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Unicef nos insta a ocuparnos urgentemente de la salud mental de la infancia

Unicef acaba de publicar la última edición de su siempre impactante informe anual, el Estado Mundial de la Infancia 2021, que este año ha dedicado a la salud mental. Los datos que arroja asustan: 1 de cada 7 menores del mundo está diagnosticado de algún problema de salud mental y la cifra de suicidios es de escalofrío. Según la Agencia de Naciones Unidas para la Infancia, los gobiernos, tanto los ricos como los pobres, infravaloran, descuidan y financian muy a la baja la promoción, la protección y el cuidado del bienestar emocional de quienes son el futuro. 

Unicef ha advertido que los efectos de la Covid-19 sobre la salud mental y el bienestar emocional de la infancia y la adolescencia podrían prolongarse durante muchos años, y lo ha hecho con los datos en la mano.

La ONG ha presentado su publicación anual más emblemática e importante, que pertenece a la serie Estado Mundial de la Infancia, que este año está dedicada a la salud mental. Según la Agencia de las Naciones Unidas para la Infancia, este es el análisis más completo que ha realizado sobre el tema, tanto desde el punto de vista de sus protagonistas como bajo la mirada de quienes se ocupan de su cuidado.

Decir que las cifras son preocupantes es poco: se calcula que más de 1 de cada 7 adolescentes de 10 a 19 años en todo el mundo tiene un problema de salud mental diagnosticado y cada año se suicidan casi 46.000 adolescentes.

Además, el informe revela que la infancia y la juventud ya sufrían problemas de salud mental antes de la pandemia sin que se hicieran las inversiones necesarias para solucionarlos.

Y denuncia que sigue habiendo grandes diferencias entre las necesidades relacionadas con la salud mental y la financiación que se destina a cubrirlas, subrayando que solo el 2% de los presupuestos de salud se destinan a este fin en el mundo.

En mi mente. Promover, proteger y cuidar la salud mental en la infancia, el título del informe anual, empieza a cuantificar el alto precio que se ha cobrado la pandemia. Se hace eco los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por Unicef y Gallup entre niños y adultos de 21 países, según los que una media de 1 de cada 5 jóvenes de entre 15 y 24 años encuestados afirma que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar cualquier actividad.

«Los últimos 18 meses han sido muy largos para todos nosotros, especialmente para la infancia. Debido a los confinamientos nacionales y a las restricciones de movimiento, la infancia ha perdido un tiempo muy valioso de sus vidas lejos de familia y amigos, de las aulas y los lugares de recreo», explica la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore.

Para Fore, las consecuencias de la pandemia son solo la punta del iceberg, ya que se suman a los problemas previos de salud mental desatendidos de la infancia y la adolescencia. «Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando la suficiente importancia a la relación entre la salud mental en los primeros años de vida y sus consecuencias en la edad adulta», señala.

En España, los resultados de la encuesta revelan que el 58,3% de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años reconocen sentirse preocupados, nerviosos o ansiosos “a menudo” y el 36,1% “a veces”. Además, el 11,5% de dichos jóvenes dice estar deprimido o tener poco interés en hacer cosas “a menudo” y el 68,2% “a veces”.

A medida que la COVID-19 se acerca a su tercer año, las consecuencias para la salud mental y el bienestar emocional de los niños y los jóvenes siguen siendo enormes. La alteración de las rutinas, la educación y el ocio, así como la preocupación de las familias por los ingresos y la salud, hacen que muchos jóvenes sientan miedo, rabia y preocupación por su futuro.

La salud mental de la infancia y la adolescencia en España

El impacto de la pandemia en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes que viven en España es innegable, aunque si cuentan con el entorno y las herramientas adecuadas, la mayoría serán capaces de normalizar sus vidas y tener una evolución positiva.

Sin embargo, hay grupos especialmente vulnerables, como quienes ya tenían algún problema de salud mental previamente, las víctimas de violencia, los que han sufrido aislamiento, separaciones y/o duelos debido a la Covid-19, los que están en riesgo de pobreza o en familias en situación de desempleo, y los menores migrantes y solicitantes de asilo.

«Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando importancia a la relación entre la salud mental en la infancia y sus consecuencias en la edad adulta», explica la directora ejecutiva de Unicef

En nuestro país también está muy presente el estigma asociado a los problemas de salud mental, si bien se observa que niñas, niños y adolescentes están empezando a hablar cada vez más abiertamente de cómo se sienten y de sus necesidades.

Para acabar con este tabú, así como para garantizar una atención adecuada y especializada a la salud mental de los niños, niñas y adolescentes en nuestro país, Unicef España recuerda que es necesario implementar políticas específicas, tal y como ha recomendado a nuestro país el Comité de los Derechos de la Infancia de Naciones Unidas.

«Pedimos que se apruebe cuanto antes la Estrategia de Salud Mental, y que tenga muy en cuenta a la infancia», declara el presidente de Unicef España, Gustavo Suárez Pertierra. «Es necesario que se cree un grupo permanente de infancia y salud mental que concrete la implementación de esa estrategia, abordando las principales cuestiones que afectan a la salud mental y el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes. Además, deben aumentar los recursos especializados y los canales a través de los cuales puedan ser escuchados», afirma.

Un elevado coste social que hipoteca el futuro

Los problemas mentales diagnosticados, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la ansiedad, los trastornos del espectro autista, el trastorno bipolar, los trastornos de la conducta, la depresión, los trastornos alimentarios, la discapacidad intelectual y esquizofrenia pueden perjudicar considerablemente la salud, la educación, las condiciones de vida y la capacidad para obtener ingresos en la vida adulta.

Aunque el impacto en la vida de las niñas y los niños es incalculable, un nuevo análisis realizado por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, que también se incluye en el informe, revela que las pérdidas económicas debidas a los trastornos mentales que provocan discapacidad o muerte entre los jóvenes se situarían en torno a los 335.000 millones de euros.

El Estado Mundial de la Infancia señala que una mezcla de la genética, experiencias personales y factores ambientales, como la crianza de los hijos, la escolarización, la calidad de las relaciones, la exposición a la violencia o los abusos, la discriminación, la pobreza, las crisis humanitarias y las emergencias sanitarias, conforman la salud mental de niños y niñas, e influyen en ella a lo largo de toda su vida.

Aunque los factores de protección, como la presencia de cuidadores afectuosos, los entornos escolares seguros y las relaciones positivas con personas de su edad pueden reducir el riesgo de padecer problemas de salud mental, el informe advierte de que hay importantes obstáculos, como la estigmatización y la falta de financiación, que impiden el bienestar emocional y el acceso apoyo que necesitan a demasiados niños y niñas.

Las principales recomendaciones de Unicef

El Estado Mundial de la Infancia 2021 pide a los gobiernos y a los aliados de los sectores público y privado que se comprometan, comuniquen y actúen para promover la salud mental de todos los niños, niñas adolescentes y cuidadores, proteger a quienes necesitan ayuda y cuidar a los más vulnerables, a través, principalmente, de tres grandes grupos de medidas.

En primer lugar, invertir urgentemente en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes en todos los sectores, no solo en el sanitario, para defender un enfoque basado en la prevención, la promoción y el cuidado que abarque a toda la sociedad.

También es preciso integrar y ampliar las intervenciones basadas en la evidencia en los sectores de la salud, la educación y la protección social, incluidos los programas de crianza que promueven una atención sensible y enriquecedora, y que apoyan la salud mental de los padres, madres y cuidadores. Además, se debe garantizar que las escuelas protejan la salud mental mediante servicios de calidad y relaciones positivas.

Por último, es imperioso romper el silencio que rodea a los problemas de salud mental, afrontando el estigma, promoviendo una mejor comprensión y tomando en serio las experiencias de los niños, las niñas y los jóvenes.

«La salud mental forma una parte integral de la salud física y global, no podemos permitirnos seguir considerándola de otra manera. Durante demasiado tiempo, tanto en los países ricos como en los pobres, no se han hecho los esfuerzos suficientes para comprender esta cuestión e invertir en ella, a pesar de que desempeña un papel fundamental para el desarrollo pleno del potencial de la infancia. Esto tiene que cambiar», concluye Henrietta Fore.

