TOP
imagen-reputacion-y-vacunas-en-el-mes-de-las-flores

Reputación y vacunas en el mes de las flores

Reputación y vacunas en el mes de las flores no es un título al uso, he de reconocerlo, pero puedo argumentar en mi defensa que nunca es fácil poner nombre a una miscelánea. Pese a que el título me ha complicado la vida, la esperanza de elaborar un texto con cierta coherencia interna me ha mantenido firme, yo diría que también recalcitrante, y desde luego decidida a poner en pie esta aparente amalgama de opiniones y reflexiones que ha marcado mi mayo.

Un mayo de inicio convulso el mío, en este Madrid al que de alguna forma ya no reconozco –o tal vez no quiero reconocer– y que me parece el epítome del retro-futurismo. Retro por su insistencia en perpetuar una ética y una estética claramente demodés. Futurista porque es la prueba de que la desinformación y las noticias falsas influyen en las urnas.

Si no, la gestión sociosanitaria hubiese pasado factura al gobierno autonómico de IDA. Pensemos en las personas fallecidas en las residencias, en una atención primaria desfallecida, en profesionales de la sanidad exhaustos y vilipendiados, en las colas del hambre, en la desigualdad creciente.

Empiezo mal, me temo. Al menos, eso me diría Antonio Muñoz Molina, de conocerme, a juzgar por la columna que publicó en El País hace unos días, titulada Hay que esconderse, que relata lo poco rentable que resulta caminar por la rive gauche de la vida en este momento histórico. Igual me estoy jugando el futuro ahora mismo, cosa que no me ocurriría si estuviese al fondo a la derecha.

Por si acaso, diré que el título de este texto se me ha metido entre ceja y ceja porque quiero celebrar que hay motivos para alegrarse, que percibo señales que me indican que las cosas buenas también existen, que, parafraseando a Elena Salgado, la que fuera vicepresidenta económica del último gobierno de Zapatero, no solo veo ‘brotes verdes’, sino que este mayo es verdaderamente florido y hermoso porque al fin vemos la luz al final del túnel.

En una reciente entrevista de BBC News, Elke Van Hoof, profesora de Psicología de la Salud de la Universidad de Vrije (Bruselas), dice: «Hay muchas quejas de agotamiento porque pensamos que la pandemia sería una carrera, no una maratón». Encuentro que es una descripción muy atinada de lo que nos ha estado pasando últimamente.

Tanto es así, que los últimos días, desde el fin del estado de alarma, hemos palpado la necesidad brutal de compañía y hasta de catarsis que anidaba en la gente. Aunque todavía tendremos que abrazarnos a nuestro sentido de la responsabilidad durante un tiempo, ese tiempo es cada vez más corto. Ya casi está.

Donde dije digo, digo Diego

No todo son flores. El verdadero hilo conductor de este texto es la coherencia, y por eso mi primera reflexión es más bien un arrepentimiento. Hace dos meses, el 9 de marzo, publiqué La profesión médica se compromete con la visibilidad de las mujeres, una noticia sobre la adhesión del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) a #DóndeEstánEllas, iniciativa de la Oficina del Parlamento Europeo en España para aumentar la presencia y la visibilidad de las mujeres en conferencias, congresos y otros actos públicos.

Como si de un jarro de agua fría se tratase, apenas unas horas después de publicar la noticia me llegó una convocatoria del propio CGCOM para un evento online, que se celebraría el 12 de marzo y que contaría con cinco participantes, todos ellos hombres. Es decir, la primera convocatoria del máximo órgano colegial de la profesión médica tras hacer público su compromiso con la igualdad fue una manference. 

Los términos manference, all-male panel, male-only panel y manel circulan por las redes sociales y la blogosfera hace casi una década. Tal y como cuenta la revista Nature en Cómo desterrar los manels y las manferences de las reuniones científicas (Holly Else, 2019), ya en 2012, el genetista y microbiólogo Jonathan Eisen empezó a denunciar en su blog los encuentros profesionales con presencia exclusiva o mayoritariamente masculina.

Ese mismo año, la catedrática de la Universidad de California en Los Ángeles Anne Churchland, neurocientífica experta en sistemas neuronales y comportamiento, creó Anne’s List para a difundir el trabajo de mujeres expertas de su misma especialidad.

En el territorio de la medicina, las mujeres son una mayoría creciente, por lo que el compromiso del máximo órgano colegial se presentaba como un acto de justicia… que parece haberse quedado en agua de borrajas. Y no lo digo solo por esa convocatoria. Desde entonces, el CGCOM ha escenificado otros dos manels, el miércoles 14 y el miércoles 21 de abril, como se puede comprobar en su sala da prensa.

En consecuencia, me retracto de la enhorabuena implícita en la noticia publicada en Impaciente el 9 de marzo. Convocar tres manels en mes y medio me parece un error de bulto, pero convocarlos tras haber anunciado tu adhesión a #DondeEstánEllas el mismísimo 8M es, como mínimo, una torpeza severa desde el punto de vista reputacional. Una torpeza severa pensando bien, porque pensando mal hablaríamos de utilizar la igualdad con fines fundamentalmente publicitarios, lo cual vendría a ser poco menos que un insulto.

Diría que pensar bien es la tónica general, en la que a menudo me incluyo, por cierto. Pero me pregunto si no será una postura excesivamente candorosa, por no decir contraproducente. De ahí que esté escribiendo estas líneas, de ahí que ya no sean las primeras que dedico al tema. De entrada, el Foro Económico Mundial considera que la pandemia ha retrasado la paridad una generación, luego los hechos no parecen justificar candor alguno.

He sabido de manels de publicaciones sanitarias, órganos colegiales, industria farmacéutica, grupos hospitalarios y asociaciones de pacientes

No obstante, para ser justa, he de aclarar que en las últimas semanas también he recibido convocatorias con ponentes exclusivamente masculinos de Diálogos PHC (iniciativa de Roche Farma, con el aval de la Asociación de Salud Digital), MSD, HM Hospitales, Farmaindustria, la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder) y Correo Farmacéutico, en un acto organizado junto al Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF).

Es tiempo de hacer, no de contar lo que no haces 

Aprovecho para recordar el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre, Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres. Cuando lo escribí, llevaba un tiempo observando casi con desesperación cómo se organizaban eventos de todo tipo apenas sin mujeres expertas en el sector sanitario.

Desde que lo escribí, también he ido analizando las iniciativas que trabajan para terminar con esta clamorosa inequidad. Iniciativas, que por cierto, no son privativas de las mujeres. Por mucho que las hordas inmovilistas quieran presentar este clamor como una boutade de su archienemigo el feminismo, también existen hombres en el sector que piensan de otra manera, que creen que esto no da más de sí y que piensan que, de hecho, empobrece cualquier foro.

El 12 de junio de 2019, Francis S. Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, publicó una declaración, Time to End the Manel Tradition, en la que decía: «A partir de ahora, cuando considere las invitaciones a hablar en público que recibo, exigiré un campo de juego nivelado, donde científicos de todo tipo sean evaluados de forma justa para tener la oportunidad de ser ponentes. Si esa atención a la inclusión no es evidente en la agenda, me negaré a participar. Desafío a otros líderes científicos del conjunto del sector biomédico a hacer lo mismo».

