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No desperdicies comida (tampoco) en verano

Desde que se llevaban las cuentas y hasta el confinamiento, en la época estival se desperdiciaban más alimentos frescos que en otras estaciones del año. Las altas temperaturas y las vacaciones cargaban con las culpas, aunque había que buscar la verdadera causa de este derroche en la falta de concienciación y en una mala previsión al comprar, conservar y aprovechar la comida. La pandemia ha introducido algunos cambios y la economía circular empieza a mostrar músculo, pero este verano de apertura puede poner a prueba tu compromiso con el medioambiente y la justicia alimentaria. ¿Aceptas el reto?

No desperdicies comida (tampoco) en verano, por mucho que la relajación de las restricciones en hostelería y un cierto renacer del turismo pongan a prueba tu compromiso con el consumo responsable. Este podría ser el mantra a aplicar durante los meses de calor, y en adelante, para las personas que han profundizado en la conciencia medioambiental y en la idea de justicia alimentaria, que se enfrentan al reto de apalancarse en las buenas costumbres, mejorar algunos hábitos y entrar a formar parte del todavía modesto grupo de hogares que apenas tiran alimentos a la basura.

Este reto no es un capricho, es una urgencia. El desperdicio de alimentos conjuga las vergüenzas de nuestro tiempo, del mismo modo que la invasión de los plásticos o la contaminación causada por el transporte. Mientras perdemos o desperdiciamos una tercera parte de los alimentos que se producen en el mundo, el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2020, publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cifra en 690 millones el número de personas que pasaron hambre en 2019.

A la espera de conocer los datos reales de 2020, marcados por la virulencia de una pandemia que ha arrastrado a tantas familias a la pobreza, Naciones Unidas estima que la Covid-19 podría haber condenado a la hambruna a 130 millones de personas más, hasta alcanzar los 820 millones. Según la FAO, una cuarta parte de los alimentos desperdiciados podría alimentar a 870 millones de personas al año, es decir, hipotéticamente, podría terminar con el hambre en el mundo.

Desde el punto de vista medioambiental, el panorama es igualmente desolador: el 28% de la superficie agrícola mundial se dedica a producir alimentos que nunca llegarán a ser consumidos, ensanchando inútilmente la explotación laboral, la deforestación, la destrucción de ecosistemas, la huella de carbono y el despilfarro de un bien tan escaso y precioso como el agua. A modo de ejemplo, la producción de ese 30% de alimentos que se queda sin consumir aumenta un 50% el gasto en agua para el riego.

Por otra parte, en los países en desarrollo el 40% de las pérdidas y el desperdicio de alimentos ocurre en la fase inmediatamente posterior a la cosecha y en el procesado, mientras que en los países industrializados más del 40% se produce en la venta al por menor y en los hogares de los consumidores. En consecuencia, el comportamiento individual y familiar sí importa. Y mucho.

El año que cambió nuestras vidas abre una luz a la esperanza

Para hacerse una idea de lo mucho que podemos mejorar, conviene echar un vistazo a los datos que recoge desde 2014 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) en el Informe sobre el desperdicio alimentario en los hogares. El 31 de mayo se conocieron las cifras del año pasado, el más atípico de nuestras vidas, que se podrían calificar de escalofriantes sin miedo a exagerar si las analizamos en términos absolutos. En total, la población tiró a la basura 1.363 millones de kilogramos por litro de alimentos –la medida de densidad de masa por volumen que se emplea en este caso–, 26,2 millones kg/l por semana, con un aumento del 0,8% respecto al año anterior.

Sin embargo, si los estudiamos en términos relativos, estos datos muestran una tendencia a la estabilidad, incluso una cierta mejoría, si tenemos en cuenta que el consumo de alimentos en los hogares españoles aumentó ostensiblemente durante 2020, disparándose durante el confinamiento y manteniéndose claramente por encima del nivel los años anteriores pese al acusado descenso que trajo consigo la mal llamada nueva normalidad.

De acuerdo con la Encuesta de Presupuestos Familiares 2020, que publicó el Instituto Nacional de Estadística hace unos días, el gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas suponía el 17,7% del total disponible en 2019. El año pasado, la media se situó en el 22,1%, lo que representa un aumento de 4,4 puntos porcentuales. En enero y febrero de 2020 ya apuntaba maneras, con un 18,2%; durante el confinamiento, se disparó hasta el 28,7%; y, finalmente, entre junio y diciembre bajó hasta el 21,9%.

