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Tenemos que hablar de superbacterias

Tenemos que hablar de superbacterias. Y tenemos que hacerlo ya, aprovechando el respiro que están dando las vacunas, al menos a Europa y las restantes zonas o países más afortunados desde el punto de vista económico. No nos podemos permitir volver a hacer oídos sordos a todas las voces que alertan de un peligro muy real: volver a morir de infecciones comunes.

«Si no se toman medidas urgentes, el mundo está abocado a una era post-antibióticos, en la que muchas infecciones comunes y lesiones menores volverán a ser potencialmente mortales», explica la Organización Mundial de la Salud en un comunicado de datos y cifras del 31 de julio de 2020, en el que insta a la población, los profesionales sanitarios, sistemas de salud, gobiernos e industria a cumplir con us parte en esta lucha contrarreloj.

A lo largo de los años, han sido muchas las personas a las que he entrevistado en relación a la resistencia antimicrobiana (AMR, por sus siglas en inglés). Finalmente, el microbio que nos ha puesto contra la espada y la pared ha sido un virus.

Sin embargo, tras el moderado alcance de la gripe aviar o el Ébola –moderado en comparación con la Covid-19, se entiende–, la amenaza que parecía más cercana y probable era la falta de antibióticos eficaces para tratar las bacterias causantes de neumonía, tuberculosis, septicemia, gonorrea, infecciones del tracto urinario –cistitis, uretritis, pielonefritis– e infecciones alimentarias como la salmonelosis, entre otras.

Además, tal y como ya expliqué en Yo contengo multitudes (virus y bacterias), uno de los primeros post de Impaciente, la medicina actual se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejan de funcionar, tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

El problema, obviamente, es que hace décadas que dejó de producirse un flujo de comercialización de nuevos antibióticos que permitiese ir renovando el arsenal terapéutico para hacer frente a las bacterias resistentes con nuevos principios activos. De hecho, incentivar la I+D+i no es sencillo en este campo, ya que los antibióticos por venir no solo tendrían que ser fármacos muy potentes para llegar al mercado, sino que, de lograrlo, serían de uso restringido para tratar de preservar su capacidad bactericida, por lo que no parecen ser una inversión rentable desde el punto de vista estrictamente comercial.

Pese a todo, la necesidad es tan acuciante que la industria biofarmacéutica se ha unido para compartir conocimiento e impulsar el desarrollo de nuevos antibióticos de forma colaborativa. En julio de 2020, una veintena de grandes compañías del sector anunciaron la creación del Fondo de Acción AMR, dotado con 1.000 millones de dólares de presupuesto.

El pasado 18 de febrero de 2021, la iniciativa recibió su primera donación extra industrial, un total de 140 millones de dólares, 20 de ellos del Banco Europeo de Inversión, que depende de la Comisión Europea. Las compañías del Fondo de Acción AMR gestionan un total de 90 fármacos en desarrollo en la actualidad y prevén que se comercialicen entre dos y cuatro antes de 2030.

Covid-19 e infecciones hospitalarias

Cuando decidí insistir sobre el problema de la falta de antibióticos eficaces y escribir este post, me pregunté qué papel habría desempeñado la resistencias antimicrobianas en la actual crisis sanitaria. Me topé con una nota de prensa de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias, en la que se detallan los principales hitos comentados durante el webinar Infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria en pacientes Covid-19 ingresados en UCI durante la primera ola de la pandemia. Las cifras son de escalofrío.

El estudio se centró en datos de 1.525 pacientes ingresados en unidades de cuidados intensivos, extraídos del Estudio Nacional de Vigilancia de Infección Nosocomial en Servicios de Medicina Intensiva, ENVIN 2020, entre el 1 de marzo y el 31 de mayo de 2020, incluyendo las UCI habilitadas a raíz de la pandemia. En total, 61 UCI de 54 hospitales de todo el país.

Antes de proceder, fijemos conceptos: las infecciones nosocomiales (del latín nosocomīum, hospital) son infecciones adquiridas durante la estancia en un centro hospitalario y que no estaban presentes ni en el período de incubación ni en el momento del ingreso del paciente. Las infecciones que ocurren más de 48 horas después del ingreso suelen considerarse nosocomiales. El concepto infección relacionada con la asistencia sanitaria (IRAS) es algo más amplio, ya que recoge también las que se producen en centros ambulatorios o durante la atención domiciliaria, que empezaron a cuantificarse recientemente.

