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Rodrigo Domínguez, del grupo de acompañantes de Malasaña Acompaña / Imagen de Aldara Zn Fotografía.

RODRIGO DOMÍNGUEZ

Miembro del grupo de acompañantes de Malasaña Acompaña

Rodrigo protagoniza la segunda entrevista de la serie dedicada a las personas que conforman la red vecinal Malasaña Acompaña, surgida durante el confinamiento para dar respuesta a la emergencia social desencadenada por la covid-19. “Estudié Periodismo, que no es lo mismo que ser periodista. Trabajé en emisoras de radio locales durante siete años, pero la crisis de 2008, que a mí me afectó en 2012, me dejó sin trabajo y decidí cambiar de tercio”. Ese giro vital le llevó al marketing digital. No es la primera persona antes conocida como periodista que no solo se pasa ‘al lado oscuro’, sino que afirma que sufre menos desde que está allí. “Dejó de interesarme el periodismo como profesión porque, en general, no me permitía ejercer de periodista, solo ser un medio para transmitir las ideas de la empresa para la que trabajaba en cada momento, que me exigía que contase las cosas desde su punto de vista, o que contase solo aquello que le viniese bien contar. Tuve bastantes encontronazos y no me sentía bien. Por eso he acabado en el marketing, en el que sabes qué se espera de ti y tu trabajo tiene unos objetivos muy claros y cuantificables. No te compromete tanto a nivel personal, no te provoca malestar a nivel psicológico y, aunque el momento actual es muy extraño, se gana más dinero”. Curiosamente, Rodrigo no solo vive en un barrio tan intensivo en bares y restaurantes como Malasaña, sino que trabaja para clientes del canal Horeca (hostelería, restauración y catering), por lo que está experimentando en primera persona las cuitas de un sector azotado por las olas de la covid-19.

POR ALEXA DIÉGUEZ / 23 de octubre de 2020 / READ IT IN ENGLISH

“Soy madrileño, de Colmenar Viejo, y vivo en Malasaña desde hace cuatro años. Hasta que estalló esta vorágine, hice mi vida, sin más. Pero la actual crisis consiguió que me acercase al barrio de otra forma”, explica Rodrigo Domínguez, que forma parte de Malasaña Acompaña desde el principio de la desescalada.

“Como no soy de la capital, para mí este había sido siempre el barrio guay al que venía a tomar cervezas. Cuando empecé a vivir aquí, mi visión apenas cambió, el barrio seguía teniendo su propia idiosincrasia, su bullicio ­–lo quisieras o no lo quisieras–, sus turistas y esa facilidad para encontrarte a la gente en los bares. Todo más o menos igual, pero desde dentro. Sin embargo, con la pandemia se convirtió en un pueblo de un día para otro. Algo que estaba ahí, aunque yo no me hubiese dado cuenta, se hizo evidente y me llamó muchísimo la atención. Un tiempo después, supe de Malasaña Acompaña y me uní, con lo que ya no solo me acerqué al barrio desde otra perspectiva, sino también a las personas que lo habitan, que no terminaba de saber quiénes eran, más allá de las de mi edificio, algunos amistades y poco más”.

Esa sensación de formar parte de un barrio que es casi un pueblo no es poca cosa. ¿Fue la razón de que te implicases en Malasaña Acompaña?

 No exclusivamente. Para mí también fue esencial darme cuenta de la vertiente social de la crisis. Quizás en un primer momento no fui tan consciente de esa dimensión, tal vez por mis circunstancias personales, o por el shock. Reaccioné algo más tarde de lo que me hubiese gustado, pero finalmente fui comprendiendo la verdadera magnitud de las terribles consecuencias sociales del cierre de casi todo tipo de actividad económica, tanto reglamentada como ‘extraoficial’, y me pareció importante echar una mano para tratar de mitigarlas, ya que resultaba evidente que la total desaparición de las instituciones teóricamente encargadas de hacerlo se prolongaba.