En conjunto, el 42% del total del desperdicio alimentario español parte de los hogares. Dicho de otra forma, de los 176 kg per capita despilfarrados por el conjunto de la sociedad en 2020, 77 kg correspondieron al ámbito doméstico –la media mundial es de 74 kg per capita–, lo que supone que cada consumidor tira el 18% de los alimentos que le corresponde. Obviamente, queda mucho por hacer.

No obstante, 2020 no solo trajo consigo estabilidad en el volumen de desperdicio alimentario de los hogares pese al aumento del consumo, sino también un aumento en el número de hogares que aprovechan todos los alimentos y las bebidas no alcohólicas que compran, que han pasado de representar el 20,9% en 2019 a suponer el 24,7% en 2020.

El confinamiento ha supuesto un cambio: desperdiciamos menos alimentos sin utilizar, pero más sobras de los platos que preparamos en casa. Además de comprar mejor, debemos recuperar la cocina de aprovechamiento

Según el informe del MAPA, también se observa con claridad un cambio en las malas costumbres: el año pasado disminuyó la cantidad de alimentos y bebidas sin utilizar que acabaron en el cubo de la basura –107 millones de kg/l menos que en 2019–, pero se desperdiciaron más restos de recetas cocinadas en casa –118 millones de kg/l más–. Así las cosas, las sobras han pasado de ser el15,3% a suponer el 23,8% del desperdicio doméstico en 12 meses, lo que indica que calcular mejor las cantidades de los platos que preparamos y practicar la cocina de aprovechamiento es un claro punto de mejora.

El verano pasado también fue distinto 

De regreso a las materias primas, las tasas más altas de desperdicio son terribles. Se sitúan en el 40–50% en la producción y el consumo de tubérculos, frutas y hortalizas; en el 35% para el pescado; el 30% para los cereales y el 20% para semillas oleaginosas, carne y productos lácteos. Es preciso llamar la atención sobre el hecho de que muchos de los alimentos que más se desperdician son animales o de origen animal.

Dicho esto, el comportamiento del desperdicio de alimentos en la época estival empezó a dar muestras de una cierta mejora en 2019. Hasta entonces, las estaciones cálidas y con mayor tradición viajera, primavera y verano, resultaban nocivas para el aprovechamiento alimentario. Según informaba el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en su día, los hogares españoles desperdiciaron un 10,7% más de alimentos y bebidas en la primavera y el verano de 2018 que en la temporada de otoño-invierno previa.

Así, durante la primavera y el verano de ese año, los hogares españoles arrojaron 667,79 millones de kg/l de alimentos y bebidas a la basura, frente a los 603,27 millones de kg/l desechados en otoño e invierno. De estas cifras, 570,30 millones de kg/l correspondían al desperdicio de productos sin utilizar en el verano, frente a los 512,27 del invierno, y un total de 97,48 millones de kg/l al desecho de recetas en la época estival, en contraste con los 90,99 millones del invierno.

En el verano de 2018 aumentó el desperdicio de productos que se deterioran más rápidamente por los efectos del calor como, por ejemplo, leche (+17,5%), platos preparados (+20,2%), frutas de temporada (15,0%), pescados y mariscos frescos (+12,2%), huevos (10,2%) o, por supuesto, chocolates (77,2%).

Siempre según los Datos de Desperdicio Alimentario en los Hogares 2020 del MAPA, la tendencia se invirtió en 2019, cuando el despilfarro invernal superó ligeramente al de la temporada cálida. En 2020, el confinamiento cambió las tornas y, si bien se produjo una evidente disminución del desperdicio de productos sin utilizar, el periodo primavera-verano destacó por un aumento espectacular de la cantidad de sobras de recetas que acabaron en el cubo de la basura, con un incremento superior al 53% respecto a la misma época del año anterior.

El consumo responsable es necesario, pero insuficiente

El próximo lunes, 5 de julio finaliza el periodo de consulta pública del anteproyecto de Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario. Las personas, asociaciones y organizaciones que puedan verse afectadas o quieran presentar propuestas alternativas pueden remitir sus sugerencias a la dirección de correo electrónico sgcsa@mapa.es.

La futura Ley tiene como objetivos promover la economía circular, una gestión más eficiente de los recursos –evitando, por ejemplo, los excedentes agrícolas–, informar y sensibilizar a los agentes de la cadena alimentaria, facilitar la donación de alimentos para contribuir a satisfacer las necesidades alimentarias de la población más vulnerable, fomentar una producción y un consumo más sostenibles, y favorecer la investigación y la innovación en el ámbito de la reducción del desperdicio.

