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Las grasas trans y la contaminación tienen cosas en común

Puede sonar algo chocante, pero las grasas trans y la contaminación tienen cosas en común. Aunque sus conexiones son múltiples, en este artículo nos concentraremos en dos: ambas son nocivas y su control no se puede situar en el territorio exclusivo de la responsabilidad personal, sino que también es un asunto público.

Hoy, 7 de abril, se celebra el Día Mundial de la Salud 2021, bajo el lema Construir un mundo más justo y saludable, En esta ocasión la Organización Mundial de la Salud ha querido poner el foco en las desigualdades no solo en materia sanitaria, sino también en materia de salud, que no es lo mismo.

Las grasas trans son un ejemplo de desigualdad, ya que, aunque todas las personas estemos expuestas a su uso y su abuso por parte de la industria alimentaria, lo cierto es que el poder adquisitivo es probablemente el factor protector de mayor impacto frente a su consumo: a mayor riqueza, menor necesidad de llenar la cesta de la compra de productos ultraprocesados, aquellos en los que más abundan este tipo de grasas, pero también los más baratos.

Este importante aspecto socioeconómico es el que, contra lo que pueda parecer a priori, hace del control de este tipo de grasas en la producción alimentaria una cuestión pública, ya que no todas las familias disponen de los recursos económicos necesarios para construir su dieta a partir de alimentos saludables, frescos y procesados simples de calidad.

Factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, entre otras

Cada vez existe más evidencia científica en relación al impacto a largo plazo sobre la salud y la enfermedad de aspectos como la dieta, condicionada en gran medida por factores socioeconómicos, como hemos visto. Para aproximarse a la compleja relación entre factores genéticos y ambientales, es interesante comprender el papel del exposoma, sobre el que hemos escrito en Impaciente.

Del mismo modo que posee un genoma, cada persona tiene su propio y particular exposoma, un intrincado conjunto de variables, formado por distintos agentes estresores –tanto fisiológicos como psicológicos–, pero también por un abanico amplio y diverso de factores en continua evolución, como los condicionantes socioeconómicos, los agentes tóxicos –físicos y químicos–, los hábitos de vida o las características del ecosistema que que la rodea en cada época vital.

En los últimos días, la Fundación Española del Corazón (FEC) ha emitido dos comunicados, uno en relación a la contaminación atmosférica y otro sobre las grasas trans, ambos factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, que todavía constituyen la primera causa de muerte en el mundo, aunque seguidas cada vez más de cerca por el cáncer.

La evidencia científica demuestra que los ácidos grasos trans, presentes en alimentos de origen animal, pero ingeridas mayoritariamente a través de productos industriales ultraprocesados que contienen aceites vegetales hidrogenados –el de palma es el más conocido, pero no el único–, son las peores para la salud cardiovascular, ya que aumentan los niveles de colesterol ‘malo’ (LDL) y triglicéridos, además de disminuir los niveles de colesterol ‘bueno’ (HDL).

“Una vez consumidos, los ácidos grasos trans se absorben a través del aparato digestivo y pasan a la sangre. Se incorporan a las membranas de las células y sustituyen a las grasas que componen esas membranas, que van perdiendo o disminuyendo su flexibilidad y fluidez. Esto provoca que otras moléculas, como las del colesterol, no puedan acoplarse a la membrana y queden libres, aumentando así los niveles de colesterol en sangre”, concreta la Dra. Marisa Calle, que forma parte del Comité de Nutrición de la FEC y es profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad Complutense de Madrid

Además, aumentan los niveles de triglicéridos en sangre, asociado de forma independiente al riesgo de enfermedad cardiovascular. También se ha observado que los ácidos grasos trans aumentan la inflamación y los factores inflamatorios tienen un papel importante en el desarrollo de diabetes, aterosclerosis, ruptura de placa y muerte súbita cardiaca.

Por su parte, la contaminación atmosférica es la primera causa de muerte prematura por factores ambientales, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, siendo responsable de la muerte prematura de unos 30.000 españoles al año. Además, la polución causa enfermedades cardiovasculares y pulmonares vinculadas a tasas de mortalidad más altas de Covid-19, tal y como apunta la OMS.