Siempre he sido consciente de las dificultades de las instituciones, tanto públicas como privadas, para acercarse a las personas que más las necesitan y proporcionarles una respuesta adecuada, más allá de la caridad, por lo que también me pareció que atravesábamos un momento idóneo para tratar de generar un incremento de la conciencia de clase. Tenemos que ser conscientes de que las crisis, y más cuando son de la envergadura de la actual, afectan fundamentalmente a la clase trabajadora, a todas las personas que no tenemos la vida resuelta, que no hemos nacido con determinados apellidos ni tenemos garantizados unos ingresos por cuestiones familiares.

Formas parte del grupo de acompañantes de esta red vecinal, que estáis en contacto con las personas usuarias de la despensa solidaria, habláis con ellas cada semana y conocéis su situación. Vuestras vivencias son muy directas, aunque dependen de las características concretas de las familias que tengáis asignadas, que son muy diversas.

Sí, y de hecho, las dos familias que me asignaron en un primer momento han sido las que más me han marcado. Me encontré frente a una enorme injusticia social. Estamos haciendo las cosas muy mal. Algunas personas están engañando a otras y, precisamente por eso, el Estado ha fallado en la entrega de algunos ERTE. Más allá de lo meramente burocrático, numerosos trabajadores y trabajadoras hacen muchas más horas de las que cotizan por ellas en sus respectivos empleos, sobreviven con apaños informales para complementar sus ingresos o, directamente, trabajan sin contrato, como es el caso de la mayoría de las empleadas del hogar.

Una de las dos primeras familias que me asignaron era una familia monoparental, una mujer sola con dos hijos, de 17 y 18 años, empleada del hogar sin contrato y sin otras fuentes de ingresos, que se había quedado sin trabajo y sin compensación de ningún tipo ­–ni finiquito, ni indemnización, ni derecho al paro– de un día para otro. Me topé con un panorama muy desolador. Personas que llevaban semanas sin dinero y sin saber cuándo volverían a trabajar. Para mí, estas situaciones no son meramente individuales, sino que nos afectan como sociedad. ¿Qué hemos estado haciendo para que sea posible algo así? ¿Ha tenido que llegar una pandemia para que nos demos cuenta de que muchas personas, con frecuencia mujeres con menores a su cargo, viven totalmente al día y que podrían acabar en la calle y pasar hambre en cuestión de semanas?

En medio del desastre, sin embargo, entiendo que formar parte de iniciativas como Malasaña Acompaña tiene cierto efecto balsámico.

Sí, he encontrado la parte claramente positiva de todo esto, que radica en que hayamos sido capaces de crear una especie de Estado paralelo, que, con sus lógicas limitaciones, ha sustituido con éxito a instituciones de la envergadura del Ayuntamiento de Madrid, que cuenta con millones de euros de presupuesto y miles de funcionarios y empleados. Colectivamente, con mucho trabajo y en la medida de nuestras fuerzas, hemos sabido llegar a quien lo necesitaba.

«Durante estos meses, hemos comprobado que la sociedad es capaz de autogestionarse. Esta experiencia será muy útil para todos nosotros en el futuro»

Esta es una de las realidades que han aflorado durante el confinamiento y uno de mis principales aprendizajes a título personal. Hemos comprobado de forma fehaciente que la sociedad es capaz de autogestionarse, yo mismo he formado parte de ese contexto, he podido ayudar de acuerdo con mis posibilidades y he vivido en primera persona una experiencia que estoy convencido que será muy útil para todos nosotros en el futuro. Ya antes del verano intuíamos que vendrían malos tiempos, tiempos incluso peores que los vividos en primavera, y todo parece confirmar esa hipótesis. Cuanto más se alargue la pandemia, más profunda será la crisis económica y social, lo que equivale a decir que más personas caerán en la pobreza.

De hecho, han prolongado ERTE porque es obvio que, una vez superado el periodo legal que impide a las empresas plantear despidos tras haberse acogido a este proceso, vendrán los ERE, las quiebras y los inefables concursos de acreedores.

Efectivamente. Por eso creo que tenemos que estar preparados y seguir construyendo y ampliando esta alternativa ciudadana a las instituciones públicas. Durante varios meses, mucha gente sobrevivió gracias a lo que hicimos personas como tú y como yo. Ha sido una labor esencial, hemos logrado hacer muchas cosas. Es cierto que todo tiene un límite y que necesitamos evolucionar, pero me parece fundamental tratar de expandir este mensaje para que todas las personas medianamente concienciadas entiendan la importancia de seguir tejiendo las redes de apoyo mutuo. Si no lo hacemos, muchos de nosotros podemos llegar a pasarlo muy mal. Me incluyo en este grupo porque no estoy a salvo, ni mucho menos, de esta pandemia social.

