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Tercera dosis de vacuna o justicia

La pregunta ¿tercera dosis de vacuna o justicia? no es sencilla, pero sí fácil de contestar. Al menos, debería de serlo desde el punto de vista de la ética, que se inclinaría sin pestañear por la justicia (social, mundial, humanitaria). Sin embargo, parece que no está tan claro y que nos enfrentamos a un viento huracanado a favor de una respuesta comercial: tercera dosis, caiga quien caiga.

A principios de julio, el gigante farmacéutico global Pfizer y su aliada en el desarrollo de la vacuna de ARN mensajero (ARNm), la biotecnológica alemana BioNTech, anunciaron que solicitarían la autorización de una tercera dosis de refuerzo a la Food and Drug Administration (FDA) estadounidense y la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés). Esta tercera dosis se administraría a los seis meses, supuestamente para garantizar la inmunidad de grupo frente a las nuevas variantes, más contagiosas, con el objetivo de proteger a las personas mayores y a los colectivos más vulnerables.

Vale, señoras y señores de la pareja de hecho más exitosa del momento, Pfizer/BioNTech, pensé al leer el mensaje corporativo –¡no olvidemos que eso es lo que era!–, ¿no tienen ustedes suficiente? Obviamente, el candor de mi pregunta es muy llamativo, pero no por ello deja de ser pertinente. El candor, otra vez, protegiéndome (a mí y a tantas otras personas) de la cruda realidad. Pese a todo, siempre surge un nuevo candor para seguir confiando.

En esta ocasión, el candor pareció no serlo tanto ante la reacción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no tardó en responder a la pareja de hecho de oro y diamantes que su anuncio no estaba basado en hechos reales, es decir, que la evidencia científica todavía no permite establecer la necesidad de una tercera dosis de vacuna tan pronto.

Se dice por ahí que la OMS está más decepcionada y enfadada con algunas big pharma que nunca. En recientes declaraciones a InfoLibre, la responsable de vacunas de Médicos sin Fronteras España, Miriam Alía, aseguró que «nunca había visto a la gente de la OMS tan cabreada con las farmacéuticas». La rumorología sostiene que está que trina y que la cara científica, que no necesariamente la política, de la EMA y la FDA no pueden estar más de acuerdo.

Una tercera dosis basada en hechos comerciales

Siempre según InfoLibre, en una rueda de prensa celebrada el pasado 15 de julio, el doctor Michael Ryan, responsable de emergencias de la OMS, aseguró que si los países ricos deciden administrar inyecciones de refuerzo en lugar de donarlas al mundo en desarrollo, «miraremos hacia atrás con enfado y con vergüenza». La científica principal-directora científica de la institución, Soumya Swaminathan, utilizó términos igualmente duros: la OMS hará una recomendación sobre la tercera dosis «basada en la ciencia y en los datos, no en [lo que digan] empresas individuales».

Resumiendo, la OMS, en una opinión que comparte abiertamente la FDA y tímidamente la EMA (o, al menos, la Unión Europea), considera dos cosas distintas, pero complementarias. En primer lugar, que todavía no es posible concluir, de acuerdo con la evidencia científica, que sea necesaria una tercera dosis. Habrá que esperar a ver la evolución de las nuevas variantes de Covid-19 y, sobre todo, habrá que esperar a tener a más del 70% de la población vacunada a pauta completa, o lo que hasta ahora se había venido considerando pauta completa.

En segundo lugar, que la prioridad, tanto a nivel humanitario como epidemiológico, es vacunar a la población de todos los países de la Tierra, independientemente de su PIB y de su capacidad de compra. Vivimos en un mundo globalizado y seguirá habiendo nuevas variantes, probablemente más contagiosas, tal vez más agresivas, mientras no se llegue a una buena cobertura vacunal global.

Puede que una tercera dosis de vacuna sea efectivamente necesaria, pero cada cosa a su tiempo y siempre con la evidencia en la mano. Cualquier otra estrategia es moralmente reprobable en este momento histórico 

La gente de los países ricos viaja, las mercancías viajan, los viajes de negocios existen. La gente con posibles va en aviones a resorts paradisíacos y a paraísos del dólar del mundo en desarrollo, se junta en fiestas multitudinarias, envía a sus hijas y a sus hijos a estudiar al extranjero, visita a sus familias, etc.

Con estas afirmaciones elementales quiero subrayar que el problema epidemiológico de la globalización no lo originan específica ni mayoritariamente las personas migrantes, aunque las políticas anti-humanitarias que les aplicamos sean un clarísimo agravante, sin perjuicio de todo lo terrible que representan a nivel moral.

