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Un paraíso en el infierno

Un paraíso en el infierno
Rebecca Solnit
Capitán Swing, 2020.
453 páginas / 22€

Por muy extraña que pueda parecer la pregunta, la ensayista Rebecca Solnit busca dar una respuesta afirmativa en Un paraíso en el infierno, un ensayo de reciente publicación en España.

POR MARTA CARO / 3 de noviembre de 2020

Con este son ya cinco los libros traducidos al castellano de la historiadora y activista estadounidense, todos a través de Capitán Swing. La prolífica autora cuenta con una versátil bibliografía de 25 títulos. En España, adquirió cierta notoriedad con Los hombres me explican cosas, un libro sobre el machismo condescendiente publicado en plena vorágine del #metoo que popularizó el término mansplaining, aunque no fue ella quien lo acuñó. Un paraíso en el infierno, publicado en Estados Unidos en 2008, fue Libro del Año para The New York Times y el semanario The New Yorker, entre otros medios.

A través de cinco desastres—el terremoto de San Francisco de 1909 y los numerosos incendios posteriores; la explosión de un barco cargado con explosivos de guerra en el puerto de Halifax, Canadá, en 1917; el seísmo que resquebrajó la Ciudad de México en 1985; los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, y los efectos catastróficos del huracán Katrina sobre Nueva Orleans, la autora critica la idea preconcebida de que las personas se comportarán de manera antisocial y violenta.

Solnit vivió en sus propias carnes el terremoto de Loma Prieta, en la bahía de San Francisco, en 1989. Cuenta cómo ella y otros muchos sintieron una emoción de felicidad tras el seísmo que surgía de la respuesta solidaria de las comunidades. En 2003, año en el que un huracán azotó la ciudad de Halifax, conoció a un hombre a quien se le encendía la cara de alegría recordando los momentos posteriores, en los que la gente salía a las calles para ayudarse mutuamente, se conocieran o no, fueran ricos o pobres. A este relato le siguieron el de otras personas que, en lugar de recordar la angustia del terremoto, del huracán, del incendio o del colapso económico, rememoraban con deleite la integración con la comunidad. A partir de estas experiencias, la autora comenzó a indagar sobre ese sentimiento de dicha y sobre los comportamientos altruistas y comunitarios que la provocan aun ante la desolación y el miedo más paralizantes que caracterizan los momentos inmediatamente posteriores a un desastre.

Solnit define esa alegría que surge de los escombros como “una sensación más pesada y densa que la felicidad, pero profundamente positiva”. Y, aunque hace hincapié en el hecho de que los desastres son esencialmente trágicos y dolorosos, “no podemos negar sus efectos solo porque nazcan de la devastación. El desastre es solo uno de los caminos por los que la dicha y el asombro pueden llegar a nosotros”.

Esa alegría, en definitiva, surge cuando la estructura social se desmorona, cuando cae la máscara de las constricciones sociales y se revela el anhelo de pertenencia, de una mayor vida pública, de un fortalecimiento de los vínculos sociales. El filósofo y psicólogo William James, que se encontraba en San Francisco en 1909 cuando el seísmo sacudió la ciudad, concluyó en su investigación que las personas mantienen la calma y colaboran cuando son experiencias compartidas, despertando su temperamento cívico —el equivalente moral a la guerra—, un concepto que eleva el compromiso social a la categoría de necesidad vital.

Con estos mimbres, Solnit desdice a quienes comulgan con toda una serie de teorías sociales sobre el comportamiento de los individuos en sociedad, desde las ideas hobbesianas sobre la naturaleza humana —el hombre es un lobo para el hombre— y los preceptos del darwinismo social —competimos por recursos naturales y puestos sociales que consiguen los más aptos— hasta la teoría económica de la elección racional, según la cual nuestras decisiones, alentadas por un puro interés personal, solo buscan maximizar beneficios y reducir costes. Para ellos, dice Solnit con ironía: “el mundo sería como un distrito financiero en día laborable, el lugar en el que una multitud de individuos se limita a librar batallas económicas”. La autora aduce que esta ideología individualista y “privatizadora” nos impide ver la otra naturaleza de los individuos en sociedad, que es diametralmente opuesta, y que cuando asistimos a una suspensión de la normalidad tras el desastre, resurge con toda su potencia, provocando sentimientos de alegría y de pertenencia.