Lavarse las manos en los momentos precisos es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando debo, enfermo menos. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando deben, se reducen las infecciones

El 49,2 % de los pacientes estudiados sufrió una de estas infecciones, la gran mayoría por dispositivos invasores (el 73 % de ese grupo). En total, el 36,33% de los pacientes presentaron al menos una infección nosocomial relacionada con dispositivos invasores, un dato que supone una importante subida con respecto al periodo pre-Covid. En 2019, por ejemplo, se había llegado a bajar la incidencia por debajo del 5%.

El registro ENVIN 2020 recogió 957 infecciones entre los 1.525 pacientes –algunos sufrieron varias–, de las que el 35 % fueron neumonías asociadas a la ventilación mecánica, un 19% infecciones del tracto urinario asociadas a la sonda vesical y un 18% bacteriemias relacionadas con catéter. El 88% de las infecciones tuvo respuesta sistémica grave. De ellas, casi dos tercios fueron sepsis.

Además, el registro analiza el uso de antibióticos durante la primera ola, que se hizo con apenas certezas previas, en un contexto de mucha incertidumbre científica. En conjunto, los intensivistas se basaron en tratamientos que ya habían funcionado para hacer frente a otro tipo de virus.

La paradoja, por lo demás una señal clara del abuso sistemático de estos fármacos, es que prescribieron antibióticos el 91,93% de los pacientes que fueron analizados en el Registro ENVIN 2020 durante la primera ola. Sin embargo, solamente el 18,36% de los tratamientos se consideraron adecuados en última instancia.

Llama la atención, además, que las prescripciones se produjeron fundamentalmente al ingreso, destacando el uso de dos antibióticos indicados para tratar las infecciones adquiridas en la UCI. Sin embargo, menos de la mitad de las prescripciones totales fueron para tratar infecciones efectivamente adquiridas en UCI.

Finalmente, los pacientes ingresados en UCI durante la primera ola que sufrieron una infección relacionada con la asistencia sanitaria presentaron también una mayor incidencia de mortalidad: falleció el 37%, frente al 27,4% de quienes no contrajeron una infección durante su estancia en la UCI.

Cabe señalar que se considera que las IRAS suelen estar causadas por una higiene incorrecta y deficiente en la manipulación de instrumental sanitario. En el caso de la primera ola de la pandemia, el principal foco fueron los dispositivos invasores y la principal causa probable la sobrecarga de trabajo, el agotamiento, el miedo y el estrés experimentados por los profesionales sanitarios, que incidió negativamente en la seguridad del paciente.

Mal uso, mucho abuso e insuficiente prevención

La relación entre higiene, seguridad del paciente e infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria pivota sobre algo tan sencillo y tan complejo como el lavado de manos. Lavarse las manos en los momentos precisos y de la forma adecuada es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando y como debo, enfermo menos y contagio menos cuando estoy enferma. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando y como deben, aumenta la seguridad del paciente y disminuyen las IRAS.

Según la OMS, la resistencia a los antibióticos, que es una habilidad consustancial a las bacterias –como lo es la capacidad de los virus de resistir la acción de los antivirales–, se acelera con el uso indebido y abusivo de estos fármacos y con las deficiencias de la prevención y control de las infecciones. Como consecuencia, se pueden adoptar medidas en todos los niveles de la sociedad para reducir el impacto de este fenómeno y limitar su propagación. El lavado de manos estaría centrado en la prevención. Es obvio, como lo es el hecho de que la mejor infección es la que no llega a producirse.

Como hemos visto, durante la primera ola de la pandemia hubo un número inusitado de infecciones nosocomiales causadas por dispositivos invasores, es decir, falló la auténtica prevención, pero se practicó una estrategia preventiva errónea. Aun comprendiendo la situación de máximo estrés y terrible incertidumbre que experimentaron los profesionales médicos –que son quienes tienen la potestad de prescribir antibióticos–, no fue acertado recetar estos fármacos sin ton ni son.

Debemos gran parte de los años que vivimos a las vacunas y los antibióticos. Sin embargo, todavía hay muchas personas que se permiten negarlo, siempre desde la ignorancia y desde la atalaya de la disipación primermundista más cliché. Las personas que saben lo que vale un peine no se andan con esas tonterías

Como señala el Registro ENVIN 2020, la mayor parte de las prescripciones se produjeron al ingreso, utilizando además fármacos destinados a las infecciones nosocomiales, es decir, fármacos de uso restringido para preservar su eficacia, pero que pronto podrían perderla de mantenerse la tendencia. De hecho, la OMS ha llamado la atención sobre el triste golpe a la lucha contra las resistencias microbianas que ha supuesto la pandemia.