Limitación del porcentaje máximo de grasas trans

El pasado viernes 2 de abril entró en vigor la legislación que limita el uso de grasas trans a un máximo de 2 gramos por cada 100 gramos de grasa en los alimentos. Se trata de una medida que la Comisión Europea adoptó en abril de 2019, aplaudida por la FEC, que, como otras entidades, venía reclamando la limitación de este tipo de grasas en los alimentos por sus efectos perjudiciales para la salud, ya que no solo dañan el sistema cardiovascular, sino que alteran la microbiota intestinal, deteriorando nuestra salud digestiva y debilitando nuestro sistema inmunológico, es decir, haciéndonos más vulnerables a todo tipo de enfermedades,

La medida afecta al conjunto del mercado de la Unión Europea y la industria alimentaria ha tenido tiempo para adaptarse a esta nueva regulación desde el momento de su anuncio hace dos años. Hasta ahora, únicamente existía una normativa que limitaba la cantidad de ácidos grasos trans en preparados para lactantes y leches de continuación, productos en los que no podían superar el 3% del contenido graso total.

Hasta ahora, solo Dinamarca, Austria, Suiza e Islandia tenían establecido un marco legal que obligaba a la industria a limitar la cantidad utilizada en productos alimentarios, no pudiendo superar el 2% del total, como regula esta nueva normativa que acaba de hacerse efectiva.

Sin embargo, estos límites no son la panacea ni solucionan el acceso de todas las personas a una alimentación variada, fresca y saludable. Aunque suponen un avance, queda mucho por hacer y no hay más que curiosear en los lineales de los supermercados para constatar la abundancia de productos con listas interminables de ingredientes, una de las principales características de los ultraprocesados.

Reducir la contaminación en las ciudades es salud

El pasado 23 de marzo, la Fundación Española del Corazón hizo llegar a los medios un comunicado, en el que señalaba que la mayoría de las ciudades de España deberían restringir el tráfico rodado para hacer frente a los crecientes niveles de contaminación atmosférica.

Esta es las recomendación general de la Alianza Europea de Salud Pública (EPHA, por sus siglas en inglés), con la que colaboran la propia FEC y la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ) junto a otras 80 ONG europeas de salud pública, asociaciones de pacientes, profesionales sanitarios, asociaciones de enfermos y organizaciones sanitarias.

Según los registros, las limitaciones impuestas por la pandemia desde marzo de 2020 lograron mejorar la calidad del aire de manera rápida pero, a medida que se van suavizando las restricciones, los niveles de contaminación han aumentado de nuevo, e incluso en algunas ciudades la calidad del aire actual es peor que antes del inicio de la crisis.

La EPHA y muchas de las entidades con las que colabora instan a los alcaldes de grandes ciudades a que inviertan los fondos europeos en reducir la contaminación. Esta petición se sustenta en las conclusiones de Air pollution and transport policies at city level, un nuevo y amplio estudio que analiza el coste y la eficacia de las distintas medidas tomadas en Europa para luchar contra la contaminación generada por el tráfico rodado.

Los investigadores han analizado 28 tipos de políticas urbanas que actualmente se ejecutan en una serie de ciudades de todo el mundo  para ver su efecto en las reducciones de partículas nocivas (PM) y óxido de nitrógeno (NOx) del tráfico rodado.

Una de las principales conclusiones del análisis es que prohibir la entrada de los vehículos contaminantes al centro de las ciudades podría reducir la contaminación por PM y NOx en localidades de más de un millón de habitantes hasta en un 23% y un 36%, respectivamente, ahorrando hasta 130 millones de euros al año en gastos sanitarios, entre otros.

Otra de las medidas tomadas ciudades como Londres, Estocolmo, Gotemburgo o Milán, cobrar una tasa a los vehículos contaminantes para entrar en el casco urbano, redujo las PM hasta en un 17% y el NOx hasta un 12%, ahorrando hasta 95 millones de euros en costes sociales, además de aumentar el bienestar de la población. Para funcionar bien, según la EPHA, ambas propuestas se tienen que aplicar en ciudades de un tamaño significativo (al menos un millón de habitantes) y estar bien vigiladas.

Por otro lado, existen otras opciones efectivas que no implican mucho coste para la ciudad, como son modular el coste y la disponibilidad del estacionamiento municipal. En los pocos casos en los que se ha utilizado específicamente para reducir la contaminación, la medida logró recortes del 5-10%, tal y como apuntan los investigadores.

