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La diabetes no tiene la repercusión que le toca

La diabetes no tiene la repercusión que le toca. Esta frase resume la paradoja de una enfermedad crónica, heterogénea y extremadamente compleja, que desafía por igual a pacientes, familiares y sistemas de salud. Sus cifras son muy serias: afecta a uno de cada 11 habitantes del planeta, el 50% de las personas adultas que la padecen no lo saben y su abordaje supone al menos el 10% del gasto sanitario en los países desarrollados. En España hay 386.000 nuevos diagnósticos anuales de diabetes tipo 2, la más frecuente y ligada a hábitos poco saludables. Aunque la sufre el13.8% de la población adulta, es una gran desconocida. Sin embargo, cuando no está bien controlada, dispara el riesgo de enfermedad cardiovascular, ceguera, amputaciones e insuficiencia renal, entre otras comorbilidades, y puede recortar hasta 15 años la expectativa de vida.

«La diabetes no tiene la repercusión que le toca», afirmó Antonio Pérez Pérez, médico endocrino y presidente de la Sociedad Española de Diabetes (SED) en la presentación del XXXII Congreso Nacional dedicado a esta patología, celebrado en formato virtual entre el 16 y el 18 de junio de 2021.

Esta enfermedad metabólica, crónica e irreversible es de una complejidad brutal. A grandes rasgos, se caracteriza por el fallo en la secreción de la hormona insulina, en su función o en ambas, que tiene como consecuencia un aumento de la proporción de glucosa en la sangre que, de no recibir el tratamiento adecuado, sobrecarga y termina por causar daños severos en tejidos, sistemas y órganos.

El envejecimiento de la población, el alarmante aumento del sedentarismo y la eclosión de una alimentación poco saludable han aumentado la prevalencia de la diabetes mellitus, fundamentalmente la de tipo 2 (DM2), en la que el estilo de vida juega un papel decisivo, aunque haya una predisposición genética subyacente. Los casos se han disparado hasta el punto convertirla en una de las grandes plagas de nuestro tiempo, muy a menudo ligada a la obesidad, lo que ha dado lugar a un neologismo: diabesidad.

Precisamente, la diabesidad es una de las razones por las que se tambalea la tradicional división de la diabetes en los tipos fundamentales 1 y 2, Si bien la evidencia científica todavía no es lo suficientemente robusta como para establecer una nueva clasificación ‘oficial’, se sabe que la definición de DM2 es poco precisa, incapaz de contener la heterogeneidad de la enfermedad en la edad adulta. Por ejemplo, un porcentaje significativo de las personas obesas con diabetes presentan niveles de glucosa más cercanos a los valores normales que a los de las personas con resistencia a la insulina del tipo 2 ‘clásico’.

De igual manera, hace años que se abandonó la idea de que la diabetes tipo 1 (DM1) se pueda definir como enfermedad autoinmune de origen desconocido que debuta siempre en la infancia y la adolescencia, mientras que la de tipo 2 se defina como una patología prevenible que hace siempre su aparición en la edad adulta.

Por una parte, el tipo 1 autoinmune, en el que el páncreas deja de producir insulina –que deberá ser suministrada a las personas afectadas– puede surgir en la edad adulta. Además, existe un tipo 1 idiopático, en el que la secreción de insulina es muy deficitaria y fluctuante –por lo que también deberá ser suministrada–, que que puede debutar en la edad adulta y afecta mayoritariamente a personas de origen afroamericano, asiático, nativo americano o hispanoamericano.

Por otra parte, cada vez son más tristemente frecuentes los diagnósticos de DM2 en jóvenes, adolescentes e incluso niñas y niños con sobrepeso u obesidad, poca o nula actividad física, altos niveles de estrés y una dieta rica en carbohidratos refinados y alimentos ultraprocesados.

Pese a todo, es una enfermedad de continente conocido (todo el mundo ha oído hablar de ella) y contenido ignoto. En junio de 2020 se conocieron los resultados de la encuesta Impacto de la diabetes en la calidad de vida: percepciones y actitudes entre la población y los pacientes, impulsada por AstraZeneca y desarrollada por Ipsos.

Según este documento, solo el 18% de la población general afirma sentir respeto por la diabetes, un porcentaje que se incrementa hasta casi el 60% en patologías como el cáncer. Sorprendentemente, esta situación se replica entre las personas con diabetes, que tienen una percepción baja sobre la gravedad de la enfermedad si no se controla adecuadamente: solo 32% de las personas con DM1 y el 36% de las personas con DM2 afirman sentir respeto.