Algunas despensas solidarias cerraron antes del verano y las redes vecinales que las gestionaban se han reconvertido en colectivos orientados hacia el trabajo social y el acompañamiento, otras ya estaban en activo antes de la pandemia y siguen su camino, pero Malasaña Acompaña está poniendo el acento en evolucionar sin dejar de lado la cuestión alimentaria, a la que todavía recurren más de 70 familias.

En Madrid persiste una situación de serios problemas sociales no enfrentados por las instituciones responsables. Este es, a grandes rasgos, nuestro punto de partida y la razón que nos inclina a mantener la despensa solidaria. Con el conocimiento y la experiencia que nos han proporcionado estos meses, mi objetivo, y creo que el de todas las personas que seguimos comprometidas con la iniciativa, en mayor o menor medida, es que el banco de alimentos llegue a ser totalmente horizontal y que todos, usuarios y no usuarios, tengamos la misma implicación e igual capacidad de hacer frente a las necesidades y los conflictos que vayan surgiendo. Me gustaría que pudiésemos romper con las jerarquías, que ya son demasiadas a todos los niveles, y superar cualquier parecido con la caridad cristiana, que no ayuda a resolver los problemas, sino que los perpetúa.

Por eso me he implicado a fondo en el proceso de transformación que estamos iniciando justamente ahora, instando a las personas usuarias a involucrarse en la toma de decisiones y en la gestión diaria del colectivo en la medida de sus posibilidades. Es un salto necesario y coherente con las ideas de apoyo mutuo y autogestión, en contraposición al paternalismo de la caridad. Además, creo que a todas y a todos nos apetece tener la ocasión de utilizar nuestras fuerzas, que no son escasas, para hacer otras cosas y aprovechar que hemos formado un grupo que funciona y que nos gustaría mantener unido. No queremos ser un parche, sino una herramienta de cambio.

En resumen, te diría que haber tenido la ocasión de acercarme al barrio en el que vivo, conocer a la gente que lo habita, formar parte de una iniciativa totalmente ciudadana que ha sido capaz de prestar un servicio tan básico a los demás, que yo, o a cualquiera de nosotros, podría necesitar en el futuro, es muy importante para mí. De eso se trata. Ahora que se habla tanto de los cuidados, tengo que decir que algunas personas hemos comprobado sobre el terreno que cuidarnos las unas a las otras es posible y tiene una importancia capital. Puede que nos vaya la vida en ello.

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RODRIGO DOMÍNGUEZ

Miembro del gruop de acompañantes de Malasaña Acompaña

«Hemos sido capaces de construir un Estado paralelo, que ha sustituido con éxito al Ayuntamiento de Madrid»

POR ALEXA DIÉGUEZ

24 de septiembre de 2020

READ IT IN ENGLISH

Rodrigo protagoniza la segunda entrevista de la serie dedicada a la red vecinal Malasaña Acompaña, surgida durante el confinamiento para dar respuesta a la emergencia social desencadenada por la covid-19. “Estudié Periodismo, que no es lo mismo que ser periodista. Trabajé en emisoras de radio locales durante siete años, pero la crisis de 2008, que a mí me afectó en 2012, me dejó sin trabajo y decidí cambiar de tercio”. Ese giro vital le llevó al marketing digital. No es la primera persona antes conocida como periodista que no solo se pasa ‘al lado oscuro’, sino que afirma que sufre menos desde que está allí. “Dejó de interesarme el periodismo como profesión porque, en general, no me permitía ejercer de periodista, solo ser un medio para transmitir las ideas de la empresa para la que trabajaba en cada momento, que me exigía que contase las cosas desde su punto de vista. Tuve bastantes encontronazos y no me sentía bien. Por eso he acabado en el marketing, en el que sabes qué se espera de ti y tu trabajo tiene unos objetivos muy claros y cuantificables. No te compromete tanto a nivel personal, no te provoca malestar a nivel psicológico y, aunque el momento actual es muy extraño, se gana más dinero”. Curiosamente, Rodrigo no solo vive en un barrio tan intensivo en bares y restaurantes como Malasaña, sino que trabaja para clientes del canal Horeca (hostelería, restauración y catering), por lo que está experimentando en primera persona las cuitas de un sector azotado por las olas de la covid-19.