 

El pánico de las élites

El sociólogo del desastre Charles Fritz afirmaba que este tipo de situaciones crean, momentáneamente, una forma particular de utopía social. Fueron precisamente los sociólogos del desastre quienes acuñaron el concepto de “pánico de las élites” para describir el comportamiento de los gobiernos tras los desastres. Muchos de los ejemplos que analiza Solnit demuestran que los problemas surgen después de los cataclismos, principalmente como consecuencia de las reacciones de los gobiernos, ya que frustran los esfuerzos colectivos.

Tras el terremoto de San Francisco de 1909, el ejército tomó la ciudad para ‘restablecer el orden’ con permiso de “tirar a matar” a quienes desobedecieran, impidiendo las labores de rescate entre las víctimas. Convencidos de que se convertirían en una turba salvaje, corrieron raudos a proteger la propiedad privada ante unos saqueos que muchas veces no eran sino el requisamiento de productos de primera necesidad. Según la autora, murieron al menos 3000 personas a causa de la actuación de las fuerzas de seguridad y no como consecuencia del terremoto y de los incendios.

Algo parecido ocurrió tras el huracán Katrina en Nueva Orleans. En lugar de evacuar a miles de personas atrapadas en una ciudad anegada y séptica, las milicias blancas y el ejército bloquearon las salidas convencidos de que la población, en su mayoría pobre y mayoritariamente negra, suponían un peligro que debía ser contenido. Pero se trataba de víctimas que estaban demasiado agotadas, enfermas y hambrientas para constituir una amenaza. Solnit también critica a los medios de comunicación, que contribuyeron al caos al dar por ciertos rumores de violaciones en masa, asesinatos múltiples y saqueos indiscriminados, aunque después se comprobó que eran falsos. Más de 1500 personas, casi todos negros que había intentado salir de la ciudad o requisar alimentos, murieron tiroteados por las milicias blancas o por el ejército.

Para Solnit, las élites son mucho más peligrosas que las víctimas de los desastres porque ocupan posiciones de poder e influencia y son los que manejan las recursos. “En una sociedad basada en la competición, los menos altruistas son los que tienden a llegar más arriba”, concluye.

Inmersos como estamos ahora en plena crisis del coronavirus y ante la crisis económica que se avecina, deberíamos tener presentes estas experiencias de ayuda mutua y de solidaridad. Es posible que podamos deshacernos de la tristeza y el desamparo y dejar que brote la alegría. Rebecca Solnit está convencida de ello.

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Libros

¿Pueden las catástrofes provocar alegría?

Por muy extraña que pueda parecer la pregunta, la ensayista estadounidense Rebecca Solnit busca dar una respuesta afirmativa en este ensayo recién publicado en España.

Con este son ya cinco los libros traducidos al castellano de la historiadora y activista estadounidense, todos a través de Capitán Swing. La prolífica autora cuenta con una versátil bibliografía de 25 títulos. En España, adquirió cierta notoriedad con Los hombres me explican cosas, un libro sobre el machismo condescendiente publicado en plena vorágine del #metoo que popularizó el término mansplaining, aunque no fue ella quien lo acuñó. Un paraíso en el infierno, publicado en Estados Unidos en 2008, fue Libro del Año para The New York Times y el semanario The New Yorker, entre otros medios.

A través de cinco desastres—el terremoto de San Francisco de 1909 y los numerosos incendios posteriores; la explosión de un barco cargado con explosivos de guerra en el puerto de Halifax, Canadá, en 1917; el seísmo que resquebrajó la Ciudad de México en 1985; los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, y los efectos catastróficos del huracán Katrina sobre Nueva Orleans, la autora critica la idea preconcebida de que las personas se comportarán de manera antisocial y violenta.