Por si fuera poco, solo el 18% de la población general sabe definirla con exactitud, frente al 59% de las personas con DM1 y al 62% de las personas con DM2. Y, pese a que se espera que sea séptima causa de muerte en el mundo en 2030, solo el 18% de los pacientes de DM1 y el 21% de las personas con DM2 la sitúa entre las patologías más mortales.

Una vez más, el dinero sí importa

Según la última edición del Atlas de la Diabetes, publicada en 2019 por la Federación Internacional de la Diabetes (FID), la expansión de esta enfermedad es uno de los desafíos sanitarios de mayor crecimiento del siglo XXI: los adultos que viven con ella se han más que triplicado durante los últimos 20 años. Y seguirá creciendo: la FID estima que 578 millones de adultos vivirán con diabetes en 2030, y el número alcanzará los 700 millones en 2045.

Sin embargo, el crecimiento es desigual, ya que el 79% de las personas con diabetes residen en países de ingresos bajos o medios. Además, aunque su prevalencia –número total de casos– siga aumentando a nivel global, debido a que un correcto control de la enfermedad permite a las personas afectadas llevar una vida larga y plena, la incidencia anual –nuevos diagnósticos– arroja diferencias.

Un reciente análisis de bases de datos poblacionales de 19 países o regiones de ingresos elevados y dos de ingresos medianos ha demostrado que, en los últimos diez años, la incidencia de personas diagnosticadas de diabetes 1 y 2 se ha reducido en los países de alto nivel económico entre un 1 y un 10% anual. El estudio se publicó en febrero de 2021 en The Lancet Diabetes & Endocrinology, contó con la participación de investigadores españoles e incluyó datos del Sistema de Información para el Desarrollo de la Investigación en Atención Primaria (SidiAP), del Servicio Catalán de Salud.

Al menos el 50% de las personas con diabetes no saben que la tienen, pero el deterioro que produce es inexorable. Bastaría un análisis de sangre para diagnosticarla, por eso es buena idea recuperar la sana costumbre del chequeo médico

Además, la obesidad, uno de los principales factores de riesgo de la DM2, impacta con más fuerza en las familias de ingresos bajos. De acuerdo con la última edición del Estudio sobre Alimentación, Actividad Física, Desarrollo Infantil y Obesidad en España, Estudio Aladino 2019, el 23,2% de las niñas y los niños de entre 6 y 9 años de familias con ingresos inferiores a 18.000 euros anuales tienen obesidad, frente al 11,9% de las niñas y los niños del mismo grupo de edad de familias con ingresos que superan los 30.000 euros al año.

Diabetes y Covid-19: la tormenta perfecta

Como ha sucedido con el conjunto de las enfermedades crónicas, la diabetes se ha visto claramente afectada por el colapso sanitario desencadenado por las sucesivas olas de la pandemia de Covid-19, especialmente durante el durísimo confinamiento de la primavera de 2020.

Durante el Congreso de la SED, que se clausura hoy, se han presentado los datos de AphosDiab, un estudio epidemiológico de ámbito nacional realizado en centros de salud (65%) y consultas de endocrinología (35%). El objetivo principal era analizar el riesgo de hospitalización en pacientes diabéticos y no diabéticos diagnosticados de Covid. El estudio concluyó que la diabetes no es un factor de riesgo de ingreso. El problema es otro.

Según recuerda el presidente de la SED, «está bien establecido que, una vez adquirida la Covid-19, los pacientes con diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada tienen un peor pronóstico». Presentan mayor riesgo de insuficiencia respiratoria y complicaciones cardíacas, más del doble de probabilidades de ser ingresados en unidades de cuidados intensivos y una mortalidad hasta tres veces mayor que las personas sin diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada.

Curiosamente, pese a que las personas con DM1 necesitan inyectarse insulina y medir constantemente su estado metabólico para ajustar la frecuencia y la dosis, fue en las personas con DM2 en las que la enfermedad se manifestó claramente como factor de virulencia de la infección por SARS-CoV2.

También fue este grupo de pacientes, mucho más numeroso en el de personas con DM1, el más perjudicado por la pandemia en la gestión de su enfermedad, aunque no contrajesen Covid-19. De forma directa (por los efectos de la propia emergencia sanitaria) e indirecta (por las medidas de prevención del contagio en centros sanitarios), hubo una interrupción o ralentización de la atención sanitaria a las personas con diabetes, lo que contribuyó al deterioro del control metabólico, así como al retraso en el diagnóstico de la enfermedad y de las complicaciones asociadas. «Este impacto fue más importante en personas mayores, de áreas desfavorecidas y con menor capacidad para la automonitorización y el autoajuste del tratamiento», indica Antonio Pérez Pérez.