Paralelamente, la Comisión Europea mantiene abierta hasta el próximo 21 de julio la convocatoria pública para que las organizaciones del sector privado con experiencia en el campo se adhieran a la Plataforma de la Unión Europea sobre Pérdidas y Desperdicios de Alimentos se comprometan con este importante objetivo y participen activamente en su segundo mandato, previsto para el periodo 2022-2026.

La Plataforma, establecida en el año 2016, es un foro de diálogo abierto entre todos los actores de la cadena alimentaria: entidades públicas, organizaciones del sector privado y sociedad civil, que facilita la definición y la puesta en marcha de medidas para la prevención de las pérdidas y el desperdicio de alimentos desde el cultivo hasta la mesa, e incluso más allá.

Para ello, impulsa el conocimiento sobre las mejores prácticas y evalúa el progreso en la consecución de la Meta 12.3 de los Objetivo de Desarrollo Sostenible, que se propone reducir a la mitad el desperdicio per capita de los consumidores y el comercio minorista para 2030, además de perseguir la reducción de las pérdidas de alimentos a lo largo de las cadenas de producción y suministro.

Ambas propuestas, tanto lo que se conoce hasta ahora de la futura ley española como la llamada a la acción de la Unión Europea, parecen poner el foco prioritario en la restauración, el comercio minorista y el consumidor, pero adolecen de decisión a la hora de exigir, y por tanto promover fehacientemente, que la industria agroalimentaria se haga cargo de su abultada parte.

En España, se calcula que esta industria, uno de los lobbies sectoriales más poderosos, es responsable del 39% del desperdicio y podríamos decir que de toda la pérdida de alimentos, entendiendo esta última por la cantidad que nunca llega a entrar en la cadena de procesado y distribución, que en España no es tan relevante como en los países en vías de desarrollo, aunque en ella se incluyan los excedentes agrícolas.

Podemos encontrar lamentable el desperdicio doméstico y el de bares y restaurantes, pero, en un mundo que goza de una tecnología tan sofisticada como el nuestro, al menos por estas latitudes, el desperdicio industrial debería ser delito, habida cuenta de que hablamos del sector económico que se considera a sí mismo experto en alimentación.

Un sector que se enriquece a costa de los alimentos y que ha llevado su capacidad investigadora hasta el límite para abaratar sus costes y aumentar sus ventas, muy a menudo en detrimento de la salud de la población. Por tanto, que despilfarre materias primas tendría que ser ilegal. La industria es el eslabón de la cadena que debiera estar más regulado –lo está en algunos aspectos, pero no en muchos de los más relevantes– y mejor supervisado.

Dicho de otra forma, cambiar el comportamiento de los consumidores, especialmente cuando se les ha alentado al derroche durante décadas, a la cultura de usar y tirar, no es tarea de un año ni de dos. Por el contrario, cambiar el comportamiento de la industria sería un proceso sustancialmente más rápido que, casi de un plumazo, transformaría el escenario actual.

 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Priscilla Du Preez y está disponible en Unsplash.

Desde que se llevaban las cuentas y hasta el confinamiento, en la época estival se desperdiciaban más alimentos frescos que en otras estaciones del año. Las altas temperaturas y las vacaciones cargaban con las culpas, aunque había que buscar la verdadera causa de este derroche en la falta de concienciación y en una mala previsión al comprar, conservar y aprovechar la comida. La pandemia ha introducido algunos cambios y la economía circular empieza a mostrar músculo, pero este verano de apertura puede poner a prueba tu compromiso con el medioambiente y la justicia alimentaria. ¿Aceptas el reto?

No desperdicies comida (tampoco) en verano, por mucho que la relajación de las restricciones en hostelería y un cierto renacer del turismo pongan a prueba tu compromiso con el consumo responsable. Este podría ser el mantra a aplicar durante los meses de calor, y en adelante, para las personas que han profundizado en la conciencia medioambiental y en la idea de justicia alimentaria, que se enfrentan al reto de apalancarse en las buenas costumbres, mejorar algunos hábitos y entrar a formar parte del todavía modesto grupo de hogares que apenas tiran alimentos a la basura.

Este reto no es un capricho, es una urgencia. El desperdicio de alimentos conjuga las vergüenzas de nuestro tiempo, del mismo modo que la invasión de los plásticos o la contaminación causada por el transporte. Mientras perdemos o desperdiciamos una tercera parte de los alimentos que se producen en el mundo, el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2020, publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cifra en 690 millones el número de personas que pasaron hambre en 2019.