Por tanto, hablar de que la población del primer mundo reciba una tercera dosis, cuando tanta gente no ha recibido ni la primera –ni siquiera por estas latitudes–, solo se puede calificar de agresiva y precoz estrategia comercial. Recuerdo a quien considere que mi afirmación es excesiva que la OMS, y con ella la práctica totalidad de la comunidad científica, tanto en España como a nivel internacional, hace un análisis bastante parecido.

Habrá tiempo para la tercera dosis… si es necesaria

Pese a todo lo dicho, creo que estamos de acuerdo –la OMS y yo, quiero decir– en que el quid de la cuestión no es si finalmente será o no será necesario recibir una tercera dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech, o algún otro tipo de refuerzo.

Tal vez sea necesario, sí, pero no antes de haber vacunado masivamente al mundo entero, con esta o con cualquier otra vacuna aprobada por la OMS y las correspondientes agencias reguladoras, ni de haber tenido tiempo para comprobar a continuación cuánto se prolonga esa inmunidad robusta de la que hablan.

Antes de continuar, repasemos las coberturas vacunales de cada uno de los cinco continentes, publicadas por Our World in Data, portal estadístico de la Universidad de Oxford, con datos actualizados el 19 de julio de 2021: el 55,96% de la ciudadanía de la Unión Europea, el 45,97% de la población del conjunto de Europa y el 45,39% de la  de Norteamérica ha recibido al menos una dosis; el porcentaje desciende al 38,69% en Latinoamérica y Caribe, y al 26,58% en Asia; después cae al 20,67% en Oceanía para, finalmente, desplomarse hasta el 3,08% en Africa.

Hay que tener en cuenta, además, que estos datos esconden profundas desigualdades entre países de un mismo continente. Por ejemplo, el 30,91% de la cobertura vacunal total de Marruecos contrasta dramáticamente con el 1,19% de Mozambique. Como bien sabemos en España, también existen inequidades entre distintas regiones de un mismo país, e incluso entre grupos poblacionales dentro de una provincia, una ciudad o un barrio.

¿Qué ocurre? Que la gran triunfadora de la carrera de la inmunización hasta la fecha teme la llegada de vacunas más eficaces, más baratas –¡ya existen, no lo olvidemos!–, fáciles de producir, de conservar, de transportar y de manipular, mejor toleradas y, por si todo lo anterior no fuese suficiente, tal vez incluso definitivamente monodosis y/o con un sistema de administración que aumente tanto su precisión como su seguridad, evitando efectos secundarios sistémicos.

Este es el caso de la vacuna candidata del equipo liderado por el virólogo Luis Enjuanes, del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la que se espera una eficacia cercana al 100% –protegerá de la infección e impedirá la transmisión del virus–, probablemente a dosis única y de administración intranasal, con lo que actuará específicamente en las vías respiratorias, punto de entrada y punto débil del organismo frente a la enfermedad.

Es doloroso intuir que los gobiernos del primer mundo cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de vacuna para sus poblaciones, ignorando la ética, pero también la lógica de este mundo globalizado

Dicho esto, quiero dejar claro que no me parece descabellada la idea de que llegue un momento en el que, efectivamente, se concluya que es aconsejable administrar una tercera dosis de cualquiera de las vacunas actuales a doble pauta. O una segunda dosis de Janssen.

Sin embargo, ese momento no es ahora, ni parece probable que vaya a ser necesario a los seis meses de haber recibido la segunda dosis. Para hacernos una idea de los plazos que estaríamos manejando, en España supondría volver a vacunar a los mayores de 80 años en septiembre-octubre de este mismo año, es decir, casi inmediatamente.

Exprimir el mercado está feo, pero hay cosas peores

De ahí, en parte, surge su prisa por terminar de comerse un mercado que se ha llevado de calle, con más del 55% de las dosis administradas en Estados Unidos, el 70% en España, el 71% en Italia, el 74% en Alemania, el 78% en Francia y el 96% en Japón, por citar solo algunos de los grandes mercados en los que han arrasado. Una tercera dosis a tantos millones de personas es mucho dinero.

Es cierto que la inversión en I+D de este tipo de empresas es muy importante, lo que hace de la industria farmacéutica un sector de los más innovadores de cuantos existen, pero este argumento no solo es relativo (la inversión se calcula en relación al beneficio), sino que es la eterna disculpa. La vacuna seguiría produciendo unos beneficios espectaculares aun triplicando la inversión en I+D+i… sin olvidar los fondos públicos que contribuyeron a su desarrollo y facilitaron su comercialización.