Las personas con DM1 tienen un mayor acceso a la innovación, tanto terapéutica como de monitorización y consulta remota, pero también han aprendido a gestionar su enfermedad con mayor precisión, por lo que son más competentes a la hora de adaptar el tratamiento a las necesidades del momento.

Por último, es de esperar que asistamos a unos años de aumento de la incidencia, los diagnósticos tardíos –un factor de mal pronóstico en cáncer, pero también en diabetes–, las complicaciones e incluso la mortalidad general derivada de enfermedades crónicas y agudas potencialmente graves. En DM2, por ejemplo, el consumo de alcohol y el sedentarismo son claros factores de riesgo, y ambos han aumentado significativamente durante los primeros meses de la pandemia.

Coordinación, telemedicina y una atención primaria fuerte

El análisis de datos y la experiencia clínica han puesto de relieve que, para minimizar las repercusiones de este tipo de situaciones de emergencia como la que hemos vivido, es necesario garantizar que los pacientes reciban una atención clínica eficiente que contemple las diferentes prestaciones (incluido el cribado de la enfermedad en las personas de riesgo, la educación y la monitorización del control metabólico y de las complicaciones) en visitas presenciales o remotas, así como la adaptación del tratamiento de la diabetes mellitus a un contexto de pandemia.

El Congreso de la SED también ha subrayado el deterioro que se ha producido en el control de la enfermedad y el consiguiente incremento de la presencia en salas de urgencias y de la hospitalización de un número de pacientes con complicaciones agudas y crónicas derivadas de su diabetes que no se veía desde hace tiempo.

Para el presidente de la SED, «como aspecto positivo, es preciso destacar que la pandemia ha impulsado las consultas virtuales, la accesibilidad a los medicamentos prescritos en la receta electrónica, la coordinación entre centros sanitarios y farmacias, la utilización de recursos educativos online y la eclosión de herramientas de telemedicina».

La pandemia de COVID-19 ha provocado cambios sustanciales en la atención médica, la formación y la investigación en diabetes. Probablemente, opina el Dr. Antonio Pérez Pérez, «el mayor valor de algunos de estos cambios profundos es asumir la necesidad de invertir en el sector de la salud, donde el ‘como de costumbre’ resulta difícil de modificar, pero que también es capaz de responder de forma excepcional cuando se le necesita».

Para el especialista, «es imprescindible dotar al sistema de robustez, invirtiendo en tecnología, pero sobre todo en personal sanitario bien formado, con especial énfasis en atención primaria, fomentar la educación en salud, potenciar la organización sanitaria eficiente e invertir en la innovación dirigida a facilitar la atención de las personas con enfermedades crónicas es el aprendizaje que no deberíamos olvidar. La pandemia ha revelado la profunda falta de inversión y previsión de la sanidad española, una carencia que es especialmente marcada en atención primaria».

La diabetes no tiene la repercusión que le toca. Esta frase resume la paradoja de una enfermedad crónica, heterogénea y extremadamente compleja, que desafía por igual a pacientes, familiares y sistemas de salud. Sus cifras son muy serias: afecta a uno de cada 11 habitantes del planeta, el 50% de las personas adultas que la padecen no lo saben y su abordaje supone al menos el 10% del gasto sanitario en los países desarrollados. En España hay 386.000 nuevos diagnósticos anuales de diabetes tipo 2, la más frecuente y ligada a hábitos poco saludables. Aunque la sufre el13.8% de la población adulta, es una gran desconocida. Sin embargo, cuando no está bien controlada, dispara el riesgo de enfermedad cardiovascular, ceguera, amputaciones e insuficiencia renal, entre otras comorbilidades, y puede recortar hasta 15 años la expectativa de vida.

«La diabetes no tiene la repercusión que le toca», afirmó Antonio Pérez Pérez, médico endocrino y presidente de la Sociedad Española de Diabetes (SED) en la presentación del XXXII Congreso Nacional dedicado a esta patología, celebrado en formato virtual entre el 16 y el 18 de junio de 2021.

Esta enfermedad metabólica, crónica e irreversible es de una complejidad brutal. A grandes rasgos, se caracteriza por el fallo en la secreción de la hormona insulina, en su función o en ambas, que tiene como consecuencia un aumento de la proporción de glucosa en la sangre que, de no recibir el tratamiento adecuado, sobrecarga y termina por causar daños severos en tejidos, sistemas y órganos.