A la espera de conocer los datos reales de 2020, marcados por la virulencia de una pandemia que ha arrastrado a tantas familias a la pobreza, Naciones Unidas estima que la Covid-19 podría haber condenado a la hambruna a 130 millones de personas más, hasta alcanzar los 820 millones. Según la FAO, una cuarta parte de los alimentos desperdiciados podría alimentar a 870 millones de personas al año, es decir, hipotéticamente, podría terminar con el hambre en el mundo.

Desde el punto de vista medioambiental, el panorama es igualmente desolador: el 28% de la superficie agrícola mundial se dedica a producir alimentos que nunca llegarán a ser consumidos, ensanchando inútilmente la explotación laboral, la deforestación, la destrucción de ecosistemas, la huella de carbono y el despilfarro de un bien tan escaso y precioso como el agua. A modo de ejemplo, la producción de ese 30% de alimentos que se queda sin consumir aumenta un 50% el gasto en agua para el riego.

Por otra parte, en los países en desarrollo el 40% de las pérdidas y el desperdicio de alimentos ocurre en la fase inmediatamente posterior a la cosecha y en el procesado, mientras que en los países industrializados más del 40% se produce en la venta al por menor y en los hogares de los consumidores. En consecuencia, el comportamiento individual y familiar sí importa. Y mucho.

El año que cambió nuestras vidas abre una luz a la esperanza

Para hacerse una idea de lo mucho que podemos mejorar, conviene echar un vistazo a los datos que recoge desde 2014 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) en el Informe sobre el desperdicio alimentario en los hogares. El 31 de mayo se conocieron las cifras del año pasado, el más atípico de nuestras vidas, que se podrían calificar de escalofriantes sin miedo a exagerar si las analizamos en términos absolutos. En total, la población tiró a la basura 1.363 millones de kilogramos por litro de alimentos –la medida de densidad de masa por volumen que se emplea en este caso–, 26,2 millones kg/l por semana, con un aumento del 0,8% respecto al año anterior.

Sin embargo, si los estudiamos en términos relativos, estos datos muestran una tendencia a la estabilidad, incluso una cierta mejoría, si tenemos en cuenta que el consumo de alimentos en los hogares españoles aumentó ostensiblemente durante 2020, disparándose durante el confinamiento y manteniéndose claramente por encima del nivel los años anteriores pese al acusado descenso que trajo consigo la mal llamada nueva normalidad.

De acuerdo con la Encuesta de Presupuestos Familiares 2020, que publicó el Instituto Nacional de Estadística hace unos días, el gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas suponía el 17,7% del total disponible en 2019. El año pasado, la media se situó en el 22,1%, lo que representa un aumento de 4,4 puntos porcentuales. En enero y febrero de 2020 ya apuntaba maneras, con un 18,2%; durante el confinamiento, se disparó hasta el 28,7%; y, finalmente, entre junio y diciembre bajó hasta el 21,9%.

En conjunto, el 42% del total del desperdicio alimentario español parte de los hogares. Dicho de otra forma, de los 176 kg per capita despilfarrados por el conjunto de la sociedad en 2020, 77 kg correspondieron al ámbito doméstico –la media mundial es de 74 kg per capita–, lo que supone que cada consumidor tira el 18% de los alimentos que le corresponde. Obviamente, queda mucho por hacer.

No obstante, 2020 no solo trajo consigo estabilidad en el volumen de desperdicio alimentario de los hogares pese al aumento del consumo, sino también un aumento en el número de hogares que aprovechan todos los alimentos y las bebidas no alcohólicas que compran, que han pasado de representar el 20,9% en 2019 a suponer el 24,7% en 2020.

El confinamiento ha supuesto un cambio: desperdiciamos menos alimentos sin utilizar, pero más sobras de los platos que preparamos en casa. Además de comprar mejor, debemos recuperar la cocina de aprovechamiento

Según el informe del MAPA, también se observa con claridad un cambio en las malas costumbres: el año pasado disminuyó la cantidad de alimentos y bebidas sin utilizar que acabaron en el cubo de la basura –107 millones de kg/l menos que en 2019–, pero se desperdiciaron más restos de recetas cocinadas en casa –118 millones de kg/l más–. Así las cosas, las sobras han pasado de ser el15,3% a suponer el 23,8% del desperdicio doméstico en 12 meses, lo que indica que calcular mejor las cantidades de los platos que preparamos y practicar la cocina de aprovechamiento es un claro punto de mejora.