El señor Francis S. Collins merece todos mis respetos por su visión, su decisión y su contundencia. La última frase de su texto no puede ser más clara:  «Romper el sesgo sutil (y a veces no tan sutil) que impide que las mujeres y otros grupos subrepresentados en la ciencia ocupen las posiciones de liderazgo que les corresponden debe comenzar desde arriba».

Dicho de otra forma, esta transformación exige del compromiso de quienes presiden y dirigen las organizaciones del sector sanitario o de cualquier otro. Además, cada vez es más difícil esconder el contraste entre lo que se quiere aparentar y lo que verdaderamente se es. O entre lo que se dice que se hace y lo que verdaderamente se hace. Terminar con los manels requiere visión de futuro y exige un cambio de cultura.

El pasado 22 de febrero, Top Comunicación publicó un interesantísimo artículo de Miguel Ángel Robles, socio-director general de Euromedia Comunicación, titulado Compliance, ¿el nuevo logo?: el desgaste del storytelling precisa una alternativa de comunicación más racional.

El texto subraya la vertiente reputacional del compliance, es decir, del conjunto de procedimientos y buenas prácticas adoptados por las organizaciones para identificar y clasificar los riesgos operativos y legales a los que se enfrentan y establecer mecanismos internos de prevención, gestión, control y reacción frente a los mismos.

Además, señala «la escasa correspondencia entre los contenidos y los hechos, sobre todo en lo que se refiere a gobernanza corporativa, responsabilidad social y correspondencia con los grupos de interés. No hay mejor relato medioambiental, de anticorrupción, de igualdad y de compromiso con el entorno que el que se deriva del compliance y su comunicación».

Sin transparencia no hay (buena) reputación 

Cambiando de tercio, pero volviendo al CGCOM y sin abandonar la crítica a las contradicciones entre el dicho y el hecho, recomiendo echar un ojo al estudio Condiciones de competencia en el ejercicio libre de la medicina, encargado por la Vocalía de Médicos de Ejercicio Privado. ¿Es a esto a lo que se llama eficiencia, excelencia y calidad?

Los datos que arroja el estudio son espeluznantes y debieran ser un dardo clavado en el epicentro de la reputación de las grandes compañías de la sanidad privada española, que podrían plantearse dedicar más atención a la colaboración privada-privada, en lugar de centrarse en exclusiva en la colaboración público-privada.

Quiero señalar, llegados a este punto, que este estudio, sumado a lo que viene ocurriendo en la sanidad pública desde hace años, con especial intensidad desde el triste advenimiento de la edad de los recortes, refleja una realidad horrible: somos una sociedad que maltrata a las personas que trabajan en uno de los sectores más importantes y vitales, nunca mejor dicho. Se podría decir casi lo mismo de la educación y los servicios sociales. Es tremendo. Les atacamos por tierra, mar y aire. Y después queremos que den el do de pecho.

Por cierto, Nature ha vuelto a hacerlo, y ha publicado el informe Health systems resilience in managing the COVID-19 pandemic: lessons from 28 countries, en el que la sanidad española sale muy mal parada debido a una circunstancia muy concreta: los recortes sanitarios perpetrados en nombre de la austeridad más cara de la historia de la humanidad.

Dicen que lo barato sale caro, pero hubiéramos preferido que el sobrecoste no llegase en forma de cientos de miles de fallecidos solo en Europa. Espero que no lo olvidemos, pero no soy muy optimista al respecto.

De pesimismo a pesimismo, y tiro porque me toca, llevo meses instalada en la estupefacción ante el inaceptable espectáculo protagonizado por la Unión Europea (UE) y AstraZeneca, que incluye barcos interceptados en un puerto italiano, a modo de capítulo grotesco.

No soy nada original en esto, lo sé: lo piensa todo el mundo, otra cosa es que lo diga. Lo piensa, por ejemplo, Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, que hoy publica en The Conversation un artículo titulado Combinar vacunas: el culebrón de AstraZeneca.

Es evidente que loa acuerdos establecidos por la UE han pecado de ilusos en el mejor de los casos –una vez más, el candor– y que confiar en la buena fe de la otra parte, dejando términos fundamentales abiertos, va en contra de la misma razón de ser de lo que entendemos por contrato legal.

Es evidente también que se han cometido muchos errores con tanto que sí, que no, que sí, que no. No es serio que los gobiernos se cojan una pataleta y decidan que pasan de la vacuna de AstraZeneca y punto pelota. ¡Estamos hablando de ciencia y queremos que se acabe esta pesadilla, señoras y señores gobernantes!

Como dice el Dr. López-Goñi, «AstraZeneca sigue siendo una vacuna eficaz y segura. La pésima gestión (también de la propia empresa) y peor comunicación han generado un problema donde no lo había. Crea desconfianza y dudas con las vacunas entre la ciudadanía cuando el mensaje debería ser claro, contundente, único y transparente».

Dicho esto, todavía es más evidente el flaco favor que AstraZeneca ha hecho a la reputación de la industria farmacéutica. Espero que se imponga la sensatez y que la compañía cambie de CEO global en cuanto amaine la tormenta. No solo ha tomado el pelo a medio mundo, sino que ha llevado la opacidad a una nueva dimensión. No tengo palabras. No me esperaba algo así.

Una forma de comunicar que ya no se sostiene 

«La industria (farmacéutica) tiene ahora una oportunidad para huir de viejas prácticas opacas. A pesar de ser uno de los sectores más regulados, aún puede dar un paso más hacia la transparencia sin miedo. No se puede actuar con las tecnologías más innovadoras y comunicar como hace décadas», dice el último párrafo del informe Tendencias Healthcare. Nuevas formas de comunicación en el sector salud, publicado por la consultora de comunicación y asuntos públicos Llorente y Cuenca el 7 de abril.

El título del informe es tendencioso, valga la redundancia, porque el documento gira exclusivamente en torno a la industria farmacéutica, fundamentalmente la innovadora, por lo que dista mucho de dibujar un mapa de corrientes emergentes en el sector sanitario.

Por otra parte, lejos de proponer una prospección del futuro, el documento es más bien narrativo y laudatorio. Canta las alabanzas a la innovación farmacéutica condicionada por la inversión pública –o a la colaboración público-privada, como se prefiere decir en el mundo de los negocios–, que ha puesto en el mercado varias vacunas en tiempo récord y que, por lo tanto, merece que se reconozca su importantísima, su crucial aportación.

Pero el informe tiene un gran acierto: señala la opacidad y un estilo de hacer comunicación vetusto y refractario –estos calificativos son de mi cosecha, por supuesto– como principales culpables de la claramente mejorable reputación de la industria farmacéutica entre la ciudadanía. No puedo estar más de acuerdo.

Un reciente informe de Llorente y Cuenca, por lo demás laudatorio, señala el tendón de Aquiles de la industria farmacéutica: la opacidad

Habrá quien afirme que alabar este detalle del informe de Llorente y Cuenca es una simpleza y que todo el mundo sabe que la transparencia es el talón de Aquiles de la industria farmacéutica. Sí y no, sería mi respuesta.