El envejecimiento de la población, el alarmante aumento del sedentarismo y la eclosión de una alimentación poco saludable han aumentado la prevalencia de la diabetes mellitus, fundamentalmente la de tipo 2 (DM2), en la que el estilo de vida juega un papel decisivo, aunque haya una predisposición genética subyacente. Los casos se han disparado hasta el punto convertirla en una de las grandes plagas de nuestro tiempo, muy a menudo ligada a la obesidad, lo que ha dado lugar a un neologismo: diabesidad.

Precisamente, la diabesidad es una de las razones por las que se tambalea la tradicional división de la diabetes en los tipos fundamentales 1 y 2, Si bien la evidencia científica todavía no es lo suficientemente robusta como para establecer una nueva clasificación ‘oficial’, se sabe que la definición de DM2 es poco precisa, incapaz de contener la heterogeneidad de la enfermedad en la edad adulta. Por ejemplo, un porcentaje significativo de las personas obesas con diabetes presentan niveles de glucosa más cercanos a los valores normales que a los de las personas con resistencia a la insulina del tipo 2 ‘clásico’.

De igual manera, hace años que se abandonó la idea de que la diabetes tipo 1 (DM1) se pueda definir como enfermedad autoinmune de origen desconocido que debuta siempre en la infancia y la adolescencia, mientras que la de tipo 2 se defina como una patología prevenible que hace siempre su aparición en la edad adulta.

Por una parte, el tipo 1 autoinmune, en el que el páncreas deja de producir insulina –que deberá ser suministrada a las personas afectadas– puede surgir en la edad adulta. Además, existe un tipo 1 idiopático, en el que la secreción de insulina es muy deficitaria y fluctuante –por lo que también deberá ser suministrada–, que que puede debutar en la edad adulta y afecta mayoritariamente a personas de origen afroamericano, asiático, nativo americano o hispanoamericano.

Por otra parte, cada vez son más tristemente frecuentes los diagnósticos de DM2 en jóvenes, adolescentes e incluso niñas y niños con sobrepeso u obesidad, poca o nula actividad física, altos niveles de estrés y una dieta rica en carbohidratos refinados y alimentos ultraprocesados.

Pese a todo, es una enfermedad de continente conocido (todo el mundo ha oído hablar de ella) y contenido ignoto. En junio de 2020 se conocieron los resultados de la encuesta Impacto de la diabetes en la calidad de vida: percepciones y actitudes entre la población y los pacientes, impulsada por AstraZeneca y desarrollada por Ipsos.

Según este documento, solo el 18% de la población general afirma sentir respeto por la diabetes, un porcentaje que se incrementa hasta casi el 60% en patologías como el cáncer. Sorprendentemente, esta situación se replica entre las personas con diabetes, que tienen una percepción baja sobre la gravedad de la enfermedad si no se controla adecuadamente: solo 32% de las personas con DM1 y el 36% de las personas con DM2 afirman sentir respeto.

Por si fuera poco, solo el 18% de la población general sabe definirla con exactitud, frente al 59% de las personas con DM1 y al 62% de las personas con DM2. Y, pese a que se espera que sea séptima causa de muerte en el mundo en 2030, solo el 18% de los pacientes de DM1 y el 21% de las personas con DM2 la sitúa entre las patologías más mortales.

Una vez más, el dinero sí importa

Según la última edición del Atlas de la Diabetes, publicada en 2019 por la Federación Internacional de la Diabetes (FID), la expansión de esta enfermedad es uno de los desafíos sanitarios de mayor crecimiento del siglo XXI: los adultos que viven con ella se han más que triplicado durante los últimos 20 años. Y seguirá creciendo: la FID estima que 578 millones de adultos vivirán con diabetes en 2030, y el número alcanzará los 700 millones en 2045.

Sin embargo, el crecimiento es desigual, ya que el 79% de las personas con diabetes residen en países de ingresos bajos o medios. Además, aunque su prevalencia –número total de casos– siga aumentando a nivel global, debido a que un correcto control de la enfermedad permite a las personas afectadas llevar una vida larga y plena, la incidencia anual –nuevos diagnósticos– arroja diferencias.

Un reciente análisis de bases de datos poblacionales de 19 países o regiones de ingresos elevados y dos de ingresos medianos ha demostrado que, en los últimos diez años, la incidencia de personas diagnosticadas de diabetes 1 y 2 se ha reducido en los países de alto nivel económico entre un 1 y un 10% anual. El estudio se publicó en febrero de 2021 en The Lancet Diabetes & Endocrinology, contó con la participación de investigadores españoles e incluyó datos del Sistema de Información para el Desarrollo de la Investigación en Atención Primaria (SidiAP), del Servicio Catalán de Salud.