Con motivo del Día Europeo para el Uso Prudente de los Antibióticos del año pasado, celebrado el 18 de noviembre, el Ministerio de Sanidad comunicó que el consumo de fármacos antibacterianos registró una bajada del 21% en atención primaria y del 5% en hospitales entre enero y julio de 2020, con respecto al mismo período de 2019, según datos del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN).

Con este descenso, la tasa española de consumo de antibióticos en salud humana recupera la tendencia decreciente, aunque modesta, que había mantenido desde 2014 hasta la llegada de la pandemia de Covid-19. Esta recuperación se produce a pesar de la importante subida registrada en el consumo de antibióticos en hospitales durante la primera ola de la pandemia, cifrada en un apabullante 40%, en comparación con el mismo periodo del año anterior.

Según los últimos datos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC), España se coloca en 5º lugar en el ámbito comunitario y en el puesto 14 en hospitales en el ranking europeo de consumo de antibióticos correspondiente a 2019.

En la actualidad, alrededor de de 33.000 personas mueren cada año en Europa –unas 3.000 en España– como consecuencia de infecciones multirresistentes, es decir, infecciones que no se curan ni siquiera utilizando combinaciones de varios antibióticos, causadas por cepas de superbacterias, o bacterias inmunes a la acción de los fármacos disponibles.

La triple iii mortal: ignorancia, inercia e infección

Sin embargo, como quejarse no suele ser muy útil per se, prefiero concentrarme en lo posible: aprender de este error y no repetirlo si, el universo no lo quiera, nos azota otra pandemia antes de pensar. Que las futuras pandemias nos cojan reflexionados, podríamos decir.

Lo malo es que, si bien lo escribo, no me lo creo. Habría esperanza si el corporativismo se hubiese aflojado, dando paso a una autocrítica constructiva. Tristemente, no veo nada parecido en casi nada de lo que leo. Sigo percibiendo más interés en protegerse que en proteger. En cuidarse que en cuidar. En quedar por encima que en colaborar.

Claro que no todo va a ser cosa de quienes conforman el conjunto de profesiones sanitarias. Mucho corresponde a todas las personas, empresas, organizaciones y lobbies que actúan sobre el medioambiente, la salud animal y la salud humana como pequeñas deidades de la avaricia.

Mucho corresponde también a la ignorancia rampante del movimiento antivacunas, que a veces coincide en el tiempo y el espacio con el nada desdeñable club de quienes rehuyen los antibióticos como si de demonios se tratase… hasta que los necesitan, por supuestísimo, aunque después sea probable que abandonen el tratamiento cuando les plazca, generando superbacterias a las que nunca reconocerán como propias.

Todo ello, por cierto, desde la atalaya de la más disipada de las existencias primermundistas y desde el más ajado de los clichés. También, en gran medida, desde la ausencia total de cultura científica, mal que les pese y por mucha pseudocultura pseudocientífica que atesoren. Como decía mi madre, una cosa es pasar por la universidad y otra muy distinta que la universidad pase por ti.

Vaya por delante que quien dice universidad, podría decir escuela, podría decir calle, experiencia e incluso pura y simple vida.

Tenemos que hablar de superbacterias. Y tenemos que hacerlo ya, aprovechando el respiro que están dando las vacunas, al menos a Europa y las restantes zonas o países más afortunados desde el punto de vista económico. No nos podemos permitir volver a hacer oídos sordos a todas las voces que alertan de un peligro muy real: volver a morir de infecciones comunes.

«Si no se toman medidas urgentes, el mundo está abocado a una era post-antibióticos, en la que muchas infecciones comunes y lesiones menores volverán a ser potencialmente mortales», explica la Organización Mundial de la Salud en un comunicado de datos y cifras del 31 de julio de 2020, en el que insta a la población, los profesionales sanitarios, sistemas de salud, gobiernos e industria a cumplir con us parte en esta lucha contrarreloj.

A lo largo de los años, han sido muchas las personas a las que he entrevistado en relación a la resistencia antimicrobiana (AMR, por sus siglas en inglés). Finalmente, el microbio que nos ha puesto contra la espada y la pared ha sido un virus.

Sin embargo, tras el moderado alcance de la gripe aviar o el Ébola –moderado en comparación con la Covid-19, se entiende–, la amenaza que parecía más cercana y probable era la falta de antibióticos eficaces para tratar las bacterias causantes de neumonía, tuberculosis, septicemia, gonorrea, infecciones del tracto urinario –cistitis, uretritis, pielonefritis– e infecciones alimentarias como la salmonelosis, entre otras.

