y merecida repercusión por ser el primer gran análisis del impacto de la hecatombe sociosanitaria que hemos vivido sobre la salud mental a nivel global. Se trata de Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the Covid-19, dirigido por el Queensland Centre for Mental Health Research (Australia).

Basándose en datos reales previos a la pandemia, el estudio hace una proyección de los casos de depresión severa y trastornos de ansiedad que se hubieran producido en 2020 en condiciones normales y los compara con datos reales. El resultado obtenido sugiere que se produjeron 53,2 millones más de casos de depresión severa, con un incremento del 27,6%, y 76,2 millones más de casos de ansiedad, con un aumento del 25%. En torno a dos terceras partes de los aumentos en ambos casos afectan a las mujeres: 35,5 millones de casos adicionales de depresión (17,7 en hombres) y 51,8 de ansiedad (24,4 en hombres).

Los autores afirman que la pandemia ha llevado al extremo las diferencias entre los sexos, y lo achaca a múltiples factores, entre los que destacan que el peso de las tareas domésticas y de cuidado familiar ha recaído sobre las mujeres también durante 2020, que la violencia machista empeoró durante el confinamiento y que el impacto social y económico de la situación ha sido mayor entre ellas, debido a que perciben salarios más bajos, tienen menos ahorros, tienen empleos menos seguros –temporales, con jornada reducida e incluso sin contrato– y tienen mayores tasas de desempleo, es decir, suelen enfrentarse a más factores de riesgo.

La juventud, especialmente la franja comprendida entre los 20 y los 24 años, pero también la adolescencia, ha experimentado un deterioro significativo de su salud mental, que el estudio relaciona con el aislamiento social generado por los momentos más aciagos de la pandemia, ya que, según la Unesco, hemos vivido la mayor disrupción educativa de la historia, que hay que sumar a la disminución del ocio compartido. De forma particular, el aumento de los problemas emocionales se interpreta a la luz de la desesperanza ante el futuro, entre otras razones porque el empleo juvenil es el que más se resiente en situaciones de crisis económica.

En España, todo esto ha sucedido en el contexto de un sistema sanitario incapaz de actuar, ya no de forma proactiva, sino ni tan siquiera reactiva, entre otras cosas porque Atención Primaria era prácticamente inalcanzable más allá de la contención del coronavirus. Según Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, «la pandemia ha puesto de manifiesto las deficiencias previas de la atención a la salud mental. El sistema ya estaba al límite, arrastrando graves problemas estructurales: una ratio de profesionales muy inferior a la necesaria, enormes listas de espera y una inversión muy insuficiente. Además, se ha venido abajo la colaboración entre psiquiatría y Atención Primaria, por lo que nos tememos lo peor, ya que cabe esperar un aumento de al menos el 20% en la demanda, especialmente en sectores vulnerables de la población, como la infancia y la adolescencia».

El pasado 7 de octubre, Arango participó en el Fórum Headway 2023, en el que se presentó el informe Headway 2023 – Mental Health Index, un modelo de análisis sobre el desempeño de los países europeos en este campo. Esta iniciativa, promovida por el think tank The European House – Ambrosetti, en colaboración con Angelini Pharma, pone énfasis en algunos de los puntos clave de lo que las personas expertas consideran atención integral en salud mental, que incluye la promoción, la prevención, el tratamiento y la reinserción social y laboral, con Atención Primaria como nivel sanitario prioritario.

«La salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirma el presidente de Salud Mental España

La atención integral «solo es posible prestando apoyo en entornos comunitarios y en todos los sectores, incluyendo la atención sanitaria, los lugares de trabajo, las escuelas y la sociedad en general. De hecho, la pandemia de Covid-19 solo ha enfatizado que la salud en general, y la salud mental en particular, impacta significativamente en todos los aspectos económicos y sociales, y que es de crucial importancia continuar colocando en lo más alto de la agenda pública de todos los países el concepto salud en todas las políticas, independientemente del nivel de emergencia», reza el informe.

El desempeño de España sale muy mal parado en este índice: 4,3 sobre 10 en cuanto a la calidad de la atención sanitaria, siendo la media europea de 4,8, y un 5% de gasto en salud mental sobre el total del gasto sanitario, con la media europea en el 5,5% y en claro contraste con el 9,5% de Reino Unido, el 10% de Suecia y el 11,3% de Alemania. En gran medida debido a estas deficiencias, pero también a diversos factores socioculturales, España es uno de los países con el mayor índice de años vividos con discapacidad debida a un trastorno mental, tanto en la población general como en la menor de 20 años, lo que, lógicamente, nos sitúa entre aquellos con mayor prevalencia de este tipo de problemas de salud.

Un Día Mundial de la Salud Mental para el recuerdo

Con el panorama de esta guisa, la presión ejercida por pacientes, organizaciones del tercer sector y profesionales sanitarios –otro de los colectivos más debilitados por la pandemia desde el punto de vista emocional– ha logrado movilizar a los medios de comunicación, a la opinión pública y a los gobernantes. Consciente de ello, el Ministerio de Sanidad anunció recientemente un aumento en la oferta pública de plazas de psicología clínica hasta elevar la ratio española a los 18 especialistas por 100.000 habitantes de media en la Unión Europea.