“Soy madrileño, de Colmenar Viejo, y vivo en Malasaña desde hace cuatro años. Hasta que estalló esta vorágine, hice mi vida, sin más. Pero la actual crisis consiguió que me acercase al barrio de otra forma”, explica Rodrigo Domínguez, que forma parte de Malasaña Acompaña desde el principio de la desescalada.

“Como no soy de la capital, para mí este había sido siempre el barrio guay al que venía a tomar cervezas. Cuando empecé a vivir aquí, mi visión apenas cambió, el barrio seguía teniendo su propia idiosincrasia, su bullicio ­–lo quisieras o no lo quisieras–, sus turistas y esa facilidad para encontrarte a la gente en los bares. Todo más o menos igual, pero desde dentro. Sin embargo, con la pandemia se convirtió en un pueblo de un día para otro. Algo que estaba ahí, aunque yo no me hubiese dado cuenta, se hizo evidente y me llamó muchísimo la atención. Un tiempo después, supe de Malasaña Acompaña y me uní, con lo que ya no solo me acerqué al barrio desde otra perspectiva, sino también a las personas que lo habitan, que no terminaba de saber quiénes eran, más allá de las de mi edificio, algunos amistades y poco más”.

 

Esa sensación de formar parte de un barrio que es casi un pueblo no es poca cosa. ¿Fue la razón de que te implicases en Malasaña Acompaña?

 No exclusivamente. Para mí también fue esencial darme cuenta de la vertiente social de la crisis. Quizás en un primer momento no fui tan consciente de esa dimensión, tal vez por mis circunstancias personales, o por el shock. Reaccioné algo más tarde de lo que me hubiese gustado, pero finalmente fui comprendiendo la verdadera magnitud de las terribles consecuencias sociales del cierre de casi todo tipo de actividad económica, tanto reglamentada como ‘extraoficial’, y me pareció importante echar una mano para tratar de mitigarlas, ya que resultaba evidente que la total desaparición de las instituciones teóricamente encargadas de hacerlo se prolongaba.

Siempre he sido consciente de las dificultades de las instituciones, tanto públicas como privadas, para acercarse a las personas que más las necesitan y proporcionarles una respuesta adecuada, más allá de la caridad, por lo que también me pareció que atravesábamos un momento idóneo para tratar de generar un incremento de la conciencia de clase. Tenemos que ser conscientes de que las crisis, y más cuando son de la envergadura de la actual, afectan fundamentalmente a la clase trabajadora, a todas las personas que no tenemos la vida resuelta, que no hemos nacido con determinados apellidos ni tenemos garantizados unos ingresos por cuestiones familiares.

 

Formas parte del grupo de acompañantes de esta red vecinal, que estáis en contacto con las personas usuarias de la despensa solidaria, habláis con ellas cada semana y conocéis su situación. Vuestras vivencias son muy directas, aunque dependen de las características concretas de las familias que tengáis asignadas, que son muy diversas.

 Sí, y de hecho, las dos familias que me asignaron en un primer momento han sido las que más me han marcado. Me encontré frente a una enorme injusticia social. Estamos haciendo las cosas muy mal. Algunas personas están engañando a otras y, precisamente por eso, el Estado ha fallado en la entrega de algunos ERTE. Más allá de lo meramente burocrático, numerosos trabajadores y trabajadoras hacen muchas más horas de las que cotizan por ellas en sus respectivos empleos, sobreviven con apaños informales para complementar sus ingresos o, directamente, trabajan sin contrato, como es el caso de la mayoría de las empleadas del hogar.