Al menos el 50% de las personas con diabetes no saben que la tienen, pero el deterioro que produce es inexorable. Bastaría un análisis de sangre para diagnosticarla, por eso es buena idea recuperar la sana costumbre del chequeo médico

Además, la obesidad, uno de los principales factores de riesgo de la DM2, impacta con más fuerza en las familias de ingresos bajos. De acuerdo con la última edición del Estudio sobre Alimentación, Actividad Física, Desarrollo Infantil y Obesidad en España, Estudio Aladino 2019, el 23,2% de las niñas y los niños de entre 6 y 9 años de familias con ingresos inferiores a 18.000 euros anuales tienen obesidad, frente al 11,9% de las niñas y los niños del mismo grupo de edad de familias con ingresos que superan los 30.000 euros al año.

Diabetes y Covid-19: la tormenta perfecta

Como ha sucedido con el conjunto de las enfermedades crónicas, la diabetes se ha visto claramente afectada por el colapso sanitario desencadenado por las sucesivas olas de la pandemia de Covid-19, especialmente durante el durísimo confinamiento de la primavera de 2020.

Durante el Congreso de la SED, que se clausura hoy, se han presentado los datos de AphosDiab, un estudio epidemiológico de ámbito nacional realizado en centros de salud (65%) y consultas de endocrinología (35%). El objetivo principal era analizar el riesgo de hospitalización en pacientes diabéticos y no diabéticos diagnosticados de Covid. El estudio concluyó que la diabetes no es un factor de riesgo de ingreso. El problema es otro.

Según recuerda el presidente de la SED, «está bien establecido que, una vez adquirida la Covid-19, los pacientes con diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada tienen un peor pronóstico». Presentan mayor riesgo de insuficiencia respiratoria y complicaciones cardíacas, más del doble de probabilidades de ser ingresados en unidades de cuidados intensivos y una mortalidad hasta tres veces mayor que las personas sin diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada.

Curiosamente, pese a que las personas con DM1 necesitan inyectarse insulina y medir constantemente su estado metabólico para ajustar la frecuencia y la dosis, fue en las personas con DM2 en las que la enfermedad se manifestó claramente como factor de virulencia de la infección por SARS-CoV2.

También fue este grupo de pacientes, mucho más numeroso en el de personas con DM1, el más perjudicado por la pandemia en la gestión de su enfermedad, aunque no contrajesen Covid-19. De forma directa (por los efectos de la propia emergencia sanitaria) e indirecta (por las medidas de prevención del contagio en centros sanitarios), hubo una interrupción o ralentización de la atención sanitaria a las personas con diabetes, lo que contribuyó al deterioro del control metabólico, así como al retraso en el diagnóstico de la enfermedad y de las complicaciones asociadas. «Este impacto fue más importante en personas mayores, de áreas desfavorecidas y con menor capacidad para la automonitorización y el autoajuste del tratamiento», indica Antonio Pérez Pérez.

Las personas con DM1 tienen un mayor acceso a la innovación, tanto terapéutica como de monitorización y consulta remota, pero también han aprendido a gestionar su enfermedad con mayor precisión, por lo que son más competentes a la hora de adaptar el tratamiento a las necesidades del momento.

Por último, es de esperar que asistamos a unos años de aumento de la incidencia, los diagnósticos tardíos –un factor de mal pronóstico en cáncer, pero también en diabetes–, las complicaciones e incluso la mortalidad general derivada de enfermedades crónicas y agudas potencialmente graves. En DM2, por ejemplo, el consumo de alcohol y el sedentarismo son claros factores de riesgo, y ambos han aumentado significativamente durante los primeros meses de la pandemia.

Coordinación, telemedicina y una atención primaria fuerte

El análisis de datos y la experiencia clínica han puesto de relieve que, para minimizar las repercusiones de este tipo de situaciones de emergencia como la que hemos vivido, es necesario garantizar que los pacientes reciban una atención clínica eficiente que contemple las diferentes prestaciones (incluido el cribado de la enfermedad en las personas de riesgo, la educación y la monitorización del control metabólico y de las complicaciones) en visitas presenciales o remotas, así como la adaptación del tratamiento de la diabetes mellitus a un contexto de pandemia.