El beneficio, de hecho, seguiría siendo estratosférico aun vendiendo el producto a un precio menor a países en desarrollo, e incluso donando cientos de millones de dosis a países de ingresos bajos o zonas de conflicto para lograr inmunizar al conjunto de la población mundial. No quiero ser maquiavélica ni caer en la conspiranoia, ya que también soy capaz de ver todo lo bueno que tiene la industria, que es muchísimo, pero me temo que seguir exprimiendo el mercado está muy feo en este momento histórico, con lo que todas y todos hemos sufrido, cuando todas y todos hemos visto los estragos que causa la desigualdad social en las aceras de nuestros barrios.

Como lo cortés no quita lo valiente, también he de reconocer que AstraZeneca ha sabido reaccionar tras poner en jaque la reputación del sector en su conjunto con su opacidad y su juego sucio en los meses posteriores al lanzamiento de su vacuna. Actualmente, sin embargo, se ha convertido en la máxima aportadora al fondo Covax, creado, precisamente, para vencer inequidades en el acceso a la inmunización.

Una función en la que está fracasando a ojos vista, dicho sea de paso, como sucede con casi todo lo que tiene que ver con la justicia social, tanto lo no vinculante –una fórmula bastante inútil de la que se abusa con profusión– como incluso lo vinculante,

Saco AstraZeneca a colación no solo por haber protagonizado el primer patinazo reputacional de la big pharma desde que las vacunas aterrizaron para empezar a salvarnos –¡es muy importante no perder de vista esta verdad!–. Obviamente, el de Pfizer/BioNTech es el segundo.

Sin embargo, también saco a AstraZeneca a colación porque su vacuna ha sido exagerada y convenientemente vilipendiada, con la inestimable ayuda de una UE de una torpeza rampante. Una UE que negoció muy mal los contratos, tanto con esta como con las demás empresas fabricantes, y gestionó todavía peor la crisis desencadenada por los trombos cerebrales –un efecto adverso ultra raro que se publicitó como si lo estuviese sufriendo todo el mundo–, originando una desconfianza en las vacunas tan injusta como lamentable.

Y aquí llego al epicentro del asunto: está feo seguir exprimiendo el mercado, pero hay cosas peores. Me entristece profundamente y me indigna todavía con mayor intensidad que nos encontremos a merced de intereses privados e instituciones pusilánimes, y mucho me temo que demasiado clientelares. Es doloroso intuir que los gobiernos de los países ricos cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de esta vacuna de éxito para sus poblaciones antes de poner sobre la mesa los millones de primeras y segundas dosis que faltan por el mundo adelante, ignorando la ética, pero también la lógica de la globalización y los principios más elementales de la epidemiología.

*La foto que ilustra esta noticia es de Lucas George Wendt, disponible en Unsplash.

La pregunta ¿tercera dosis de vacuna o justicia? no es sencilla, pero sí fácil de contestar. Al menos, debería de serlo desde el punto de vista de la ética, que se inclinaría sin pestañear por la justicia (social, mundial, humanitaria). Sin embargo, parece que no está tan claro y que nos enfrentamos a un viento huracanado a favor de una respuesta comercial: tercera dosis, caiga quien caiga.

A principios de julio, el gigante farmacéutico global Pfizer y su aliada en el desarrollo de la vacuna de ARN mensajero (ARNm), la biotecnológica alemana BioNTech, anunciaron que solicitarían la autorización de una tercera dosis de refuerzo a la Food and Drug Administration (FDA) estadounidense y la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés). Esta tercera dosis se administraría a los seis meses, supuestamente para garantizar la inmunidad de grupo frente a las nuevas variantes, más contagiosas, con el objetivo de proteger a las personas mayores y a los colectivos más vulnerables.

Vale, señoras y señores de la pareja de hecho más exitosa del momento, Pfizer/BioNTech, pensé al leer el mensaje corporativo –¡no olvidemos que eso es lo que era!–, ¿no tienen ustedes suficiente? Obviamente, el candor de mi pregunta es muy llamativo, pero no por ello deja de ser pertinente. El candor, otra vez, protegiéndome (a mí y a tantas otras personas) de la cruda realidad. Pese a todo, siempre surge un nuevo candor para seguir confiando.