Una de las dos primeras familias que me asignaron era una familia monoparental, una mujer sola con dos hijos, de 17 y 18 años, empleada del hogar sin contrato y sin otras fuentes de ingresos, que se había quedado sin trabajo y sin compensación de ningún tipo ­–ni finiquito, ni indemnización, ni derecho al paro– de un día para otro. Me topé con un panorama muy desolador. Personas que llevaban semanas sin dinero y sin saber cuándo volverían a trabajar. Para mí, estas situaciones no son meramente individuales, sino que nos afectan como sociedad. ¿Qué hemos estado haciendo para que sea posible algo así? ¿Ha tenido que llegar una pandemia para que nos demos cuenta de que muchas personas, con frecuencia mujeres con menores a su cargo, viven totalmente al día y que podrían acabar en la calle y pasar hambre en cuestión de semanas?

 

En medio del desastre, sin embargo, entiendo que formar parte de iniciativas como Malasaña Acompaña tiene cierto efecto balsámico.

Sí, he encontrado la parte claramente positiva de todo esto, que radica en que hayamos sido capaces de crear una especie de Estado paralelo, que, con sus lógicas limitaciones, ha sustituido con éxito a instituciones de la envergadura del Ayuntamiento de Madrid, que cuenta con millones de euros de presupuesto y miles de funcionarios y empleados. Colectivamente, con mucho trabajo y en la medida de nuestras fuerzas, hemos sabido llegar a quien lo necesitaba.

 

«Durante estos meses, hemos comprobado que la sociedad es capaz de autogestionarse. Esta experiencia será muy útil para todos nosotros en el futuro»

 

Esta es una de las realidades que han aflorado durante el confinamiento y uno de mis principales aprendizajes a título personal. Hemos comprobado de forma fehaciente que la sociedad es capaz de autogestionarse, yo mismo he formado parte de ese contexto, he podido ayudar de acuerdo con mis posibilidades y he vivido en primera persona una experiencia que estoy convencido que será muy útil para todos nosotros en el futuro. Ya antes del verano intuíamos que vendrían malos tiempos, tiempos incluso peores que los vividos en primavera, y todo parece confirmar esa hipótesis. Cuanto más se alargue la pandemia, más profunda será la crisis económica y social, lo que equivale a decir que más personas caerán en la pobreza.

 

De hecho, han prolongado ERTE porque es obvio que, una vez superado el periodo legal que impide a las empresas plantear despidos tras haberse acogido a este proceso, vendrán los ERE, las quiebras y los inefables concursos de acreedores.

Efectivamente. Por eso creo que tenemos que estar preparados y seguir construyendo y ampliando esta alternativa ciudadana a las instituciones públicas. Durante varios meses, mucha gente sobrevivió gracias a lo que hicimos personas como tú y como yo. Ha sido una labor esencial, hemos logrado hacer muchas cosas. Es cierto que todo tiene un límite y que necesitamos evolucionar, pero me parece fundamental tratar de expandir este mensaje para que todas las personas medianamente concienciadas entiendan la importancia de seguir tejiendo las redes de apoyo mutuo. Si no lo hacemos, muchos de nosotros podemos llegar a pasarlo muy mal. Me incluyo en este grupo porque no estoy a salvo, ni mucho menos, de esta pandemia social.

 

Algunas despensas solidarias cerraron antes del verano y las redes vecinales que las gestionaban se han reconvertido en colectivos orientados hacia el trabajo social y el acompañamiento, otras ya estaban en activo antes de la pandemia y siguen su camino, pero Malasaña Acompaña está poniendo el acento en evolucionar sin dejar de lado la cuestión alimentaria, a la que todavía recurren más de 70 familias.

En Madrid persiste una situación de serios problemas sociales no enfrentados por las instituciones responsables. Este es, a grandes rasgos, nuestro punto de partida y la razón que nos inclina a mantener la despensa solidaria. Con el conocimiento y la experiencia que nos han proporcionado estos meses, mi objetivo, y creo que el de todas las personas que seguimos comprometidas con la iniciativa, en mayor o menor medida, es que el banco de alimentos llegue a ser totalmente horizontal y que todos, usuarios y no usuarios, tengamos la misma implicación e igual capacidad de hacer frente a las necesidades y los conflictos que vayan surgiendo. Me gustaría que pudiésemos romper con las jerarquías, que ya son demasiadas a todos los niveles, y superar cualquier parecido con la caridad cristiana, que no ayuda a resolver los problemas, sino que los perpetúa.