Para justificarla, contaré una experiencia reciente. Ya sé que acabo de escribir sobre el ocaso del storytelling, pero aclaro que ese declive no es tanto por su eficacia comunicadora como porque se ha utilizado para contar historias basadas en hechos irreales, es decir, mentiras o medias verdades.

Lo que me dispongo a contar ocurrió, sin embargo. El 4 de mayo contactaron conmigo a través de un mensaje en Linkedin. Se trataba de una empresa de investigación de mercado y gestión de datos con base en Londres que, tras ver mi perfil, me proponía hacer una encuesta telefónica relacionada con la industria farmacéutica, a lo que accedí. La conversación tuvo lugar al día siguiente. He de decir que la encuesta era verdaderamente exhaustiva: me llevó casi una hora contestarla.

La había encargado una empresa del sector, cuyo nombre no diré porque, echando mano de una expresión propia de mi familia, se dice el pecado, pero no el pecador.

Llegado un punto, la sucesión de preguntas, por lo demás tan complicadas como suelen ser las que exigen puntuar las cosas en escalas del 1 al 10, o del 1 al 5, como si eso fuese objetivo u objetivable, me pareció que la ausencia de cualquier alusión a la transparencia y a una mínima espontaneidad en la comunicación clamaba al cielo. Así se lo transmití a mi entrevistador, que salió del entuerto como pudo.

Al final, me vi obligada a subrayar la misma idea en varias ocasiones, señalando la imposibilidad de dejar patente mi postura incluso tras una eterna sucesión de puntuaciones y comparaciones. ¿De qué me servía a mí aquella encuesta si no me daba pie a decir lo que pienso?

He aquí el meollo de la cuestión: si bien solicitaron mi permiso para hacer llegar mis comentarios al cliente, ya que los consideraron de interés, mi conclusión después de colgar el teléfono fue que la opacidad es tan estructural, tan funcional y tan confortable, que ni siquiera existe la posibilidad de cuestionarla.

Dicho de otra forma, mi sensación es que no interesa conocer qué puntos de mejora identifican profesionales con conocimiento del sector como yo misma, sino estudiar cómo perfeccionar tanto tic y tanta inercia para destacar sobre la competencia sin tocar la transparencia.

Tampoco hay ganas de superar el constrasentido de un estilo de comunicación tan hermético como buenista, que no se cansa de repetir todo lo que aporta el sector a la sociedad, mientras susurra a los cuatro vientos ¡tengo cosas que ocultar! Aunque no quieran verlo, ese hermetismo es el núcleo de la mala reputación de la industria farmacéutica entre gran parte de la población.

Las flores de mayo

Pese a todo lo dicho, mi primera flor, que no es de mayo, sino anterior, es para la industria farmacéutica. Lo cortés no quita lo valiente. La industria lo ha conseguido. Nos ha traído las vacunas –segunda flor– y nos ha puesto la escalera que necesitábamos para salir de este pozo de microbios en el que llevamos 14 meses y 9 días, a contar desde la fecha en que la Organización Mundial de la Salud declaró que la Covid-19 podía considerarse una pandemia.

La celebración de los Mayos, a la que se atribuyen orígenes fenicios y que es tradicional en la Península Ibérica, así como en numerosos pueblos del mundo, es una ofrenda a la llegada de la primavera, en la que todo vuelve a florecer, y se considera propia de civilizaciones en las que el discurrir de la vida está marcado por las cuatro estaciones del año. Sin invierno, no hay primavera.

Esta idea conecta con la psicología, y por tanto, con la salud. En 2010 escribí, mano a mano con Carmen Serrat-Valera, gran psicóloga clínica, el libro Tú puedes aprender a ser feliz. inicialmente publicado por Aguilar y (auto)reeditado en 2018. Una de las miles de metáforas que utilizamos tiene que ver con las estaciones de la vida.

Sintetizando mucho, tras el largo y duro invierno, en el que lo importante para los seres vivos es resistir, llega la primavera, en la que todo florece y, si hacemos lo que tenemos que hacer, disfrutaremos del esplendor del verano, de su plenitud, antes de que llegue la decadencia del otoño, que debemos aprovechar para protegernos del duro y frío invierno que vendrá.

Tras un invierno eterno, tenemos ante nosotras la primavera, que está aquí gracias a las vacunas. Que no se nos olvide, no solo por lo que están suponiendo en nuestras vidas, sino porque debieran suponer exactamente lo mismo para todas las personas que habitan el planeta. Es de justicia. Y es de lógica.

Por último, pero no menos importante, sino todo lo contrario, no puedo evitar escribir que mi compañera de fatigas en Doubledose y yo empezamos a sentir que este proyecto en el que hemos puesto el corazón y el cerebro, haciendo pleno uso de nuestros neuroderechos –la flor que nos ha regalado Chile hace apenas unos días–, está llamado a ser para nosotras como las flores de mayo: la pura alegría de los buenos tiempos que están por venir.

Reputación y vacunas en el mes de las flores no es un título al uso, he de reconocerlo, pero puedo argumentar en mi defensa que nunca es fácil poner nombre a una miscelánea. Pese a que el título me ha complicado la vida, la esperanza de elaborar un texto con cierta coherencia interna me ha mantenido firme, yo diría que también recalcitrante, y desde luego decidida a poner en pie esta aparente amalgama de opiniones y reflexiones que ha marcado mi mayo.

Un mayo de inicio convulso el mío, en este Madrid al que de alguna forma ya no reconozco –o tal vez no quiero reconocer– y que me parece el epítome del retro-futurismo. Retro por su insistencia en perpetuar una ética y una estética claramente demodés. Futurista porque es la prueba de que la desinformación y las noticias falsas influyen en las urnas.

Si no, la gestión sociosanitaria hubiese pasado factura al gobierno autonómico de IDA. Pensemos en las personas fallecidas en las residencias, en una atención primaria desfallecida, en profesionales de la sanidad exhaustos y vilipendiados, en las colas del hambre, en la desigualdad creciente.

Empiezo mal, me temo. Al menos, eso me diría Antonio Muñoz Molina, de conocerme, a juzgar por la columna que publicó en El País hace unos días, titulada Hay que esconderse, que relata lo poco rentable que resulta caminar por la rive gauche de la vida en este momento histórico. Igual me estoy jugando el futuro ahora mismo, cosa que no me ocurriría si estuviese al fondo a la derecha.

Por si acaso, diré que el título de este texto se me ha metido entre ceja y ceja porque quiero celebrar que hay motivos para alegrarse, que percibo señales que me indican que las cosas buenas también existen, que, parafraseando a Elena Salgado, la que fuera vicepresidenta económica del último gobierno de Zapatero, no solo veo ‘brotes verdes’, sino que este mayo es verdaderamente florido y hermoso porque al fin vemos la luz al final del túnel.

En una reciente entrevista de BBC News, Elke Van Hoof, profesora de Psicología de la Salud de la Universidad de Vrije (Bruselas), dice: «Hay muchas quejas de agotamiento porque pensamos que la pandemia sería una carrera, no una maratón». Encuentro que es una descripción perfecta de lo que nos ha estado pasando.