En esta ocasión, el candor pareció no serlo tanto ante la reacción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no tardó en responder a la pareja de hecho de oro y diamantes que su anuncio no estaba basado en hechos reales, es decir, que la evidencia científica todavía no permite establecer la necesidad de una tercera dosis de vacuna tan pronto.

Se dice por ahí que la OMS está más decepcionada y enfadada con algunas big pharma que nunca. En recientes declaraciones a InfoLibre, la responsable de vacunas de Médicos sin Fronteras España, Miriam Alía, aseguró que «nunca había visto a la gente de la OMS tan cabreada con las farmacéuticas». La rumorología sostiene que está que trina y que la cara científica, que no necesariamente la política, de la EMA y la FDA no pueden estar más de acuerdo.

Una tercera dosis basada en hechos comerciales

Siempre según InfoLibre, en una rueda de prensa celebrada el pasado 15 de julio, el doctor Michael Ryan, responsable de emergencias de la OMS, aseguró que si los países ricos deciden administrar inyecciones de refuerzo en lugar de donarlas al mundo en desarrollo, «miraremos hacia atrás con enfado y con vergüenza». La científica principal-directora científica de la institución, Soumya Swaminathan, utilizó términos igualmente duros: la OMS hará una recomendación sobre la tercera dosis «basada en la ciencia y en los datos, no en [lo que digan] empresas individuales».

Resumiendo, la OMS, en una opinión que comparte abiertamente la FDA y tímidamente la EMA (o, al menos, la Unión Europea), considera dos cosas distintas, pero complementarias. En primer lugar, que todavía no es posible concluir, de acuerdo con la evidencia científica, que sea necesaria una tercera dosis. Habrá que esperar a ver la evolución de las nuevas variantes de Covid-19 y, sobre todo, habrá que esperar a tener a más del 70% de la población vacunada a pauta completa, o lo que hasta ahora se había venido considerando pauta completa.

En segundo lugar, que la prioridad, tanto a nivel humanitario como epidemiológico, es vacunar a la población de todos los países de la Tierra, independientemente de su PIB y de su capacidad de compra. Vivimos en un mundo globalizado y seguirá habiendo nuevas variantes, probablemente más contagiosas, tal vez más agresivas, mientras no se llegue a una buena cobertura vacunal global.

Puede que una tercera dosis de vacuna sea efectivamente necesaria, pero cada cosa a su tiempo y siempre con la evidencia en la mano. Cualquier otra estrategia es moralmente reprobable en este momento histórico

La gente de los países ricos viaja, las mercancías viajan, los viajes de negocios existen. La gente con posibles va en aviones a resorts paradisíacos y a paraísos del dólar del mundo en desarrollo, se junta en fiestas multitudinarias, envía a sus hijas y a sus hijos a estudiar al extranjero, visita a sus familias, etc.

Con estas afirmaciones elementales quiero subrayar que el problema epidemiológico de la globalización no lo originan específica ni mayoritariamente las personas migrantes, aunque las políticas anti-humanitarias que les aplicamos sean un clarísimo agravante, sin perjuicio de todo lo terrible que representan a nivel moral.

Por tanto, hablar de que la población del primer mundo reciba una tercera dosis, cuando tanta gente no ha recibido ni la primera –ni siquiera por estas latitudes–, solo se puede calificar de agresiva y precoz estrategia comercial. Recuerdo a quien considere que mi afirmación es excesiva que la OMS, y con ella la práctica totalidad de la comunidad científica, tanto en España como a nivel internacional, hace un análisis bastante parecido.

Habrá tiempo para la tercera dosis… si es necesaria

Pese a todo lo dicho, creo que estamos de acuerdo –la OMS y yo, quiero decir– en que el quid de la cuestión no es si finalmente será o no será necesario recibir una tercera dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech, o algún otro tipo de refuerzo.

Tal vez sea necesario, sí, pero no antes de haber vacunado masivamente al mundo entero, con esta o con cualquier otra vacuna aprobada por la OMS y las correspondientes agencias reguladoras, ni de haber tenido tiempo para comprobar a continuación cuánto se prolonga esa inmunidad robusta de la que hablan.

Antes de continuar, repasemos las coberturas vacunales de cada uno de los cinco continentes, publicadas por Our World in Data, portal estadístico de la Universidad de Oxford, con datos actualizados el 19 de julio de 2021: el 55,96% de la ciudadanía de la Unión Europea, el 45,97% de la población del conjunto de Europa y el 45,39% de la  de Norteamérica ha recibido al menos una dosis; el porcentaje desciende al 38,69% en Latinoamérica y Caribe, y al 26,58% en Asia; después cae al 20,67% en Oceanía para, finalmente, desplomarse hasta el 3,08% en Africa.