Por eso me he implicado a fondo en el proceso de transformación que estamos iniciando justamente ahora, instando a las personas usuarias a involucrarse en la toma de decisiones y en la gestión diaria del colectivo en la medida de sus posibilidades. Es un salto necesario y coherente con las ideas de apoyo mutuo y autogestión, en contraposición al paternalismo de la caridad. Además, creo que a todas y a todos nos apetece tener la ocasión de utilizar nuestras fuerzas, que no son escasas, para hacer otras cosas y aprovechar que hemos formado un grupo que funciona y que nos gustaría mantener unido. No queremos ser un parche, sino una herramienta de cambio.

En resumen, te diría que haber tenido la ocasión de acercarme al barrio en el que vivo, conocer a la gente que lo habita, formar parte de una iniciativa totalmente ciudadana que ha sido capaz de prestar un servicio tan básico a los demás, que yo, o a cualquiera de nosotros, podría necesitar en el futuro, es muy importante para mí. De eso se trata. Ahora que se habla tanto de los cuidados, tengo que decir que algunas personas hemos comprobado sobre el terreno que cuidarnos las unas a las otras es posible y tiene una importancia capital. Puede que nos vaya la vida en ello.

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Rodrigo Domínguez / Imagen de Aldara Zn Fotografía.

RODRIGO DOMÍNGUEZ

Miembro del grupo de acompañantes de Malasaña Acompaña

«Hemos sido capaces de construir un pequeño Estado paralelo, que ha sustituido con éxito al Ayuntamiento de Madrid»

POR ALEXA DIÉGUEZ / 23 de octubre, 2020 / READ IT IN ENGLISH

Rodrigo protagoniza la segunda entrevista de la serie dedicada a la red vecinal Malasaña Acompaña, surgida durante el confinamiento para dar respuesta a la emergencia social desencadenada por la covid-19. “Estudié Periodismo, que no es lo mismo que ser periodista. Trabajé en emisoras de radio locales durante siete años, pero la crisis de 2008, que a mí me afectó en 2012, me dejó sin trabajo y decidí cambiar de tercio”. Ese giro vital le llevó al marketing digital. No es la primera persona antes conocida como periodista que no solo se pasa ‘al lado oscuro’, sino que afirma que sufre menos desde que está allí. “Dejó de interesarme el periodismo como profesión porque, en general, no me permitía ejercer de periodista, solo ser un medio para transmitir las ideas de la empresa para la que trabajaba en cada momento, que me exigía que contase las cosas desde su punto de vista. Tuve bastantes encontronazos y no me sentía bien. Por eso he acabado en el marketing, en el que sabes qué se espera de ti y tu trabajo tiene unos objetivos muy claros y cuantificables. No te compromete tanto a nivel personal, no te provoca malestar a nivel psicológico y, aunque el momento actual es muy extraño, se gana más dinero”. Curiosamente, Rodrigo no solo vive en un barrio tan intensivo en bares y restaurantes como Malasaña, sino que trabaja para clientes del canal Horeca (hostelería, restauración y catering), por lo que está experimentando en primera persona las cuitas de un sector azotado por las olas de la covid-19.

“Soy madrileño, de Colmenar Viejo, y vivo en Malasaña desde hace cuatro años. Hasta que estalló esta vorágine, hice mi vida, sin más. Pero la actual crisis consiguió que me acercase al barrio de otra forma”, explica Rodrigo Domínguez, que forma parte de Malasaña Acompaña desde el principio de la desescalada.

“Como no soy de la capital, para mí este había sido siempre el barrio guay al que venía a tomar cervezas. Cuando empecé a vivir aquí, mi visión apenas cambió, el barrio seguía teniendo su propia idiosincrasia, su bullicio ­–lo quisieras o no lo quisieras–, sus turistas y esa facilidad para encontrarte a la gente en los bares. Todo más o menos igual, pero desde dentro. Sin embargo, con la pandemia se convirtió en un pueblo de un día para otro. Algo que estaba ahí, aunque yo no me hubiese dado cuenta, se hizo evidente y me llamó muchísimo la atención. Un tiempo después, supe de Malasaña Acompaña y me uní, con lo que ya no solo me acerqué al barrio desde otra perspectiva, sino también a las personas que lo habitan, que no terminaba de saber quiénes eran, más allá de las de mi edificio, algunos amistades y poco más”.