En cuanto a reservar espacio para ir en bicicleta y caminar, los analistas concluyen que resulta una medida cara, particularmente en ciudades con gran densidad de población, en relación con las pequeñas ganancias.

El análisis determinó que los planes de coche compartido comercial subvencionados públicamente como los de París, Ámsterdam y Colonia hicieron poco para reducir la contaminación y solo cobraron sentido en las ciudades más grandes. Además, los vehículos compartidos pueden competir con el transporte público y aumentar la contaminación si tienen una determinada antigüedad.

El fondo de recuperación COVID de la Unión Europea,  valorado en 672.000 millones de euros, está a punto de transferirse a los gobiernos nacionales. Un tercio se destinará a inversiones ecológicas, incluido el transporte. Por ello, el secretario general interino de la EPHA, Sascha Marschang, afirma: «Hay que pedir a los dirigentes de las ciudades que inviertan esta generosa financiación disponible en mejorar realmente la salud de las personas y su medioambiente«.

Otro estudio de la EPHA, de 2020, puso de manifiesto que la mala calidad del aire cuesta a los españoles más de 900 euros al año de media, principalmente en salud, pérdida de días de trabajo y muerte temprana. Los beneficios de reducir la contaminación son mayores en las grandes ciudades o en Europa Central y Oriental, donde hay más polución.

Puede sonar algo chocante, pero las grasas trans y la contaminación tienen cosas en común. Aunque sus conexiones son múltiples, en este artículo nos concentraremos en dos: ambas son nocivas y su control no se puede situar en el territorio exclusivo de la responsabilidad personal, sino que también es un asunto público.

Hoy, 7 de abril, se celebra el Día Mundial de la Salud 2021, bajo el lema Construir un mundo más justo y saludable, En esta ocasión la Organización Mundial de la Salud ha querido poner el foco en las desigualdades no solo en materia sanitaria, sino también en materia de salud, que no es lo mismo.

Las grasas trans son un ejemplo de desigualdad, ya que, aunque todas las personas estemos expuestas a su uso y su abuso por parte de la industria alimentaria, lo cierto es que el poder adquisitivo es probablemente el factor protector de mayor impacto frente a su consumo: a mayor riqueza, menor necesidad de llenar la cesta de la compra de productos ultraprocesados, aquellos en los que más abundan este tipo de grasas, pero también los más baratos.

Este importante aspecto socioeconómico es el que, contra lo que pueda parecer a priori, hace del control de este tipo de grasas en la producción alimentaria una cuestión pública, ya que no todas las familias disponen de los recursos económicos necesarios para construir su dieta a partir de alimentos saludables, frescos y procesados simples de calidad.

Factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, entre otras

Cada vez existe más evidencia científica en relación al impacto a largo plazo sobre la salud y la enfermedad de aspectos como la dieta, condicionada en gran medida por factores socioeconómicos, como hemos visto. Para aproximarse a la compleja relación entre factores genéticos y ambientales, es interesante comprender el papel del exposoma, sobre el que hemos escrito en Impaciente.

Del mismo modo que posee un genoma, cada persona tiene su propio y particular exposoma, un intrincado conjunto de variables, formado por distintos agentes estresores –tanto fisiológicos como psicológicos–, pero también por un abanico amplio y diverso de factores en continua evolución, como los condicionantes socioeconómicos, los agentes tóxicos –físicos y químicos–, los hábitos de vida o las características del ecosistema que que la rodea en cada época vital.

En los últimos días, la Fundación Española del Corazón (FEC) ha emitido dos comunicados, uno en relación a la contaminación atmosférica y otro sobre las grasas trans, ambos factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, que todavía constituyen la primera causa de muerte en el mundo, aunque seguidas cada vez más de cerca por el cáncer.

La evidencia científica demuestra que los ácidos grasos trans, presentes en alimentos de origen animal, pero ingeridas mayoritariamente a través de productos industriales ultraprocesados que contienen aceites vegetales hidrogenados –el de palma es el más conocido, pero no el único–, son las peores para la salud cardiovascular, ya que aumentan los niveles de colesterol ‘malo’ (LDL) y triglicéridos, además de disminuir los niveles de colesterol ‘bueno’ (HDL).