Hay que tener en cuenta, además, que estos datos esconden profundas desigualdades entre países de un mismo continente. Por ejemplo, el 30,91% de la cobertura vacunal total de Marruecos contrasta dramáticamente con el 1,19% de Mozambique. Como bien sabemos en España, también existen inequidades entre distintas regiones de un mismo país, e incluso entre grupos poblacionales dentro de una provincia, una ciudad o un barrio.

¿Qué ocurre? Que la gran triunfadora de la carrera de la inmunización hasta la fecha teme la llegada de vacunas más eficaces, más baratas –¡ya existen, no lo olvidemos!–, fáciles de producir, de conservar, de transportar y de manipular, mejor toleradas y, por si todo lo anterior no fuese suficiente, tal vez incluso definitivamente monodosis y/o con un sistema de administración que aumente tanto su precisión como su seguridad, evitando efectos secundarios sistémicos.

Este es el caso de la vacuna candidata del equipo liderado por el virólogo Luis Enjuanes, del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la que se espera una eficacia cercana al 100% –protegerá de la infección e impedirá la transmisión del virus–, probablemente a dosis única y de administración intranasal, con lo que actuará específicamente en las vías respiratorias, punto de entrada y punto débil del organismo frente a la enfermedad.

Es doloroso intuir que los gobiernos del primer mundo cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de vacuna para sus poblaciones, ignorando la ética, pero también la lógica de este mundo globalizado

Dicho esto, quiero dejar claro que no me parece descabellada la idea de que llegue un momento en el que, efectivamente, se concluya que es aconsejable administrar una tercera dosis de cualquiera de las vacunas actuales a doble pauta. O una segunda dosis de Janssen.

Sin embargo, ese momento no es ahora, ni parece probable que vaya a ser necesario a los seis meses de haber recibido la segunda dosis. Para hacernos una idea de los plazos que estaríamos manejando, en España supondría volver a vacunar a los mayores de 80 años en septiembre-octubre de este mismo año, es decir, casi inmediatamente.

Exprimir el mercado está feo, pero hay cosas peores

De ahí, en parte, surge su prisa por terminar de comerse un mercado que se ha llevado de calle, con más del 55% de las dosis administradas en Estados Unidos, el 70% en España, el 71% en Italia, el 74% en Alemania, el 78% en Francia y el 96% en Japón, por citar solo algunos de los grandes mercados en los que han arrasado. Una tercera dosis a tantos millones de personas es mucho dinero.

Es cierto que la inversión en I+D de este tipo de empresas es muy importante, lo que hace de la industria farmacéutica un sector de los más innovadores de cuantos existen, pero este argumento no solo es relativo (la inversión se calcula en relación al beneficio), sino que es la eterna disculpa. La vacuna seguiría produciendo unos beneficios espectaculares aun triplicando la inversión en I+D+i… sin olvidar los fondos públicos que contribuyeron a su desarrollo y facilitaron su comercialización.

El beneficio, de hecho, seguiría siendo estratosférico aun vendiendo el producto a un precio menor a países en desarrollo, e incluso donando cientos de millones de dosis a países de ingresos bajos o zonas de conflicto para lograr inmunizar al conjunto de la población mundial. No quiero ser maquiavélica ni caer en la conspiranoia, ya que también soy capaz de ver todo lo bueno que tiene la industria, que es muchísimo, pero me temo que seguir exprimiendo el mercado está muy feo en este momento histórico, con lo que todas y todos hemos sufrido, cuando todas y todos hemos visto los estragos que causa la desigualdad social en las aceras de nuestros barrios.

Como lo cortés no quita lo valiente, también he de reconocer que AstraZeneca ha sabido reaccionar tras poner en jaque la reputación del sector en su conjunto con su opacidad y su juego sucio en los meses posteriores al lanzamiento de su vacuna. Actualmente, sin embargo, se ha convertido en la máxima aportadora al fondo Covax, creado, precisamente, para vencer inequidades en el acceso a la inmunización.