Tanto es así, que los últimos días, desde el fin del estado de alarma, hemos palpado la necesidad brutal de compañía y hasta de catarsis que anidaba en la gente. Aunque todavía tendremos que abrazarnos a nuestro sentido de la responsabilidad durante un tiempo, ese tiempo es cada vez más corto. Ya casi está.

Donde dije digo, digo Diego

No todo son flores. El verdadero hilo conductor de este texto es la coherencia, y por eso mi primera reflexión es más bien un arrepentimiento. Hace dos meses, el 9 de marzo, publiqué La profesión médica se compromete con la visibilidad de las mujeres, una noticia sobre la adhesión del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) a #DóndeEstánEllas, iniciativa de la Oficina del Parlamento Europeo en España para aumentar la presencia y la visibilidad de las mujeres en conferencias, congresos y otros actos públicos.

Como si de un jarro de agua fría se tratase, apenas unas horas después de publicar la noticia me llegó una convocatoria del propio CGCOM para un evento online, que se celebraría el 12 de marzo y que contaría con cinco participantes, todos ellos hombres. Es decir, la primera convocatoria del máximo órgano colegial de la profesión médica tras hacer público su compromiso con la igualdad fue una manference. 

Los términos manference, all-male panel, male-only panel y manel circulan por las redes sociales y la blogosfera hace casi una década. Tal y como cuenta la revista Nature en Cómo desterrar los manels y las manferences de las reuniones científicas (Holly Else, 2019), ya en 2012, el genetista y microbiólogo Jonathan Eisen empezó a denunciar en su blog los encuentros profesionales con presencia exclusiva o mayoritariamente masculina.

Ese mismo año, la catedrática de la Universidad de California en Los Ángeles Anne Churchland, neurocientífica experta en sistemas neuronales y comportamiento, creó Anne’s List para a difundir el trabajo de mujeres expertas de su misma especialidad.

En el territorio de la medicina, las mujeres son una mayoría creciente, por lo que el compromiso del máximo órgano colegial se presentaba como un acto de justicia… que parece haberse quedado en agua de borrajas. Y no lo digo solo por esa convocatoria. Desde entonces, el CGCOM ha escenificado otros dos manels, el miércoles 14 y el miércoles 21 de abril, como se puede comprobar en su sala da prensa.

En consecuencia, me retracto de la enhorabuena implícita en la noticia publicada en Impaciente el 9 de marzo. Convocar tres manels en mes y medio me parece un error de bulto, pero convocarlos tras haber anunciado tu adhesión a #DondeEstánEllas el mismísimo 8M es, como mínimo, una torpeza severa desde el punto de vista reputacional. Una torpeza severa pensando bien, porque pensando mal hablaríamos de utilizar la igualdad con fines fundamentalmente publicitarios, lo cual vendría a ser poco menos que un insulto.

Diría que pensar bien es la tónica general, en la que a menudo me incluyo, por cierto. Pero me pregunto si no será una postura excesivamente candorosa, por no decir contraproducente. De ahí que esté escribiendo estas líneas, de ahí que ya no sean las primeras que dedico al tema. De entrada, el Foro Económico Mundial considera que la pandemia ha retrasado la paridad una generación, luego los hechos no parecen justificar candor alguno.

He sabido de manels de publicaciones sanitarias, órganos colegiales, industria farmacéutica, grupos hospitalarios y asociaciones de pacientes

No obstante, para ser justa, he de aclarar que en las últimas semanas también he recibido convocatorias con ponentes exclusivamente masculinos de Diálogos PHC (iniciativa de Roche Farma, con el aval de la Asociación de Salud Digital), MSD, HM Hospitales, Farmaindustria, la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder) y Correo Farmacéutico, en un acto organizado junto al Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF).

Es tiempo de hacer, no de contar lo que no haces 

Aprovecho para recordar el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre, Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres. Cuando lo escribí, llevaba un tiempo observando casi con desesperación cómo se organizaban eventos de todo tipo apenas sin mujeres expertas en el sector sanitario.

Desde que lo escribí, también he ido analizando las iniciativas que trabajan para terminar con esta clamorosa inequidad. Iniciativas, que por cierto, no son privativas de las mujeres. Por mucho que las hordas inmovilistas quieran presentar este clamor como una boutade de su archienemigo el feminismo, también existen hombres en el sector que piensan de otra manera, que creen que esto no da más de sí y que piensan que, de hecho, empobrece cualquier foro.

El 12 de junio de 2019, Francis S. Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, publicó una declaración, Time to End the Manel Tradition, en la que decía: «A partir de ahora, cuando considere las invitaciones a hablar en público que recibo, exigiré un campo de juego nivelado, donde científicos de todo tipo sean evaluados de forma justa para tener la oportunidad de ser ponentes. Si esa atención a la inclusión no es evidente en la agenda, me negaré a participar. Desafío a otros líderes científicos del conjunto del sector biomédico a hacer lo mismo».

El señor Francis S. Collins merece todos mis respetos por su visión, su decisión y su contundencia. La última frase de su texto no puede ser más clara:  «Romper el sesgo sutil (y a veces no tan sutil) que impide que las mujeres y otros grupos subrepresentados en la ciencia ocupen las posiciones de liderazgo que les corresponden debe comenzar desde arriba».

Dicho de otra forma, esta transformación exige del compromiso de quienes presiden y dirigen las organizaciones del sector sanitario o de cualquier otro. Además, cada vez es más difícil esconder el contraste entre lo que se quiere aparentar y lo que verdaderamente se es. O entre lo que se dice que se hace y lo que verdaderamente se hace. Terminar con los manels requiere visión de futuro y exige un cambio de cultura.

El pasado 22 de febrero, Top Comunicación publicó un interesantísimo artículo de Miguel Ángel Robles, socio-director general de Euromedia Comunicación, titulado Compliance, ¿el nuevo logo?: el desgaste del storytelling precisa una alternativa de comunicación más racional.

El texto subraya la vertiente reputacional del compliance, es decir, del conjunto de procedimientos y buenas prácticas adoptados por las organizaciones para identificar y clasificar los riesgos operativos y legales a los que se enfrentan y establecer mecanismos internos de prevención, gestión, control y reacción frente a los mismos.

Además, señala «la escasa correspondencia entre los contenidos y los hechos, sobre todo en lo que se refiere a gobernanza corporativa, responsabilidad social y correspondencia con los grupos de interés. No hay mejor relato medioambiental, de anticorrupción, de igualdad y de compromiso con el entorno que el que se deriva del compliance y su comunicación».

Sin transparencia no hay (buena) reputación 

Cambiando de tercio, pero volviendo al CGCOM y sin abandonar la crítica a las contradicciones entre el dicho y el hecho, recomiendo echar un ojo al estudio Condiciones de competencia en el ejercicio libre de la medicina, encargado por la Vocalía de Médicos de Ejercicio Privado. ¿Es a esto a lo que se llama eficiencia, excelencia y calidad?

Los datos que arroja el estudio son espeluznantes y debieran ser un dardo clavado en el epicentro de la reputación de las grandes compañías de la sanidad privada española, que podrían plantearse dedicar más atención a la colaboración privada-privada, en lugar de centrarse en exclusiva en la colaboración público-privada.