El verano pasado también fue distinto 

De regreso a las materias primas, las tasas más altas de desperdicio son terribles. Se sitúan en el 40–50% en la producción y el consumo de tubérculos, frutas y hortalizas; en el 35% para el pescado; el 30% para los cereales y el 20% para semillas oleaginosas, carne y productos lácteos. Es preciso llamar la atención sobre el hecho de que muchos de los alimentos que más se desperdician son animales o de origen animal.

Dicho esto, el comportamiento del desperdicio de alimentos en la época estival empezó a dar muestras de una cierta mejora en 2019. Hasta entonces, las estaciones cálidas y con mayor tradición viajera, primavera y verano, resultaban nocivas para el aprovechamiento alimentario. Según informaba el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en su día, los hogares españoles desperdiciaron un 10,7% más de alimentos y bebidas en la primavera y el verano de 2018 que en la temporada de otoño-invierno previa.

Así, durante la primavera y el verano de ese año, los hogares españoles arrojaron 667,79 millones de kg/l de alimentos y bebidas a la basura, frente a los 603,27 millones de kg/l desechados en otoño e invierno. De estas cifras, 570,30 millones de kg/l correspondían al desperdicio de productos sin utilizar en el verano, frente a los 512,27 del invierno, y un total de 97,48 millones de kg/l al desecho de recetas en la época estival, en contraste con los 90,99 millones del invierno.

En el verano de 2018 aumentó el desperdicio de productos que se deterioran más rápidamente por los efectos del calor como, por ejemplo, leche (+17,5%), platos preparados (+20,2%), frutas de temporada (15,0%), pescados y mariscos frescos (+12,2%), huevos (10,2%) o, por supuesto, chocolates (77,2%).

Siempre según los Datos de Desperdicio Alimentario en los Hogares 2020 del MAPA, la tendencia se invirtió en 2019, cuando el despilfarro invernal superó ligeramente al de la temporada cálida. En 2020, el confinamiento cambió las tornas y, si bien se produjo una evidente disminución del desperdicio de productos sin utilizar, el periodo primavera-verano destacó por un aumento espectacular de la cantidad de sobras de recetas que acabaron en el cubo de la basura, con un incremento superior al 53% respecto a la misma época del año anterior.

El consumo responsable es necesario, pero insuficiente

El próximo lunes, 5 de julio finaliza el periodo de consulta pública del anteproyecto de Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario. Las personas, asociaciones y organizaciones que puedan verse afectadas o quieran presentar propuestas alternativas pueden remitir sus sugerencias a la dirección de correo electrónico sgcsa@mapa.es.

La futura Ley tiene como objetivos promover la economía circular, una gestión más eficiente de los recursos –evitando, por ejemplo, los excedentes agrícolas–, informar y sensibilizar a los agentes de la cadena alimentaria, facilitar la donación de alimentos para contribuir a satisfacer las necesidades alimentarias de la población más vulnerable, fomentar una producción y un consumo más sostenibles, y favorecer la investigación y la innovación en el ámbito de la reducción del desperdicio.

Paralelamente, la Comisión Europea mantiene abierta hasta el próximo 21 de julio la convocatoria pública para que las organizaciones del sector privado con experiencia en el campo se adhieran a la Plataforma de la Unión Europea sobre Pérdidas y Desperdicios de Alimentos se comprometan con este importante objetivo y participen activamente en su segundo mandato, previsto para el periodo 2022-2026.

La Plataforma, establecida en el año 2016, es un foro de diálogo abierto entre todos los actores de la cadena alimentaria: entidades públicas, organizaciones del sector privado y sociedad civil, que facilita la definición y la puesta en marcha de medidas para la prevención de las pérdidas y el desperdicio de alimentos desde el cultivo hasta la mesa, e incluso más allá.

Para ello, impulsa el conocimiento sobre las mejores prácticas y evalúa el progreso en la consecución de la Meta 12.3 de los Objetivo de Desarrollo Sostenible, que se propone reducir a la mitad el desperdicio per capita de los consumidores y el comercio minorista para 2030, además de perseguir la reducción de las pérdidas de alimentos a lo largo de las cadenas de producción y suministro.

Ambas propuestas, tanto lo que se conoce hasta ahora de la futura ley española como la llamada a la acción de la Unión Europea, parecen poner el foco prioritario en la restauración, el comercio minorista y el consumidor, pero adolecen de decisión a la hora de exigir, y por tanto promover fehacientemente, que la industria agroalimentaria se haga cargo de su abultada parte.