El Congreso de la SED también ha subrayado el deterioro que se ha producido en el control de la enfermedad y el consiguiente incremento de la presencia en salas de urgencias y de la hospitalización de un número de pacientes con complicaciones agudas y crónicas derivadas de su diabetes que no se veía desde hace tiempo.

Para el presidente de la SED, «como aspecto positivo, es preciso destacar que la pandemia ha impulsado las consultas virtuales, la accesibilidad a los medicamentos prescritos en la receta electrónica, la coordinación entre centros sanitarios y farmacias, la utilización de recursos educativos online y la eclosión de herramientas de telemedicina».

La pandemia de COVID-19 ha provocado cambios sustanciales en la atención médica, la formación y la investigación en diabetes. Probablemente, opina el Dr. Antonio Pérez Pérez, «el mayor valor de algunos de estos cambios profundos es asumir la necesidad de invertir en el sector de la salud, donde el ‘como de costumbre’ resulta difícil de modificar, pero que también es capaz de responder de forma excepcional cuando se le necesita».

Para el especialista, «es imprescindible dotar al sistema de robustez, invirtiendo en tecnología, pero sobre todo en personal sanitario bien formado, con especial énfasis en atención primaria, fomentar la educación en salud, potenciar la organización sanitaria eficiente e invertir en la innovación dirigida a facilitar la atención de las personas con enfermedades crónicas es el aprendizaje que no deberíamos olvidar. La pandemia ha revelado la profunda falta de inversión y previsión de la sanidad española, una carencia que es especialmente marcada en atención primaria».

La diabetes no tiene la repercusión que le toca. Esta frase resume la paradoja de una enfermedad crónica, heterogénea y extremadamente compleja, que desafía por igual a pacientes, familiares y sistemas de salud. Sus cifras son muy serias: afecta a uno de cada 11 habitantes del planeta, el 50% de las personas adultas que la padecen no lo saben y su abordaje supone al menos el 10% del gasto sanitario en los países desarrollados. En España hay 386.000 nuevos diagnósticos anuales de diabetes tipo 2, la más frecuente y ligada a hábitos poco saludables. Aunque la sufre el13.8% de la población adulta, es una gran desconocida. Sin embargo, cuando no está bien controlada, dispara el riesgo de enfermedad cardiovascular, ceguera, amputaciones e insuficiencia renal, entre otras comorbilidades, y puede recortar hasta 15 años la expectativa de vida.

«La diabetes no tiene la repercusión que le toca», afirmó Antonio Pérez Pérez, médico endocrino y presidente de la Sociedad Española de Diabetes (SED) en la presentación del XXXII Congreso Nacional dedicado a esta patología, celebrado en formato virtual entre el 16 y el 18 de junio de 2021.

Esta enfermedad metabólica, crónica e irreversible es de una complejidad brutal. A grandes rasgos, se caracteriza por el fallo en la secreción de la hormona insulina, en su función o en ambas, que tiene como consecuencia un aumento de la proporción de glucosa en la sangre que, de no recibir el tratamiento adecuado, sobrecarga y termina por causar daños severos en tejidos, sistemas y órganos.

El envejecimiento de la población, el alarmante aumento del sedentarismo y la eclosión de una alimentación poco saludable han aumentado la prevalencia de la diabetes mellitus, fundamentalmente la de tipo 2 (DM2), en la que el estilo de vida juega un papel decisivo, aunque haya una predisposición genética subyacente. Los casos se han disparado hasta el punto convertirla en una de las grandes plagas de nuestro tiempo, muy a menudo ligada a la obesidad, lo que ha dado lugar a un neologismo: diabesidad.

Precisamente, la diabesidad es una de las razones por las que se tambalea la tradicional división de la diabetes en los tipos fundamentales 1 y 2, Si bien la evidencia científica todavía no es lo suficientemente robusta como para establecer una nueva clasificación ‘oficial’, se sabe que la definición de DM2 es poco precisa, incapaz de contener la heterogeneidad de la enfermedad en la edad adulta. Por ejemplo, un porcentaje significativo de las personas obesas con diabetes presentan niveles de glucosa más cercanos a los valores normales que a los de las personas con resistencia a la insulina del tipo 2 ‘clásico’.

De igual manera, hace años que se abandonó la idea de que la diabetes tipo 1 (DM1) se pueda definir como enfermedad autoinmune de origen desconocido que debuta siempre en la infancia y la adolescencia, mientras que la de tipo 2 se defina como una patología prevenible que hace siempre su aparición en la edad adulta.