“Una vez consumidos, los ácidos grasos trans se absorben a través del aparato digestivo y pasan a la sangre. Se incorporan a las membranas de las células y sustituyen a las grasas que componen esas membranas, que van perdiendo o disminuyendo su flexibilidad y fluidez. Esto provoca que otras moléculas, como las del colesterol, no puedan acoplarse a la membrana y queden libres, aumentando así los niveles de colesterol en sangre”, concreta la Dra. Marisa Calle, que forma parte del Comité de Nutrición de la FEC y es profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad Complutense de Madrid

Además, aumentan los niveles de triglicéridos en sangre, asociado de forma independiente al riesgo de enfermedad cardiovascular. También se ha observado que los ácidos grasos trans aumentan la inflamación y los factores inflamatorios tienen un papel importante en el desarrollo de diabetes, aterosclerosis, ruptura de placa y muerte súbita cardiaca.

Por su parte, la contaminación atmosférica es la primera causa de muerte prematura por factores ambientales, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, siendo responsable de la muerte prematura de unos 30.000 españoles al año. Además, la polución causa enfermedades cardiovasculares y pulmonares vinculadas a tasas de mortalidad más altas de Covid-19, tal y como apunta la OMS.

Limitación del porcentaje máximo de grasas trans

El pasado viernes 2 de abril entró en vigor la legislación que limita el uso de grasas trans a un máximo de 2 gramos por cada 100 gramos de grasa en los alimentos. Se trata de una medida que la Comisión Europea adoptó en abril de 2019, aplaudida por la FEC, que, como otras entidades, venía reclamando la limitación de este tipo de grasas en los alimentos por sus efectos perjudiciales para la salud, ya que no solo dañan el sistema cardiovascular, sino que alteran la microbiota intestinal, deteriorando nuestra salud digestiva y debilitando nuestro sistema inmunológico, es decir, haciéndonos más vulnerables a todo tipo de enfermedades,

La medida afecta al conjunto del mercado de la Unión Europea y la industria alimentaria ha tenido tiempo para adaptarse a esta nueva regulación desde el momento de su anuncio hace dos años. Hasta ahora, únicamente existía una normativa que limitaba la cantidad de ácidos grasos trans en preparados para lactantes y leches de continuación, productos en los que no podían superar el 3% del contenido graso total.

Hasta ahora, solo Dinamarca, Austria, Suiza e Islandia tenían establecido un marco legal que obligaba a la industria a limitar la cantidad utilizada en productos alimentarios, no pudiendo superar el 2% del total, como regula esta nueva normativa que acaba de hacerse efectiva.

Sin embargo, estos límites no son la panacea ni solucionan el acceso de todas las personas a una alimentación variada, fresca y saludable. Aunque suponen un avance, queda mucho por hacer y no hay más que curiosear en los lineales de los supermercados para constatar la abundancia de productos con listas interminables de ingredientes, una de las principales características de los ultraprocesados.

Reducir la contaminación en las ciudades es salud

El pasado 23 de marzo, la Fundación Española del Corazón hizo llegar a los medios un comunicado, en el que señalaba que la mayoría de las ciudades de España deberían restringir el tráfico rodado para hacer frente a los crecientes niveles de contaminación atmosférica.

Esta es las recomendación general de la Alianza Europea de Salud Pública (EPHA, por sus siglas en inglés), con la que colaboran la propia FEC y la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ) junto a otras 80 ONG europeas de salud pública, asociaciones de pacientes, profesionales sanitarios, asociaciones de enfermos y organizaciones sanitarias.

Según los registros, las limitaciones impuestas por la pandemia desde marzo de 2020 lograron mejorar la calidad del aire de manera rápida pero, a medida que se van suavizando las restricciones, los niveles de contaminación han aumentado de nuevo, e incluso en algunas ciudades la calidad del aire actual es peor que antes del inicio de la crisis.

La EPHA y muchas de las entidades con las que colabora instan a los alcaldes de grandes ciudades a que inviertan los fondos europeos en reducir la contaminación. Esta petición se sustenta en las conclusiones de Air pollution and transport policies at city level, un nuevo y amplio estudio que analiza el coste y la eficacia de las distintas medidas tomadas en Europa para luchar contra la contaminación generada por el tráfico rodado.