En España, se calcula que esta industria, uno de los lobbies sectoriales más poderosos, es responsable del 39% del desperdicio y podríamos decir que de toda la pérdida de alimentos, entendiendo esta última por la cantidad que nunca llega a entrar en la cadena de procesado y distribución, que en España no es tan relevante como en los países en vías de desarrollo, aunque en ella se incluyan los excedentes agrícolas.

Podemos encontrar lamentable el desperdicio doméstico y el de bares y restaurantes, pero, en un mundo que goza de una tecnología tan sofisticada como el nuestro, al menos por estas latitudes, el desperdicio industrial debería ser delito, habida cuenta de que hablamos del sector económico que se considera a sí mismo experto en alimentación.

Un sector que se enriquece a costa de los alimentos y que ha llevado su capacidad investigadora hasta el límite para abaratar sus costes y aumentar sus ventas, muy a menudo en detrimento de la salud de la población. Por tanto, que despilfarre materias primas tendría que ser ilegal. La industria es el eslabón de la cadena que debiera estar más regulado –lo está en algunos aspectos, pero no en muchos de los más relevantes– y mejor supervisado.

Dicho de otra forma, cambiar el comportamiento de los consumidores, especialmente cuando se les ha alentado al derroche durante décadas, a la cultura de usar y tirar, no es tarea de un año ni de dos. Por el contrario, cambiar el comportamiento de la industria sería un proceso sustancialmente más rápido que, casi de un plumazo, transformaría el escenario actual.

 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Priscilla Du Preez y está disponible en Unsplash.

Desde que se llevaban las cuentas y hasta el confinamiento, en la época estival se desperdiciaban más alimentos frescos que en otras estaciones del año. Las altas temperaturas y las vacaciones cargaban con las culpas, aunque había que buscar la verdadera causa de este derroche en la falta de concienciación y en una mala previsión al comprar, conservar y aprovechar la comida. La pandemia ha introducido algunos cambios y la economía circular empieza a mostrar músculo, pero este verano de apertura puede poner a prueba tu compromiso con el medioambiente y la justicia alimentaria. ¿Aceptas el reto?

No desperdicies comida (tampoco) en verano, por mucho que la relajación de las restricciones en hostelería y un cierto renacer del turismo pongan a prueba tu compromiso con el consumo responsable. Este podría ser el mantra a aplicar durante los meses de calor, y en adelante, para las personas que han profundizado en la conciencia medioambiental y en la idea de justicia alimentaria, que se enfrentan al reto de apalancarse en las buenas costumbres, mejorar algunos hábitos y entrar a formar parte del todavía modesto grupo de hogares que apenas tiran alimentos a la basura.

Este reto no es un capricho, es una urgencia. El desperdicio de alimentos conjuga las vergüenzas de nuestro tiempo, del mismo modo que la invasión de los plásticos o la contaminación causada por el transporte. Mientras perdemos o desperdiciamos una tercera parte de los alimentos que se producen en el mundo, el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2020, publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cifra en 690 millones el número de personas que pasaron hambre en 2019.

A la espera de conocer los datos reales de 2020, marcados por la virulencia de una pandemia que ha arrastrado a tantas familias a la pobreza, Naciones Unidas estima que la Covid-19 podría haber condenado a la hambruna a 130 millones de personas más, hasta alcanzar los 820 millones. Según la FAO, una cuarta parte de los alimentos desperdiciados podría alimentar a 870 millones de personas al año, es decir, hipotéticamente, podría terminar con el hambre en el mundo.

Desde el punto de vista medioambiental, el panorama es igualmente desolador: el 28% de la superficie agrícola mundial se dedica a producir alimentos que nunca llegarán a ser consumidos, ensanchando inútilmente la explotación laboral, la deforestación, la destrucción de ecosistemas, la huella de carbono y el despilfarro de un bien tan escaso y precioso como el agua. A modo de ejemplo, la producción de ese 30% de alimentos que se queda sin consumir aumenta un 50% el gasto en agua para el riego.

Por otra parte, en los países en desarrollo el 40% de las pérdidas y el desperdicio de alimentos ocurre en la fase inmediatamente posterior a la cosecha y en el procesado, mientras que en los países industrializados más del 40% se produce en la venta al por menor y en los hogares de los consumidores. En consecuencia, el comportamiento individual y familiar sí importa. Y mucho.