Solnit vivió en sus propias carnes el terremoto de Loma Prieta, en la bahía de San Francisco, en 1989. Cuenta cómo ella y otros muchos sintieron una emoción de felicidad tras el seísmo que surgía de la respuesta solidaria de las comunidades. En 2003, año en el que un huracán azotó la ciudad de Halifax, conoció a un hombre a quien se le encendía la cara de alegría recordando los momentos posteriores, en los que la gente salía a las calles para ayudarse mutuamente, se conocieran o no, fueran ricos o pobres. A este relato le siguieron el de otras personas que, en lugar de recordar la angustia del terremoto, del huracán, del incendio o del colapso económico, rememoraban con deleite la integración con la comunidad. A partir de estas experiencias, la autora comenzó a indagar sobre ese sentimiento de dicha y sobre los comportamientos altruistas y comunitarios que la provocan aun ante la desolación y el miedo más paralizantes que caracterizan los momentos inmediatamente posteriores a un desastre.

Solnit define esa alegría que surge de los escombros como “una sensación más pesada y densa que la felicidad, pero profundamente positiva”. Y, aunque hace hincapié en el hecho de que los desastres son esencialmente trágicos y dolorosos, “no podemos negar sus efectos solo porque nazcan de la devastación. El desastre es solo uno de los caminos por los que la dicha y el asombro pueden llegar a nosotros”.

Esa alegría, en definitiva, surge cuando la estructura social se desmorona, cuando cae la máscara de las constricciones sociales y se revela el anhelo de pertenencia, de una mayor vida pública, de un fortalecimiento de los vínculos sociales. El filósofo y psicólogo William James, que se encontraba en San Francisco en 1909 cuando el seísmo sacudió la ciudad, concluyó en su investigación que las personas mantienen la calma y colaboran cuando son experiencias compartidas, despertando su temperamento cívico —el equivalente moral a la guerra—, un concepto que eleva el compromiso social a la categoría de necesidad vital.

Con estos mimbres, Solnit desdice a quienes comulgan con toda una serie de teorías sociales sobre el comportamiento de los individuos en sociedad, desde las ideas hobbesianas sobre la naturaleza humana —el hombre es un lobo para el hombre— y los preceptos del darwinismo social —competimos por recursos naturales y puestos sociales que consiguen los más aptos— hasta la teoría económica de la elección racional, según la cual nuestras decisiones, alentadas por un puro interés personal, solo buscan maximizar beneficios y reducir costes. Para ellos, dice Solnit con ironía: “el mundo sería como un distrito financiero en día laborable, el lugar en el que una multitud de individuos se limita a librar batallas económicas”. La autora aduce que esta ideología individualista y “privatizadora” nos impide ver la otra naturaleza de los individuos en sociedad, que es diametralmente opuesta, y que cuando asistimos a una suspensión de la normalidad tras el desastre, resurge con toda su potencia, provocando sentimientos de alegría y de pertenencia.

 

El pánico de las élites

El sociólogo del desastre Charles Fritz afirmaba que este tipo de situaciones crean, momentáneamente, una forma particular de utopía social. Fueron precisamente los sociólogos del desastre quienes acuñaron el concepto de “pánico de las élites” para describir el comportamiento de los gobiernos tras los desastres. Muchos de los ejemplos que analiza Solnit demuestran que los problemas surgen después de los cataclismos, principalmente como consecuencia de las reacciones de los gobiernos, ya que frustran los esfuerzos colectivos.

Tras el terremoto de San Francisco de 1909, el ejército tomó la ciudad para ‘restablecer el orden’ con permiso de “tirar a matar” a quienes desobedecieran, impidiendo las labores de rescate entre las víctimas. Convencidos de que se convertirían en una turba salvaje, corrieron raudos a proteger la propiedad privada ante unos saqueos que muchas veces no eran sino el requisamiento de productos de primera necesidad. Según la autora, murieron al menos 3000 personas a causa de la actuación de las fuerzas de seguridad y no como consecuencia del terremoto y de los incendios.