Quiero señalar, llegados a este punto, que este estudio, sumado a lo que viene ocurriendo en la sanidad pública desde hace años, con especial intensidad desde el triste advenimiento de la edad de los recortes, refleja una realidad horrible: somos una sociedad que maltrata a las personas que trabajan en uno de los sectores más importantes y vitales, nunca mejor dicho. Se podría decir casi lo mismo de la educación y los servicios sociales. Es tremendo. Les atacamos por tierra, mar y aire. Y después queremos que den el do de pecho.

Por cierto, Nature ha vuelto a hacerlo, y ha publicado el informe Health systems resilience in managing the COVID-19 pandemic: lessons from 28 countries, en el que la sanidad española sale muy mal parada debido a una circunstancia muy concreta: los recortes sanitarios perpetrados en nombre de la austeridad más cara de la historia de la humanidad.

Dicen que lo barato sale caro, pero hubiéramos preferido que el sobrecoste no llegase en forma de cientos de miles de fallecidos solo en Europa. Espero que no lo olvidemos, pero no soy muy optimista al respecto.

De pesimismo a pesimismo, y tiro porque me toca, llevo meses instalada en la estupefacción ante el inaceptable espectáculo protagonizado por la Unión Europea (UE) y AstraZeneca, que incluye barcos interceptados en un puerto italiano, a modo de capítulo grotesco.

No soy nada original en esto, lo sé: lo piensa todo el mundo, otra cosa es que lo diga. Lo piensa, por ejemplo, Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, que hoy publica en The Conversation un artículo titulado Combinar vacunas: el culebrón de AstraZeneca.

Es evidente que loa acuerdos establecidos por la UE han pecado de ilusos en el mejor de los casos –una vez más, el candor– y que confiar en la buena fe de la otra parte, dejando términos fundamentales abiertos, va en contra de la misma razón de ser de lo que entendemos por contrato legal.

Es evidente también que se han cometido muchos errores con tanto que sí, que no, que sí, que no. No es serio que los gobiernos se cojan una pataleta y decidan que pasan de la vacuna de AstraZeneca y punto pelota. ¡Estamos hablando de ciencia y queremos que se acabe esta pesadilla, señoras y señores gobernantes!

Como dice el Dr. López-Goñi, «AstraZeneca sigue siendo una vacuna eficaz y segura. La pésima gestión (también de la propia empresa) y peor comunicación han generado un problema donde no lo había. Crea desconfianza y dudas con las vacunas entre la ciudadanía cuando el mensaje debería ser claro, contundente, único y transparente».

Dicho esto, todavía es más evidente el flaco favor que AstraZeneca ha hecho a la reputación de la industria farmacéutica. Espero que se imponga la sensatez y que la compañía cambie de CEO global en cuanto amaine la tormenta. No solo ha tomado el pelo a medio mundo, sino que ha llevado la opacidad a una nueva dimensión. No tengo palabras. No me esperaba algo así.

Una forma de comunicar que ya no se sostiene 

«La industria (farmacéutica) tiene ahora una oportunidad para huir de viejas prácticas opacas. A pesar de ser uno de los sectores más regulados, aún puede dar un paso más hacia la transparencia sin miedo. No se puede actuar con las tecnologías más innovadoras y comunicar como hace décadas», dice el último párrafo del informe Tendencias Healthcare. Nuevas formas de comunicación en el sector salud, publicado por la consultora de comunicación y asuntos públicos Llorente y Cuenca el 7 de abril.

El título del informe es tendencioso, valga la redundancia, porque el documento gira exclusivamente en torno a la industria farmacéutica, fundamentalmente la innovadora, por lo que dista mucho de dibujar un mapa de corrientes emergentes en el sector sanitario.

Por otra parte, lejos de proponer una prospección del futuro, el documento es más bien narrativo y laudatorio. Canta las alabanzas a la innovación farmacéutica condicionada por la inversión pública –o a la colaboración público-privada, como se prefiere decir en el mundo de los negocios–, que ha puesto en el mercado varias vacunas en tiempo récord y que, por lo tanto, merece que se reconozca su importantísima, su crucial aportación.

Pero el informe tiene un gran acierto: señala la opacidad y un estilo de hacer comunicación vetusto y refractario –estos calificativos son de mi cosecha, por supuesto– como principales culpables de la claramente mejorable reputación de la industria farmacéutica entre la ciudadanía. No puedo estar más de acuerdo.

Un reciente informe de Llorente y Cuenca, por lo demás laudatorio, señala el tendón de Aquiles de la industria farmacéutica: la opacidad

Habrá quien afirme que alabar este detalle del informe de Llorente y Cuenca es una simpleza y que todo el mundo sabe que la transparencia es el talón de Aquiles de la industria farmacéutica. Sí y no, sería mi respuesta.

Para justificarla, contaré una experiencia reciente. Ya sé que acabo de escribir sobre el ocaso del storytelling, pero aclaro que ese declive no es tanto por su eficacia comunicadora como porque se ha utilizado para contar historias basadas en hechos irreales, es decir, mentiras o medias verdades.

Lo que me dispongo a contar ocurrió, sin embargo. El 4 de mayo contactaron conmigo a través de un mensaje en Linkedin. Se trataba de una empresa de investigación de mercado y gestión de datos con base en Londres que, tras ver mi perfil, me proponía hacer una encuesta telefónica relacionada con la industria farmacéutica, a lo que accedí. La conversación tuvo lugar al día siguiente. He de decir que la encuesta era verdaderamente exhaustiva: me llevó casi una hora contestarla.

La había encargado una empresa del sector, cuyo nombre no diré porque, echando mano de una expresión propia de mi familia, se dice el pecado, pero no el pecador.

Llegado un punto, la sucesión de preguntas, por lo demás tan complicadas como suelen ser las que exigen puntuar las cosas en escalas del 1 al 10, o del 1 al 5, como si eso fuese objetivo u objetivable, me pareció que la ausencia de cualquier alusión a la transparencia y a una mínima espontaneidad en la comunicación clamaba al cielo. Así se lo transmití a mi entrevistador, que salió del entuerto como pudo.

Al final, me vi obligada a subrayar la misma idea en varias ocasiones, señalando la imposibilidad de dejar patente mi postura incluso tras una eterna sucesión de puntuaciones y comparaciones. ¿De qué me servía a mí aquella encuesta si no me daba pie a decir lo que pienso?

He aquí el meollo de la cuestión: si bien solicitaron mi permiso para hacer llegar mis comentarios al cliente, ya que los consideraron de interés, mi conclusión después de colgar el teléfono fue que la opacidad es tan estructural, tan funcional y tan confortable, que ni siquiera existe la posibilidad de cuestionarla.

Dicho de otra forma, mi sensación es que no interesa conocer qué puntos de mejora identifican profesionales con conocimiento del sector como yo misma, sino estudiar cómo perfeccionar tanto tic y tanta inercia para destacar sobre la competencia sin tocar la transparencia.

Tampoco hay ganas de superar el constrasentido de un estilo de comunicación tan hermético como buenista, que no se cansa de repetir todo lo que aporta el sector a la sociedad, mientras susurra a los cuatro vientos ¡tengo cosas que ocultar! Aunque no quieran verlo, ese hermetismo es el núcleo de la mala reputación de la industria farmacéutica entre gran parte de la población.