Además, tal y como ya expliqué en Yo contengo multitudes (virus y bacterias), uno de los primeros post de Impaciente, la medicina actual se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejan de funcionar, tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

El problema, obviamente, es que hace décadas que dejó de producirse un flujo de comercialización de nuevos antibióticos que permitiese ir renovando el arsenal terapéutico para hacer frente a las bacterias resistentes con nuevos principios activos. De hecho, incentivar la I+D+i no es sencillo en este campo, ya que los antibióticos por venir no solo tendrían que ser fármacos muy potentes para llegar al mercado, sino que, de lograrlo, serían de uso restringido para tratar de preservar su capacidad bactericida, por lo que no parecen una inversión muy rentable desde el punto de vista comercial.

Pese a todo, la necesidad es tan acuciante que la industria biofarmacéutica se ha unido para compartir conocimiento e impulsar el desarrollo de nuevos antibióticos de forma colaborativa. En julio de 2020, una veintena de grandes compañías del sector anunciaron la creación del Fondo de Acción AMR, dotado con 1.000 millones de dólares.

El pasado 18 de febrero de 2021, la iniciativa recibió su primera donación extra industrial, un total de 140 millones de dólares, parte de ellos provinientes del Banco Europeo de Inversión, que depende de la Comisión Europea. El Fondo de Acción AMR tiene un total de 90 fármacos en desarrollo en la actualidad y prevé que se comercialicen entre dos y cuatro antes de 2030.

Covid-19 e infecciones hospitalarias

Cuando decidí insistir sobre el problema de la falta de antibióticos eficaces y escribir este post, me pregunté qué papel habría desempeñado la resistencias antimicrobianas en la actual crisis sanitaria. Me topé con una nota de prensa de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias, en la que se detallan los principales hitos comentados durante el webinar Infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria en pacientes Covid-19 ingresados en UCI durante la primera ola de la pandemia. Las cifras son de escalofrío.

El estudio se centró en datos de 1.525 pacientes ingresados en unidades de cuidados intensivos, extraídos del Estudio Nacional de Vigilancia de Infección Nosocomial en Servicios de Medicina Intensiva, ENVIN 2020, entre el 1 de marzo y el 31 de mayo de 2020, incluyendo las UCI habilitadas a raíz de la pandemia. En total, 61 UCI de 54 hospitales de todo el país.

Antes de proceder, fijemos conceptos: las infecciones nosocomiales (del latín nosocomīum, hospital) son infecciones adquiridas durante la estancia en un centro hospitalario y que no estaban presentes ni en el período de incubación ni en el momento del ingreso del paciente. Las infecciones que ocurren más de 48 horas después del ingreso suelen considerarse nosocomiales. El concepto infección relacionada con la asistencia sanitaria (IRAS) es algo más amplio, ya que recoge también las que se producen en centros ambulatorios o durante la atención domiciliaria, que empezaron a cuantificarse recientemente.

Lavarse las manos en los momentos precisos es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando debo, enfermo menos. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando deben, se reducen las infecciones

El 49,2 % de los pacientes estudiados sufrió una de estas infecciones, la gran mayoría por dispositivos invasores (el 73 % de ese grupo). En total, el 36,33% de los pacientes presentaron al menos una infección nosocomial relacionada con dispositivos invasores, un dato que supone una importante subida con respecto al periodo pre-Covid. En 2019, por ejemplo, se había llegado a bajar la incidencia por debajo del 5%.

El registro ENVIN 2020 recogió 957 infecciones entre los 1.525 pacientes –algunos sufrieron varias–, de las que el 35 % fueron neumonías asociadas a la ventilación mecánica, un 19% infecciones del tracto urinario asociadas a la sonda vesical y un 18% bacteriemias relacionadas con catéter. El 88% de las infecciones tuvo respuesta sistémica grave. De ellas, casi dos tercios fueron sepsis.

Además, el registro analiza el uso de antibióticos durante la primera ola, que se hizo con apenas certezas previas, en un contexto de mucha incertidumbre científica. En conjunto, los intensivistas se basaron en tratamientos que ya habían funcionado para hacer frente a otro tipo de virus.

La paradoja, por lo demás una señal clara del abuso sistemático de estos fármacos, es que prescribieron antibióticos el 91,93% de los pacientes que fueron analizados en el Registro ENVIN 2020 durante la primera ola. Sin embargo, solamente el 18,36% de los tratamientos se consideraron adecuados en última instancia.

Llama la atención, además, que las prescripciones se produjeron fundamentalmente al ingreso, destacando el uso de dos antibióticos indicados para tratar las infecciones adquiridas en la UCI. Sin embargo, menos de la mitad de las prescripciones totales fueron para tratar infecciones efectivamente adquiridas en UCI.