Algo parecido ocurrió tras el huracán Katrina en Nueva Orleans. En lugar de evacuar a miles de personas atrapadas en una ciudad anegada y séptica, las milicias blancas y el ejército bloquearon las salidas convencidos de que la población, en su mayoría pobre y mayoritariamente negra, suponían un peligro que debía ser contenido. Pero se trataba de víctimas que estaban demasiado agotadas, enfermas y hambrientas para constituir una amenaza. Solnit también critica a los medios de comunicación, que contribuyeron al caos al dar por ciertos rumores de violaciones en masa, asesinatos múltiples y saqueos indiscriminados, aunque después se comprobó que eran falsos. Más de 1500 personas, casi todos negros que había intentado salir de la ciudad o requisar alimentos, murieron tiroteados por las milicias blancas o por el ejército.

Para Solnit, las élites son mucho más peligrosas que las víctimas de los desastres porque ocupan posiciones de poder e influencia y son los que manejan las recursos. “En una sociedad basada en la competición, los menos altruistas son los que tienden a llegar más arriba”, concluye.

Inmersos como estamos ahora en plena crisis del coronavirus y ante la crisis económica que se avecina, deberíamos tener presentes estas experiencias de ayuda mutua y de solidaridad. Es posible que podamos deshacernos de la tristeza y el desamparo y dejar que brote la alegría. Rebecca Solnit está convencida de ello.

Un paraíso en el infierno
Rebecca Solnit
Capitán Swing, 2020.
453 páginas / 22€

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¿Pueden las catástrofes provocar alegría?

Por muy extraña que pueda parecer la pregunta, la ensayista estadounidense Rebecca Solnit busca dar una respuesta afirmativa en este ensayo recién publicado en España.

POR MARTA CARO / 2 de noviembre de 2020

Con este son ya cinco los libros traducidos al castellano de la historiadora y activista estadounidense, todos a través de Capitán Swing. La prolífica autora cuenta con una versátil bibliografía de 25 títulos. En España, adquirió cierta notoriedad con Los hombres me explican cosas, un libro sobre el machismo condescendiente publicado en plena vorágine del #metoo que popularizó el término mansplaining, aunque no fue ella quien lo acuñó. Un paraíso en el infierno, publicado en Estados Unidos en 2008, fue Libro del Año para The New York Times y el semanario The New Yorker, entre otros medios.

A través de cinco desastres—el terremoto de San Francisco de 1909 y los numerosos incendios posteriores; la explosión de un barco cargado con explosivos de guerra en el puerto de Halifax, Canadá, en 1917; el seísmo que resquebrajó la Ciudad de México en 1985; los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, y los efectos catastróficos del huracán Katrina sobre Nueva Orleans, la autora critica la idea preconcebida de que las personas se comportarán de manera antisocial y violenta.

Solnit vivió en sus propias carnes el terremoto de Loma Prieta, en la bahía de San Francisco, en 1989. Cuenta cómo ella y otros muchos sintieron una emoción de felicidad tras el seísmo que surgía de la respuesta solidaria de las comunidades. En 2003, año en el que un huracán azotó la ciudad de Halifax, conoció a un hombre a quien se le encendía la cara de alegría recordando los momentos posteriores, en los que la gente salía a las calles para ayudarse mutuamente, se conocieran o no, fueran ricos o pobres. A este relato le siguieron el de otras personas que, en lugar de recordar la angustia del terremoto, del huracán, del incendio o del colapso económico, rememoraban con deleite la integración con la comunidad. A partir de estas experiencias, la autora comenzó a indagar sobre ese sentimiento de dicha y sobre los comportamientos altruistas y comunitarios que la provocan aun ante la desolación y el miedo más paralizantes que caracterizan los momentos inmediatamente posteriores a un desastre.

Solnit define esa alegría que surge de los escombros como “una sensación más pesada y densa que la felicidad, pero profundamente positiva”. Y, aunque hace hincapié en el hecho de que los desastres son esencialmente trágicos y dolorosos, “no podemos negar sus efectos solo porque nazcan de la devastación. El desastre es solo uno de los caminos por los que la dicha y el asombro pueden llegar a nosotros”.