Las flores de mayo

Pese a todo lo dicho, mi primera flor, que no es de mayo, sino anterior, es para la industria farmacéutica. Lo cortés no quita lo valiente. La industria lo ha conseguido. Nos ha traído las vacunas –segunda flor– y nos ha puesto la escalera que necesitábamos para salir de este pozo de microbios en el que llevamos 14 meses y 9 días, a contar desde la fecha en que la Organización Mundial de la Salud declaró que la Covid-19 podía considerarse una pandemia.

La celebración de los Mayos, a la que se atribuyen orígenes fenicios y que es tradicional en la Península Ibérica, así como en numerosos pueblos del mundo, es una ofrenda a la llegada de la primavera, en la que todo vuelve a florecer, y se considera propia de civilizaciones en las que el discurrir de la vida está marcado por las cuatro estaciones del año. Sin invierno, no hay primavera.

Esta idea conecta con la psicología, y por tanto, con la salud. En 2010 escribí, mano a mano con Carmen Serrat-Valera, gran psicóloga clínica, el libro Tú puedes aprender a ser feliz. inicialmente publicado por Aguilar y (auto)reeditado en 2018. Una de las miles de metáforas que utilizamos tiene que ver con las estaciones de la vida.

Sintetizando mucho, tras el largo y duro invierno, en el que lo importante para los seres vivos es resistir, llega la primavera, en la que todo florece y, si hacemos lo que tenemos que hacer, disfrutaremos del esplendor del verano, de su plenitud, antes de que llegue la decadencia del otoño, que debemos aprovechar para protegernos del duro y frío invierno que vendrá.

Tras un invierno eterno, tenemos ante nosotras la primavera, que está aquí gracias a las vacunas. Que no se nos olvide, no solo por lo que están suponiendo en nuestras vidas, sino porque debieran suponer exactamente lo mismo para todas las personas que habitan el planeta. Es de justicia. Y es de lógica.

Por último, pero no menos importante, sino todo lo contrario, no puedo evitar escribir que mi compañera de fatigas en Doubledose y yo empezamos a sentir que este proyecto en el que hemos puesto el corazón y el cerebro, haciendo pleno uso de nuestros neuroderechos –la flor que nos ha regalado Chile hace apenas unos días–, está llamado a ser para nosotras como las flores de mayo: la pura alegría de los buenos tiempos que están por venir.

Reputación y vacunas en el mes de las flores no es un título al uso, he de reconocerlo, pero puedo argumentar en mi defensa que nunca es fácil poner nombre a una miscelánea. Pese a que el título me ha complicado la vida, la esperanza de elaborar un texto con cierta coherencia interna me ha mantenido firme, yo diría que también recalcitrante, y desde luego decidida a poner en pie esta aparente amalgama de opiniones y reflexiones que ha marcado mi mayo.

Un mayo de inicio convulso el mío, en este Madrid al que de alguna forma ya no reconozco –o tal vez no quiero reconocer– y que me parece el epítome del retro-futurismo. Retro por su insistencia en perpetuar una ética y una estética claramente demodés. Futurista porque es la prueba de que la desinformación y las noticias falsas influyen en las urnas.

Si no, la gestión sociosanitaria hubiese pasado factura al gobierno autonómico de IDA. Pensemos en las personas fallecidas en las residencias, en una atención primaria desfallecida, en profesionales de la sanidad exhaustos y vilipendiados, en las colas del hambre, en la desigualdad creciente.

Empiezo mal, me temo. Al menos, eso me diría Antonio Muñoz Molina, de conocerme, a juzgar por la columna que publicó en El País hace unos días, titulada Hay que esconderse, que relata lo poco rentable que resulta caminar por la rive gauche de la vida en este momento histórico. Igual me estoy jugando el futuro ahora mismo, cosa que no me ocurriría si estuviese al fondo a la derecha.

Por si acaso, diré que el título de este texto se me ha metido entre ceja y ceja porque quiero celebrar que hay motivos para alegrarse, que percibo señales que me indican que las cosas buenas también existen, que, parafraseando a Elena Salgado, la que fuera vicepresidenta económica del último gobierno de Zapatero, no solo veo ‘brotes verdes’, sino que este mayo es verdaderamente florido y hermoso porque al fin vemos la luz al final del túnel.

En una reciente entrevista de BBC News, Elke Van Hoof, profesora de Psicología de la Salud de la Universidad de Vrije (Bruselas), dice: «Hay muchas quejas de agotamiento porque pensamos que la pandemia sería una carrera, no una maratón». Encuentro que es una descripción perfecta de lo que nos ha estado pasando.

Tanto es así, que los últimos días, desde el fin del estado de alarma, hemos palpado la necesidad brutal de compañía y hasta de catarsis que anidaba en la gente. Aunque todavía tendremos que abrazarnos a nuestro sentido de la responsabilidad durante un tiempo, ese tiempo es cada vez más corto. Ya casi está.

Donde dije digo, digo Diego

No todo son flores. El verdadero hilo conductor de este texto es la coherencia, y por eso mi primera reflexión es más bien un arrepentimiento. Hace dos meses, el 9 de marzo, publiqué La profesión médica se compromete con la visibilidad de las mujeres, una noticia sobre la adhesión del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) a #DóndeEstánEllas, iniciativa de la Oficina del Parlamento Europeo en España para aumentar la presencia y la visibilidad de las mujeres en conferencias, congresos y otros actos públicos.

Como si de un jarro de agua fría se tratase, apenas unas horas después de publicar la noticia me llegó una convocatoria del propio CGCOM para un evento online, que se celebraría el 12 de marzo y que contaría con cinco participantes, todos ellos hombres. Es decir, la primera convocatoria del máximo órgano colegial de la profesión médica tras hacer público su compromiso con la igualdad fue una manference, 

Los términos manference, all-male panel, male-only panel y manel circulan por las redes sociales y la blogosfera hace casi una década. Tal y como cuenta la revista Nature en Cómo desterrar los manels y las manferences de las reuniones científicas (Holly Else, 2019), ya en 2012, el genetista y microbiólogo Jonathan Eisen empezó a denunciar en su blog los encuentros profesionales con presencia exclusiva o mayoritariamente masculina.

Ese mismo año, la catedrática de la Universidad de California en Los Ángeles Anne Churchland, neurocientífica experta en sistemas neuronales y comportamiento, creó Anne’s List para a difundir el trabajo de mujeres expertas de su misma especialidad.

En el territorio de la medicina, las mujeres son una mayoría creciente, por lo que el compromiso del máximo órgano colegial se presentaba como un acto de justicia… que parece haberse quedado en agua de borrajas. Y no lo digo solo por esa convocatoria. Desde entonces, el CGCOM ha escenificado otros dos manels, el miércoles 14 y el miércoles 21 de abril, como se puede comprobar en su sala da prensa.

En consecuencia, me retracto de la enhorabuena implícita en la noticia publicada en Impaciente el 9 de marzo. Convocar tres manels en mes y medio me parece un error de bulto, pero convocarlos tras haber anunciado tu adhesión a #DondeEstánEllas el mismísimo 8M es, como mínimo, una torpeza severa desde el punto de vista reputacional. Una torpeza severa pensando bien, porque pensando mal hablaríamos de utilizar la igualdad con fines fundamentalmente publicitarios, lo cual vendría a ser poco menos que un insulto.