Una función en la que está fracasando a ojos vista, dicho sea de paso, como sucede con casi todo lo que tiene que ver con la justicia social, tanto lo no vinculante –una fórmula bastante inútil de la que se abusa con profusión– como incluso lo vinculante,

Saco AstraZeneca a colación no solo por haber protagonizado el primer patinazo reputacional de la big pharma desde que las vacunas aterrizaron para empezar a salvarnos –¡es muy importante no perder de vista esta verdad!–. Obviamente, el de Pfizer/BioNTech es el segundo.

Sin embargo, también saco a AstraZeneca a colación porque su vacuna ha sido exagerada y convenientemente vilipendiada, con la inestimable ayuda de una UE de una torpeza rampante. Una UE que negoció muy mal los contratos, tanto con esta como con las demás empresas fabricantes, y gestionó todavía peor la crisis desencadenada por los trombos cerebrales –un efecto adverso ultra raro que se publicitó como si lo estuviese sufriendo todo el mundo–, originando una desconfianza en las vacunas tan injusta como lamentable.

Y aquí llego al epicentro del asunto: está feo seguir exprimiendo el mercado, pero hay cosas peores. Me entristece profundamente y me indigna todavía con mayor intensidad que nos encontremos a merced de intereses privados e instituciones pusilánimes, y mucho me temo que demasiado clientelares. Es doloroso intuir que los gobiernos de los países ricos cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de esta vacuna de éxito para sus poblaciones antes de poner sobre la mesa los millones de primeras y segundas dosis que faltan por el mundo adelante, ignorando la ética, pero también la lógica de la globalización y los principios más elementales de la epidemiología.

*La foto que ilustra esta noticia es de Lucas George Wendt, disponible en Unsplash.

La pregunta ¿tercera dosis de vacuna o justicia? no es sencilla, pero sí fácil de contestar. Al menos, debería de serlo desde el punto de vista de la ética, que se inclinaría sin pestañear por la justicia (social, mundial, humanitaria). Sin embargo, parece que no está tan claro y que nos enfrentamos a un viento huracanado a favor de una respuesta comercial: tercera dosis, caiga quien caiga.

A principios de julio, el gigante farmacéutico global Pfizer y su aliada en el desarrollo de la vacuna de ARN mensajero (ARNm), la biotecnológica alemana BioNTech, anunciaron que solicitarían la autorización de una tercera dosis de refuerzo a la Food and Drug Administration (FDA) estadounidense y la Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés). Esta tercera dosis se administraría a los seis meses, supuestamente para garantizar la inmunidad de grupo frente a las nuevas variantes, más contagiosas, con el objetivo de proteger a las personas mayores y a los colectivos más vulnerables.

Vale, señoras y señores de la pareja de hecho más exitosa del momento, Pfizer/BioNTech, pensé al leer el mensaje corporativo –¡no olvidemos que eso es lo que era!–, ¿no tienen ustedes suficiente? Obviamente, el candor de mi pregunta es muy llamativo, pero no por ello deja de ser pertinente. El candor, otra vez, protegiéndome (a mí y a tantas otras personas) de la cruda realidad. Pese a todo, siempre surge un nuevo candor para seguir confiando.

En esta ocasión, el candor pareció no serlo tanto ante la reacción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no tardó en responder a la pareja de hecho de oro y diamantes que su anuncio no estaba basado en hechos reales, es decir, que la evidencia científica todavía no permite establecer la necesidad de una tercera dosis de vacuna tan pronto.

Se dice por ahí que la OMS está más decepcionada y enfadada con algunas big pharma que nunca. En recientes declaraciones a InfoLibre, la responsable de vacunas de Médicos sin Fronteras España, Miriam Alía, aseguró que «nunca había visto a la gente de la OMS tan cabreada con las farmacéuticas». La rumorología sostiene que está que trina y que la cara científica, que no necesariamente la política, de la EMA y la FDA no pueden estar más de acuerdo.

Una tercera dosis basada en hechos comerciales

Siempre según InfoLibre, en una rueda de prensa celebrada el pasado 15 de julio, el doctor Michael Ryan, responsable de emergencias de la OMS, aseguró que si los países ricos deciden administrar inyecciones de refuerzo en lugar de donarlas al mundo en desarrollo, «miraremos hacia atrás con enfado y con vergüenza». La científica principal-directora científica de la institución, Soumya Swaminathan, utilizó términos igualmente duros: la OMS hará una recomendación sobre la tercera dosis «basada en la ciencia y en los datos, no en [lo que digan] empresas individuales».