Por una parte, el tipo 1 autoinmune, en el que el páncreas deja de producir insulina –que deberá ser suministrada a las personas afectadas– puede surgir en la edad adulta. Además, existe un tipo 1 idiopático, en el que la secreción de insulina es muy deficitaria y fluctuante –por lo que también deberá ser suministrada–, que que puede debutar en la edad adulta y afecta mayoritariamente a personas de origen afroamericano, asiático, nativo americano o hispanoamericano.

Por otra parte, cada vez son más tristemente frecuentes los diagnósticos de DM2 en jóvenes, adolescentes e incluso niñas y niños con sobrepeso u obesidad, poca o nula actividad física, altos niveles de estrés y una dieta rica en carbohidratos refinados y alimentos ultraprocesados.

Pese a todo, es una enfermedad de continente conocido (todo el mundo ha oído hablar de ella) y contenido ignoto. En junio de 2020 se conocieron los resultados de la encuesta Impacto de la diabetes en la calidad de vida: percepciones y actitudes entre la población y los pacientes, impulsada por AstraZeneca y desarrollada por Ipsos.

Según este documento, solo el 18% de la población general afirma sentir respeto por la diabetes, un porcentaje que se incrementa hasta casi el 60% en patologías como el cáncer. Sorprendentemente, esta situación se replica entre las personas con diabetes, que tienen una percepción baja sobre la gravedad de la enfermedad si no se controla adecuadamente: solo 32% de las personas con DM1 y el 36% de las personas con DM2 afirman sentir respeto.

Por si fuera poco, solo el 18% de la población general sabe definirla con exactitud, frente al 59% de las personas con DM1 y al 62% de las personas con DM2. Y, pese a que se espera que sea séptima causa de muerte en el mundo en 2030, solo el 18% de los pacientes de DM1 y el 21% de las personas con DM2 la sitúa entre las patologías más mortales.

Una vez más, el dinero sí importa

Según la última edición del Atlas de la Diabetes, publicada en 2019 por la Federación Internacional de la Diabetes (FID), la expansión de esta enfermedad es uno de los desafíos sanitarios de mayor crecimiento del siglo XXI: los adultos que viven con ella se han más que triplicado durante los últimos 20 años. Y seguirá creciendo: la FID estima que 578 millones de adultos vivirán con diabetes en 2030, y el número alcanzará los 700 millones en 2045.

Sin embargo, el crecimiento es desigual, ya que el 79% de las personas con diabetes residen en países de ingresos bajos o medios. Además, aunque su prevalencia –número total de casos– siga aumentando a nivel global, debido a que un correcto control de la enfermedad permite a las personas afectadas llevar una vida larga y plena, la incidencia anual –nuevos diagnósticos– arroja diferencias.

Un reciente análisis de bases de datos poblacionales de 19 países o regiones de ingresos elevados y dos de ingresos medianos ha demostrado que, en los últimos diez años, la incidencia de personas diagnosticadas de diabetes 1 y 2 se ha reducido en los países de alto nivel económico entre un 1 y un 10% anual. El estudio se publicó en febrero de 2021 en The Lancet Diabetes & Endocrinology, contó con la participación de investigadores españoles e incluyó datos del Sistema de Información para el Desarrollo de la Investigación en Atención Primaria (SidiAP), del Servicio Catalán de Salud.

Al menos el 50% de las personas con diabetes no saben que la tienen, pero el deterioro que produce es inexorable. Bastaría un análisis de sangre para diagnosticarla, por eso es buena idea recuperar la sana costumbre del chequeo médico

Además, la obesidad, uno de los principales factores de riesgo de la DM2, impacta con más fuerza en las familias de ingresos bajos. De acuerdo con la última edición del Estudio sobre Alimentación, Actividad Física, Desarrollo Infantil y Obesidad en España, Estudio Aladino 2019, el 23,2% de las niñas y los niños de entre 6 y 9 años de familias con ingresos inferiores a 18.000 euros anuales tienen obesidad, frente al 11,9% de las niñas y los niños del mismo grupo de edad de familias con ingresos que superan los 30.000 euros al año.

Diabetes y Covid-19: la tormenta perfecta

Como ha sucedido con el conjunto de las enfermedades crónicas, la diabetes se ha visto claramente afectada por el colapso sanitario desencadenado por las sucesivas olas de la pandemia de Covid-19, especialmente durante el durísimo confinamiento de la primavera de 2020.