Para comprender la magnitud del cambio basta decir que la ratio actual de la Comunidad de Madrid está en un mísero 4,3 y que la media española ronda el 6%. Dicho esto, la medida parece claramente insuficiente porque, para empezar, no permitiría ni remotamente que cada centro de Atención Primaria cuente con un profesional de la psicología clínica,  algo que se considera prioritario.

Sea como fuere, la desigualdad en el acceso a la atención en salud mental es un hecho, que bebe de las fuentes de las inequidades derivadas de los 19 sistemas sanitarios que conviven en nuestro país: 17 autonómicos, el régimen especial de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y el penitenciario, tan absolutamente maltratado que merece un tema aparte. Pero la desigualdad en salud mental tiene mucho que ver con el poder adquisitivo, ya que la mayor parte de la oferta es privada y fuera del alcance de un porcentaje muy importante de la población. Además, es urbana, dejando a la España vaciada en clara inferioridad de condiciones también en lo relativo al cuidado del bienestar emocional.

De hecho, la Confederación Salud Mental España ha alineado su celebración del día mundial 2021 con la campaña de la Federación Mundial de Salud Mental, a la que pertenece, que llevaba por lema Salud mental en un mundo desigual. Además, dio a elegir un lema propio a su base asociativa y sus simpatizantes que, entre las opciones propuestas, optaron por Mañana puedes ser tú, con el hashtag #PuedesSerTú.

La organización celebró el pasado día 7 un evento fantástico en La Casa Encendida de Madrid. Lo inauguró Nel González Zapico, su actual presidente, que en su intervención subrayó que la celebración quería poner de manifiesto que las desigualdades y discriminaciones que viven las personas pueden tener consecuencias en su salud mental. «Es por ello que la principal reivindicación del movimiento asociativo en este día es reclamar que la salud mental es un derecho de todas las personas, independientemente de su situación personal, económica, social, educativa, sexual, racial o de discapacidad», afirmó.

En su intervención, Zapico puso el dedo en una de las grandes contradicciones de la atención a la salud mental que presta el Sistema Nacional de Salud en estos momentos: poca atención, pero mucha medicalización. O mucho sufrimiento y demasiada prescripción de psicofármacos. «¿Cómo podemos haber normalizado que casi el 11% de la población española consuma tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para que no nos escandalicemos ante estos datos, para que los asumamos como algo `normal´? Que sea habitual no quiere decir que debamos conformarnos».

El Gobierno recogió el capote y el sábado 9 anunció el Plan de Acción 2021-2024 en Salud Mental, que contará con una dotación presupuestaria de 100 millones de euros y que, además del teléfono para la prevención del suicidio, y entre otras medidas, impulsará la formación sanitaria en salud mental, lanzará una campaña de visibilización, que tiene como objetivo derribar el estigma, pero también facilitar la detección precoz de los trastornos mentales –está comprobado que mejora sustancialmente la evolución y el pronóstico–, y se incorporará la especialidad de psiquiatría infantil a la formación sanitaria especializada.

Ya se han producido las primeras reacciones al plan de Sanidad, pero el puente ha ralentizado el proceso y, en todo caso, requieren un análisis extenso y profundo. Cabe decir, no obstante, que, en un momento en el que la salud mental de la infancia y la adolescencia está en serio riesgo, llama la atención que no se mencione el papel de la psicología clínica, que ha demostrado sobradamente su eficacia terapéutica. En este sentido, en un comunicado emitido antes de conocerse el paquete de medias anunciado por Pedro Sánchez, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid lamenta que el Ministerio de Sanidad y Política Social haya aprobado recientemente la especialidad de psiquiatría infantil y de la adolescencia, pero no la de psicología clínica de la Infancia y la adolescencia.

A la espera de tener más datos y, sobre todo, de comprobar que las mejoras efectivamente se aplican en beneficio de la población, especialmente de la más vulnerable, propongo un regreso al evento de Salud Mental España para contar que también contó con la participación de la escritora Espido Freire y del cómico Ángel Martín, ambos en calidad de personas que se han recuperado de al menos un problema de salud mental. Para terminar este texto, qué mejor que sus palabras contra el estigma y la incomprensión que todavía rodean estas enfermedades.

«¿Cómo se sale de la enfermedad mental? Pues depende –explicó Espido Freire–. Lo que sí sé es que no es una cuestión de fuerza de voluntad. Este es uno de los grandes mitos con los que nos encontramos, porque la voluntad está escindida, mermada, anulada… Se sale con mucho apoyo profesional y familiar. Y con tiempo».  Al preguntarle qué pediría para mejorar las cosas, Ángel Martín dijo que «trataría de eliminar el discurso del pobrecito tú, que se centra en la pena y en lo negativo, y empezaría a poner en el foco en los casos de éxito, en las personas que se recuperan». La respuesta de Espido Freire fue más sucinta: más recursos.

* La imagen que ilustra esta publicación es de Dekler Ph y está disponible en Unsplash.