Finalmente, los pacientes ingresados en UCI durante la primera ola que sufrieron una infección relacionada con la asistencia sanitaria presentaron también una mayor incidencia de mortalidad: falleció el 37%, frente al 27,4% de quienes no contrajeron una infección durante su estancia en la UCI.

Cabe señalar que se considera que las IRAS suelen estar causadas por una higiene incorrecta y deficiente en la manipulación de instrumental sanitario. En el caso de la primera ola de la pandemia, el principal foco fueron los dispositivos invasores y la principal causa probable la sobrecarga de trabajo, el agotamiento, el miedo y el estrés experimentados por los profesionales sanitarios, que incidió negativamente en la seguridad del paciente.

Mal uso, mucho abuso e insuficiente prevención

La relación entre higiene, seguridad del paciente e infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria pivota sobre algo tan sencillo y tan complejo como el lavado de manos. Lavarse las manos en los momentos precisos y de la forma adecuada es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando y como debo, enfermo menos y contagio menos cuando estoy enferma. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando y como deben, aumenta la seguridad del paciente y disminuyen las IRAS.

Según la OMS, la resistencia a los antibióticos, que es una habilidad consustancial a las bacterias –como lo es la capacidad de los virus de resistir la acción de los antivirales–, se acelera con el uso indebido y abusivo de estos fármacos y con las deficiencias de la prevención y control de las infecciones. Como consecuencia, se pueden adoptar medidas en todos los niveles de la sociedad para reducir el impacto de este fenómeno y limitar su propagación. El lavado de manos estaría centrado en la prevención. Es obvio, como lo es el hecho de que la mejor infección es la que no llega a producirse.

Como hemos visto, durante la primera ola de la pandemia hubo un número inusitado de infecciones nosocomiales causadas por dispositivos invasores, es decir, falló la auténtica prevención, pero se practicó una estrategia preventiva errónea. Aun comprendiendo la situación de máximo estrés y terrible incertidumbre que experimentaron los profesionales médicos –que son quienes tienen la potestad de prescribir antibióticos–, no fue acertado recetar estos fármacos sin ton ni son.

Debemos gran parte de los años que vivimos a las vacunas y los antibióticos. Sin embargo, todavía hay muchas personas que se permiten negarlo, siempre desde la ignorancia y desde la atalaya de la disipación primermundista más cliché. Las personas que saben lo que vale un peine no se andan con esas tonterías

Como señala el Registro ENVIN 2020, la mayor parte de las prescripciones se produjeron al ingreso, utilizando además fármacos destinados a las infecciones nosocomiales, es decir, fármacos de uso restringido para preservar su eficacia, pero que pronto podrían perderla de mantenerse la tendencia. De hecho, la OMS ha llamado la atención sobre el triste golpe a la lucha contra las resistencias microbianas que ha supuesto la pandemia.

Con motivo del Día Europeo para el Uso Prudente de los Antibióticos del año pasado, celebrado el 18 de noviembre, el Ministerio de Sanidad comunicó que el consumo de fármacos antibacterianos registró una bajada del 21% en atención primaria y del 5% en hospitales entre enero y julio de 2020, con respecto al mismo período de 2019 y siempre según los datos del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN).

Con este descenso, la tasa española de consumo de antibióticos en salud humana recupera la tendencia decreciente, aunque modesta, que había mantenido desde 2014 hasta la llegada de la pandemia de Covid-19. Esta recuperación se produce a pesar de la importante subida registrada en el consumo de antibióticos en hospitales durante la primera ola de la pandemia, cifrada en un apabullante 40%, en comparación con el mismo periodo del año anterior.

Según los últimos datos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC), España se coloca en 5º lugar en el ámbito comunitario y en el puesto 14 en hospitales en el ranking europeo de consumo de antibióticos correspondiente a 2019.

En la actualidad, alrededor de de 33.000 personas mueren cada año en Europa –unas 3.000 en España– como consecuencia de infecciones multirresistentes, es decir, infecciones que no se curan ni siquiera utilizando combinaciones de varios antibióticos, causadas por cepas de superbacterias, o bacterias inmunes a la acción de los fármacos disponibles.

La triple iii mortal: ignorancia, inercia e infección

Sin embargo, como quejarse no suele ser muy útil per se, prefiero concentrarme en lo posible: aprender de este error y no repetirlo si, el universo no lo quiera, nos azota otra pandemia antes de pensar. Que las futuras pandemias nos cojan reflexionados, podríamos decir.

Lo malo es que, si bien lo escribo, no me lo creo. Habría esperanza si el corporativismo se hubiese aflojado, dando paso a una autocrítica constructiva. Tristemente, no veo nada parecido en casi nada de lo que leo. Sigo percibiendo más interés en protegerse que en proteger. En cuidarse que en cuidar. En quedar por encima que en colaborar.