Durante el Congreso de la SED, que se clausura hoy, se han presentado los datos de AphosDiab, un estudio epidemiológico de ámbito nacional realizado en centros de salud (65%) y consultas de endocrinología (35%). El objetivo principal era analizar el riesgo de hospitalización en pacientes diabéticos y no diabéticos diagnosticados de Covid. El estudio concluyó que la diabetes no es un factor de riesgo de ingreso. El problema es otro.

Según recuerda el presidente de la SED, «está bien establecido que, una vez adquirida la Covid-19, los pacientes con diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada tienen un peor pronóstico». Presentan mayor riesgo de insuficiencia respiratoria y complicaciones cardíacas, más del doble de probabilidades de ser ingresados en unidades de cuidados intensivos y una mortalidad hasta tres veces mayor que las personas sin diabetes mellitus o hiperglucemia no controlada.

Curiosamente, pese a que las personas con DM1 necesitan inyectarse insulina y medir constantemente su estado metabólico para ajustar la frecuencia y la dosis, fue en las personas con DM2 en las que la enfermedad se manifestó claramente como factor de virulencia de la infección por SARS-CoV2.

También fue este grupo de pacientes, mucho más numeroso en el de personas con DM1, el más perjudicado por la pandemia en la gestión de su enfermedad, aunque no contrajesen Covid-19. De forma directa (por los efectos de la propia emergencia sanitaria) e indirecta (por las medidas de prevención del contagio en centros sanitarios), hubo una interrupción o ralentización de la atención sanitaria a las personas con diabetes, lo que contribuyó al deterioro del control metabólico, así como al retraso en el diagnóstico de la enfermedad y de las complicaciones asociadas. «Este impacto fue más importante en personas mayores, de áreas desfavorecidas y con menor capacidad para la automonitorización y el autoajuste del tratamiento», indica Antonio Pérez Pérez.

Las personas con DM1 tienen un mayor acceso a la innovación, tanto terapéutica como de monitorización y consulta remota, pero también han aprendido a gestionar su enfermedad con mayor precisión, por lo que son más competentes a la hora de adaptar el tratamiento a las necesidades del momento.

Por último, es de esperar que asistamos a unos años de aumento de la incidencia, los diagnósticos tardíos –un factor de mal pronóstico en cáncer, pero también en diabetes–, las complicaciones e incluso la mortalidad general derivada de enfermedades crónicas y agudas potencialmente graves. En DM2, por ejemplo, el consumo de alcohol y el sedentarismo son claros factores de riesgo, y ambos han aumentado significativamente durante los primeros meses de la pandemia.

Coordinación, telemedicina y una atención primaria fuerte

El análisis de datos y la experiencia clínica han puesto de relieve que, para minimizar las repercusiones de este tipo de situaciones de emergencia como la que hemos vivido, es necesario garantizar que los pacientes reciban una atención clínica eficiente que contemple las diferentes prestaciones (incluido el cribado de la enfermedad en las personas de riesgo, la educación y la monitorización del control metabólico y de las complicaciones) en visitas presenciales o remotas, así como la adaptación del tratamiento de la diabetes mellitus a un contexto de pandemia.

El Congreso de la SED también ha subrayado el deterioro que se ha producido en el control de la enfermedad y el consiguiente incremento de la presencia en salas de urgencias y de la hospitalización de un número de pacientes con complicaciones agudas y crónicas derivadas de su diabetes que no se veía desde hace tiempo.

Para el presidente de la SED, «como aspecto positivo, es preciso destacar que la pandemia ha impulsado las consultas virtuales, la accesibilidad a los medicamentos prescritos en la receta electrónica, la coordinación entre centros sanitarios y farmacias, la utilización de recursos educativos online y la eclosión de herramientas de telemedicina».

La pandemia de COVID-19 ha provocado cambios sustanciales en la atención médica, la formación y la investigación en diabetes. Probablemente, opina el Dr. Antonio Pérez Pérez, «el mayor valor de algunos de estos cambios profundos es asumir la necesidad de invertir en el sector de la salud, donde el ‘como de costumbre’ resulta difícil de modificar, pero que también es capaz de responder de forma excepcional cuando se le necesita».

Para el especialista, «es imprescindible dotar al sistema de robustez, invirtiendo en tecnología, pero sobre todo en personal sanitario bien formado, con especial énfasis en atención primaria, fomentar la educación en salud, potenciar la organización sanitaria eficiente e invertir en la innovación dirigida a facilitar la atención de las personas con enfermedades crónicas es el aprendizaje que no deberíamos olvidar. La pandemia ha revelado la profunda falta de inversión y previsión de la sanidad española, una carencia que es especialmente marcada en atención primaria».