Unicef acaba de publicar la última edición de su siempre impactante informe anual, el Estado Mundial de la Infancia 2021, que este año ha dedicado a la salud mental. Los datos que arroja asustan: 1 de cada 7 menores del mundo está diagnosticado de algún problema de salud mental y la cifra de suicidios es de escalofrío. Según la Agencia de Naciones Unidas para la Infancia, los gobiernos, tanto los ricos como los pobres, infravaloran, descuidan y financian muy a la baja la promoción, la protección y el cuidado del bienestar emocional de quienes son el futuro. 

Unicef ha advertido que los efectos de la Covid-19 sobre la salud mental y el bienestar emocional de la infancia y la adolescencia podrían prolongarse durante muchos años, y lo ha hecho con los datos en la mano.

La ONG ha presentado su publicación anual más emblemática e importante, que pertenece a la serie Estado Mundial de la Infancia, que este año está dedicada a la salud mental. Según la Agencia de las Naciones Unidas para la Infancia, este es el análisis más completo que ha realizado sobre el tema, tanto desde el punto de vista de sus protagonistas como bajo la mirada de quienes se ocupan de su cuidado.

Decir que las cifras son preocupantes es poco: se calcula que más de 1 de cada 7 adolescentes de 10 a 19 años en todo el mundo tiene un problema de salud mental diagnosticado y cada año se suicidan casi 46.000 adolescentes.

Además, el informe revela que la infancia y la juventud ya sufrían problemas de salud mental antes de la pandemia sin que se hicieran las inversiones necesarias para solucionarlos.

Y denuncia que sigue habiendo grandes diferencias entre las necesidades relacionadas con la salud mental y la financiación que se destina a cubrirlas, subrayando que solo el 2% de los presupuestos de salud se destinan a este fin en el mundo.

En mi mente. Promover, proteger y cuidar la salud mental en la infancia, el título del informe anual, empieza a cuantificar el alto precio que se ha cobrado la pandemia. Se hace eco los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por Unicef y Gallup entre niños y adultos de 21 países, según los que una media de 1 de cada 5 jóvenes de entre 15 y 24 años encuestados afirma que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar cualquier actividad.

«Los últimos 18 meses han sido muy largos para todos nosotros, especialmente para la infancia. Debido a los confinamientos nacionales y a las restricciones de movimiento, la infancia ha perdido un tiempo muy valioso de sus vidas lejos de familia y amigos, de las aulas y los lugares de recreo», explica la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore.

Para Fore, las consecuencias de la pandemia son solo la punta del iceberg, ya que se suman a los problemas previos de salud mental desatendidos de la infancia y la adolescencia. «Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando la suficiente importancia a la relación entre la salud mental en los primeros años de vida y sus consecuencias en la edad adulta», señala.

En España, los resultados de la encuesta revelan que el 58,3% de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años reconocen sentirse preocupados, nerviosos o ansiosos “a menudo” y el 36,1% “a veces”. Además, el 11,5% de dichos jóvenes dice estar deprimido o tener poco interés en hacer cosas “a menudo” y el 68,2% “a veces”.

A medida que la COVID-19 se acerca a su tercer año, las consecuencias para la salud mental y el bienestar emocional de los niños y los jóvenes siguen siendo enormes. La alteración de las rutinas, la educación y el ocio, así como la preocupación de las familias por los ingresos y la salud, hacen que muchos jóvenes sientan miedo, rabia y preocupación por su futuro.

La salud mental de la infancia y la adolescencia en España

El impacto de la pandemia en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes que viven en España es innegable, aunque si cuentan con el entorno y las herramientas adecuadas, la mayoría serán capaces de normalizar sus vidas y tener una evolución positiva.

Sin embargo, hay grupos especialmente vulnerables, como quienes ya tenían algún problema de salud mental previamente, las víctimas de violencia, los que han sufrido aislamiento, separaciones y/o duelos debido a la Covid-19, los que están en riesgo de pobreza o en familias en situación de desempleo, y los menores migrantes y solicitantes de asilo.

«Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando importancia a la relación entre la salud mental en la infancia y sus consecuencias en la edad adulta», explica la directora ejecutiva de Unicef

En nuestro país también está muy presente el estigma asociado a los problemas de salud mental, si bien se observa que niñas, niños y adolescentes están empezando a hablar cada vez más abiertamente de cómo se sienten y de sus necesidades.

Para acabar con este tabú, así como para garantizar una atención adecuada y especializada a la salud mental de los niños, niñas y adolescentes en nuestro país, Unicef España recuerda que es necesario implementar políticas específicas, tal y como ha recomendado a nuestro país el Comité de los Derechos de la Infancia de Naciones Unidas.

«Pedimos que se apruebe cuanto antes la Estrategia de Salud Mental, y que tenga muy en cuenta a la infancia», declara el presidente de Unicef España, Gustavo Suárez Pertierra. «Es necesario que se cree un grupo permanente de infancia y salud mental que concrete la implementación de esa estrategia, abordando las principales cuestiones que afectan a la salud mental y el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes. Además, deben aumentar los recursos especializados y los canales a través de los cuales puedan ser escuchados», afirma.

Un elevado coste social que hipoteca el futuro

Los problemas mentales diagnosticados, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la ansiedad, los trastornos del espectro autista, el trastorno bipolar, los trastornos de la conducta, la depresión, los trastornos alimentarios, la discapacidad intelectual y esquizofrenia pueden perjudicar considerablemente la salud, la educación, las condiciones de vida y la capacidad para obtener ingresos en la vida adulta.

Aunque el impacto en la vida de las niñas y los niños es incalculable, un nuevo análisis realizado por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, que también se incluye en el informe, revela que las pérdidas económicas debidas a los trastornos mentales que provocan discapacidad o muerte entre los jóvenes se situarían en torno a los 335.000 millones de euros.

El Estado Mundial de la Infancia señala que una mezcla de la genética, experiencias personales y factores ambientales, como la crianza de los hijos, la escolarización, la calidad de las relaciones, la exposición a la violencia o los abusos, la discriminación, la pobreza, las crisis humanitarias y las emergencias sanitarias, conforman la salud mental de niños y niñas, e influyen en ella a lo largo de toda su vida.

Aunque los factores de protección, como la presencia de cuidadores afectuosos, los entornos escolares seguros y las relaciones positivas con personas de su edad pueden reducir el riesgo de padecer problemas de salud mental, el informe advierte de que hay importantes obstáculos, como la estigmatización y la falta de financiación, que impiden el bienestar emocional y el acceso apoyo que necesitan a demasiados niños y niñas.

Las principales recomendaciones de Unicef

El Estado Mundial de la Infancia 2021 pide a los gobiernos y a los aliados de los sectores público y privado que se comprometan, comuniquen y actúen para promover la salud mental de todos los niños, niñas adolescentes y cuidadores, proteger a quienes necesitan ayuda y cuidar a los más vulnerables, a través, principalmente, de tres grandes grupos de medidas.

En primer lugar, invertir urgentemente en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes en todos los sectores, no solo en el sanitario, para defender un enfoque basado en la prevención, la promoción y el cuidado que abarque a toda la sociedad.

También es preciso integrar y ampliar las intervenciones basadas en la evidencia en los sectores de la salud, la educación y la protección social, incluidos los programas de crianza que promueven una atención sensible y enriquecedora, y que apoyan la salud mental de los padres, madres y cuidadores. Además, se debe garantizar que las escuelas protejan la salud mental mediante servicios de calidad y relaciones positivas.

Por último, es imperioso romper el silencio que rodea a los problemas de salud mental, afrontando el estigma, promoviendo una mejor comprensión y tomando en serio las experiencias de los niños, las niñas y los jóvenes.

«La salud mental forma una parte integral de la salud física y global, no podemos permitirnos seguir considerándola de otra manera. Durante demasiado tiempo, tanto en los países ricos como en los pobres, no se han hecho los esfuerzos suficientes para comprender esta cuestión e invertir en ella, a pesar de que desempeña un papel fundamental para el desarrollo pleno del potencial de la infancia. Esto tiene que cambiar», concluye Henrietta Fore.