Los investigadores han analizado 28 tipos de políticas urbanas que actualmente se ejecutan en una serie de ciudades de todo el mundo  para ver su efecto en las reducciones de partículas nocivas (PM) y óxido de nitrógeno (NOx) del tráfico rodado.

Una de las principales conclusiones del análisis es que prohibir la entrada de los vehículos contaminantes al centro de las ciudades podría reducir la contaminación por PM y NOx en localidades de más de un millón de habitantes hasta en un 23% y un 36%, respectivamente, ahorrando hasta 130 millones de euros al año en gastos sanitarios, entre otros.

Otra de las medidas tomadas ciudades como Londres, Estocolmo, Gotemburgo o Milán, cobrar una tasa a los vehículos contaminantes para entrar en el casco urbano, redujo las PM hasta en un 17% y el NOx hasta un 12%, ahorrando hasta 95 millones de euros en costes sociales, además de aumentar el bienestar de la población. Para funcionar bien, según la EPHA, ambas propuestas se tienen que aplicar en ciudades de un tamaño significativo (al menos un millón de habitantes) y estar bien vigiladas.

Por otro lado, existen otras opciones efectivas que no implican mucho coste para la ciudad, como son modular el coste y la disponibilidad del estacionamiento municipal. En los pocos casos en los que se ha utilizado específicamente para reducir la contaminación, la medida logró recortes del 5-10%, tal y como apuntan los investigadores.

En cuanto a reservar espacio para ir en bicicleta y caminar, los analistas concluyen que resulta una medida cara, particularmente en ciudades con gran densidad de población, en relación con las pequeñas ganancias.

El análisis determinó que los planes de coche compartido comercial subvencionados públicamente como los de París, Ámsterdam y Colonia hicieron poco para reducir la contaminación y solo cobraron sentido en las ciudades más grandes. Además, los vehículos compartidos pueden competir con el transporte público y aumentar la contaminación si tienen una determinada antigüedad.

El fondo de recuperación COVID de la Unión Europea,  valorado en 672.000 millones de euros, está a punto de transferirse a los gobiernos nacionales. Un tercio se destinará a inversiones ecológicas, incluido el transporte. Por ello, el secretario general interino de la EPHA, Sascha Marschang, afirma: «Hay que pedir a los dirigentes de las ciudades que inviertan esta generosa financiación disponible en mejorar realmente la salud de las personas y su medioambiente«.

Otro estudio de la EPHA, de 2020, puso de manifiesto que la mala calidad del aire cuesta a los españoles más de 900 euros al año de media, principalmente en salud, pérdida de días de trabajo y muerte temprana. Los beneficios de reducir la contaminación son mayores en las grandes ciudades o en Europa Central y Oriental, donde hay más polución.

Puede sonar algo chocante, pero las grasas trans y la contaminación tienen cosas en común. Aunque sus conexiones son múltiples, en este artículo nos concentraremos en dos: ambas son nocivas y su control no se puede situar en el territorio exclusivo de la responsabilidad personal, sino que también es un asunto público.

Hoy, 7 de abril, se celebra el Día Mundial de la Salud 2021, bajo el lema Construir un mundo más justo y saludable, En esta ocasión la Organización Mundial de la Salud ha querido poner el foco en las desigualdades no solo en materia sanitaria, sino también en materia de salud, que no es lo mismo.

Las grasas trans son un ejemplo de desigualdad, ya que, aunque todas las personas estemos expuestas a su uso y su abuso por parte de la industria alimentaria, lo cierto es que el poder adquisitivo es probablemente el factor protector de mayor impacto frente a su consumo: a mayor riqueza, menor necesidad de llenar la cesta de la compra de productos ultraprocesados, aquellos en los que más abundan este tipo de grasas, pero también los más baratos.

Este importante aspecto socioeconómico es el que, contra lo que pueda parecer a priori, hace del control de este tipo de grasas en la producción alimentaria una cuestión pública, ya que no todas las familias disponen de los recursos económicos necesarios para construir su dieta a partir de alimentos saludables, frescos y procesados simples de calidad.

Factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, entre otras

Cada vez existe más evidencia científica en relación al impacto a largo plazo sobre la salud y la enfermedad de aspectos como la dieta, condicionada en gran medida por factores socioeconómicos, como hemos visto. Para aproximarse a la compleja relación entre factores genéticos y ambientales, es interesante comprender el papel del exposoma, sobre el que hemos escrito en Impaciente.

Del mismo modo que posee un genoma, cada persona tiene su propio y particular exposoma, un intrincado conjunto de variables, formado por distintos agentes estresores –tanto fisiológicos como psicológicos–, pero también por un abanico amplio y diverso de factores en continua evolución, como los condicionantes socioeconómicos, los agentes tóxicos –físicos y químicos–, los hábitos de vida o las características del ecosistema que que la rodea en cada época vital.

En los últimos días, la Fundación Española del Corazón (FEC) ha emitido dos comunicados, uno en relación a la contaminación atmosférica y otro sobre las grasas trans, ambos factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, que todavía constituyen la primera causa de muerte en el mundo, aunque seguidas cada vez más de cerca por el cáncer.

La evidencia científica demuestra que los ácidos grasos trans, presentes en alimentos de origen animal, pero ingeridas mayoritariamente a través de productos industriales ultraprocesados que contienen aceites vegetales hidrogenados –el de palma es el más conocido, pero no el único–, son las peores para la salud cardiovascular, ya que aumentan los niveles de colesterol ‘malo’ (LDL) y triglicéridos, además de disminuir los niveles de colesterol ‘bueno’ (HDL).

“Una vez consumidos, los ácidos grasos trans se absorben a través del aparato digestivo y pasan a la sangre. Se incorporan a las membranas de las células y sustituyen a las grasas que componen esas membranas, que van perdiendo o disminuyendo su flexibilidad y fluidez. Esto provoca que otras moléculas, como las del colesterol, no puedan acoplarse a la membrana y queden libres, aumentando así los niveles de colesterol en sangre”, concreta la Dra. Marisa Calle, que forma parte del Comité de Nutrición de la FEC y es profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad Complutense de Madrid

Además, aumentan los niveles de triglicéridos en sangre, asociado de forma independiente al riesgo de enfermedad cardiovascular. También se ha observado que los ácidos grasos trans aumentan la inflamación y los factores inflamatorios tienen un papel importante en el desarrollo de diabetes, aterosclerosis, ruptura de placa y muerte súbita cardiaca.

Por su parte, la contaminación atmosférica es la primera causa de muerte prematura por factores ambientales, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, siendo responsable de la muerte prematura de unos 30.000 españoles al año. Además, la polución causa enfermedades cardiovasculares y pulmonares vinculadas a tasas de mortalidad más altas de Covid-19, tal y como apunta la OMS.

Limitación del porcentaje máximo de grasas trans

El pasado viernes 2 de abril entró en vigor la legislación que limita el uso de grasas trans a un máximo de 2 gramos por cada 100 gramos de grasa en los alimentos. Se trata de una medida que la Comisión Europea adoptó en abril de 2019, aplaudida por la FEC, que, como otras entidades, venía reclamando la limitación de este tipo de grasas en los alimentos por sus efectos perjudiciales para la salud, ya que no solo dañan el sistema cardiovascular, sino que alteran la microbiota intestinal, deteriorando nuestra salud digestiva y debilitando nuestro sistema inmunológico, es decir, haciéndonos más vulnerables a todo tipo de enfermedades,

La medida afecta al conjunto del mercado de la Unión Europea y la industria alimentaria ha tenido tiempo para adaptarse a esta nueva regulación desde el momento de su anuncio hace dos años. Hasta ahora, únicamente existía una normativa que limitaba la cantidad de ácidos grasos trans en preparados para lactantes y leches de continuación, productos en los que no podían superar el 3% del contenido graso total.

Hasta ahora, solo Dinamarca, Austria, Suiza e Islandia tenían establecido un marco legal que obligaba a la industria a limitar la cantidad utilizada en productos alimentarios, no pudiendo superar el 2% del total, como regula esta nueva normativa que acaba de hacerse efectiva.