El año que cambió nuestras vidas abre una luz a la esperanza

Para hacerse una idea de lo mucho que podemos mejorar, conviene echar un vistazo a los datos que recoge desde 2014 el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) en el Informe sobre el desperdicio alimentario en los hogares. El 31 de mayo se conocieron las cifras del año pasado, el más atípico de nuestras vidas, que se podrían calificar de escalofriantes sin miedo a exagerar si las analizamos en términos absolutos. En total, la población tiró a la basura 1.363 millones de kilogramos por litro de alimentos –la medida de densidad de masa por volumen que se emplea en este caso–, 26,2 millones kg/l por semana, con un aumento del 0,8% respecto al año anterior.

Sin embargo, si los estudiamos en términos relativos, estos datos muestran una tendencia a la estabilidad, incluso una cierta mejoría, si tenemos en cuenta que el consumo de alimentos en los hogares españoles aumentó ostensiblemente durante 2020, disparándose durante el confinamiento y manteniéndose claramente por encima del nivel los años anteriores pese al acusado descenso que trajo consigo la mal llamada nueva normalidad.

De acuerdo con la Encuesta de Presupuestos Familiares 2020, que publicó el Instituto Nacional de Estadística hace unos días, el gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas suponía el 17,7% del total disponible en 2019. El año pasado, la media se situó en el 22,1%, lo que representa un aumento de 4,4 puntos porcentuales. En enero y febrero de 2020 ya apuntaba maneras, con un 18,2%; durante el confinamiento, se disparó hasta el 28,7%; y, finalmente, entre junio y diciembre bajó hasta el 21,9%.

En conjunto, el 42% del total del desperdicio alimentario español parte de los hogares. Dicho de otra forma, de los 176 kg per capita despilfarrados por el conjunto de la sociedad en 2020, 77 kg correspondieron al ámbito doméstico –la media mundial es de 74 kg per capita–, lo que supone que cada consumidor tira el 18% de los alimentos que le corresponde. Obviamente, queda mucho por hacer.

No obstante, 2020 no solo trajo consigo estabilidad en el volumen de desperdicio alimentario de los hogares pese al aumento del consumo, sino también un aumento en el número de hogares que aprovechan todos los alimentos y las bebidas no alcohólicas que compran, que han pasado de representar el 20,9% en 2019 a suponer el 24,7% en 2020.

El confinamiento ha supuesto un cambio: desperdiciamos menos alimentos sin utilizar, pero más sobras de los platos que preparamos en casa. Además de comprar mejor, debemos recuperar la cocina de aprovechamiento

Según el informe del MAPA, también se observa con claridad un cambio en las malas costumbres: el año pasado disminuyó la cantidad de alimentos y bebidas sin utilizar que acabaron en el cubo de la basura –107 millones de kg/l menos que en 2019–, pero se desperdiciaron más restos de recetas cocinadas en casa –118 millones de kg/l más–. Así las cosas, las sobras han pasado de ser el15,3% a suponer el 23,8% del desperdicio doméstico en 12 meses, lo que indica que calcular mejor las cantidades de los platos que preparamos y practicar la cocina de aprovechamiento es un claro punto de mejora.

El verano pasado también fue distinto 

De regreso a las materias primas, las tasas más altas de desperdicio son terribles. Se sitúan en el 40–50% en la producción y el consumo de tubérculos, frutas y hortalizas; en el 35% para el pescado; el 30% para los cereales y el 20% para semillas oleaginosas, carne y productos lácteos. Es preciso llamar la atención sobre el hecho de que muchos de los alimentos que más se desperdician son animales o de origen animal.

Dicho esto, el comportamiento del desperdicio de alimentos en la época estival empezó a dar muestras de una cierta mejora en 2019. Hasta entonces, las estaciones cálidas y con mayor tradición viajera, primavera y verano, resultaban nocivas para el aprovechamiento alimentario. Según informaba el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en su día, los hogares españoles desperdiciaron un 10,7% más de alimentos y bebidas en la primavera y el verano de 2018 que en la temporada de otoño-invierno previa.

Así, durante la primavera y el verano de ese año, los hogares españoles arrojaron 667,79 millones de kg/l de alimentos y bebidas a la basura, frente a los 603,27 millones de kg/l desechados en otoño e invierno. De estas cifras, 570,30 millones de kg/l correspondían al desperdicio de productos sin utilizar en el verano, frente a los 512,27 del invierno, y un total de 97,48 millones de kg/l al desecho de recetas en la época estival, en contraste con los 90,99 millones del invierno.

En el verano de 2018 aumentó el desperdicio de productos que se deterioran más rápidamente por los efectos del calor como, por ejemplo, leche (+17,5%), platos preparados (+20,2%), frutas de temporada (15,0%), pescados y mariscos frescos (+12,2%), huevos (10,2%) o, por supuesto, chocolates (77,2%).