Claro que no todo va a ser cosa de quienes conforman el conjunto de profesiones sanitarias. Mucho corresponde a todas las personas, empresas, organizaciones y lobbies que actúan sobre el medioambiente, la salud animal y la salud humana como pequeñas deidades de la avaricia.

Mucho corresponde también a la ignorancia rampante del movimiento antivacunas, que a veces coincide en el tiempo y el espacio con el nada desdeñable club de quienes rehuyen los antibióticos como si de demonios se tratase… hasta que los necesitan, por supuestísimo, aunque después sea probable que abandonen el tratamiento cuando les plazca, generando superbacterias a las que nunca reconocerán como propias.

Todo ello, por cierto, desde la atalaya de la más disipada de las existencias primermundistas y desde el más ajado de los clichés. También, en gran medida, desde la ausencia total de cultura científica, mal que les pese y por mucha pseudocultura pseudocientífica que atesoren. Como decía mi madre, una cosa es pasar por la universidad y otra muy distinta que la universidad pase por ti.

Vaya por delante que quien dice universidad, podría decir escuela, podría decir calle, experiencia e incluso pura y simple vida.

Tenemos que hablar de superbacterias. Y tenemos que hacerlo ya, aprovechando el respiro que están dando las vacunas, al menos a Europa y las restantes zonas o países más afortunados desde el punto de vista económico. No nos podemos permitir volver a hacer oídos sordos a todas las voces que alertan de un peligro muy real: volver a morir de infecciones comunes.

«Si no se toman medidas urgentes, el mundo está abocado a una era post-antibióticos, en la que muchas infecciones comunes y lesiones menores volverán a ser potencialmente mortales», explica la Organización Mundial de la Salud en un comunicado de datos y cifras del 31 de julio de 2020, en el que insta a la población, los profesionales sanitarios, sistemas de salud, gobiernos e industria a cumplir con us parte en esta lucha contrarreloj.

A lo largo de los años, han sido muchas las personas a las que he entrevistado en relación a la resistencia antimicrobiana (AMR, por sus siglas en inglés). Finalmente, el microbio que nos ha puesto contra la espada y la pared ha sido un virus.

Sin embargo, tras el moderado alcance de la gripe aviar o el Ébola –moderado en comparación con la Covid-19, se entiende–, la amenaza que parecía más cercana y probable era la falta de antibióticos eficaces para tratar las bacterias causantes de neumonía, tuberculosis, septicemia, gonorrea, infecciones del tracto urinario –cistitis, uretritis, pielonefritis– e infecciones alimentarias como la salmonelosis, entre otras.

Además, tal y como ya expliqué en Yo contengo multitudes (virus y bacterias), uno de los primeros post de Impaciente, la medicina actual se sostiene sobre la evidencia de que los antibióticos funcionan. Si dejan de funcionar, tendríamos que decir adiós a los trasplantes, la quimioterapia, el tratamiento de las quemaduras graves, las prótesis de cadera, las cesáreas y la diálisis, por citar algunos ejemplos de procesos y tratamientos que disparan el riesgo de infección. De hecho, la mismísima cirugía se convertiría en un procedimiento kamikaze.

El problema, obviamente, es que hace décadas que dejó de producirse un flujo de comercialización de nuevos antibióticos que permitiese ir renovando el arsenal terapéutico para hacer frente a las bacterias resistentes con nuevos principios activos. De hecho, incentivar la I+D+i no es sencillo en este campo, ya que los antibióticos por venir no solo tendrían que ser fármacos muy potentes para llegar al mercado, sino que, de lograrlo, serían de uso restringido para tratar de preservar su capacidad bactericida, por lo que no parecen una inversión muy rentable desde el punto de vista comercial.

Pese a todo, la necesidad es tan acuciante que la industria biofarmacéutica se ha unido para compartir conocimiento e impulsar el desarrollo de nuevos antibióticos de forma colaborativa. En julio de 2020, una veintena de grandes compañías del sector anunciaron la creación del Fondo de Acción AMR, dotado con 1.000 millones de dólares.

El pasado 18 de febrero de 2021, la iniciativa recibió su primera donación extra industrial, un total de 140 millones de dólares, parte de ellos provinientes del Banco Europeo de Inversión, que depende de la Comisión Europea. El Fondo de Acción AMR tiene un total de 90 fármacos en desarrollo en la actualidad y prevé que se comercialicen entre dos y cuatro antes de 2030.