Resumiendo, la OMS, en una opinión que comparte abiertamente la FDA y tímidamente la EMA (o, al menos, la Unión Europea), considera dos cosas distintas, pero complementarias. En primer lugar, que todavía no es posible concluir, de acuerdo con la evidencia científica, que sea necesaria una tercera dosis. Habrá que esperar a ver la evolución de las nuevas variantes de Covid-19 y, sobre todo, habrá que esperar a tener a más del 70% de la población vacunada a pauta completa, o lo que hasta ahora se había venido considerando pauta completa.

En segundo lugar, que la prioridad, tanto a nivel humanitario como epidemiológico, es vacunar a la población de todos los países de la Tierra, independientemente de su PIB y de su capacidad de compra. Vivimos en un mundo globalizado y seguirá habiendo nuevas variantes, probablemente más contagiosas, tal vez más agresivas, mientras no se llegue a una buena cobertura vacunal global.

Puede que una tercera dosis de vacuna sea efectivamente necesaria, pero cada cosa a su tiempo y siempre con la evidencia en la mano. Cualquier otra estrategia es moralmente reprobable en este momento histórico

La gente de los países ricos viaja, las mercancías viajan, los viajes de negocios existen. La gente con posibles va en aviones a resorts paradisíacos y a paraísos del dólar del mundo en desarrollo, se junta en fiestas multitudinarias, envía a sus hijas y a sus hijos a estudiar al extranjero, visita a sus familias, etc.

Con estas afirmaciones elementales quiero subrayar que el problema epidemiológico de la globalización no lo originan específica ni mayoritariamente las personas migrantes, aunque las políticas anti-humanitarias que les aplicamos sean un clarísimo agravante, sin perjuicio de todo lo terrible que representan a nivel moral.

Por tanto, hablar de que la población del primer mundo reciba una tercera dosis, cuando tanta gente no ha recibido ni la primera –ni siquiera por estas latitudes–, solo se puede calificar de agresiva y precoz estrategia comercial. Recuerdo a quien considere que mi afirmación es excesiva que la OMS, y con ella la práctica totalidad de la comunidad científica, tanto en España como a nivel internacional, hace un análisis bastante parecido.

Habrá tiempo para la tercera dosis… si es necesaria

Pese a todo lo dicho, creo que estamos de acuerdo –la OMS y yo, quiero decir– en que el quid de la cuestión no es si finalmente será o no será necesario recibir una tercera dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech, o algún otro tipo de refuerzo.

Tal vez sea necesario, sí, pero no antes de haber vacunado masivamente al mundo entero, con esta o con cualquier otra vacuna aprobada por la OMS y las correspondientes agencias reguladoras, ni de haber tenido tiempo para comprobar a continuación cuánto se prolonga esa inmunidad robusta de la que hablan.

Antes de continuar, repasemos las coberturas vacunales de cada uno de los cinco continentes, publicadas por Our World in Data, portal estadístico de la Universidad de Oxford, con datos actualizados el 19 de julio de 2021: el 55,96% de la ciudadanía de la Unión Europea, el 45,97% de la población del conjunto de Europa y el 45,39% de la  de Norteamérica ha recibido al menos una dosis; el porcentaje desciende al 38,69% en Latinoamérica y Caribe, y al 26,58% en Asia; después cae al 20,67% en Oceanía para, finalmente, desplomarse hasta el 3,08% en Africa.

Hay que tener en cuenta, además, que estos datos esconden profundas desigualdades entre países de un mismo continente. Por ejemplo, el 30,91% de la cobertura vacunal total de Marruecos contrasta dramáticamente con el 1,19% de Mozambique. Como bien sabemos en España, también existen inequidades entre distintas regiones de un mismo país, e incluso entre grupos poblacionales dentro de una provincia, una ciudad o un barrio.

¿Qué ocurre? Que la gran triunfadora de la carrera de la inmunización hasta la fecha teme la llegada de vacunas más eficaces, más baratas –¡ya existen, no lo olvidemos!–, fáciles de producir, de conservar, de transportar y de manipular, mejor toleradas y, por si todo lo anterior no fuese suficiente, tal vez incluso definitivamente monodosis y/o con un sistema de administración que aumente tanto su precisión como su seguridad, evitando efectos secundarios sistémicos.

Este es el caso de la vacuna candidata del equipo liderado por el virólogo Luis Enjuanes, del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la que se espera una eficacia cercana al 100% –protegerá de la infección e impedirá la transmisión del virus–, probablemente a dosis única y de administración intranasal, con lo que actuará específicamente en las vías respiratorias, punto de entrada y punto débil del organismo frente a la enfermedad.