Siempre según los Datos de Desperdicio Alimentario en los Hogares 2020 del MAPA, la tendencia se invirtió en 2019, cuando el despilfarro invernal superó ligeramente al de la temporada cálida. En 2020, el confinamiento cambió las tornas y, si bien se produjo una evidente disminución del desperdicio de productos sin utilizar, el periodo primavera-verano destacó por un aumento espectacular de la cantidad de sobras de recetas que acabaron en el cubo de la basura, con un incremento superior al 53% respecto a la misma época del año anterior.

El consumo responsable es necesario, pero insuficiente

El próximo lunes, 5 de julio finaliza el periodo de consulta pública del anteproyecto de Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario. Las personas, asociaciones y organizaciones que puedan verse afectadas o quieran presentar propuestas alternativas pueden remitir sus sugerencias a la dirección de correo electrónico sgcsa@mapa.es.

La futura Ley tiene como objetivos promover la economía circular, una gestión más eficiente de los recursos –evitando, por ejemplo, los excedentes agrícolas–, informar y sensibilizar a los agentes de la cadena alimentaria, facilitar la donación de alimentos para contribuir a satisfacer las necesidades alimentarias de la población más vulnerable, fomentar una producción y un consumo más sostenibles, y favorecer la investigación y la innovación en el ámbito de la reducción del desperdicio.

Paralelamente, la Comisión Europea mantiene abierta hasta el próximo 21 de julio la convocatoria pública para que las organizaciones del sector privado con experiencia en el campo se adhieran a la Plataforma de la Unión Europea sobre Pérdidas y Desperdicios de Alimentos se comprometan con este importante objetivo y participen activamente en su segundo mandato, previsto para el periodo 2022-2026.

La Plataforma, establecida en el año 2016, es un foro de diálogo abierto entre todos los actores de la cadena alimentaria: entidades públicas, organizaciones del sector privado y sociedad civil, que facilita la definición y la puesta en marcha de medidas para la prevención de las pérdidas y el desperdicio de alimentos desde el cultivo hasta la mesa, e incluso más allá.

Para ello, impulsa el conocimiento sobre las mejores prácticas y evalúa el progreso en la consecución de la Meta 12.3 de los Objetivo de Desarrollo Sostenible, que se propone reducir a la mitad el desperdicio per capita de los consumidores y el comercio minorista para 2030, además de perseguir la reducción de las pérdidas de alimentos a lo largo de las cadenas de producción y suministro.

Ambas propuestas, tanto lo que se conoce hasta ahora de la futura ley española como la llamada a la acción de la Unión Europea, parecen poner el foco prioritario en la restauración, el comercio minorista y el consumidor, pero adolecen de decisión a la hora de exigir, y por tanto promover fehacientemente, que la industria agroalimentaria se haga cargo de su abultada parte.

En España, se calcula que esta industria, uno de los lobbies sectoriales más poderosos, es responsable del 39% del desperdicio y podríamos decir que de toda la pérdida de alimentos, entendiendo esta última por la cantidad que nunca llega a entrar en la cadena de procesado y distribución, que en España no es tan relevante como en los países en vías de desarrollo, aunque en ella se incluyan los excedentes agrícolas.

Podemos encontrar lamentable el desperdicio doméstico y el de bares y restaurantes, pero, en un mundo que goza de una tecnología tan sofisticada como el nuestro, al menos por estas latitudes, el desperdicio industrial debería ser delito, habida cuenta de que hablamos del sector económico que se considera a sí mismo experto en alimentación.

Un sector que se enriquece a costa de los alimentos y que ha llevado su capacidad investigadora hasta el límite para abaratar sus costes y aumentar sus ventas, muy a menudo en detrimento de la salud de la población. Por tanto, que despilfarre materias primas tendría que ser ilegal. La industria es el eslabón de la cadena que debiera estar más regulado –lo está en algunos aspectos, pero no en muchos de los más relevantes– y mejor supervisado.

Dicho de otra forma, cambiar el comportamiento de los consumidores, especialmente cuando se les ha alentado al derroche durante décadas, a la cultura de usar y tirar, no es tarea de un año ni de dos. Por el contrario, cambiar el comportamiento de la industria sería un proceso sustancialmente más rápido que, casi de un plumazo, transformaría el escenario actual.

 

* La imagen que ilustra esta noticia es de Priscilla Du Preez y está disponible en Unsplash.