 

Esa sensación de formar parte de un barrio que es casi un pueblo no es poca cosa. ¿Fue la razón de que te implicases en Malasaña Acompaña?

 No exclusivamente. Para mí también fue esencial darme cuenta de la vertiente social de la crisis. Quizás en un primer momento no fui tan consciente de esa dimensión, tal vez por mis circunstancias personales, o por el shock. Reaccioné algo más tarde de lo que me hubiese gustado, pero finalmente fui comprendiendo la verdadera magnitud de las terribles consecuencias sociales del cierre de casi todo tipo de actividad económica, tanto reglamentada como ‘extraoficial’, y me pareció importante echar una mano para tratar de mitigarlas, ya que resultaba evidente que la total desaparición de las instituciones teóricamente encargadas de hacerlo se prolongaba.

Siempre he sido consciente de las dificultades de las instituciones, tanto públicas como privadas, para acercarse a las personas que más las necesitan y proporcionarles una respuesta adecuada, más allá de la caridad, por lo que también me pareció que atravesábamos un momento idóneo para tratar de generar un incremento de la conciencia de clase. Tenemos que ser conscientes de que las crisis, y más cuando son de la envergadura de la actual, afectan fundamentalmente a la clase trabajadora, a todas las personas que no tenemos la vida resuelta, que no hemos nacido con determinados apellidos ni tenemos garantizados unos ingresos por cuestiones familiares.

 

Formas parte del grupo de acompañantes de esta red vecinal, que estáis en contacto con las personas usuarias de la despensa solidaria, habláis con ellas cada semana y conocéis su situación. Vuestras vivencias son muy directas, aunque dependen de las características concretas de las familias que tengáis asignadas, que son muy diversas.

 Sí, y de hecho, las dos familias que me asignaron en un primer momento han sido las que más me han marcado. Me encontré frente a una enorme injusticia social. Estamos haciendo las cosas muy mal. Algunas personas están engañando a otras y, precisamente por eso, el Estado ha fallado en la entrega de algunos ERTE. Más allá de lo meramente burocrático, numerosos trabajadores y trabajadoras hacen muchas más horas de las que cotizan por ellas en sus respectivos empleos, sobreviven con apaños informales para complementar sus ingresos o, directamente, trabajan sin contrato, como es el caso de la mayoría de las empleadas del hogar.

Una de las dos primeras familias que me asignaron era una familia monoparental, una mujer sola con dos hijos, de 17 y 18 años, empleada del hogar sin contrato y sin otras fuentes de ingresos, que se había quedado sin trabajo y sin compensación de ningún tipo ­–ni finiquito, ni indemnización, ni derecho al paro– de un día para otro. Me topé con un panorama muy desolador. Personas que llevaban semanas sin dinero y sin saber cuándo volverían a trabajar. Para mí, estas situaciones no son meramente individuales, sino que nos afectan como sociedad. ¿Qué hemos estado haciendo para que sea posible algo así? ¿Ha tenido que llegar una pandemia para que nos demos cuenta de que muchas personas, con frecuencia mujeres con menores a su cargo, viven totalmente al día y que podrían acabar en la calle y pasar hambre en cuestión de semanas?

 

En medio del desastre, sin embargo, entiendo que formar parte de iniciativas como Malasaña Acompaña tiene cierto efecto balsámico.

Sí, he encontrado la parte claramente positiva de todo esto, que radica en que hayamos sido capaces de crear una especie de Estado paralelo, que, con sus lógicas limitaciones, ha sustituido con éxito a instituciones de la envergadura del Ayuntamiento de Madrid, que cuenta con millones de euros de presupuesto y miles de funcionarios y empleados. Colectivamente, con mucho trabajo y en la medida de nuestras fuerzas, hemos sabido llegar a quien lo necesitaba.