Esa alegría, en definitiva, surge cuando la estructura social se desmorona, cuando cae la máscara de las constricciones sociales y se revela el anhelo de pertenencia, de una mayor vida pública, de un fortalecimiento de los vínculos sociales. El filósofo y psicólogo William James, que se encontraba en San Francisco en 1909 cuando el seísmo sacudió la ciudad, concluyó en su investigación que las personas mantienen la calma y colaboran cuando son experiencias compartidas, despertando su temperamento cívico —el equivalente moral a la guerra—, un concepto que eleva el compromiso social a la categoría de necesidad vital.

Con estos mimbres, Solnit desdice a quienes comulgan con toda una serie de teorías sociales sobre el comportamiento de los individuos en sociedad, desde las ideas hobbesianas sobre la naturaleza humana —el hombre es un lobo para el hombre— y los preceptos del darwinismo social —competimos por recursos naturales y puestos sociales que consiguen los más aptos— hasta la teoría económica de la elección racional, según la cual nuestras decisiones, alentadas por un puro interés personal, solo buscan maximizar beneficios y reducir costes. Para ellos, dice Solnit con ironía: “el mundo sería como un distrito financiero en día laborable, el lugar en el que una multitud de individuos se limita a librar batallas económicas”. La autora aduce que esta ideología individualista y “privatizadora” nos impide ver la otra naturaleza de los individuos en sociedad, que es diametralmente opuesta, y que cuando asistimos a una suspensión de la normalidad tras el desastre, resurge con toda su potencia, provocando sentimientos de alegría y de pertenencia.

 

El pánico de las élites

El sociólogo del desastre Charles Fritz afirmaba que este tipo de situaciones crean, momentáneamente, una forma particular de utopía social. Fueron precisamente los sociólogos del desastre quienes acuñaron el concepto de “pánico de las élites” para describir el comportamiento de los gobiernos tras los desastres. Muchos de los ejemplos que analiza Solnit demuestran que los problemas surgen después de los cataclismos, principalmente como consecuencia de las reacciones de los gobiernos, ya que frustran los esfuerzos colectivos.

Tras el terremoto de San Francisco de 1909, el ejército tomó la ciudad para ‘restablecer el orden’ con permiso de “tirar a matar” a quienes desobedecieran, impidiendo las labores de rescate entre las víctimas. Convencidos de que se convertirían en una turba salvaje, corrieron raudos a proteger la propiedad privada ante unos saqueos que muchas veces no eran sino el requisamiento de productos de primera necesidad. Según la autora, murieron al menos 3000 personas a causa de la actuación de las fuerzas de seguridad y no como consecuencia del terremoto y de los incendios.

Algo parecido ocurrió tras el huracán Katrina en Nueva Orleans. En lugar de evacuar a miles de personas atrapadas en una ciudad anegada y séptica, las milicias blancas y el ejército bloquearon las salidas convencidos de que la población, en su mayoría pobre y mayoritariamente negra, suponían un peligro que debía ser contenido. Pero se trataba de víctimas que estaban demasiado agotadas, enfermas y hambrientas para constituir una amenaza. Solnit también critica a los medios de comunicación, que contribuyeron al caos al dar por ciertos rumores de violaciones en masa, asesinatos múltiples y saqueos indiscriminados, aunque después se comprobó que eran falsos. Más de 1500 personas, casi todos negros que había intentado salir de la ciudad o requisar alimentos, murieron tiroteados por las milicias blancas o por el ejército.

Para Solnit, las élites son mucho más peligrosas que las víctimas de los desastres porque ocupan posiciones de poder e influencia y son los que manejan las recursos. “En una sociedad basada en la competición, los menos altruistas son los que tienden a llegar más arriba”, concluye.

Inmersos como estamos ahora en plena crisis del coronavirus y ante la crisis económica que se avecina, deberíamos tener presentes estas experiencias de ayuda mutua y de solidaridad. Es posible que podamos deshacernos de la tristeza y el desamparo y dejar que brote la alegría. Rebecca Solnit está convencida de ello.

Un paraíso en el infierno
Rebecca Solnit
Capitán Swing, 2020.
453 páginas / 22€