Diría que pensar bien es la tónica general, en la que a menudo me incluyo, por cierto. Pero me pregunto si no será una postura excesivamente candorosa, por no decir contraproducente. De ahí que esté escribiendo estas líneas, de ahí que ya no sean las primeras que dedico al tema. De entrada, el Foro Económico Mundial considera que la pandemia ha retrasado la paridad una generación, luego los hechos no parecen justificar candor alguno.

He sabido de manels de publicaciones sanitarias, órganos colegiales, industria farmacéutica, grupos hospitalarios y asociaciones de pacientes

No obstante, para ser justa, he de aclarar que en las últimas semanas también he recibido convocatorias con ponentes exclusivamente masculinos de Diálogos PHC (iniciativa de Roche Farma, con el aval de la Asociación de Salud Digital), MSD, HM Hospitales, Farmaindustria, la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder) y Correo Farmacéutico, en un acto organizado junto al Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF).

Es tiempo de hacer, no de contar lo que no haces 

Aprovecho para recordar el artículo que publiqué el pasado 22 de octubre, Mensaje subliminal: el futuro es cosa de hombres. Cuando lo escribí, llevaba un tiempo observando casi con desesperación cómo se organizaban eventos de todo tipo apenas sin mujeres expertas en el sector sanitario.

Desde que lo escribí, también he ido analizando las iniciativas que trabajan para terminar con esta clamorosa inequidad. Iniciativas, que por cierto, no son privativas de las mujeres. Por mucho que las hordas inmovilistas quieran presentar este clamor como una boutade de su archienemigo el feminismo, también existen hombres en el sector que piensan de otra manera, que creen que esto no da más de sí y que piensan que, de hecho, empobrece cualquier foro.

El 12 de junio de 2019, Francis S. Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, publicó una declaración, Time to End the Manel Tradition, en la que decía: «A partir de ahora, cuando considere las invitaciones a hablar en público que recibo, exigiré un campo de juego nivelado, donde científicos de todo tipo sean evaluados de forma justa para tener la oportunidad de ser ponentes. Si esa atención a la inclusión no es evidente en la agenda, me negaré a participar. Desafío a otros líderes científicos del conjunto del sector biomédico a hacer lo mismo».

El señor Francis S. Collins merece todos mis respetos por su visión, su decisión y su contundencia. La última frase de su texto no puede ser más clara:  «Romper el sesgo sutil (y a veces no tan sutil) que impide que las mujeres y otros grupos subrepresentados en la ciencia ocupen las posiciones de liderazgo que les corresponden debe comenzar desde arriba».

Dicho de otra forma, esta transformación exige del compromiso de quienes presiden y dirigen las organizaciones del sector sanitario o de cualquier otro. Además, cada vez es más difícil esconder el contraste entre lo que se quiere aparentar y lo que verdaderamente se es. O entre lo que se dice que se hace y lo que verdaderamente se hace. Terminar con los manels requiere visión de futuro y exige un cambio de cultura.

El pasado 22 de febrero, Top Comunicación publicó un interesantísimo artículo de Miguel Ángel Robles, socio-director general de Euromedia Comunicación, titulado Compliance, ¿el nuevo logo?: el desgaste del storytelling precisa una alternativa de comunicación más racional.

El texto subraya la vertiente reputacional del compliance, es decir, del conjunto de procedimientos y buenas prácticas adoptados por las organizaciones para identificar y clasificar los riesgos operativos y legales a los que se enfrentan y establecer mecanismos internos de prevención, gestión, control y reacción frente a los mismos.

Además, señala «la escasa correspondencia entre los contenidos y los hechos, sobre todo en lo que se refiere a gobernanza corporativa, responsabilidad social y correspondencia con los grupos de interés. No hay mejor relato medioambiental, de anticorrupción, de igualdad y de compromiso con el entorno que el que se deriva del compliance y su comunicación».

Sin transparencia no hay (buena) reputación 

Cambiando de tercio, pero volviendo al CGCOM y sin abandonar la crítica a las contradicciones entre el dicho y el hecho, recomiendo echar un ojo al estudio Condiciones de competencia en el ejercicio libre de la medicina, encargado por la Vocalía de Médicos de Ejercicio Privado. ¿Es a esto a lo que se llama eficiencia, excelencia y calidad?

Los datos que arroja el estudio son espeluznantes y debieran ser un dardo clavado en el epicentro de la reputación de las grandes compañías de la sanidad privada española, que podrían plantearse dedicar más atención a la colaboración privada-privada, en lugar de centrarse en exclusiva en la colaboración público-privada.

Quiero señalar, llegados a este punto, que este estudio, sumado a lo que viene ocurriendo en la sanidad pública desde hace años, con especial intensidad desde el triste advenimiento de la edad de los recortes, refleja una realidad horrible: somos una sociedad que maltrata a las personas que trabajan en uno de los sectores más importantes y vitales, nunca mejor dicho. Se podría decir casi lo mismo de la educación y los servicios sociales. Es tremendo. Les atacamos por tierra, mar y aire. Y después queremos que den el do de pecho.

Por cierto, Nature ha vuelto a hacerlo, y ha publicado el informe Health systems resilience in managing the COVID-19 pandemic: lessons from 28 countries, en el que la sanidad española sale muy mal parada debido a una circunstancia muy concreta: los recortes sanitarios perpetrados en nombre de la austeridad más cara de la historia de la humanidad.

Dicen que lo barato sale caro, pero hubiéramos preferido que el sobrecoste no llegase en forma de cientos de miles de fallecidos solo en Europa. Espero que no lo olvidemos, pero no soy muy optimista al respecto.

De pesimismo a pesimismo, y tiro porque me toca, llevo meses instalada en la estupefacción ante el inaceptable espectáculo protagonizado por la Unión Europea (UE) y AstraZeneca, que incluye barcos interceptados en un puerto italiano, a modo de capítulo grotesco.

No soy nada original en esto, lo sé: lo piensa todo el mundo, otra cosa es que lo diga. Lo piensa, por ejemplo, Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, que hoy publica en The Conversation un artículo titulado Combinar vacunas: el culebrón de AstraZeneca.

Es evidente que loa acuerdos establecidos por la UE han pecado de ilusos en el mejor de los casos –una vez más, el candor– y que confiar en la buena fe de la otra parte, dejando términos fundamentales abiertos, va en contra de la misma razón de ser de lo que entendemos por contrato legal.

Es evidente también que se han cometido muchos errores con tanto que sí, que no, que sí, que no. No es serio que los gobiernos se cojan una pataleta y decidan que pasan de la vacuna de AstraZeneca y punto pelota. ¡Estamos hablando de ciencia y queremos que se acabe esta pesadilla, señoras y señores gobernantes!

Como dice el Dr. López-Goñi, «AstraZeneca sigue siendo una vacuna eficaz y segura. La pésima gestión (también de la propia empresa) y peor comunicación han generado un problema donde no lo había. Crea desconfianza y dudas con las vacunas entre la ciudadanía cuando el mensaje debería ser claro, contundente, único y transparente».