Covid-19 e infecciones hospitalarias

Cuando decidí insistir sobre el problema de la falta de antibióticos eficaces y escribir este post, me pregunté qué papel habría desempeñado la resistencias antimicrobianas en la actual crisis sanitaria. Me topé con una nota de prensa de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias, en la que se detallan los principales hitos comentados durante el webinar Infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria en pacientes Covid-19 ingresados en UCI durante la primera ola de la pandemia. Las cifras son de escalofrío.

El estudio se centró en datos de 1.525 pacientes ingresados en unidades de cuidados intensivos, extraídos del Estudio Nacional de Vigilancia de Infección Nosocomial en Servicios de Medicina Intensiva, ENVIN 2020, entre el 1 de marzo y el 31 de mayo de 2020, incluyendo las UCI habilitadas a raíz de la pandemia. En total, 61 UCI de 54 hospitales de todo el país.

Antes de proceder, fijemos conceptos: las infecciones nosocomiales (del latín nosocomīum, hospital) son infecciones adquiridas durante la estancia en un centro hospitalario y que no estaban presentes ni en el período de incubación ni en el momento del ingreso del paciente. Las infecciones que ocurren más de 48 horas después del ingreso suelen considerarse nosocomiales. El concepto infección relacionada con la asistencia sanitaria (IRAS) es algo más amplio, ya que recoge también las que se producen en centros ambulatorios o durante la atención domiciliaria, que empezaron a cuantificarse recientemente.

Lavarse las manos en los momentos precisos es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando debo, enfermo menos. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando deben, se reducen las infecciones

El 49,2 % de los pacientes estudiados sufrió una de estas infecciones, la gran mayoría por dispositivos invasores (el 73 % de ese grupo). En total, el 36,33% de los pacientes presentaron al menos una infección nosocomial relacionada con dispositivos invasores, un dato que supone una importante subida con respecto al periodo pre-Covid. En 2019, por ejemplo, se había llegado a bajar la incidencia por debajo del 5%.

El registro ENVIN 2020 recogió 957 infecciones entre los 1.525 pacientes –algunos sufrieron varias–, de las que el 35 % fueron neumonías asociadas a la ventilación mecánica, un 19% infecciones del tracto urinario asociadas a la sonda vesical y un 18% bacteriemias relacionadas con catéter. El 88% de las infecciones tuvo respuesta sistémica grave. De ellas, casi dos tercios fueron sepsis.

Además, el registro analiza el uso de antibióticos durante la primera ola, que se hizo con apenas certezas previas, en un contexto de mucha incertidumbre científica. En conjunto, los intensivistas se basaron en tratamientos que ya habían funcionado para hacer frente a otro tipo de virus.

La paradoja, por lo demás una señal clara del abuso sistemático de estos fármacos, es que prescribieron antibióticos el 91,93% de los pacientes que fueron analizados en el Registro ENVIN 2020 durante la primera ola. Sin embargo, solamente el 18,36% de los tratamientos se consideraron adecuados en última instancia.

Llama la atención, además, que las prescripciones se produjeron fundamentalmente al ingreso, destacando el uso de dos antibióticos indicados para tratar las infecciones adquiridas en la UCI. Sin embargo, menos de la mitad de las prescripciones totales fueron para tratar infecciones efectivamente adquiridas en UCI.

Finalmente, los pacientes ingresados en UCI durante la primera ola que sufrieron una infección relacionada con la asistencia sanitaria presentaron también una mayor incidencia de mortalidad: falleció el 37%, frente al 27,4% de quienes no contrajeron una infección durante su estancia en la UCI.

Cabe señalar que se considera que las IRAS suelen estar causadas por una higiene incorrecta y deficiente en la manipulación de instrumental sanitario. En el caso de la primera ola de la pandemia, el principal foco fueron los dispositivos invasores y la principal causa probable la sobrecarga de trabajo, el agotamiento, el miedo y el estrés experimentados por los profesionales sanitarios, que incidió negativamente en la seguridad del paciente.

Mal uso, mucho abuso e insuficiente prevención

La relación entre higiene, seguridad del paciente e infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria pivota sobre algo tan sencillo y tan complejo como el lavado de manos. Lavarse las manos en los momentos precisos y de la forma adecuada es una de las principales herramientas de prevención de infecciones en todos los ámbitos. Si yo me lavo las manos cuando y como debo, enfermo menos y contagio menos cuando estoy enferma. Si los profesionales sanitarios se lavan las manos cuando y como deben, aumenta la seguridad del paciente y disminuyen las IRAS.