Sin embargo, estos límites no son la panacea ni solucionan el acceso de todas las personas a una alimentación variada, fresca y saludable. Aunque suponen un avance, queda mucho por hacer y no hay más que curiosear en los lineales de los supermercados para constatar la abundancia de productos con listas interminables de ingredientes, una de las principales características de los ultraprocesados.

Reducir la contaminación en las ciudades es salud

El pasado 23 de marzo, la Fundación Española del Corazón hizo llegar a los medios un comunicado, en el que señalaba que la mayoría de las ciudades de España deberían restringir el tráfico rodado para hacer frente a los crecientes niveles de contaminación atmosférica.

Esta es las recomendación general de la Alianza Europea de Salud Pública (EPHA, por sus siglas en inglés), con la que colaboran la propia FEC y la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ) junto a otras 80 ONG europeas de salud pública, asociaciones de pacientes, profesionales sanitarios, asociaciones de enfermos y organizaciones sanitarias.

Según los registros, las limitaciones impuestas por la pandemia desde marzo de 2020 lograron mejorar la calidad del aire de manera rápida pero, a medida que se van suavizando las restricciones, los niveles de contaminación han aumentado de nuevo, e incluso en algunas ciudades la calidad del aire actual es peor que antes del inicio de la crisis.

La EPHA y muchas de las entidades con las que colabora instan a los alcaldes de grandes ciudades a que inviertan los fondos europeos en reducir la contaminación. Esta petición se sustenta en las conclusiones de Air pollution and transport policies at city level, un nuevo y amplio estudio que analiza el coste y la eficacia de las distintas medidas tomadas en Europa para luchar contra la contaminación generada por el tráfico rodado.

Los investigadores han analizado 28 tipos de políticas urbanas que actualmente se ejecutan en una serie de ciudades de todo el mundo  para ver su efecto en las reducciones de partículas nocivas (PM) y óxido de nitrógeno (NOx) del tráfico rodado.

Una de las principales conclusiones del análisis es que prohibir la entrada de los vehículos contaminantes al centro de las ciudades podría reducir la contaminación por PM y NOx en localidades de más de un millón de habitantes hasta en un 23% y un 36%, respectivamente, ahorrando hasta 130 millones de euros al año en gastos sanitarios, entre otros.

Otra de las medidas tomadas ciudades como Londres, Estocolmo, Gotemburgo o Milán, cobrar una tasa a los vehículos contaminantes para entrar en el casco urbano, redujo las PM hasta en un 17% y el NOx hasta un 12%, ahorrando hasta 95 millones de euros en costes sociales, además de aumentar el bienestar de la población. Para funcionar bien, según la EPHA, ambas propuestas se tienen que aplicar en ciudades de un tamaño significativo (al menos un millón de habitantes) y estar bien vigiladas.

Por otro lado, existen otras opciones efectivas que no implican mucho coste para la ciudad, como son modular el coste y la disponibilidad del estacionamiento municipal. En los pocos casos en los que se ha utilizado específicamente para reducir la contaminación, la medida logró recortes del 5-10%, tal y como apuntan los investigadores.

En cuanto a reservar espacio para ir en bicicleta y caminar, los analistas concluyen que resulta una medida cara, particularmente en ciudades con gran densidad de población, en relación con las pequeñas ganancias.

El análisis determinó que los planes de coche compartido comercial subvencionados públicamente como los de París, Ámsterdam y Colonia hicieron poco para reducir la contaminación y solo cobraron sentido en las ciudades más grandes. Además, los vehículos compartidos pueden competir con el transporte público y aumentar la contaminación si tienen una determinada antigüedad.

El fondo de recuperación COVID de la Unión Europea,  valorado en 672.000 millones de euros, está a punto de transferirse a los gobiernos nacionales. Un tercio se destinará a inversiones ecológicas, incluido el transporte. Por ello, el secretario general interino de la EPHA, Sascha Marschang, afirma: «Hay que pedir a los dirigentes de las ciudades que inviertan esta generosa financiación disponible en mejorar realmente la salud de las personas y su medioambiente«.

Otro estudio de la EPHA, de 2020, puso de manifiesto que la mala calidad del aire cuesta a los españoles más de 900 euros al año de media, principalmente en salud, pérdida de días de trabajo y muerte temprana. Los beneficios de reducir la contaminación son mayores en las grandes ciudades o en Europa Central y Oriental, donde hay más polución.