Es doloroso intuir que los gobiernos del primer mundo cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de vacuna para sus poblaciones, ignorando la ética, pero también la lógica de este mundo globalizado

Dicho esto, quiero dejar claro que no me parece descabellada la idea de que llegue un momento en el que, efectivamente, se concluya que es aconsejable administrar una tercera dosis de cualquiera de las vacunas actuales a doble pauta. O una segunda dosis de Janssen.

Sin embargo, ese momento no es ahora, ni parece probable que vaya a ser necesario a los seis meses de haber recibido la segunda dosis. Para hacernos una idea de los plazos que estaríamos manejando, en España supondría volver a vacunar a los mayores de 80 años en septiembre-octubre de este mismo año, es decir, casi inmediatamente.

Exprimir el mercado está feo, pero hay cosas peores

De ahí, en parte, surge su prisa por terminar de comerse un mercado que se ha llevado de calle, con más del 55% de las dosis administradas en Estados Unidos, el 70% en España, el 71% en Italia, el 74% en Alemania, el 78% en Francia y el 96% en Japón, por citar solo algunos de los grandes mercados en los que han arrasado. Una tercera dosis a tantos millones de personas es mucho dinero.

Es cierto que la inversión en I+D de este tipo de empresas es muy importante, lo que hace de la industria farmacéutica un sector de los más innovadores de cuantos existen, pero este argumento no solo es relativo (la inversión se calcula en relación al beneficio), sino que es la eterna disculpa. La vacuna seguiría produciendo unos beneficios espectaculares aun triplicando la inversión en I+D+i… sin olvidar los fondos públicos que contribuyeron a su desarrollo y facilitaron su comercialización.

El beneficio, de hecho, seguiría siendo estratosférico aun vendiendo el producto a un precio menor a países en desarrollo, e incluso donando cientos de millones de dosis a países de ingresos bajos o zonas de conflicto para lograr inmunizar al conjunto de la población mundial. No quiero ser maquiavélica ni caer en la conspiranoia, ya que también soy capaz de ver todo lo bueno que tiene la industria, que es muchísimo, pero me temo que seguir exprimiendo el mercado está muy feo en este momento histórico, con lo que todas y todos hemos sufrido, cuando todas y todos hemos visto los estragos que causa la desigualdad social en las aceras de nuestros barrios.

Como lo cortés no quita lo valiente, también he de reconocer que AstraZeneca ha sabido reaccionar tras poner en jaque la reputación del sector en su conjunto con su opacidad y su juego sucio en los meses posteriores al lanzamiento de su vacuna. Actualmente, sin embargo, se ha convertido en la máxima aportadora al fondo Covax, creado, precisamente, para vencer inequidades en el acceso a la inmunización.

Una función en la que está fracasando a ojos vista, dicho sea de paso, como sucede con casi todo lo que tiene que ver con la justicia social, tanto lo no vinculante –una fórmula bastante inútil de la que se abusa con profusión– como incluso lo vinculante,

Saco AstraZeneca a colación no solo por haber protagonizado el primer patinazo reputacional de la big pharma desde que las vacunas aterrizaron para empezar a salvarnos –¡es muy importante no perder de vista esta verdad!–. Obviamente, el de Pfizer/BioNTech es el segundo.

Sin embargo, también saco a AstraZeneca a colación porque su vacuna ha sido exagerada y convenientemente vilipendiada, con la inestimable ayuda de una UE de una torpeza rampante. Una UE que negoció muy mal los contratos, tanto con esta como con las demás empresas fabricantes, y gestionó todavía peor la crisis desencadenada por los trombos cerebrales –un efecto adverso ultra raro que se publicitó como si lo estuviese sufriendo todo el mundo–, originando una desconfianza en las vacunas tan injusta como lamentable.

Y aquí llego al epicentro del asunto: está feo seguir exprimiendo el mercado, pero hay cosas peores. Me entristece profundamente y me indigna todavía con mayor intensidad que nos encontremos a merced de intereses privados e instituciones pusilánimes, y mucho me temo que demasiado clientelares. Es doloroso intuir que los gobiernos de los países ricos cederán a las presiones y se asegurarán una tercera dosis de esta vacuna de éxito para sus poblaciones antes de poner sobre la mesa los millones de primeras y segundas dosis que faltan por el mundo adelante, ignorando la ética, pero también la lógica de la globalización y los principios más elementales de la epidemiología.

*La foto que ilustra esta noticia es de Lucas George Wendt, disponible en Unsplash.