Dicho esto, todavía es más evidente el flaco favor que AstraZeneca ha hecho a la reputación de la industria farmacéutica. Espero que se imponga la sensatez y que la compañía cambie de CEO global en cuanto amaine la tormenta. No solo ha tomado el pelo a medio mundo, sino que ha llevado la opacidad a una nueva dimensión. No tengo palabras. No me esperaba algo así.

Una forma de comunicar que ya no se sostiene 

«La industria (farmacéutica) tiene ahora una oportunidad para huir de viejas prácticas opacas. A pesar de ser uno de los sectores más regulados, aún puede dar un paso más hacia la transparencia sin miedo. No se puede actuar con las tecnologías más innovadoras y comunicar como hace décadas», dice el último párrafo del informe Tendencias Healthcare. Nuevas formas de comunicación en el sector salud, publicado por la consultora de comunicación y asuntos públicos Llorente y Cuenca el 7 de abril.

El título del informe es tendencioso, valga la redundancia, porque el documento gira exclusivamente en torno a la industria farmacéutica, fundamentalmente la innovadora, por lo que dista mucho de dibujar un mapa de corrientes emergentes en el sector sanitario.

Por otra parte, lejos de proponer una prospección del futuro, el documento es más bien narrativo y laudatorio. Canta las alabanzas a la innovación farmacéutica condicionada por la inversión pública –o a la colaboración público-privada, como se prefiere decir en el mundo de los negocios–, que ha puesto en el mercado varias vacunas en tiempo récord y que, por lo tanto, merece que se reconozca su importantísima, su crucial aportación.

Pero el informe tiene un gran acierto: señala la opacidad y un estilo de hacer comunicación vetusto y refractario –estos calificativos son de mi cosecha, por supuesto– como principales culpables de la claramente mejorable reputación de la industria farmacéutica entre la ciudadanía. No puedo estar más de acuerdo.

Un reciente informe de Llorente y Cuenca, por lo demás laudatorio, señala el tendón de Aquiles de la industria farmacéutica: la opacidad

Habrá quien afirme que alabar este detalle del informe de Llorente y Cuenca es una simpleza y que todo el mundo sabe que la transparencia es el talón de Aquiles de la industria farmacéutica. Sí y no, sería mi respuesta.

Para justificarla, contaré una experiencia reciente. Ya sé que acabo de escribir sobre el ocaso del storytelling, pero aclaro que ese declive no es tanto por su eficacia comunicadora como porque se ha utilizado para contar historias basadas en hechos irreales, es decir, mentiras o medias verdades.

Lo que me dispongo a contar ocurrió, sin embargo. El 4 de mayo contactaron conmigo a través de un mensaje en Linkedin. Se trataba de una empresa de investigación de mercado y gestión de datos con base en Londres que, tras ver mi perfil, me proponía hacer una encuesta telefónica relacionada con la industria farmacéutica, a lo que accedí. La conversación tuvo lugar al día siguiente. He de decir que la encuesta era verdaderamente exhaustiva: me llevó casi una hora contestarla.

La había encargado una empresa del sector, cuyo nombre no diré porque, echando mano de una expresión propia de mi familia, se dice el pecado, pero no el pecador.

Llegado un punto, la sucesión de preguntas, por lo demás tan complicadas como suelen ser las que exigen puntuar las cosas en escalas del 1 al 10, o del 1 al 5, como si eso fuese objetivo u objetivable, me pareció que la ausencia de cualquier alusión a la transparencia y a una mínima espontaneidad en la comunicación clamaba al cielo. Así se lo transmití a mi entrevistador, que salió del entuerto como pudo.

Al final, me vi obligada a subrayar la misma idea en varias ocasiones, señalando la imposibilidad de dejar patente mi postura incluso tras una eterna sucesión de puntuaciones y comparaciones. ¿De qué me servía a mí aquella encuesta si no me daba pie a decir lo que pienso?

He aquí el meollo de la cuestión: si bien solicitaron mi permiso para hacer llegar mis comentarios al cliente, ya que los consideraron de interés, mi conclusión después de colgar el teléfono fue que la opacidad es tan estructural, tan funcional y tan confortable, que ni siquiera existe la posibilidad de cuestionarla.

Dicho de otra forma, mi sensación es que no interesa conocer qué puntos de mejora identifican profesionales con conocimiento del sector como yo misma, sino estudiar cómo perfeccionar tanto tic y tanta inercia para destacar sobre la competencia sin tocar la transparencia.

Tampoco hay ganas de superar el constrasentido de un estilo de comunicación tan hermético como buenista, que no se cansa de repetir todo lo que aporta el sector a la sociedad, mientras susurra a los cuatro vientos ¡tengo cosas que ocultar! Aunque no quieran verlo, ese hermetismo es el núcleo de la mala reputación de la industria farmacéutica entre gran parte de la población.

Las flores de mayo

Pese a todo lo dicho, mi primera flor, que no es de mayo, sino anterior, es para la industria farmacéutica. Lo cortés no quita lo valiente. La industria lo ha conseguido. Nos ha traído las vacunas –segunda flor– y nos ha puesto la escalera que necesitábamos para salir de este pozo de microbios en el que llevamos 14 meses y 9 días, a contar desde la fecha en que la Organización Mundial de la Salud declaró que la Covid-19 podía considerarse una pandemia.

La celebración de los Mayos, a la que se atribuyen orígenes fenicios y que es tradicional en la Península Ibérica, así como en numerosos pueblos del mundo, es una ofrenda a la llegada de la primavera, en la que todo vuelve a florecer, y se considera propia de civilizaciones en las que el discurrir de la vida está marcado por las cuatro estaciones del año. Sin invierno, no hay primavera.

Esta idea conecta con la psicología, y por tanto, con la salud. En 2010 escribí, mano a mano con Carmen Serrat-Valera, gran psicóloga clínica, el libro Tú puedes aprender a ser feliz. inicialmente publicado por Aguilar y (auto)reeditado en 2018. Una de las miles de metáforas que utilizamos tiene que ver con las estaciones de la vida.

Sintetizando mucho, tras el largo y duro invierno, en el que lo importante para los seres vivos es resistir, llega la primavera, en la que todo florece y, si hacemos lo que tenemos que hacer, disfrutaremos del esplendor del verano, de su plenitud, antes de que llegue la decadencia del otoño, que debemos aprovechar para protegernos del duro y frío invierno que vendrá.

Tras un invierno eterno, tenemos ante nosotras la primavera, que está aquí gracias a las vacunas. Que no se nos olvide, no solo por lo que están suponiendo en nuestras vidas, sino porque debieran suponer exactamente lo mismo para todas las personas que habitan el planeta. Es de justicia. Y es de lógica.

Por último, pero no menos importante, sino todo lo contrario, no puedo evitar escribir que mi compañera de fatigas en Doubledose y yo empezamos a sentir que este proyecto en el que hemos puesto el corazón y el cerebro, haciendo pleno uso de nuestros neuroderechos –la flor que nos ha regalado Chile hace apenas unos días–, está llamado a ser para nosotras como las flores de mayo: la pura alegría de los buenos tiempos que están por venir.