Unicef acaba de publicar la última edición de su siempre impactante informe anual, el Estado Mundial de la Infancia 2021, que este año ha dedicado a la salud mental. Los datos que arroja asustan: 1 de cada 7 menores del mundo está diagnosticado de algún problema de salud mental y la cifra de suicidios es de escalofrío. Según la Agencia de Naciones Unidas para la Infancia, los gobiernos, tanto los ricos como los pobres, infravaloran, descuidan y financian muy a la baja la promoción, la protección y el cuidado del bienestar emocional de quienes son el futuro. 

Unicef ha advertido que los efectos de la Covid-19 sobre la salud mental y el bienestar emocional de la infancia y la adolescencia podrían prolongarse durante muchos años, y lo ha hecho con los datos en la mano.

La ONG ha presentado su publicación anual más emblemática e importante, que pertenece a la serie Estado Mundial de la Infancia, que este año está dedicada a la salud mental. Según la Agencia de las Naciones Unidas para la Infancia, este es el análisis más completo que ha realizado sobre el tema, tanto desde el punto de vista de sus protagonistas como bajo la mirada de quienes se ocupan de su cuidado.

Decir que las cifras son preocupantes es poco: se calcula que más de 1 de cada 7 adolescentes de 10 a 19 años en todo el mundo tiene un problema de salud mental diagnosticado y cada año se suicidan casi 46.000 adolescentes.

Además, el informe revela que la infancia y la juventud ya sufrían problemas de salud mental antes de la pandemia sin que se hicieran las inversiones necesarias para solucionarlos.

Y denuncia que sigue habiendo grandes diferencias entre las necesidades relacionadas con la salud mental y la financiación que se destina a cubrirlas, subrayando que solo el 2% de los presupuestos de salud se destinan a este fin en el mundo.

En mi mente. Promover, proteger y cuidar la salud mental en la infancia, el título del informe anual, empieza a cuantificar el alto precio que se ha cobrado la pandemia. Se hace eco los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por Unicef y Gallup entre niños y adultos de 21 países, según los que una media de 1 de cada 5 jóvenes de entre 15 y 24 años encuestados afirma que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar cualquier actividad.

«Los últimos 18 meses han sido muy largos para todos nosotros, especialmente para la infancia. Debido a los confinamientos nacionales y a las restricciones de movimiento, la infancia ha perdido un tiempo muy valioso de sus vidas lejos de familia y amigos, de las aulas y los lugares de recreo», explica la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore.

Para Fore, las consecuencias de la pandemia son solo la punta del iceberg, ya que se suman a los problemas previos de salud mental desatendidos de la infancia y la adolescencia. «Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando la suficiente importancia a la relación entre la salud mental en los primeros años de vida y sus consecuencias en la edad adulta», señala.

En España, los resultados de la encuesta revelan que el 58,3% de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años reconocen sentirse preocupados, nerviosos o ansiosos “a menudo” y el 36,1% “a veces”. Además, el 11,5% de dichos jóvenes dice estar deprimido o tener poco interés en hacer cosas “a menudo” y el 68,2% “a veces”.

A medida que la COVID-19 se acerca a su tercer año, las consecuencias para la salud mental y el bienestar emocional de los niños y los jóvenes siguen siendo enormes. La alteración de las rutinas, la educación y el ocio, así como la preocupación de las familias por los ingresos y la salud, hacen que muchos jóvenes sientan miedo, rabia y preocupación por su futuro.

La salud mental de la infancia y la adolescencia en España

El impacto de la pandemia en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes que viven en España es innegable, aunque si cuentan con el entorno y las herramientas adecuadas, la mayoría serán capaces de normalizar sus vidas y tener una evolución positiva.

Sin embargo, hay grupos especialmente vulnerables, como quienes ya tenían algún problema de salud mental previamente, las víctimas de violencia, los que han sufrido aislamiento, separaciones y/o duelos debido a la Covid-19, los que están en riesgo de pobreza o en familias en situación de desempleo, y los menores migrantes y solicitantes de asilo.