 

«Durante estos meses, hemos comprobado que la sociedad es capaz de autogestionarse. Esta experiencia será muy útil para todos nosotros en el futuro»

 

Esta es una de las realidades que han aflorado durante el confinamiento y uno de mis principales aprendizajes a título personal. Hemos comprobado de forma fehaciente que la sociedad es capaz de autogestionarse, yo mismo he formado parte de ese contexto, he podido ayudar de acuerdo con mis posibilidades y he vivido en primera persona una experiencia que estoy convencido que será muy útil para todos nosotros en el futuro. Ya antes del verano intuíamos que vendrían malos tiempos, tiempos incluso peores que los vividos en primavera, y todo parece confirmar esa hipótesis. Cuanto más se alargue la pandemia, más profunda será la crisis económica y social, lo que equivale a decir que más personas caerán en la pobreza.

 

De hecho, han prolongado ERTE porque es obvio que, una vez superado el periodo legal que impide a las empresas plantear despidos tras haberse acogido a este proceso, vendrán los ERE, las quiebras y los inefables concursos de acreedores.

Efectivamente. Por eso creo que tenemos que estar preparados y seguir construyendo y ampliando esta alternativa ciudadana a las instituciones públicas. Durante varios meses, mucha gente sobrevivió gracias a lo que hicimos personas como tú y como yo. Ha sido una labor esencial, hemos logrado hacer muchas cosas. Es cierto que todo tiene un límite y que necesitamos evolucionar, pero me parece fundamental tratar de expandir este mensaje para que todas las personas medianamente concienciadas entiendan la importancia de seguir tejiendo las redes de apoyo mutuo. Si no lo hacemos, muchos de nosotros podemos llegar a pasarlo muy mal. Me incluyo en este grupo porque no estoy a salvo, ni mucho menos, de esta pandemia social.

 

Algunas despensas solidarias cerraron antes del verano y las redes vecinales que las gestionaban se han reconvertido en colectivos orientados hacia el trabajo social y el acompañamiento, otras ya estaban en activo antes de la pandemia y siguen su camino, pero Malasaña Acompaña está poniendo el acento en evolucionar sin dejar de lado la cuestión alimentaria, a la que todavía recurren más de 70 familias.

En Madrid persiste una situación de serios problemas sociales no enfrentados por las instituciones responsables. Este es, a grandes rasgos, nuestro punto de partida y la razón que nos inclina a mantener la despensa solidaria. Con el conocimiento y la experiencia que nos han proporcionado estos meses, mi objetivo, y creo que el de todas las personas que seguimos comprometidas con la iniciativa, en mayor o menor medida, es que el banco de alimentos llegue a ser totalmente horizontal y que todos, usuarios y no usuarios, tengamos la misma implicación e igual capacidad de hacer frente a las necesidades y los conflictos que vayan surgiendo. Me gustaría que pudiésemos romper con las jerarquías, que ya son demasiadas a todos los niveles, y superar cualquier parecido con la caridad cristiana, que no ayuda a resolver los problemas, sino que los perpetúa.

Por eso me he implicado a fondo en el proceso de transformación que estamos iniciando justamente ahora, instando a las personas usuarias a involucrarse en la toma de decisiones y en la gestión diaria del colectivo en la medida de sus posibilidades. Es un salto necesario y coherente con las ideas de apoyo mutuo y autogestión, en contraposición al paternalismo de la caridad. Además, creo que a todas y a todos nos apetece tener la ocasión de utilizar nuestras fuerzas, que no son escasas, para hacer otras cosas y aprovechar que hemos formado un grupo que funciona y que nos gustaría mantener unido. No queremos ser un parche, sino una herramienta de cambio.

En resumen, te diría que haber tenido la ocasión de acercarme al barrio en el que vivo, conocer a la gente que lo habita, formar parte de una iniciativa totalmente ciudadana que ha sido capaz de prestar un servicio tan básico a los demás, que yo, o a cualquiera de nosotros, podría necesitar en el futuro, es muy importante para mí. De eso se trata. Ahora que se habla tanto de los cuidados, tengo que decir que algunas personas hemos comprobado sobre el terreno que cuidarnos las unas a las otras es posible y tiene una importancia capital. Puede que nos vaya la vida en ello.