Según la OMS, la resistencia a los antibióticos, que es una habilidad consustancial a las bacterias –como lo es la capacidad de los virus de resistir la acción de los antivirales–, se acelera con el uso indebido y abusivo de estos fármacos y con las deficiencias de la prevención y control de las infecciones. Como consecuencia, se pueden adoptar medidas en todos los niveles de la sociedad para reducir el impacto de este fenómeno y limitar su propagación. El lavado de manos estaría centrado en la prevención. Es obvio, como lo es el hecho de que la mejor infección es la que no llega a producirse.

Como hemos visto, durante la primera ola de la pandemia hubo un número inusitado de infecciones nosocomiales causadas por dispositivos invasores, es decir, falló la auténtica prevención, pero se practicó una estrategia preventiva errónea. Aun comprendiendo la situación de máximo estrés y terrible incertidumbre que experimentaron los profesionales médicos –que son quienes tienen la potestad de prescribir antibióticos–, no fue acertado recetar estos fármacos sin ton ni son.

Debemos gran parte de los años que vivimos a las vacunas y los antibióticos. Sin embargo, todavía hay muchas personas que se permiten negarlo, siempre desde la ignorancia y desde la atalaya de la disipación primermundista más cliché. Las personas que saben lo que vale un peine no se andan con esas tonterías

Como señala el Registro ENVIN 2020, la mayor parte de las prescripciones se produjeron al ingreso, utilizando además fármacos destinados a las infecciones nosocomiales, es decir, fármacos de uso restringido para preservar su eficacia, pero que pronto podrían perderla de mantenerse la tendencia. De hecho, la OMS ha llamado la atención sobre el triste golpe a la lucha contra las resistencias microbianas que ha supuesto la pandemia.

Con motivo del Día Europeo para el Uso Prudente de los Antibióticos del año pasado, celebrado el 18 de noviembre, el Ministerio de Sanidad comunicó que el consumo de fármacos antibacterianos registró una bajada del 21% en atención primaria y del 5% en hospitales entre enero y julio de 2020, con respecto al mismo período de 2019 y siempre según los datos del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN).

Con este descenso, la tasa española de consumo de antibióticos en salud humana recupera la tendencia decreciente, aunque modesta, que había mantenido desde 2014 hasta la llegada de la pandemia de Covid-19. Esta recuperación se produce a pesar de la importante subida registrada en el consumo de antibióticos en hospitales durante la primera ola de la pandemia, cifrada en un apabullante 40%, en comparación con el mismo periodo del año anterior.

Según los últimos datos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC), España se coloca en 5º lugar en el ámbito comunitario y en el puesto 14 en hospitales en el ranking europeo de consumo de antibióticos correspondiente a 2019.

En la actualidad, alrededor de de 33.000 personas mueren cada año en Europa –unas 3.000 en España– como consecuencia de infecciones multirresistentes, es decir, infecciones que no se curan ni siquiera utilizando combinaciones de varios antibióticos, causadas por cepas de superbacterias, o bacterias inmunes a la acción de los fármacos disponibles.

La triple iii mortal: ignorancia, inercia e infección

Sin embargo, como quejarse no suele ser muy útil per se, prefiero concentrarme en lo posible: aprender de este error y no repetirlo si, el universo no lo quiera, nos azota otra pandemia antes de pensar. Que las futuras pandemias nos cojan reflexionados, podríamos decir.

Lo malo es que, si bien lo escribo, no me lo creo. Habría esperanza si el corporativismo se hubiese aflojado, dando paso a una autocrítica constructiva. Tristemente, no veo nada parecido en casi nada de lo que leo. Sigo percibiendo más interés en protegerse que en proteger. En cuidarse que en cuidar. En quedar por encima que en colaborar.

Claro que no todo va a ser cosa de quienes conforman el conjunto de profesiones sanitarias. Mucho corresponde a todas las personas, empresas, organizaciones y lobbies que actúan sobre el medioambiente, la salud animal y la salud humana como pequeñas deidades de la avaricia.

Mucho corresponde también a la ignorancia rampante del movimiento antivacunas, que a veces coincide en el tiempo y el espacio con el nada desdeñable club de quienes rehuyen los antibióticos como si de demonios se tratase… hasta que los necesitan, por supuestísimo, aunque después sea probable que abandonen el tratamiento cuando les plazca, generando superbacterias a las que nunca reconocerán como propias.

Todo ello, por cierto, desde la atalaya de la más disipada de las existencias primermundistas y desde el más ajado de los clichés. También, en gran medida, desde la ausencia total de cultura científica, mal que les pese y por mucha pseudocultura pseudocientífica que atesoren. Como decía mi madre, una cosa es pasar por la universidad y otra muy distinta que la universidad pase por ti.

Vaya por delante que quien dice universidad, podría decir escuela, podría decir calle, experiencia e incluso pura y simple vida.