«Los gobiernos están invirtiendo muy poco en atender estas necesidades esenciales. No se está dando importancia a la relación entre la salud mental en la infancia y sus consecuencias en la edad adulta», explica la directora ejecutiva de Unicef

En nuestro país también está muy presente el estigma asociado a los problemas de salud mental, si bien se observa que niñas, niños y adolescentes están empezando a hablar cada vez más abiertamente de cómo se sienten y de sus necesidades.

Para acabar con este tabú, así como para garantizar una atención adecuada y especializada a la salud mental de los niños, niñas y adolescentes en nuestro país, Unicef España recuerda que es necesario implementar políticas específicas, tal y como ha recomendado a nuestro país el Comité de los Derechos de la Infancia de Naciones Unidas.

«Pedimos que se apruebe cuanto antes la Estrategia de Salud Mental, y que tenga muy en cuenta a la infancia», declara el presidente de Unicef España, Gustavo Suárez Pertierra. «Es necesario que se cree un grupo permanente de infancia y salud mental que concrete la implementación de esa estrategia, abordando las principales cuestiones que afectan a la salud mental y el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes. Además, deben aumentar los recursos especializados y los canales a través de los cuales puedan ser escuchados», afirma.

Un elevado coste social que hipoteca el futuro

Los problemas mentales diagnosticados, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la ansiedad, los trastornos del espectro autista, el trastorno bipolar, los trastornos de la conducta, la depresión, los trastornos alimentarios, la discapacidad intelectual y esquizofrenia pueden perjudicar considerablemente la salud, la educación, las condiciones de vida y la capacidad para obtener ingresos en la vida adulta.

Aunque el impacto en la vida de las niñas y los niños es incalculable, un nuevo análisis realizado por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, que también se incluye en el informe, revela que las pérdidas económicas debidas a los trastornos mentales que provocan discapacidad o muerte entre los jóvenes se situarían en torno a los 335.000 millones de euros.

El Estado Mundial de la Infancia señala que una mezcla de la genética, experiencias personales y factores ambientales, como la crianza de los hijos, la escolarización, la calidad de las relaciones, la exposición a la violencia o los abusos, la discriminación, la pobreza, las crisis humanitarias y las emergencias sanitarias, conforman la salud mental de niños y niñas, e influyen en ella a lo largo de toda su vida.

Aunque los factores de protección, como la presencia de cuidadores afectuosos, los entornos escolares seguros y las relaciones positivas con personas de su edad pueden reducir el riesgo de padecer problemas de salud mental, el informe advierte de que hay importantes obstáculos, como la estigmatización y la falta de financiación, que impiden el bienestar emocional y el acceso apoyo que necesitan a demasiados niños y niñas.

Las principales recomendaciones de Unicef

El Estado Mundial de la Infancia 2021 pide a los gobiernos y a los aliados de los sectores público y privado que se comprometan, comuniquen y actúen para promover la salud mental de todos los niños, niñas adolescentes y cuidadores, proteger a quienes necesitan ayuda y cuidar a los más vulnerables, a través, principalmente, de tres grandes grupos de medidas.

En primer lugar, invertir urgentemente en la salud mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes en todos los sectores, no solo en el sanitario, para defender un enfoque basado en la prevención, la promoción y el cuidado que abarque a toda la sociedad.

También es preciso integrar y ampliar las intervenciones basadas en la evidencia en los sectores de la salud, la educación y la protección social, incluidos los programas de crianza que promueven una atención sensible y enriquecedora, y que apoyan la salud mental de los padres, madres y cuidadores. Además, se debe garantizar que las escuelas protejan la salud mental mediante servicios de calidad y relaciones positivas.

Por último, es imperioso romper el silencio que rodea a los problemas de salud mental, afrontando el estigma, promoviendo una mejor comprensión y tomando en serio las experiencias de los niños, las niñas y los jóvenes.

«La salud mental forma una parte integral de la salud física y global, no podemos permitirnos seguir considerándola de otra manera. Durante demasiado tiempo, tanto en los países ricos como en los pobres, no se han hecho los esfuerzos suficientes para comprender esta cuestión e invertir en ella, a pesar de que desempeña un papel fundamental para el desarrollo pleno del potencial de la infancia. Esto tiene que cambiar», concluye Henrietta Fore.